La noche de los ángeles inciertos
Carlos Maggi

A Paco Espínola

Personajes

Fanny

Hugo

Esteban

Silvia

Esther

Alfonso

Paula

Beracoghea

Borracho

Camacho

Pocho

Doria

Parroquianos

Reflectorista

La madre

Don Martín

El usurero

El patrón

El llorón

El mendigo

Doña Sara

Celia

Onofre

Voz de adentro

Los comensales

Mucama

Borello

La muchacha

Reyes magos

La vaca

Pastor 1

Pastor 2

Ángel

El cabaret

(Fanny está junto al mostrador mezclando bebidos. Esteban, muy cerca, sobrecogido. La luz es irreal.)

FANNY. — Ven Bechard, demonio del amor malvado. Te conjuro, espíritu seductor, lleno de dolo y falacia, ahíto de soberbia y apetitos maliciosos, enemigo de la virtud, generoso del vicio, ingrato a tu creador. Bechard, te conjuro.

Ven a reñir amantes, a desatar matrimonios, a separar a los bien avenidos y a poner la discordia del falso amor entre ellos. ¡Ven! Ven de las tinieblas infernales donde hay muerte perpetua. Ven y entra aquí, nefasto y verde (enciende una botella de licor con ese tono), aquí corrompido y rojo como tú mismo, feto del fuego (mismo juego en rojo) y aquí: ojo de serpiente, uña de la envidia, moneda (Mismo juego en amarillo); y aquí: invisible, sin color y a muerte como el odio. (Mismo juego en luz blanca.) Ven. Ven Bechard y entra tu negro poder por los miembros de mi cuerpo. ¡Entra! Que en el pulgar de mi mano izquierda te mando poner tu fuerza; el hambre del amor imundo. Ven. Por Sotter te ordeno me dejes aquí, cados, cados, Acirn Yma Vel Yma Vel, el arte de desatar deseos y todo lo funesto que trae detrás de si la ardiente concupiscencia.

On, Hey, heya, ya et ye. Adonay, Saday, et in nomine Saday qui creavit et per nomen Stella, qual est Venus, conjúrote Bechard. On bey heya ya el ye. Conjúrote.

HUGO. — (Apareciendo del sótano agobiado por el peso de un cajón y semejante al demonio con jurado.) Está tan lleno de arañas, chinches y ratas este maldito sótano y hay tanta porquería y tanta oscuridad allá abajo, que la luz no alumbra.

FANNY. — Noche a noche pisamos las cabezas del infierno, Hugo. (Esteban enciende la luz: cambio a la realidad.) (Hugo intenta besar a Fanny; ella lo aparto.) Estás sucio. Deciles que vengan: ya es la hora. (Hugo inicia el mutis.)

ESTEBAN. — ¿Hoy baila, la señorita Doria?

FANNY. — No creo. Aunque si no baila, no quiere hacer clientes. ¿Quedaron bien, las muchachas?

ESTEBAN. — Les hice un recorte, nomás. (Ella va a servirle.) No, todavía no. Entonces, me dijo que la señorita Doria...

FANNY. — Este anís va por cuenta de la casa; después toma el suyo; cuando quiera.

ESTEBAN. — Es que ahora prefiero no tomar. (Ella ya no le presta atención.) Estoy como si estuviera asustado. (Ha entrado Paula que se arregla el pelo frente a un espejo.)

FANNY. —. ¡Paula! Déjame verte. (Paula se acerca.) Está bien. Quedó bien ese pelo, Esteban. (A Paula.) Pedí una menta, y acordate que al Pocho Ramírez... (Le habla al oído. Paula se ríe asintiendo, luego ríen las dos destempladamente. Ya han entrado Esther y Silvia.) Silvia: hoy qué elegiste: ¿echarte perfume o gastar jabón?

SiLVIA. — huela. (Ofreciendo. el escote.)

FANNY. — Que huelan ellos.

ESTHER. — Mire cómo me cae esta pollera. ¡Horrible!

FANNY. — ¡ Vamos Esther! Lo que te está cayendo mal es.. . otra cosa. ¿Doria no llegó todavía?

ALFONSO. — (Entrando.) Está todo pronto, pero falta el canasto para el niño.

FANNY. — Alfonso, ponemos cualquier cosa.

ALFONSO. — No puede ser cualquier cosa... señora. Me tenés harto, Fanny.

SILVIA. — Le doy mi costurero, ¿quiere?

PAULA. — ¿Por qué no le prestaste el año pasado tu costurero?

SILVIA. — Porque el año pasado mi Fifo no era Jesusito. Pero esta noche, sí. ¿Lo vio vestido Fanny? Está divino, parece un bebe de verdad.

ALFONSO. — Déjame el canastito al lado de donde puse el muñeco, ¿eh?

S1(LVIA. — Nunca creí que el Fifo quedara tan lindo. (Sale.)

FANNY. — Alfonso, andá a abrir. No. Esperá. (Golpeando las manos.) Hugo. Hugo, son once y cinco. ¿A qué hora se abre, hoy? ¡Hugo!

HUGO. — (Entra arreglándose todavía.) — Está bien, menos gritos.

FANNY. (En voz baja.) — Te queda preciosa, la camisa.

HUGO. — Es de popelina, ¿no?

ALFONSO. (Para interrumpir los secreteos.) — ¿Abro o no abro? (Alfonso va a abrir.)

HUGO. (Íntimo.) — Fanny: me gustó mucho... Flor de camisa.

FANNY. — ¿En serio?

HUGO.— Calculá. Me la puse hoy, para festejar la Nochebuena. Pero quería hablarte...

FANNY.— ¿De qué?

HUGO. — No... ¿no viste cómo tengo los zapatos? Con una camisa así...

FANNY. — ¡Mi querido…!

HUGO. — Sí pudieras arrímarme unos treinta o cuarenta pesos.

FANNY. — Claro que sí.

HUGO. — Dame cincuenta entonces.

FANNY. — De la caja no puedo, mi vida. Está Alfonso.

HUGO. — ¿Qué? ¿Empezó a ponerse celoso tu marido? No me dijiste que...

FANNY. — Hace menos de un mes que entraste, Hugo, si no sabrías que Alfonso controla la caja al centésimo. Y en un día como hoy, más que nunca. Oíme: ¿podés esperar hasta el lunes? Hugo: puedo comprártelos yo misma el lunes. Me dejás Hugo?

HUGO. — (Que se ha desentendido de Fanny. A Esteban.) — Cuente cómo fue la pelea.

ESTEBAN.— (Como si le apretaran un botón.) — ¿La última?

FANNY. — Hugo, por favor...

HUGO. — (Sin prestar atención al ruego de Fanny.) — La ultima no. Cuente la final con el peruano.

ESTEBAN.— (Se baja del banco en el cual estaba sentado y comienza a contar mecánicamente, de memoria; poco a poco representa y vive lo que cuenta.)

— Era ágil el peruano y tenía mucho juego de piernas; pero yo también: mucho juego de piernas. Llegué en forma a la pelea. Liviano. Y sonó el gong. Los primeros rounds busqué la pelea larga. Lo estuve midiendo; trabajo de cintura. Le bailaba alrededor, ¿entiende?

HUGO. — ¿Y en el quinto round?

FANNY. (Rogándole.) —Hugo...

ESTEBAN. — En el quinto round, Arocha me dijo: ahora. Y yo entré al cambio de golpes a media distancia: derecha, izquierda. Fijese bien, ¿eh? No hubo un solo clinch en tres rounds. Los dos fuimos a dar y a recibir. Me acuerdo que coloqué dos izquierdas seguidas y un cross de derecha; paso atrás y otra izquierda al plexo y otra a la mandíbula y un recto de derecha al corazón.

HUGO. (A un parroquiano que acaba de entrar.) Beracochea, venga: acérquese. ¿Lo conoce? Es Costita.

BERACOCHEA. — ¿Qué Costita?

HUGO. — Esteban Costa.

ESTEBAN. — Costita.

HUGO. — Empezá en el quinto round, de nuevo. El no te oyó.

ESTEBAN. — Ameba me dijo: ahora. Entonces… coloqué dos izquierdas seguidas y un cross de derecha; paso atrás y otra izquierda al plexo y otra a la mandíbula y un recto de derecha al corazón. (Se queda en blanco.)

HUGO. — ¿Y el peruano?

ESTEBAN. — ... y un recto de derecha al corazón... y el peruano pegaba también y muy duro, pegaba tanto como yo, o más, pero yo no me daba cuenta. En un descanso, Arocha, en el rincón, me dijo: seguí así. Y yo seguí. En el último round parece que yo tenía el labio cortado hasta acá arriba.

HUGO. — Y te lo querías comer.

ESTEBAN. — ¡ Eso! Me colgaba y yo no sentía nada, salvo una cosa que me colgaba. En serio: mordía algo blando que me entraba en la boca y trataba de cortarlo con los dientes y era mi propio labio.

BERACOCHEA. — No lo conozco pero es lo mismo: salud Costita. (Bebe y se aleja.)

FANNY. — Hugo, te juro que no puedo.

HUGO. — ¿Y lo de la sangre? Terminá.

ESTEBAN. — (Sin levantar la voz sigue dirigiéndose a Beracochea y a Hugo, alternativamente — Gané por puntos. Cuando me levantaron la mano y el público aplaudía, dicen que estaba todo aquí, colorado de la sangre mía y de la sangre del peruano. No me acuerdo casi nada, pero ése fue el mejor momento de mi vida, Mi mejor momento. (Esteban se va apagando y vuelve a su anterior inmovilidad vigilante. Entra Doria desde la calle.)

BORRACHO. — Venga Doria. Usted, mi hijita tiene que ser siempre así. Criatura inocente. Hija dócil. Alma pura y virginal. (Contiene un hipo y la bese en la frente) Vuelvo más tarde y me fijo cómo se esta portando, Dios la haga una santa, mi hija. (Doria sale a vestirse hacia el interior del cabaret)  

ALFONSO. — (Junto al mostrador) — Una menta y dos whiskies

FANNY. — Para Paula.

ALFONSO. — Sí, mesa cuatro.

PAULA. — (En una de las mesas.) — Toca esa mano, Pocho ¿Sentís? Así soy toda.

CAMACHO. — Una seda.

PAULA. —Soy suave y lisa como esa mano en todo el cuerpo.

POCHO. — Difícil

CAMACHO. — ¿ Y a mí no me dejás hacer la prueba?

PAULA. — ¿Quién te conoce?

CAMACHO.— Y a vos quien te...

POCHO. — (Interrumpiéndolo) — Tomá tu trago, Camacho, y cerrá el pico.

PAULA. — (Metiendo la punta de la lengua en lo copita de menta.) —Me gusta sentir el frío del pipper­mint. Al ratito el dulzor te duerme la punta de la lengua y hace cosquillas. (A Pocho.) Probá.

POCHO. — Tranquila.

CAMACHO. — Dejame probar a mí.

POCHO. — Basta, Camacho. Dejanos discutir en paz. Ella está vendiendo lo que tiene y yo estoy viendo si me decido.

CAMACHO. — Pero yo también puedo pagar.

PAULA. - Pagás esta noche. Pero el Pocho viene siempre y sabe darse los gustos. (A Pocho, íntima.) Rosa es nada al lado mío. No sabés lo que soy. Puedo enloquecerte. Pocho. Si me tenés contenta.

POCHO. — Conmigo la plata no es cuestión de cantidad pero en cambio...

PAULA.— (Interrumpiéndolo radiante.) — ¿Sabés por qué puedo enloquecerte viejo? Porque me gustás, me gustás mucho. Hasta me pongo nerviosa cuando estoy contigo. En serio. Te miro y me salta el corazón, papito. Sentí. (Le lleva la mano hasta su pecho.) ¿Te quedás a la fiesta de Nochebuena que hacemos hoy después de cerrar? Nos disfrazamos y todo.

POCHO.— (A Camacho.) — Tomá unos pesos y conseguí algo por ahí. Mostrá 20 ó 30 y sos un rey. Andá. Dejanos solos. (Camacho recibe el dinero y obedece.) (Doria reaparece y se acerca a Fanny.)

HUGO.— (Gritando junto al mostrador después de atender algunas mesas.) — Una grappa, un guindado y preparación para dos.

FANNY.— (Mientras le da el pedido.) — Tengo que hablarte, por favor.

HUGO. — Vengo en seguida.

FANNY. — Gracias, mi vida. ¿Venís rápido y hablamos? (Le aprieta un brazo con su mano.)

ALFONSO.— (Que se da cuenta, con cansancio.) —¿Otra vez, Fanny? ¿Hasta cuándo vas a seguir con esto? A veces pienso que tendría que matarte. (Hugo lo mira y se aleja a servir.)

FANNY. — ¿Venís a pedir algo?

ALFONSO. — Sí, Fanny. Una botella de vino y dos copas. ¿Todavía no llegó la cabeza de burro para mí?

FANNY. — No, no llegó, la cabeza de burro. (Alfonso se aleja a servir.)

HUGO. (Acercándose a Esteban que sigue junto al mostrador.) — Si tenés cincuenta pesos te la consigo para mañana.

ESTEBAN.— ¿Qué cosa?

HUGO. — Vamos, Costita, no te hagas el bobo conmigo. ¿Te crees que no se nota? Le hablo a Fanny y mañana el que se lleva a Doria para arriba sos tú. Te la consigo por cincuenta. Palabra. No me digas que una mujer así por esa plata no es tirada; es barata, Costita, creeme. ¿Tenés los cincuenta pesos, ahora?   

ESTEBAN. — (Violento, empujando hacia atrás.) (La música se interrumpe. La luz se hace irreal.) Sos un canalla, una basura, una bosta de bruja, sos. (Quebrándose.) Sos la Última porquería, lo más sucio y asqueroso y canalla. (Terrible encarándose con la concurrencia en general sin que nadie le preste atención) Todos son podredumbre aquí. Todos. Hambrientos de carroña, perversos bestias, peor que bestias, babosos y ladronas, espíritus inmundos. (Estas imprecaciones no han sido oídas por nadie. Esteban de nuevo en su banco solloza y tiembla apenas. La luz vuelve a ser natural.)

HUGO. — (Repite con los mismos gestos y tono.) —¿Tenes los cincuenta pesos ahora?

ESTEBAN. — (Manso.) — No, Hugo, tengo el peso veinte, que me dio mamá, corno todas las noches, para un anís.

HUGO. — Fanny: no tiene. Fanny, tenés que ayudarme. No era para zapatos lo que te pedí. Debo cincuenta y los tengo que pagar hoy. Tengo que ir de aquí para lo de Acuña. Es el Último plazo. Tú lo conocés al Negro. Perdí esa plata al monte, el lunes pasado y hasta hoy lo vengo engañando Fanny, por favor. Tú lo conocés, (Hecho una piltrafa.) Dámelos, por favor te pido. Ayudame.

FANNY. — Ojalá pudiera mi amor, pero de la caja no puedo. Esta Alfonso. Si falta un peso, por esto sí que me mata en serio. No lo conocés.

HUGO. — Dame una Pulsera, una alhaja cualquiera ¿No tenés un anillo?

FANNY. — ¿Un anillo? El que tenía se lo llevó alguien mejor que tú no hace mucho.

HUGO. — Tenés un anillo.

FANNY. — ¿ Éste? Es mi talismán Hugo: tiene poderes, (Apartándolo del ademán codicioso de Hugo.) Además no te sirve. Es de hierro virgen.

HUGO. — ¿No tenés nada? ¿Y tú? (A Esteban.) ¿Tenés algo? ¿ Un anillo, que me prestes? (Le revisa las manos.) ¿Tenés? Mostrame ¿Tenés?

ESTEBAN — ; Fuera! ¡ Fuera! No quiero que me ensucien las manos. ¡Fuera! ¡Fuera!  

HUGO. — ¿Me echás, Costita? ¿No querés ayudarme? (Lo sacude.) Podría pisarte la cabeza, piojo.

FANNY. (Tranquila.) — Atendé las mesas, Hugo. Pasado mañana tenés esa plata, mi amor. Creeme: es mi gusto dártela, porque te quiero. (Lo toma de la mano.) Salimos mañana y el lunes tenés lo que quieras.

HUGO. — Tiene que ser hoy, Fanny, antes de cerrar. Es mi último plazo. (Se desprende.)

ESTEBAN. (Para sí. Cuando está lejos.) — Escoria, nada más que escoria, eso es lo que sos. No tengo nada yo. A mí no pueden sacarme nada. (Da vuelta los bolsillos hacia afuera.) (Esteban gira la cabeza y mira hacia donde están Alfonso, Camacho y Doria que se iluminan más claramente.)

ALFONSO. — Eso se arregla en la caja. Vengan los dos. (Se acercan al mostrador. A Fanny.) Un amigo del Pocho, mi señora.

CAMACHO. (Sin darle la mano.) Mucho gusto, señora.

ALFONSO. — Quiere salir con Doria. Le dije que hoy no se puede, por la fiesta. La quiere tener reservada para mañana.

CAMACHO. — Arreglo para mañana por lo que sea; pero hoy quiero bailar y divertirme un poco. Es Nochebuena.

ALFONSO. — Doria no quiere ir a la mesa.

DORIA. —Me da asco. Está borracho.

FANNY. — ¿Qué te hace acompañarlo? (Doria se mantiene inmutable.)

ALFONSO. — ¿Para eso te tenemos en casa, muerta de hambre? ¿O te olvidaste de lo que eras hace seis meses? ¿Te olvidaste ya?

FANNY. — Déjala, Alfonso.

CAMACHO. — ¡Al fin y al cabo, puedo irme a otro lado, si acá está lleno de princesas Pompadour!

ALFONSO. — Ella no se niega... pero lo que nunca quiere...

FANNY. — Andá a cambiar el disco del gramófono, Alfonso.

ALFONSO. (A Camacho.) — Va a ver como con la señora se arregla. (Se aleja.)

CAMACHO. — Mejor me voy, total. . .  

FANNY. (Simpática.) — Venga para acá, no sea muchacho.

CAMACHO. — Si es una princesa de Pompadour.. .

FANNY. — No se apure. ¿Verdad que es simpático, Doria?

DORIA. — Está borracho desde que llegó.

FANNY. — Pero es simpático y mañana pueden salir a divertirse. ¿Verdad Doria?

ESTEBAN. (Interponiéndose.) — Deme un anís.

FANINY. — Después, Esteban.

ESTEBAN. — No, ahora.

FANNY. — ¿Trajiste la plata?

ESTEBAN. (Saca del envoltorio de su pañuelo.) —-Aquí tiene el peso veinte. (Fanny le sirve y él se queda interpuesto en el grupo, mirando a los tres alternativamente y mostrando en la cara lo que está sintiendo.)

FANNY. — Doria es muy cariñosa y es más delicada que las demás, más ingenua, más inocente.

ESTEBAN. — Es cierto.

FANNY. — Es por eso que no le gusta hacer copas. Es bailarina artística. ¿No ve el cuerpo que tiene? Fíjese bien. Es un cuerpo, ¿no?

CAMACHO. — Me gusta sí, pero si todas son tan difíciles, vuelvo a la fiesta en casa y me quedo con mi novia.

FANNY. —Pero si Doria no es nada difícil, al revés. Está llena de ternura. Es un bichito de dócil, una gatita mimosa. Pero hay que saberla llevar. Y a usted —se nota enseguida— le sobra habilidad para una muchacha así. Dígale alguna cosa. Diga...

CAMACHO. — ¿Quiere... quiere bailar conmigo y festejar?

DORIA. — Bailar me gusta.

CAMACHO. — Entonces bailamos.

ESTEBAN. —No bailes, Doria.

FANNY. — Espere. No arreglamos lo más importante.

CAMACHO. — ¿Qué cosa?

FANNY. — ¿No quería reservarla para mañana, para salir juntos o para estar la noche en el reservado de arriba?

ESTEBAN. — Deme otro anís.

FANNY. — No tenés plata, Esteban.

ESTERAN. — Tengo, sí. Otro anís. Otro anís.

FANNY. — No. Te dan lo justo todas las noches. Quédate tranquilo. (A Camacho.) Pregúntele usted si quiere.

CAMACHO. (A Doria.) — ¿Salimos, mañana?

FANNY. — Claro que sale. Decíselo.

DORIA. — Salgo, sí. (Baja los ojos.)

ESTEBAN. (Quebrado.) — Otro anís.

CAMACHO. — Bueno, formidable. (Amaga llevarla a la pista.)

FANNY. — Oiga: lo de bailar hoy va de regalo, pero la salida de mañana hay que pagarla por adelantado.

CAMACHO. — Y la pago...

FANNY. — ¡Alfonso! (Éste se acerca.) Alfonso: ¿toda la noche de mañana, son cincuenta?

CAMACHO. — Pago treinta, mas no.

ALFONSO. — Dejásela en cuarenta.

FANNY. — Necesita zapatos, la chiquilina. Hay que vestirla, para que usted pueda desvestirla. Son cincuenta. Vamos, que tiene de sobra, usted.

CAMACHO. — Está bien. (Le va a pagar a Fanny.) Tome.

FAINNY. — Páguele a él. Yo soy mujer como Doria y tengo mis debilidades. Como ella con usted.

CAMACHO. — ¿Bailarnos?

DORIA. — Si usted lo desea. (El grupo se dispersa y deja a Esteban desguarecido. Doria se vuelve hacia Fanny.) Si mañana tengo que ir hoy hago mi baile.

FANNY. — Acordate lo que fue el viernes pasado.

DORIA. — Pero ahora ensaye mas.

FANNY. — Vas a terminar corriendo a los clientes.

DORIA. — Dejame, Fanny.

FANNY. — Está bien, bailá, pero primero entretené un poco a ese muchacho. Ponete alegre.

DORIA. — Y me prenden el reflector y Alfonso me anuncia.

FANNY. — Sí.

DORIA.— ¿Y después...?

FANNY. — ¿Qué más?

DORIA. — ¿Y después ustedes, Hugo y tú, aplauden cuando yo salga? ¿Si?

FANNY. — Andá y hacé que se divierta.

DORIA. — ¿Pero me aplauden?

FANNY. — Trabajá bien, primero. Mostrate alegre.

DORIA. —Sos buena, Fanny. (La besa y va hacia Camacho. Bailan.)

HUGO. — Estás sufriendo, Esteban.

ESTEBAN. — Sí, sí, claro que estoy sufriendo. No me gusta nada esto. Aunque ella esté pensando en otra cosa, no me gusta. Por eso, para ayudarla, yo también pienso en otras cosas: en la granja grande, donde crían patos y se les da de comer volcando una bolsa grande; y pienso en el jarrón pintado de verde que había en casa; y pienso en el ruido que hace la navaja sobre el asentador.

HUGO. — Sin embargo, tendrías una manera de conseguirla para siempre. ¿ No te gustaría?

ESTEBAN. — ¿Irnos? ¿Los dos?

HUGO. — Clara. Si ella quisiera. . . Ella hace siempre lo que quiere.

ESTEBAN — Es cierto. (Las parejas dejan de bailar.)

HUGO. — Pero tú no le hablaste nunca...

ESTEBAN. — No. Yo no hice nada nunca. La miro, nomás, a veces. Y pienso cosas. Pero como esas.

HUGO. — Ella ni te ve.

ESTEBAN. — Claro que me ve.

HUGO. — Si le hicieras un regalo, a lo mejor. Y si yo te ayudara. . . Con algo bueno estoy seguro que la convencemos y se va contigo.

ESTEBAN. — ¿ Conmigo? ¿Adónde?  ¿Y qué regalo le hago?

HUGO. — Tendría que ser algo realmente bueno, algo de valor.

ESTEBAN. — No, eso no. A ella eso no le importa.

HUGO. — Mirá que sí.

ESTEBAN. (Violento) — No le importa, te dije. Estoy seguro.

HUGO. — Mirá que sé lo que te digo, campeón. No te enojes. Si no es cuestión de plata. Pero tendrías que hacerle un regalo, algo especial. Un regalo que tuviera fuerza.

II

ESTEBAN. - Fuerza.

HUGO. — Claro. Alguna cosa con un poder especial, con una fuerza capaz de favorecerte. Pensá bien, campeón. Tú sos inteligente. ¿Viste el talismán de Fanny?

ESTEBAN. — ¿El anillo?

HUGO. — Es nada más que un clavo de herradura, pero está hecho de hierro virgen y recibió palabras.

ESTEBAN. — Pero si yo no tengo nada que sea así. No sé de eso.

HUGO. — Se podría hablar con Fanny.

ESTEBAN. — No. Prefiero que no. Con ella no.

HUGO. — ¿Por qué?

ESTEBAN. — No quiero. Si es con Fanny, no. Nunca. No quiero.

HUGO — Como te parezca. Pero es una lástima grande, campeón. Pudiendo.. - (Pausita.)

ESTEBAN. — ¿ Y a mi, me prestaría el anillo, Fanny?

HUGO.—Pensaba algo mejor. Pero si no queres. .

ESTEBAN. — Es que no sé.

HUGO. — Cuando Doria se ponga el anillo activo la tenés para siempre. Es infalible el poder. ¿Querés que convenza a Fanny para que lo prepare?

ESTEBAN. — No se, yo.