El patio de la Torcaza
Carlos Maggi

Acto Primero

 

(Patio de una casa de inquilinato casi en ruinas, hundida entre dos altos rascacielos. Se oye la voz de Raúl cantando el tango APARTE).

Aparte

 

Aparte

Solo, solitario y

Aparte

En un desierto desolado y solo

Aparte

Un baldío circular en torno a ¡ni

Y el ladrido de un perro vagabundo

Contra el mundo

Porque sí

 

Aparte

Solo, solitario y solo

Aquí donde no hay nadie:

En la ciudad

Solo y solamente desolado

Aparte

Con exclusión de toda paridad

Canté este tango para nombrarte

Soledad.

(Sale Carrizo de su pieza y se dirige a la jaula de un canarito que cuelga contra la pared, junto a su puerta).

 

CARRIZO —. (Cada tanto chispea con los labios tra­tado de hacer cantar al pajarito) ¿Cómo pasó la noche, el pajarito cantor? ¿Cómo ha pasado el Gardelito de este patio? Sigue en su jaula, pobrecito, pero parece que la mañana le trajo ganas de hacer como el sol; parece que hoy se ha despertado dispuesto a alegrar todo con sus gorjeos. Pobrecita el ave canora que está entre rejas y no tiene a nadie a quien hacerle piquitos! Está solo y solito, como dice el tango de Raúl. Pero no importa, tenorino, Ud. ante igual, regale la magia de sus melodías al mundo malo que lo aprisiona. ¡Angelito de Dios, el inocente! Por ser tan bueno yo mismo me voy a encargar de conseguirle una compañerita. Así su celda se hace nido de autor. Va a ver. Le voy a traer la novia más linda del mundo, una gota de amanecer, doradita y suave, con plumón de oro y corazón de oro y una nota de violín en la garganta para que hagan dúo. Un lujo de novia va a tener, ¿qué me dice, tenorino? Ud. no entiende, pero no importa. Mientras se porte bien y esté en su jaula y cante como es debido... Si hace lo que tiene que hacer, yo voy a ayudarlo en todo, voy a ser su amigo. Esté tranquilo. Esté tranquilo bichito santo y póngase a cantar en su jaulita; cante lindo, pichon­cito, cante alegre para su tío viejo. Cante, mi hijito, cante. No sea bobito, eh. Cante, tenorino, cante. Vamos. ¡Te digo que cantes, pajarón! (le golpea la jaula) ¡Vamos! ¿no te das cuenta de que amaneció? Salió el sol, lo estás viendo. Cantá, pájaro bobo. Cantá, (Arranca la jaula del clavo donde cuelga y la sacude) Cantá bicho imbécil o te remacho. ¡Ah!. . . revolotear sabés, ¿no? Revoloteá, entonces. Revoloteá. Revoloteá ya que sos mudo; serví para eso. Revoloteá (Lo deja inmóvil cerca de su cara) Te prevengo: mientras no cantes como Dios manda no pienso darte ni una gota de alpiste. Ni te pon­go agua tampoco ¿me entendiste? Contestá. (La sacude de nuevo) ¿Me entendiste o no? Te estoy avisando: más vale que cantes y ahora mismo. Cantá te estoy diciendo. ¡Cantá carajo! (Pone la jaula en el suelo y se dispone pisarla) ¡Porquería! ¡Cornudo! (En ese momento oye que Raúl, tarareando el tango, abre su ventana del altillo; recoge la jaula, la vuelve a su lugar y retorna su tono inicial) ¡Pobrecita el ave canora que está entre rejas! Puñadito de ternura, amigo chico, suavidad del mundo. (Chispea con cariño)

RAÚL — Tan temprano y haciendo música, Don Carrizo.

CARRIZO — Como Ud.. Raúl. Me desperté y era como en el cielo porque Ud. cantaba; pero era un cielo triste; como siempre, su tango habla de soledad.

RAÚL — Es que estoy así: solitario como un pájaro del atardecer. Por eso me acompaño con … para poder ir viviendo.

CARRIZO — Lo bien que hace. Todo lo que se pa­rezca a un bichito inocente es bueno. ¿Qué sentido ten­dría mi vida si no fuera por este canarito? Mi única compañía... Ud. sabe. .. desde que murió la madrecita buena.., quedé completamente huérfano. . . ¡y es tan feo sentirse así, sin la vieja de uno! ¡Es un vacío que duele más que nada! Puede creerme, Raúl, mi madre fue la novia que tuve y más le digo: hasta ahora la vieja sigue siendo mi noviecita buena ¡la única! aunque ya hace dos años que se me voló al cielo. (Se seca una lágrima).

RAÚL — (baja a consolarlo y le apoya una mano en el hombro) No se ponga así, Don Carrizo, hay que ser varón y de los guapos. Hay que saber aguantar una mala jugada del vivir.

CARRIZO — Ud. tiene su arte, en cambio yo estoy solo. Y además, Raúl... Ud. tiene.., como le diría... tiene su ilusión.

RAÚL — ¿Qué ilusión?

CARRIZO — Una ilusión nueva, desde que se instalé aquí. ¿Piensa que no sé?

RAÚL — ¿Qué cosa? No veo que pueda saber.

CARRIZO — Me gusta ser reservado y además no es mío el secreto, así que me callo, Pero todo eso lo ve muy claro un viejo como yo, desde antes de empezar. Así que...

RAÚL —  Cada vez entiendo menos…

CARRIZO — Basta fijarse, como mira Ud., digamos para aquel lado, cuando no hay nadie; o como mira ella, digamos, para allá arriba, cuando.., cree que está sola. Basta con fijarse en eso y uno puede predecir el futuro.

RAÚL — (Halagado) No me diga que supone que yo y la Torcaza. .. ¡pero Don Carrizo!

CARRIZO — No es que suponga, lo estoy sabiendo. Soy adivino, conozco el porvenir; se lo dije.

RAÚL — ¡Realmente, eh! Sabe más que yo y que ella.

CARRIZO — ¿Está seguro?

RAÚL — Nunca le dije nada. Palabra. Y ella ni me ha mirado siquiera. (Interesado) ¿Y Ud. cree?...

CARRIZO — (Pausa intencionada) ¿Si creo qué?

RAÚL — Que ella… Mejor dicho: que yo, para ella..
CARRIZO   —. Vamos por el principio. Venía negando que hubiera la menor cosa. ¿Qué dice de Ud.? ¿Le pasa algo con ella o no le importa nada, la Piba?

RAÚL —. Ya que es adivino, ¿por qué no adivina que canto ese tango de la soledad, para decírselo de algún modo? La Torcacita me parece un sueño, la criatura más maravillosa del mundo. Es lo lindo que puede haber; se está muriendo de delicadeza. Yo que sé... No puedo explicarle.

CARRIZO — Y entonces, ¿por qué duda?

RAÚL — ¿No vio como es conmigo? Ni me mira. Hace semanas que canto y canto ese tango, siempre el mismo, y no me ha dicho otra cosa que: buenos días, vecino; y se va.

CARRIZO — Culpa suya. Pensó que el tanguito ese puede hacer milagros. Si acerté con Ud. no hay ninguna razón para que me equivoque con ella. Pero Ud. tiene que ayudar a la simpatía. ¿O pretende que así como así ella suba, se le presente en el altillo y le diga: con tal de no oír más ese tango me mudo para esta cama? Perdone, Raúl: a lo mejor Ud. está realmente enamorado, y esto que dije le cayó mal. Pero fue una broma. Como Ud. dijo: ella es toda delicadeza. Pero soy así yo, soy bruto para hablar. Perdóneme, hay que comprenderme, Raúl. Aunque ella sea una torcacita... ya la veo como...

RAÚL — ¿Pero qué piensa que estoy buscando con el tanguito ese, don Carrizo? ¿O se tomó en serio cuando dije que soy como un pájaro del atardecer? ¡Vamos, viejo! ¡Pajaritos a esta altura, de mi vida! ¿No se dio cuenta que hablaba desde allá arriba y que ella podía estar oyendo? La primera noche que la Torcaza vuele hasta el altillo es cosa hecha. Si quiere se lo cuento y salimos a festejar; si es que consigo algo para las copas, porque lo que es ahora. , . estoy limpio, no tengo un peso.

CARRIZO — Trato hecho, Raúl. Ud. me cuenta todo, salimos a festejar y nos corremos una farra completa en honor de la paloma caída. Esté tranquilo: yo mismo voy a preocuparme de conseguir esa compañerita, así su celda se hace nido de amor. (se ríe). Pobrecito el zorzal criollo que canta en el altillo. Hago tres pases magnéticos, digo tres palabritas mágicas y te mando para arriba un lujo de novia. Podés ir preparando el colchón. (Se ríe brutalmente).

RAÚL — ¡Cuidado! Se levantó la madre de la Torcaza (da la espalda, a la puerta de la pieza de la Torcaza y canta tristemente).

Aparte

Solo, solitario y solo

Aquí donde no hay nadie

En la ciudad

Solo y solamente desolado

CARRIZO — Buen día, vecina. Tan tempranito, disponiéndose a trabajar?

ANDOLINA — (Que sale de su pieza con una palangana con ropa) Buenos días, Carrizo. Buenos días Raúl. Parece que por fin hoy vamos a tener tiempo bueno. (mirando hacia arriba, como si costara ver el pedacito de cielo entre los rascacielos). Dentro de un rato entra el sol. ¿No se levantó todavía doña Pezpita? Tengo esta ropa para secar desde hace dos días. Yo lavo y ella me presta la cuerda.

RAÚL — ¿Cómo está la familia?

ANDOLINA — Gavi como siempre; con su pierna a cuestas, durmiendo; y Filomena preparándose para ir a la tienda, supongo.

RAÚL — Difícil que vaya hoy. No hay locomoción ninguna. Están de paro. ¿No sabia que Raúl hizo una gestión en el Sindicato para que hubiera huelga y la Torcaza pudiera quedarse todo el día?

ANDOLINA — No lo entiendo. ¿ Por qué dice eso?

CARRIZO — Es una broma doña Andolina. Como hoy es el cumpleaños de su hija.

ANDOLINA — ¡Virgen Santa! ¿Querrá creer que se me había olvidado? ¡Qué cabeza la mía!

CARRIZO — En cambio yo, me acuerdo perfectamente: el 12 de octubre del año pasado fue sábado y tuvimos fiesta. Me acuerdo hasta el día en que nació. (gesto de Andolina) Claro que me acuerdo. Una lástima que todavía no estuviera el año pasado con nosotros Raúl, hasta baile hicimos esa noche. ¿se acuerda, doña Andolina? Y eso que en su pieza, Raú1, vivía una vieja gorda, con piedras al hígado y un bigote así. Sargentaza, la Vieja.

RAÚL — Una lástima, realmente, no haber partido poco. Pero hace un año en esta época, cumplí una gira artística; sí, estaba en Mar del Plata, República Argentina..

CARRIZO — Y hoy, ¿cómo se festeja, doña Andolina? ¿Tenemos algo preparado para recordar aquel día?. ¿hacemos bailecito?

ANDOLINA — (Sombría) Haga el favor de no seguir… Debe ser por eso que quise olvidarme. Además  hoy no se festeja de ningún modo. (Va hacia la puerta de Churrinche y golpes con los nudillos) Doña Pezpita...

RAÚL — ¿Qué le pasa?

CARRIZO — ¿Cómo quiere que sepa? ¿O se tomó en serio eso de que soy adivino?

ANDOLINA — Doña Pezpita... Doña Pezpita...

VOZ DE PEZPITA — Va..., Doña Andolina, va. Un momentito, por favor. Ya va. (Apareciendo) ¿Qué se le ofrece, vecina?

ANDOLINA — Buen día, doña Pezpita. Perdone que la haya despertado, pero amaneció con sol, así que si no aprovechamos...

PEZPITA — Por supuesto. Enseguida traigo la cuerda. ¿Lavó su ropa y la mía?

ANDOLINA — Está pronta. Sí. No era mucha, pero conviene darle un enjuague. Hace días que esta mojada y capaz que agarró olor a humedad.

PEZPITA — (entra) ¿¡Ay!, te despenaste, querido? (Doña Pezpita sale arreglándose y dispone la cuerda mientras doña Andolina llena de agua la pileta. Luego, enjuagan, escurren y tienden la poca ropa que habla en la palangana. Mientras tanto:)

CARRIZO — ¿No tendrá un tabaquito, Raúl?

RAÚL — No. No me conviene fumar; por la garganta.

CARRIZO — Pero cuando lo invitan, fuma.

RAÚL .— Trato de no comprar cigarrillos.

CARRIZO — Debe resultarle facilísimo.

RAÚL — Por lo que veo, Ud., aunque no cante, también se cuida mucho de tener.

CARRIZO — De eso se encarga la Caja de Jubilaciones. Hace tres meses que no cobro. Imagínese.

RAÚL — También para Ud. anda fea la cosa, eh.. ¡Qué racha!

CARRIZO — Últimamente, ni Churrinche ha podido ayudarme y eso que es un padre para mí.

RAÚL — Parece buen tipo, Churrinche.

CARRIZO — Todo corazón. Puede estar seguro: Churrinche, es amigo de los amigos. Algo especial, el muchacho. Ahí lo tiene, hablando de Roma...

CHURRINCHE — (Aparece muerto de sueño, con una caldera esmaltada, mate y bombilla en mano) Con el asunto de que el sol entra en el patio nada más que de 9 a 10 de la madrugada, ya ni se puede dormir en este conventillo. Las mujeres se alborotan temprano y le golpean la puerta a uno. Cualquier día pongo mis cosas en el Cadillac, me mudo para un Pent House en la rambla de Pocitos, y no me ven más. (Bosteza y se despereza).

CARRIZO — ¿Cómo anda el amigazo?

CHURRINCHE — Hoy me levanté uno a cero, perdiendo. Las condiciones climatéricas no son del todo propicias, un viento arrachado cruza la cancha, estado de la bahía marejadilla; termómetro 37 grados de sueño a la sombra. (Vuelve a bostezar), ¿Ninguno de ustedes tendrá una cebadura? Van seis días que chupo de este mismo mate. Es como tomar pichi de nene chico, pero con gusto a sótano. ¿No tiene un poco de yerba, Raúl? Otro día se la devuelvo,

RAÚL — ¡¿Yo?! Deben ser estos pantalones. En fija que me hacen pinta de turista. Don Carrizo me pide cigarrillos, Ud. me pide yerba, todos me piden algo y yo hace día y medio que no como. ¿Qué me dicen? Desde el sábado al mediodía que me invitó el petizo Moscarelli; comí un asadito, canté “Adiós Pampa mía” y no volví a mascar ni chicle. (Se miran los tres, acercan asientos y se ponen en rueda, en torno a la caldera que trajo Churrinche).

CARRIZO — Permítame. Yo cebo. (Se hace cargo de la caldera y del mate).

CHURRINOHE — Juro que por este cañito sube pichí puro de oliva; pero si se animan...

CARRIZO — No se haga problema. Aunque esté de lo más clarito, el mate hace bien, engaña el estómago. (Después de tomar) Realmente, che, en mi vida vi mate más limpio; no le queda ni el gusto al metal de la bombilla. ¿Cómo hiciste para dejarlo tan lavado?

CHURRINCHE — ¿No le dije? Se chupa para oír el ruidito final y hacerse la ilusión.

CARRIZO — ¿Se sirve?

RAÚL — Sí, me sirvo. Muchas gracias. ¡Linda vida! (Se van ensimismando los tres. Hay pausas).

CHURRINCHE — Como no. Nos está haciendo un día precioso para vivir. .. del aire.

CARRIZO — ¡Realmente! ¿qué cosa, no?

CHURRINCHE — Diga mejor: ¡qué cosita!

RAÚL — Eso; cosa seria.

CARRIZO — ¿Y qué se va a hacer?...

CHURRINCHE — Por supuesto: nada te puede hacer.

RAÚL — Es así y punto.

CHURRINCHE — Clavado y martillado.

CARRIZO — Así mismito (Pausa mayor. Un suspiro)

CHURRINCHE — Sí señor.., con la vida. ¿Sabés cómo?

RAUL — ¿Sabés qué? Se está poniendo cosa muy cosa.

CHURRINCHE — No somos nada.

RAÚL — Exacto. Nada de nada, últimamente.

CARRIZO — Y bueno: por lo menos hacemos un poco de filosofía.

PEZPITA — ¿Y qué me dice de los precios? (Las mujeres están tendiendo la ropa).

ANDOLINA — ¿Qué precios?

PEZPITA — ¡Cómo qué precios! Los precios.

ANDOLINA — ¿Precios de qué?

PEZPITA — ¡Pero doña Andolina! Cuando uno dice precios, dice los precios de todo.

ANDOLINA — ¿Y qué pueden importarme a mí los precios de todo si ya no puedo comprar nada?

PEZPITA — No diga eso. Dios la va a castigar.

ANDOLINA — No sé como va a hacer para castigarme más. Filomena se va al centro el mes pasado, saca un crédito y se compra de todo: vestido, medias, hasta zapatos, se compró. Ahora tiene una cuota que se lleva la mitad justita del sueldo ¿qué me dice? La mitad justa durante diez meses. ¿Quiere castigo más grande?

PEZPITA — ¿Y la otra mitad, doña Andolina?

ANDOLINA — ¡Ni me hable! ¿O no me vio llorar todos estos días? ¿No sabe que el jueves Gavi me revisó los tarros de la cocina?

PEZPITA — No le creo.

ANDOLINA — Puede creerme, sí. No dejó un centésimo. Tenía lo que me iba quedando y hasta una chalita de cincuenta pesos para festejar hoy el cumpleaños de mi Torcaza. Pero Gavi descubrió el tarro que decía fideos, se fue al Parque Hotel y no se dio la segunda docena ni una vez. La ruleta se le negó toda la noche. ¿No se acuerda? Fue la mañana que empezó a llover y él me trajo jazmines; que yo se los mostré.

PEZPITA — ¡No me diga que fue ese día!

ANDOLINA — Ud. sabe como es ese chiquilín con su madre. Tiene adoración. Hace una locura así y se me presenta con flores. Cuando entró no sabía cómo explicármelo, el viernes de mañana) pero eso sí, no me miente nunca. Me pasó el brazo por los hombros, me llevó y me sentó en la silla, la silla mía, ésa que a mí me gusta, la de Viena que nos está quedando; me sentó en la silla y me dijo el pobrecito: Mamá —me dijo— mamita, me jugué toda la plata, hasta el último peso que estaba en los fideos —me dijo— y perdí. Pensé en matarme, pero después vi al Tito García, le pedí cinco pesos prestados y en vez de jugárselos, pensé en vos, mamá y te compré estos jazmines, porque sé que es la flor que te gusta. (Están llorando las dos) Los primeros jazmines del año, Doña Pezpita. Como si su viejecita estuviera muerta y él.

PEZPITA — No siga, doña Andolina. Me viene como un peso aquí, en el pecho. Uno ve una cosa de esas en la fotonovela y se le parte el alma.

ANDOLINA — ¿Verdad que es lindo casi todo lo que hace llorar? Es un crimen que ese muchacho no tenga más suerte en la vida, con el corazón que Dios le ha dado.

PEZPITA — De veras, tener que revolverle las latas de la cocina, como un ladrón, mientras otros van al banco, firman un cheque y salen muy orondos con el fajo de billetes en el bolsillo.

ANDOLINA — Dígame, si no merecerla ser rico mi chiquilín, en vez de estar buscando empleo sin encontrar nunca. Todo por esa pierna que le quedó así. Lo habían citado para practicar en el primero; no sé si supo.

PEZPITA — Sabía, si. Pero fue hace 8 años.

ANDOLINA — ¡Cómo pasa el tiempo, Dios mío! Parece que fue ayer y ya van... sí, van para 8 años que se lesionó los meniscos mi pobrecito Gavi.

VOZ DE GAVI — Mamá... mamá... ¡vieja! ¡Ché! ‘Mamandohina! (Seguirá llamando durante el diálogo que sigue).

ANDOLINA — Oigaló. A esta hora ya me está pidiendo que le saque el perezoso al patio. Y si no soy yo quien se lo acomoda, no está conforme.

PEZPITA — Y él, ¿no probó, él mismo de acomodarse el sillón para tirarse a pasar el día en el patio?

ANDOLINA — No podría, doña Pezpita. En cuanto se inclina para recoger algo es lo peor. Ud. no sabe lo que es el menisco. Dice Gavi que es como tener un perro adentro de la rodilla; está en el hueso y Ud. se inclina y el menisco muerde.

PEZPITA — Lo raro es que pueda estirarse ¿no? (Hace el gesto).

ANDOLINA — ¿Cómo estirarse? No le entiendo.

PEZPITA — Claro, para poner las fichas en segunda docena, tendrá que inclinarse un poco. ¿Cómo no le muerde el perro, cuando está en la mesa de la ruleta?

ANDOLINA — Es de noche, doña Pezpita. Después de media tarde parecería que entra en calor y le calma. Pero, si me permite, voy a atenderlo; si no este muchacho del diablo arma un escándalo. ¡Voy! ¡Voy en seguida, Gavilán!

PEZPITA — Vaya no más. Ya casi terminamos.

ANDOLINA — ¡Está tan mimoso, el pobrecito! No le digo que si no soy yo... (Aparece Gavi, retrocediendo, mientras arrastra trabajosamente su sillón de lona. Rengueará siempre de su pierna enferma. Andolina corre a ayudarlo). Deje, mi hijito, deje que le va a hacer mal tanto esfuerzo. ¿Te levantaste bien o está con dolor esa pierna? (Lo besa, le arregla el pelo y el cuello de la camisa) Hubieras esperado un minuto más; aunque tuviste razón; a medida, que me hago vieja, me pongo más charlatana. (Acomoda el sillón y él se tiende ayudado por ella). Así está bien. Descanse hijito (Gavi se levanta el pantalón, acerca un banco y extiende su pierna, con la rodilla vendada, para que le de el sol).

CHURRINCHE — (A Gavi) ¿Cómo anda varón?

GAVI — ¿Cómo quiere que ande, con esto? Desparejo.

CARRIZO — Hay que tener ánimo Gavi. Mire el cielo, se vino la primavera.

GAVI — Lindísimo. Con este solcito hoy va a hacer más hambre que ayer. Tengo el estómago como un afiche; pegado a la columna.

ANDOLINA —¡Hijito!

GAVI —  Es como Ud. dijo, Churrinche: un tiempo precioso para estar pobre y enfermo.

VOZ DE LA TORCAZA — ¡Mamá! No encuentro el delineador, ni la lima de las tiñas, ni nada.

ANDOLINA — Debe estar todo en el cajoncito de arriba. Ayer guardé las cosas, así que... (pausita) ¿Están? ¿O querés que vaya?

VOZ DE LA TORCAZA — Están, sí. (Se acerca Carrizo, le toca el hombro a Andolina y señala un lugar apartado del patio).

CARRIZO — No se si se fijó, doña Andolina. Me parece que tenemos ratones otra vez o de repente son ratas, Venga un poco a ver si Ud. nota algo. (la lleva aparte y le habla en voz baja).

PEZPITA — (saludando a Gavi) Buen día, segunda docena.

CHURRINCHE — (llamando a Pezpita que pasa con la palangana hacia su pieza) Vieja, vení un poquito ¿querés?

PEZPITA — Sí, papito.

CHURRINCHE — Aquí me dice Raúl que es el cumpleaños de la Torcacita y que él y Carrizo están sin un centésimo, Me parece que doña Andolina tampoco anda muy bien de plata.

PEZPITA — En cero la dejó el entreala izquierdo. Se llevó lo que tenía y lo perdió a la ruleta.

CHURRINCHE — Por el modo de caminar en seguida me di cuenta que esa vieja estaba en llanta. ¿Qué hacemos, Pezpa? ¿Sabés lo que es un cumpleaños para una pibita así, toda ilusión?

PEZPITA — ¡Qué divino! Me acuerdo cuando cumplí los 22, en Lezica ¡fue un día inolvidable! Me habían hecho un vestido azul todo todo todo...

CHURRINCHE .— Bueno, bueno, che... No te em­bales. (A Raúl) La da esto y empieza con la historia patria del siglo diecinueve, desde el capítulo uno de H. D. hasta nuestros días. ¡Qué cosa bárbara!

PEZPITA — (a Raúl) Hacía más de seis meses que no me acordaba de mi cumpleaños en la quinta de Lezica. Fue la noche más perfecta de mi vida. El jardín estaba iluminado con reflectores y habían puesto un toldo ver­de y abajo mesitas. El buffet era de la confitería del Telégrafo y había tres mozos.

CHURRINCHE — Ahora viene el capítulo 2: las invasiones inglesas. Seguí.

PEZPITA — Se bailaba cerca de la fuente, Raúl, y había venido el Embajador de Inglaterra con la señora y un grupo de muchachos del Club de Polo y la señora se había puesto la tiara de diamantes, que valía, en ese entonces, más de veinte mil pesos.

CHURRINCHE — Bajá a la tierra, Pezpa. (A Raúl) Era sirvienta en la casa de los Menéndez Soria y le cayó el cumpleaños justo el día que se casaba la hija menor de los patrones.

PEZPITA — Pero me regalaron el vestido azul con mostacilla y el niño Gonzalo me dijo que estaba lindísma y no hice nada en toda la noche; servían los mozos pude mirar todo lo que quise, como una reina...) hasta tomé champagne. Bien que te conté que llegué a marearme y todo. Fue tan divino que debía haberme muerto esa misma noche (Solloza).

CHURRINCHE — ¡Fenómeno! Cuando le saltan las lágrimas faltan 20 segundos para que suene la pitada final y se dé por terminado el partido. Ésta la vi, Pezpa, ahora contáte una de pistoleros.

PEZPITA — No le haga caso, Raúl, dice así, pero vuelta a vuelta me pide que le cuente, ¿es verdad o no? Decí. La fiesta de mi cumpleaños me pide que le cuente, o el día que el niño Gonzalo me llevó a la bohardilla. ¡Relajado! (Con ternura) ¡Asquerosito! (Le acaricia la cabeza) Me hace contarle cien veces, detalle por detalle, como el otro me tiraba del pelo y como me rompió la blusa y después, cuando yo gritaba y él me agarró fuerte y...

CHURRINCHE — ¡¿Querés callarte?! Te pregunté qué hacemos con la piba, que es el cumpleaños y ninguno de nosotros tiene nada.

(Se oyen gritos: alguien se queja o protesta ahogadamente; todo un poco confuso, pero inquietante).

CHURRINCHE — (con calma, porque todos están acostumbrados a ese lamento atroz) Mirá como está. Andá, vieja. Fijate qué le pasa al abuelo y mientras, ves si queda alguna cosa por empeñar, así compramos algo para hoy.

PEZPITA — No queda nada. Lo último fue mi espejo, que tu no querías; como no sea la mesa o la misma cama donde dormimos...

CHURRINCHE — Fijate, por las dudas, en el cuartito de arriba donde está encerrado el viejo, entre las pilas de botellas rotas, entreverado con los trapos o los papeles, yo que sé, hay tanta porquería ahí, de repente... (Ella le obedece sin mucha convicción y entra a la pieza. Al abrir la puerta, salta un gemido desgarrador al cual nadie le da importancia).

RAÚL — Ud. es demasiado bueno, Churrinche.

CHURRINCHE .— No, Raúl. Se hace lo que se puede. (Se acerca Carrizo y llama a Raúl. Andolina entra en su pieza.

CARRIZO —  La cosa marcha. Le hablé a la madre y ella va a conversar a la Torcaza.

RAÚL — ¿Conversar para qué?

CARRIZO — ¡¿Cómo para qué?! Para prepararla. Dela por segura. Ahora mismo debe estar hablándole. Le dije qué la haga salir, así Ud. se le declara.

RAÚL —¿ Ahora? Tengo que pensar algo, entonces.

CARRIZO — Piénsese una buena, porque es su opor­tunidad y la Torcacita no es nada zonza.

RAÚL — No es zonza, pero es mujer.

CARRIZO — Claro. Dígale que está linda, que tiene los ojos así y asá y que Ud. está enfermo. Sobre todo eso, que se siente mal. Va a ver. En cuanto lo vea hecho un desgraciado, se le despierta el espirito maternal y ya quiere darle el pecho al nenito que tiene nana (se ríe).

RAÚL —  ¿Cómo lo consiguió?  

CARRIZO — ¿No le dije que soy mago?

RAÚL —  De algo puede estar seguro, Carrizo: de un favor de estos no me olvido. (Se dan la mano y sin desprenderse giran la cabeza porque acaba de aparecer Filomena que viene sencilla, pero muy bien vestida y peinada. Detrás de ella salió Andolina que se recuesta al marco de la puerta y la mira sonriendo y aprobando bonachonamente; hay una pausa, un tanto embarazosa, porque Raúl no se decide y todos están esperando que lo haga).

CHURRINCHE — Feliz cumpleaños, Torcacita.

CARRIZO — Feliz cumpleaños.

PEZPITA — (Que se asoma a su puerta) Feliz cumpleaños querida; el abuelo le manda un beso.

FILOMENA — Gracias, doña Pezpita. Son muy buenos. Gracias a todos. Es decir, a ustedes dos, porque. Tú, Gavi, ¿no me decís nada?

GAVI — Te digo si: año nuevo, vida nueva. Ojalá salgas de este pozo, hermanita, por lo menos tú. (se besan)

RAÚL — ¿Y a mí no me pregunta por qué no la felicito, en su día?

FILOMENA — Bueno, como nunca hablamos, pensé que...

RAÚL — Pero alguna vez tiene que ser la primera, ¿no le parece? (risa tonta)

FILOMENA — Claro. Tiene razón. Muchas gracias. (le tiende la mano)

RAÚL — Pero es que todavía no le dije nada. (la deja con la mano extendida)

FILOMENA — Perdóneme, creí. Ud. dijo así y entonces pensé que...

RAÚL — Como no nos conocemos pese a ser vecinos, pensé que primero correspondía presentarme. Me llamo Raúl Rolando Buenaventura; nombre artístico: Raúl Distel.

FILOMENA — Mucho gusto. (se dan la mano y él, ceremoniosamente, como en la corte o en las telenovelas la hace avanzar hacia un lado donde pueden hablar relativamente apartados aunque todos los demás ven y oyen todo y cambian miradas de complicidad y aprobación.

RAÚL — Cuando supe que era su onomástico me propuse hacerle un obsequio digno de Ud.

FILOMENA — ¡Por favor!.

RAÚL — Pero ¿qué puedo yo presentarle a Ud. que parece una princesa en todo? No sabe Torcacita, ¿puedo llamarla así? No sabe lo duro que puede ser para un hombre y más si es un artista, qué amargo puede resultar el hallarse en semejante dilema, sin nada en sus manos para hacerle la ofrenda que su delicadeza reclama, sin nada como no sea el perfume de una flor, la sombra de un recuerdo, el éxtasis de esta mañana insólita y fugaz.

CHURRINCHE — Muy bien. (lo aprueban).

FILOMENA— Me gusta como habla. Siga.

RAÚL — Capta el sentido oculto de mis palabras ¿verdad? ¿Percibe el trasfondo que palpita en ellas? ¿Lo capta?

FILOMENA — ¿Quiere decirme si lo entiendo? Poco, pero no importa... Siga... Nunca creí, al verlo, que Ud,... yo que sé... que Ud....

RAÚL — Siga.

FILOMENA — No. Siga Ud. (Pausita)

RAÚL — Mi vida es un páramo.

FILOMENA — Siga. Me encanta.

RAÚL .— Le hablo con el corazón en la mano. Desde que surgió Ud. en mi vida, Torcaza, veo una lucecita y trato de avanzar y esa lucecita me guía.

FILOMENA —  Sí…

RAÚL — Pero a veces me desoriento y me pierdo y no sé qué hacer, ni qué decir y….

FILOMENA — ¿Y que?

RAÚL — Nada. Vale más no seguir. ¿Para qué? A Ud. seguramente no ha de interesarle el raconto gris de un turbio atardecer.

FILOMENA — ¿Por qué? ¿Qué le pasa? ¿Está triste, verdad? Y está solo. Hace tiempo que me di cuenta y hoy, cuando mamá me dijo que viniera que Ud. me iba a hablar, tuve la comprobación. Yo sabía ya, me había fijado bien que Ud. estaba ... abandonado y solo.

RAÚL. —  Solitario y solo.

FILOMENA —  Claro, solitario y solo. Pero siga hablando de mí, como cuando empezó. Diga de nuevo lo del regalo.

RAUL— Quería que mi obsequio llegara a Ud. como un mensaje alado para engalanar su vida.

FILOMENA —  Ya sé. Y porque estaba desolado y solo, tirado por la vida, pensó en cantar un tango, para mí.

RAÚL — Claro, era eso exactamente.

FILOMENA — Me encantaría si Ud, cantara.

RAÚL — Deseaba que mi ofrenda, como un aroma exquisita, se posara levemente en su...

FILOMENA — Vaya. Cante.

RAÚL — ¿Ahora? Pero...

FILOMENA — Claro. ¿Por qué no? Cante ahora; pero desde el altillo como hace de mañanita, Me va a gustar más que nunca porque hoy es para mí.

RAÚL — Siempre canté para Ud.

FILOMENA — ¿En serio?

RAÚL — Lo juro, por esta luz que me alumbra.

FILOMENA — Vaya y cante como nunca.

RAÚL — Si, Torcaza. Una serenata al pie de tu balcón, (Tomando conciencia) Aunque yo esté allá y tú estés aquí...

FILOMENA — Una serenata... (Él le besa la mano y se dirige a la escalera por donde se sube a su pieza. Al pasar Carrizo le da la mano).

CARRIZO — Muy bien, Raúl. Muy bien,

CHURRINCHE — Estuvo notable. Lo felicito.

PEZPITA — ¡Qué facilidad de palabra! Me hizo llorar. Desde “El amor tiene cara de mujer” no sentía una cosa así.

RAÚL — Gracias. Muchas gracias. Pero si me perdonan tengo un compromiso que quiero cumplir cuanto antes. (La mira, todos la miran; ella baja los ojos y él sube los escalones. Casi en seguida canta el tango “Punto final”).

Desde el segundo rincón

Del corazón

El más nocturno

Nació este tango del taciturno,

Roto, residual y demolido

Amortecido

Punto final

Agobio, desazón sin peripecia