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La trastienda |
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Fue estrenada por la Comedia Nacional el 10 de marzo de 1958, en la Sala Verdi de Montevideo bajo la dirección de Carlos Muñoz. Escenografía y vestuarios Leopoldo Novoa, actuando el siguiente reparto: |
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Adela |
Maruja Santullo García Barca Alberto Candeau Elena Zuasti Carmen Casnell Oscar Pedemonti Wagner Mautone Héctor Cuore Nelly Antúnez Estela Castro Saúl Gigovich Glauco González Mabel Rondán Jaime Yavitz Juan R. Luna Ana Maria Palumbo Dina Galdós César Seoane Walter Santullo Domingo Pistoni Omar Giordano Cristina Lagorio |
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ACTO
PRIMERO (La
escena esta dividida en dos partes. A la izquierda, el almacén y a la
derecha la trastienda. La
puerta del almacén, sobre la pared de la izquierda, da a la calle y tiene
la cortina metálica a medio subir. Sobre la derecha corre el mostrador
paralelo a la pared; un extremo de éste se puede levantar y permite el
paso. El almacén y la trastienda se unen por una puerta de vaivén
transparente, de tejido de fiambrera. La
trastienda es al mismo tiempo comedor familiar y depósito del almacén.
Se comunica a la izquierda por la puerta de vaivén y a la derecha por
otra puerta practicable que da a un dormitorio. En la pared se abre un
ventanuco estrecho. Es
una noche de verano. En segundo plano, desde antes de levantarse el telón,
se oye “Susurrando" tocado al ritmo alocado y alegre del twenty;
luego continúa como fondo del diálogo. Esta música volverá a oírse en
dos o tres oportunidades durante este acto. Al
iniciarse la acción, Juan está ocupado en llenar pequeños tarritos con
azafrán que va tomando de un paquete abierto que hay sobre la mesa. Adela
está dándole los últimos toques al vestido azul que acaba de
confeccionarse. Luego
de un momento Adela sale por la puerta de la derecha hacia el dormitorio,
de donde vuelve casi enseguida sin el vestido que estuviera cosiendo. Durante
la breve ausencia de su hermana, Juan, embebido en su tarea, se ha puesto
a silbar alegremente la música que llega desde la calle). ADELA
— (reprochándole) ¡Juan! (éste sigue silbando) Juancito; silbás tan
fuerte... te van a oír. JUAN
— De veras. Estaba distraído. Debe ser tarde ya. Empezó la música en
el Club Panamá (pausita). ADELA
— Qué raro que José no haya venido todavía. JUAN
— Y... debe ser un arreglar esas
cosas. ¿Serán las 10? Ermelinda me mata. Ya debe estar vestida y sentada
es el patio, esperando. ADELA
— ¿Y yo que me terminé el vestido? JUAN
— Con aquella lo peor es la madre. Le dice cosas para ponerla furiosa
conmigo. ADELA
— Es que es una desgracia. Tenía que pasarnos justo hoy... un sábado. JUAN
— Por estas cosas es que no me gusta tener novia. Es para líos. ADELA
— Escuchá. ¿No es divina esta música? (comienza a bailar sola) Ah, no
hay nada que haga pensar casas más deliciosas que la música de un baile,
oída así, de noche y desde lejos. Uno piensa que están sucediendo, o
que van a suceder, historias maravillosas. (volviendo a la realidad, con
tono indiferente) Qué desgracia esto, ¿verdad? JUAN
— Justo un sábado. ADELA
— Va a ser un baile maravilloso. Yo tenía el vestido nuevo y podía
haberme quedado hasta la madrugada. Lo más lindo es salir de los bailes
cuando está aclarando. ¿Te acordás que una vez salimos del Club Panamá
y era de día? Vos te sacaste los zapatos y caminabas descalzo por la
calle. JUAN
— ¿Y si le voy a avisar? . . . Agarro la bicicleta y... ADELA
— ¡Pero Juan! ¡Cómo vas a salir, ahora!... JUAN
— Es un minuto. Lo de Ermelinda es aquí. ADELA
— ¡Si tu novia no es capaz de comprender! Un baile no es cuestión de
vida o muerte, en cambio nosotros... JUAN
— Ya sé. Pero pensá como
es, se impacienta y al final... ¿Será esta noche nomás? De repente
viene José y nos dice que hasta mañana no lo dan. ADELA
— Sería lo mismo ¿oíste? Ahí llega. JUAN
— ¿Quién? (se levanta impresionado y corre a mirar por la puerta de
vaivén; por allí entra José) ¡Ah! sos tú José ADELA
— ¿Que dije..? JOSÉ
— Lo entregan esta noche. Ahora nomás llega. ADELA
— Hay que arreglar la casa, entonces. JOSÉ
— Mientras venía estuve pensando... Creo que lo podemos mandar a lo de
Piazza.. ADELA
— ¿A lo de Piazza? JOSÉ
— Es imposible hacerlo acá. (transición) ¿Hay algo de comer? No
pruebo nada desde el mediodía. JUAN.
— Cortáte fiambre. Ahora podés comer lo que quieras. Yo me corté jamón. JOSÉ
— ¡Jamón! ¿No quedó comida, Adela? ADELA
— José, ¿cómo se te ocurrió una idea tan espantosa? José, vamos
a... Querido, tiene que ser aquí. JOSÉ
— Aquí no se puede, creéme. ADELA
— ¿Por qué no? En todas las casas JOSÉ
— Por mil razones. Sería lo peor. ADELA
— No te entiendo. ¡Juan! ¿verdad que tiene que hacerse aquí? Nunca se
me hubiera ocurrido... ¡Juan! JUAN
— Y... Yo que sé... Yo de esas cosas... ADELA
— Pero es lo ..... tenemos la obligación. JOSÉ
— No veo por qué. ADELA
— Porque sería... una vergüenza y... un desprecio, quedaría como
una... JOSÉ
— ¿Y cómo querés que quede? Imaginátelo pasando por arriba del
mostrador. Lo estuve pensando. Adela. ¡Aquí lo único que vamos a
conseguir va a ser darle asco a la gente! Sería para la risa. ADELA
— José, no seas inhumano. JOSÉ
— Al revés. Sé desde ahora, lo que van a sentir todos: asco. ADELA
— (Desesperada, al borde del llanto) ¡Juancito! Decíle por favor que
no sea así. Me muero si hace eso. Decíle, Juancito. JUAN
— José, vos sabés que para mí es lo mismo, pero si ella... JOSÉ
— No, yo no quiero que sufra. Lo digo porque sé que ir a lo de Piazza
es lo mejor. ADELA
— Por favor, ¡José, sería horrible! JOSÉ
— ¡Si por lo menos supiéramos dónde escondió la plata!... (ha
entrado Doña Rosa al almacén y golpes sobre el mostrador). D.
ROSA — ¡Adela! ¿no hay nadie que atienda Adela! JUAN
— (que pasa de la trastienda). ¿Qué tal doña Rosa? D.
ROSA — Bien, Juancito, ¿me da un kilo de azúcar y dos paquetitos de
sal fina? Me lo apunta en la libreta, si hace el favor. JUAN
— Está cerrado. D.
ROSA — ¡Pero si está abierto! JUAN
— Sí. Está abierto, pero está cerrado. D.
ROSA — Bueno, de cualquier manera, ahora que entré. JUAN
— No. Es que hoy no atendemos. D.
ROSA — Pero ¿por qué?.. JUAN
— Van a traer a tío Pepe, ahora. D.
ROSA — ¿De dónde? JUAN
— Del hospital, lo traen. D.
ROSA — ¿Pero estaba enfermo? Ayer me atendió lo más bien; me
acuerdo que se rió, comentando... JUAN
— Lo van a traer ahora, por eso no vendemos. D.
ROSA — Pero Juan no veo que... JUAN
— Lo traen muerto, señora. D.
ROSA — Muerto. ¡Madre santa! Perdóneme Juancito. Le juro que...
perdóneme... lo siento tanto, imagines.. JUAN
— No diga nada de eso doña Rosa. Vd. sabe que era un desgraciado y un
mal tipo. Nadie lo quiere. Diga la verdad. D.
ROSA — Bueno Juancito, pero era... JUAN
— Lo traen ahora, por eso no atendemos y con eso basta. Estaba
conversando con mis hermanos a ver donde se arma el velorio. Así que. D.
ROSA — Vaya Juancito. Lo siento mucho. Vaya por favor y perdóneme.
(mientras se va y Juancito se dirige a la trastienda) Dígale a Adela que
lo siento. Lo siento mucho. JUAN
— (entrando a la trastienda) Era doña Rosa.. venía a comprar. ADELA
¿Le dijiste?... JUAN
— ¿Qué? ¿Lo de tío Pepe? Claro que se lo dije. ADELA
— Ahora se lo cuenta a todos. Va a ir golpeando en las puertas; le
gusta tener una noticia para ella sola y repartirla. JUAN
— Tota!... ¿o tenés miedo que el barrio se aflija mucho? JOSÉ
— ¿A comprar, venía? JUAN
— Sí. Le dije que no se despacha hoy. Me pareció que... ADELA
— En cuanto se enteren empiezan a venir. Tu sabés cómo es la gente. JUAN
— ¿Y qué? Que vengan. ADELA
— Otra razón para hacerlo
aquí. Si llegan y estamos en la cochería no encuentran a nadie. Sería
una vergüenza. ¿Vamos a sacar algunas cosas? Hay que hacer sitio, ¿no,
José? JOSÉ
— Por supuesto. Cuando mucho debe haber dos o tres pesos en la caja.
Pero entre vos que querés llenar de asco a todos y este otro delicado que
no quiere vender, vamos divinamente. JUAN
— ¿Para qué querés plata? JOSÉ
— ¡ Para nada! Mañana hay mercado, pero no podemos traer verdura. JUAN
— Mañana hay que enterrarlo, José JOSÉ
— Y si vienen corredores, no podemos comprar cigarrillos, ni fideos, ni
nada. ¿Cuánto te queda para los gastos del mes? ADELA
— Unos reales. Sabés que si no, teníamos golpeando al cobrador parado
en la puerta... JUAN
— ¡Mirá que noticia! Ahora vamos a empezar a calcular, lo roñoso que
era. ¡Lindo momento! JOSÉ
— Juan, no seas burro. JUAN
— Claro que era un roñoso. Nos hacía trabajar y no nos pagaba. Ni con
comida. Había que robársela. ¿O vas a negar que comías fiambre en el sótano? ADELA
— No es por él, Juancito. Es por la gente. Sería una vergüenza. JOSÉ
— No sean burros, los dos, ¡Cristo santo! JUAN
— ¡Pero che! ¿Qué tenés? Al final... ADELA
— Dejálo Juancito. Siempre será el mismo bruto. (inicia el mutis) JOSÉ
— Perdonen. No, no te vayas Adela. Perdónenme. Es que estoy nervioso. JUAN
— Era un miserable. Convéncete José. Yo estoy tranquilo como una
oruga. No se perdió nada, creéme. JOSÉ
— Ustedes no entienden. Ahora estamos solos y dependemos del negocio. ¿Qué
va a ser de esto? Hacer el velorio aquí y cerrar por duelo y después
encima abrir sin un centésimo en la mano. ¡Cómo no se dan cuenta! Esto
se va al diablo y con el boliche nos vamos al diablo nosotros. ¡Si por lo
menos supiéramos donde escondió los billetes, el muy roñoso!... D.
ADELINA — (que ha entrado en la trastienda al principio del parlamento
anterior). ¡Ay! ¡Adelita! qué desgracia tan grande. Recién me entero y
vine corriendo (la abraza). Hay que tener resignación ¡hijita!, y Vds.
también. ¡Tan jóvenes, pobrecitos! (llora). Tan jóvenes los tres y se
han quedado solitos. JUAN
— Era un roñoso D.
ADELINA ¡Pobre Grezzi! Morir
así, de repente. ADELA
— Lo que menos pensábamos. D.
ADELINA — Un hombre joven. ADELA
— Es Cierto. No tenía ni sesenta y cinco años. D.
ADELINA — ¡Qué desgracia tan grande! Y con tres sobrinos a su cargo. ADELA
— Tenemos que ser fuertes, ¿verdad, doña Adelina? D.
ADELINA — Claro que sí hijita. Para Vds. es una liberación. Pero hay
que ser fuertes. Comentamos tantas veces lo mal que vivían. ADELA
— Pobre tío Pepe. (llora) D.
ADELINA — Era bueno, tenía sus cosas, pero... ADELA
—Pero era bueno. D.
ADELINA — Capaz de robar en la balanza, era, y a mí me vendió harina
con gorgojos, pero incapaz de hacer una mala acción, estoy segura. ADELA
— De veras, incapaz, pobre tío. D.
ADELINA — Tenía sus cosas, Grezzi, pero sin intención. Lo hacía
porque era tacaño y miserable, pero no por otra cosa. ADELA
— Me parece mentira que se haya ido. ¡para siempre! D.
ADELINA — Hay que tener resignación. Por lo menos le deja algo. JOSÉ
— ¿No sabe dónde lo guardaba? ADELA
— ¡Lo vamos a extrañar tanto! Venga doña Adelina. Vamos a hacer café. JOSÉ
— ¿No sabe dónde lo guardaba? D.
ADELINA — Una vez lo ví meter un sobre gordo así, entre dos paquetes
de yerba, ¿sería plata? JOSÉ
— ¿Dónde? ¿Dónde lo vio? D.
ADELINA — Atrás del mostrador, en la estantería. ¡Pobre Grezzi
que Dios lo tenga en la gloria. JUAN
— Cambiaba todas las noche el lugar. No te hagas ilusiones. Yo lo espié
mil veces y nunca le pude pescar un peso. (entran Piazza y Ayala con
sendos ramos de flores). PIAZZA
y AYALA (a un tiempo, entrando). Buenas noches. JUAN
— (alegre y despreocupado). Buenas... ¿qué tal Piazza? ADELA
— Buenas noches. (al ver los ramos) Ay, para qué se fueron a molestar. PIAZZA
— No es ninguna molestia, Adela. AYALA
— (mientras le da el ramo) Le acompaño el sentimiento. ADELA
— Gracias. AYALA
— Le acompaño el sentimiento. JUAN
— Gracias. PIAZZA
— Sentido pésame (le da el ramo). ADELA
— Gracias. Muchas gracias. (vuelve a llorar) Son muy buenos. AYALA
— Le acompaño el sentimiento. (abraza a José) JOSÉ
— ¿Cómo se enteró, Piazza? PIAZZA
— ¿Yo?.. me comunican… del hospital, cuando... JUAN
— ¡Pah! Qué organización tienen esas pompas fúnebres. No los dejan
ni caer del todo Los cazan al vuelo. ADELA
— ¡Juancito! PIAZZA
— Sentido pésame. JUAN
— (bruscamente serio) Gracias, Piazza, gracias. JOSE
— ¿Cuánto nos va a costar la cosa? PIAZZA
— (calculando) Y... contando una buena caja... (transición). Sentido pésame
José. (le da la mano) JOSÉ
— (mientras lo saluda) Una cosa modesta. ADELA
— ¡Pero José! Recién entraron. Te están saludando. PIAZZA
— No se preocupe Adela. Yo comprendo. A él —que tenga su descanso—
a él no le hubiera gustado gastar mucho. Yo comprendo. AYALA
— Era bueno como hombre y como cliente. JUAN
— ¿Le pagó, a Vd.? AYALA
— Ganamos el juicio con costas y costos. Pagaron los contrarios. D.
ADELINA — Pobre Pepe Grezzi. ¡Era un santo! JOSÉ
— ¿Qué juicio ganó, Ayala? ¿Hay algo a cobrar? AYALA
— Una indemnización por despido. Los dependientes... Cuando él los
trajo a Vds. para aquí... hace seis años.., bueno.., los dependientes
renunciaron. Después
salieron diciendo que el pobre Grezzi los había despedido. PLAZZA
— Una canallada. JUAN
— ¿De quién, la canallada? AYALA
— Pobre Grezzi. JUAN
— De veras. ¡Pobre! Era un roñoso. JOSÉ
— Diga Piazza. ¿Puede ser una cosa de cien ciento cincuenta pesos? PIAZZA
— (disponiéndose a aumentar) Como para el señor Grezzi, me parece
que... JOSÉ
— (cortante) ¿Qué… qué le parece? PIAZZA
— (entregándose) Sí. Me parece que con muy poco más, se podría. JOSÉ
— ¿Cuánto más? PIAZZA
— Digamos... doscientos en total contando caja y sepelio incluyendo los
avisos y el certificado. JOSÉ
— Es mucho. PIAZZA
— Hay gastos, José. Si no, tratándose de un amigo. Pero hay gastos. JOSÉ
— Es mucho, lo siento. Juan, agarrá la bicicleta y te vas hasta 23 de
Octubre y Caridad. ¿Conocés lo de Ramos y Abelenda? Bueno, media cuadra
más y... PIAZZA
— El negro Cendán no puede ofrecerle un servicio como nosotros, además
estamos a un paso. No va a ir hasta allá, estando nosotros en el barrio. JOSÉ
— ¿Ciento cincuenta por todo? D.
ADELINA — ¡Pobre Grezzi! Si el estuviera... JUAN
— Cállese. Si tío Pepe estuviera lo sacaba por cien. Esté seguro. JOSÉ
— ¿Ciento cincuenta, Piazza? PIAZZA
— Ciento ochenta por ser usted. JOSÉ
— Partimos la diferencia, ciento sesenta y cinco, ¿estamos? PIAZZA
— Están los cocheros, José. Por poco que se haga va a haber que poner
tres volantas. JOSÉ
— Ciento sesenta y cinco o nada. (transición) Vd. Ayala, vino por la
sucesión, no es eso? ADELA
— Pero José. ¡Tenés un apuro! ¿Les preparo un cafecito? ¿Cuántos
quieren: uno, dos, tres...? VIERA
— (entra trágico en silencio y le da un abrazo a José con palmadas en
la espalda; luego hace lo mismo con Juan y por último le da la mano, con
medio abrazo a Adela) Era un buen amigo, pero lo perdimos. ¡Qué
fatalidad! Acaba de avisarme Rosa Leiva. D.
ADELINA — De repente, don Valentín. ADELA
— ¡Pobre tío! Dijo: me parece que me hizo mal la comida, se apoyó la
mano aquí y ya no volvió a hablar. VIERA
— ¡Qué cosa bárbara! D.
ADELINA — Un santo. Yo lo siento por estas criaturas. PIAZZA
— (profesional) ¡Una injusticia morir así! JUAN
— Murió como Napoleón, con la mano acá. ADELA
— Llamamos a la asistencia, pero ya no conocía. Se lo llevaron (llora)
se lo llevaron y... ahora lo van a traer. JOSÉ
— Andá Adela, andá, hacé un poco de café. ¿Ciento sesenta y cinco,
Piazza? PIAZZA
— Bueno, ciento sesenta y cinco en homenaje a la hermanita que sufre
tanto. JOSÉ
— El velorio se hace en la cochería. PIAZZA
— Pero Vd. no dijo.. Eso es diferente. ADELA
— José ¡por Dios te lo pido! Seria una vergüenza. PIAZZA
— Eso… tiene razón su hermanita, seda. JUAN
— A Vd. quien le da vela... Digo: a Vd. ¿quién le pregunta nada? JOSÉ
— Calláte Juan. ADELA
— No podría salir a la calle si hacés eso; seria horrible, ¡horrible!
(sale llorando) D.
ADELINA — ¿Qué cosa, sería horrible? No entiendo. ¿Qué quiere
hacer? JOSÉ
— Acá es imposible Piazza. Vd. lo está viendo. PIAZZA
— No se preocupe por eso. Es un lugar espléndido. Nosotros sabemos.
Cuestión de retirar algunas cosas y... AYALA
— Perdone, José, pero estaba pensando que si yo hago la sucesión, el
certificado y los avisos irían por mi cuenta. JOSÉ
— Podría ser una solución, ¿Cuánto le calcula a todos esos trámites
de Juzgado? Quiero las cosas en orden. AYALA
— Unos seis meses JOSÉ
— Cuanto costarán, le pregunto. AYALA
— Depende. JOSÉ
— ¿No se puede saber, más o menos? AYALA
.— Según el grado de parentesco y según el monto del capital
transferido. Es decir: no sé cuánto es el valor de la herencia a recibir
ni quiénes son los herederos. Si son hijos menos, si son sobrinos es más,
por los impuestos. JUAN
— Los únicos parientes somos nosotros. JOSÉ
-— Dígame, ¿Vd. cobra al final o por adelantado? AYALA
—— Por favor José, ¿cómo voy a cobrarles ahora? JOSÉ
— Bueno, encárguese de todo, entonces. Después, no es problema. D.
ROSA — (entrando mientras saluda a todos en un increscendo de duelo) Buenas
noches, buenas noches, buenas noches. ¿Qué me dice don Valentín? De
repente. VIERA
— Eso me contaba Adelita. ¡Qué fatalidad! En diez minutos se les fue
el hombre. D.
ADELINA — Es así. Hoy estamos y mañana no. Se puso la mano aquí, el
pobrecito, dijo esta comida me cayó como veneno y dio el último suspiro,
vino la urgencia y todo, pero no hubo nada que hacer. El médico tuvo que
cruzarse de brazos. D.
ROSA — A mi me habían dicho que tenía la sangre espesa. Este hombre se
ha reventado el corazón trabajando. ¿Y María Luisa, don Valentín? VIERA
— Como siempre: de día rezongando, de noche engordando y siempre
incomodando (doña Adelina y doña Rosa se ríen y de pronto volviendo a
la realidad se callan avergonzadas) D.
ADELINA — Bueno, el finadito no ha llegado todavía, así que no hay
falta de respeto. JUAN
— (acercándose) ¿Ya empezaron a hacer cuentas Vds.? D.
ROSA — Por favor, Juancito. Parece mentira. JUAN
— ¿Y qué hay? ¿Se acuerda del velorio del viejo Peralta? ¿Se acuerda
del cuento de la pintura verde? D.
ROSA — Cállese Juancito. No es lo mismo hoy. JUAN
— Más o menos no vaya a creer. Más o menos. D.
ROSA — ¡Qué muchacho! Se ve que no se da cuenta todavía. D.
ADELINA — Demasiado joven el deudito. VIERA
— (llamándolo en voz baja) Ayala... Ayala... (le hace seña para que sé
acerque) Dígame, ¿se sabe como queda esta gente? AYALA
—. Y... tan en seguida. VIERA
— Le digo porque al viejo Orean le tengo entregado cerca de seiscientos
pesos en mercadería. ADELA
— (entrando con pocillos llenos de café) Si me hacen el favor se van
sirviendo? (algunos se sirven. Pausa larga. Suenan las cucharitas. Hay una
escala de suspiros)... VIERA—¡Pobre
Grezzi! Parece ayer que se instaló en esta esquina y debe hacer... (se
emociona solo hasta el llanto) Sí: más de quince años. .. casi dieciséis;
(llorando) D.
ADELINA — ¡Siempre tan atento! A mí, no había vez que no me
preguntaba por el reuma. PIAZZA
— Y está tardando en llegar. ¿Le habrá pasado algo? JUAN
.— ¿Qué quiere que le pase ahora? PEPA
— (que ha entrado al almacén golpeando en el mostrador con impaciencia)
¡Grezzi! ¡Grezzi! ¡Hay gente Grezzi! ¡Pepe Grezzi! JUAN
— (pasando al almacén) ¿Qué se le ofrece, Pepa? Viene a... PEPA
— (acaramelándose). ¿Cómo le va, Juancito? JUAN
— (encantado de la vida) Bien me va, lo más bien. PEPA
— ¿Y mi tocayo? ¿No está Grezzi? JUAN
— No... todavía no vino. PEPA
— ¡Qué lástima! JUAN
— ¿Lo va a esperar? PEPA
— Si no tarda mucho... Traje... (mostrándole el paquete) Pero no, con
Vd. no quiero hablar de esto. Con Vd. no me gusta hablar de cosas de almacén. JUAN
— ¿Y de qué vamos a hablar, si no? Bueno, no empiece con vivezas de
nuevo, eh. ¿Qué quiere? PEPA
— ¿Su hermana Adela está? JUAN
— ¿Quiere hablar con ella? Pase. PEPA
— (da vuelta por detrás del mostrador, pasa rozando a Juan que se
esquiva y entra en la trastienda) (alegremente sorprendida) ¡Ah! parece
que hay reunión, ¿qué tal doña Rosa? Adela: me dice Juancito que
Grezzi no llegó. Vd. estaba cuando él me vendió media docena de huevos
ayer de mañana. ¿Recuerda que llevé harina y levadura? Bueno, total no
pude hacer la torta ferrocarril. De los seis huevos, cuatro estaban
podridos. Le traje la cáscara para que los vea. ADELA
— ¿Ahora Pepa?... En cualquier momento, yo... PEPA
— ¡No me va a decir que miento! ADELA
— No, Pepa. No es eso. PEPA
— Si Grezzi no llegó, igual me los devuelven ahora. No van a pensar que
él diga que no. Lo que faltaba que ahora quisiera hacerse el vivo. D.
ROSA — ¡Pepa! ¡Pepa! (la llama aparte y le habla en voz baja) PEPA
— (transformada) ¡Qué cosa tan espantosa! Bien dice Beto: no somos
nada y estamos de paso. ¡Adela! ¡querida! (la besa) Ayer bueno y sano y
hoy... ADELA
— ¡Y hoy!. .. ¿qué me dice Pepa? (la abraza llorando) D.
ADELINA — Tenga resignación, mi hijita, tenga resignación. PEPA
— Eso. Hay que saber consolarse. Además, era bastante viejo. D.
ROSA — ¡Pepa ¡Pepa! PEPA
— ¡Pobre! no hay que hablar mal de un muerto, pero era un viejo
cascarudo, . . y metido todavía. Para comprarle huevos había que oírle
siempre alguna cosa con intención. D.
ROSA — ¡Pepa! ¡ Pepa! Desde que te ennoviaste con el de Bellagamba estás
cada vez más desfachatada, Pepa. PEPA
— ¿Le molesta que Beto tenga automóvil? JUAN
— Bueno, bueno, ¿cuántos son los huevos que hay que darle de nuevo? PEPA
— No, Juancito, no importa eso. Después le digo a mamá que ustedes están
de duelo. No van a pensar en semejante cosa ahora. Pero... ¿ y Grezzi?
Quisiera verlo. JUAN
— No llegó todavía. D.
ADELINA. — El pobrecito viene un poco demorado. PEPA
— Entonces me voy a vestir como para velorio y vengo. ¿No me acompaña
hasta casa, Juancito? JUAN
— ¿Yo? ¿Para qué? PEPA
— (mimosa) Venga.., tengo miedo de ir solita. JUAN
— Salga de ahí. A Vd. le gusta que la asusten. ADELA
— ¡Juancito, por favor! JUAN
— Flor de viva, es ésta, PEPA
— Tito me dijo que estás enamorado de mi. ¿Es cierto? JUAN
— Salga de ahí, déjeme quieto. Déjeme quieto. PEPA
— Bueno, me voy sola. Pero ya saben, si me pasa algo, tiene la culpa
Juancito por no acompañarme. (sale) JUAN
— (a Adela) Ermelinda me dijo que no le hable nada. No quiere ni que le
despache. D.
ADELINA — José... Vd. va a perdonar José, pero me gustaría hablar con
Vd. JOSÉ
— Hable. D.
ADELINA — Claro, en un momento así, de dolor, hay que respetar el
duelo.., pero como está el procurador. .. pienso que... JOSÉ
— Hable claro, ¿qué le pasa? D.
ADELINA — Es por la casita mía.., pobre Grezzi!... Ayala sabe. JOSÉ
— Sí... ¿qué pasa doña Adelina? D.
ADELINA — ¡ Pobre Grezzi! ¡ Qué Dios lo tenga en la gloria! Nos tenía
embargada la casita. La iba a sacar a remate. JOSÉ
— ¿Alguna deuda? D.
ADELINA — Cuando la desgracia de Martincito, ¿se acuerda? JOSÉ
— ¿Qué desgracia? D. ADELINA — Cuando en la sastrería desaparecieron dos sobretodos. Tuvimos que pagar eso y otros adelantos que tenía Martincito y Grezzi nos prestó doscient |