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La noche de los ángeles inciertos |
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A Paco Espínola |
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Personajes Fanny Hugo Esteban Silvia Esther Alfonso Paula Beracoghea Borracho Camacho Pocho Doria Parroquianos
Reflectorista La
madre Don
Martín El
usurero El
patrón El
llorón El
mendigo Doña
Sara Celia Onofre Voz
de adentro Los
comensales Mucama Borello La
muchacha Reyes
magos La
vaca Pastor
1 Pastor
2 Ángel El
cabaret (Fanny
está junto al mostrador mezclando bebidos. Esteban, muy cerca,
sobrecogido. La luz es irreal.) FANNY.
— Ven Bechard, demonio del amor malvado. Te conjuro, espíritu seductor,
lleno de dolo y falacia, ahíto de soberbia y apetitos maliciosos, enemigo
de la virtud, generoso del vicio, ingrato a tu creador. Bechard, te
conjuro. Ven
a reñir amantes, a desatar matrimonios, a separar a los bien avenidos y a
poner la discordia del falso amor entre ellos. ¡Ven! Ven de las tinieblas
infernales donde hay muerte perpetua. Ven y
entra aquí, nefasto y verde (enciende
una botella de licor con ese tono), aquí corrompido y rojo como tú
mismo, feto del fuego (mismo juego
en rojo) y aquí: ojo de serpiente, uña de la envidia, moneda (Mismo
juego en amarillo); y aquí:
invisible, sin color y a muerte como el odio. (Mismo
juego en luz blanca.) Ven. Ven Bechard y entra tu negro poder por los
miembros de mi cuerpo. ¡Entra! Que en el pulgar de mi mano
izquierda te mando poner tu fuerza; el hambre del amor imundo. Ven. Por
Sotter te ordeno me dejes aquí, cados, cados, Acirn Yma Vel Yma Vel, el
arte de desatar deseos y todo lo funesto que trae detrás de si la
ardiente concupiscencia. On,
Hey, heya, ya et ye. Adonay, Saday, et in nomine Saday qui creavit et per
nomen Stella, qual est Venus, conjúrote Bechard. On
bey heya ya el ye. Conjúrote. HUGO.
— (Apareciendo del sótano
agobiado por el peso de un cajón y semejante al demonio con
jurado.) Está
tan lleno de arañas, chinches y ratas este maldito sótano y hay tanta
porquería y tanta oscuridad allá abajo, que la luz no alumbra. FANNY.
— Noche a noche pisamos las cabezas del infierno, Hugo. (Esteban enciende la luz: cambio a la realidad.) (Hugo intenta besar a
Fanny; ella ESTEBAN.
— ¿Hoy baila, la señorita Doria? FANNY.
— No creo. Aunque si no baila, no quiere hacer clientes. ¿Quedaron
bien, las muchachas? ESTEBAN.
— Les hice un recorte, nomás. (Ella
va a servirle.) No, todavía no. Entonces, me dijo que la señorita
Doria... FANNY.
— Este anís va por cuenta de la casa; después toma el suyo; cuando quiera. ESTEBAN.
— Es que ahora prefiero no tomar. (Ella
ya no le presta atención.) Estoy como si estuviera asustado. (Ha
entrado Paula que se arregla el pelo
frente a un espejo.) FANNY.
—. ¡Paula! Déjame verte. (Paula se acerca.) Está bien. Quedó bien ese pelo, Esteban. (A
Paula.) Pedí una menta, y acordate que al Pocho
Ramírez... (Le
habla al oído. Paula se ríe asintiendo, luego ríen las dos
destempladamente. Ya han entrado Esther y Silvia.) Silvia: hoy qué
elegiste: ¿echarte perfume o gastar jabón? SiLVIA.
— huela. (Ofreciendo. el escote.) FANNY.
— Que huelan ellos. ESTHER.
— Mire cómo me cae esta pollera.
¡Horrible! FANNY.
— ¡ Vamos Esther! Lo que te está cayendo mal es.. . otra cosa. ¿Doria
no llegó todavía? ALFONSO.
— (Entrando.) Está todo
pronto, pero falta el canasto para el niño. FANNY.
— Alfonso, ponemos cualquier cosa. ALFONSO.
— No puede ser cualquier cosa... señora. Me
tenés harto, Fanny. SILVIA.
— Le doy mi costurero, ¿quiere? PAULA.
— ¿Por qué no le prestaste el año pasado tu costurero? SILVIA.
— Porque el año pasado mi Fifo no era
Jesusito. Pero esta noche, sí.
¿Lo vio vestido Fanny? Está divino, parece un bebe de verdad. ALFONSO.
— Déjame el canastito al lado de donde puse el muñeco, ¿eh? S1(LVIA.
— Nunca creí que el Fifo quedara tan
lindo. (Sale.) FANNY.
— Alfonso, andá a abrir. No. Esperá. (Golpeando
las manos.) Hugo.
Hugo, son once y cinco. ¿A qué hora se abre, hoy? ¡Hugo! HUGO.
— (Entra arreglándose todavía.) —
Está bien, menos gritos. FANNY.
(En voz baja.) — Te queda
preciosa, la camisa. HUGO.
— Es de popelina, ¿no? ALFONSO.
(Para interrumpir los secreteos.) —
¿Abro o no abro? (Alfonso va a
abrir.) HUGO.
(Íntimo.) — Fanny: me gustó
mucho... Flor de camisa. FANNY.
— ¿En serio? HUGO.—
Calculá. Me la puse hoy, para festejar la Nochebuena. Pero quería
hablarte... FANNY.—
¿De
qué? HUGO.
— No... ¿no viste cómo tengo los zapatos? Con una camisa
así... FANNY.
— ¡Mi querido…! HUGO.
— Sí pudieras arrímarme unos treinta o
cuarenta pesos. FANNY.
— Claro que sí. HUGO.
— Dame cincuenta entonces. FANNY.
— De la caja no puedo, mi vida. Está
Alfonso. HUGO.
— ¿Qué? ¿Empezó a ponerse celoso tu
marido? No me dijiste que... FANNY.
—
Hace menos de un mes que entraste, Hugo, si no sabrías que Alfonso
controla la caja al centésimo. Y en un día como hoy, más que nunca. Oíme:
¿podés esperar hasta el lunes? Hugo: puedo comprártelos yo misma el
lunes. Me dejás Hugo HUGO.
— (Que se ha desentendido de Fanny. A
Esteban.) — Cuente cómo fue la pelea. ESTEBAN.—
(Como si le apretaran un botón.) —
¿La última? FANNY.
— Hugo, por favor... HUGO.
— (Sin prestar atención al ruego de
Fanny.) — La ultima no. Cuente la final con el peruano. ESTEBAN.—
(Se baja del banco en el cual estaba
sentado y comienza a contar
mecánicamente, de memoria; poco a poco representa y vive lo que
cuenta.) —
Era ágil el peruano y tenía mucho juego de
piernas;
pero yo también: mucho juego de piernas. Llegué en forma a la pelea.
Liviano. Y sonó el gong. Los primeros rounds busqué la pelea larga. Lo
estuve midiendo; trabajo de cintura. Le bailaba alrededor, ¿entiende? HUGO.
— ¿Y en el quinto round? FANNY.
(Rogándole.) —Hugo... ESTEBAN.
— En el quinto round, Arocha me dijo: ahora. Y yo entré al cambio de
golpes a media distancia: derecha, izquierda. Fijese bien, ¿eh? No hubo
un solo clinch en tres rounds. Los dos fuimos a dar y a recibir. Me
acuerdo que coloqué dos izquierdas seguidas y un cross de derecha; paso
atrás y otra izquierda al plexo y otra a la
mandíbula y un recto de
derecha al corazón. HUGO.
(A un parroquiano que acaba de
entrar.) Beracochea, venga: acérquese. ¿Lo conoce? Es Costita. BERACOCHEA.
— ¿Qué Costita? HUGO.
— Esteban Costa. ESTEBAN.
— Costita. HUGO.
— Empezá en el quinto round, de nuevo. El no te
oyó. ESTEBAN.
— Ameba me dijo: ahora. Entonces… coloqué dos izquierdas seguidas
y un cross de derecha; paso atrás y otra izquierda al plexo y otra a la
mandíbula y un recto de derecha al corazón. (Se
queda en blanco.) HUGO.
— ¿Y el peruano? ESTEBAN.
— ... y un recto de derecha al corazón... y el peruano pegaba también
y muy duro, pegaba tanto como yo, o más, pero yo no me daba cuenta. En un
descanso, Arocha, en el rincón, me dijo:
seguí así. Y
yo seguí. En el último round parece que yo tenía el labio cortado
hasta acá arriba. HUGO.
— Y te lo querías comer. ESTEBAN.
— ¡ Eso! Me colgaba y yo no sentía nada, salvo una cosa que me
colgaba. En serio: mordía algo blando que me entraba en la boca y trataba
de cortarlo con los dientes y era mi propio labio. BERACOCHEA.
— No lo conozco pero es lo mismo: FANNY. — Hugo, te juro que no puedo. HUGO.
— ¿Y lo de la sangre? Terminá. ESTEBAN.
—
(Sin levantar la voz sigue dirigiéndose
a Beracochea y a Hugo, alternativamente — Gané por puntos. Cuando me
levantaron la mano y el público aplaudía,
dicen que estaba todo aquí, colorado
de la sangre mía y de la sangre del peruano. BORRACHO.
—
Venga Doria. Usted, mi hijita tiene que ser siempre así. Criatura
inocente. Hija dócil. Alma pura y virginal. (Contiene
un hipo y la bese en la frente) Vuelvo más tarde y me fijo cómo se
esta portando, Dios la haga una
santa, mi hija. (Doria sale a
vestirse hacia el interior del cabaret) ALFONSO.
—
(Junto al mostrador) — Una
menta y dos whiskies FANNY.
— Para Paula. ALFONSO.
— Sí, mesa cuatro. PAULA.
—
(En una de las mesas.) — Toca
esa mano, Pocho ¿Sentís? Así soy toda. CAMACHO.
— Una seda. PAULA.
—Soy suave y lisa como esa mano en todo el cuerpo. POCHO.
— Difícil CAMACHO.
— ¿ Y a mí no me dejás hacer la prueba? PAULA.
— ¿Quién te conoce? CAMACHO.—
Y
a vos quien te... POCHO.
—
(Interrumpiéndolo) — Tomá tu
trago, Camacho, y cerrá el pico. PAULA.
—
(Metiendo la punta de la lengua en
lo copita de menta.) —Me gusta sentir el frío del pippermint.
Al ratito el dulzor te duerme la punta de la lengua y hace cosquillas. (A Pocho.) Probá. POCHO.
— Tranquila. CAMACHO.
— Dejame probar a mí. POCHO.
— Basta, Camacho. Dejanos discutir en paz. Ella está vendiendo lo que
tiene y yo estoy viendo si me decido. CAMACHO.
— Pero yo también puedo pagar. PAULA.
- Pagás esta noche. Pero el Pocho viene siempre y sabe darse los gustos. (A
Pocho, íntima.) POCHO.
— Conmigo la plata no es cuestión de
cantidad pero en cambio... PAULA.—
(Interrumpiéndolo radiante.) —
¿Sabés por qué puedo enloquecerte viejo? Porque me gustás, me gustás
mucho. Hasta me pongo nerviosa cuando estoy contigo. En serio. Te miro y
me salta el corazón, papito. Sentí. (Le
lleva la mano hasta su pecho.) ¿Te quedás a la fiesta de Nochebuena
que hacemos hoy después de cerrar? Nos disfrazamos y todo. POCHO.—
(A Camacho.) — Tomá unos
pesos y conseguí algo por ahí. Mostrá 20 ó 30 y sos un rey.
Andá.
Dejanos solos. (Camacho recibe el
dinero y obedece.) (Doria reaparece y se acerca a Fanny.) HUGO.—
(Gritando junto al mostrador después
de atender algunas mesas.) — Una grappa, un guindado y preparación
para dos. FANNY.—
(Mientras le da el pedido.) —
Tengo que hablarte, por favor. HUGO.
— Vengo en seguida. FANNY.
— Gracias, mi vida. ¿Venís rápido y
hablamos? (Le
aprieta un brazo con su mano.) ALFONSO.—
(Que se da cuenta, con cansancio.) —¿Otra
vez, Fanny? ¿Hasta cuándo vas a seguir con esto? A veces pienso que
tendría que matarte. (Hugo lo mira y se aleja a servir.) FANNY.
— ¿Venís a pedir algo? ALFONSO.
— Sí, Fanny. Una botella de vino y dos copas. ¿Todavía no llegó la
cabeza de burro para mí? FANNY.
— No, no llegó, la cabeza de burro. (Alfonso
se aleja a servir.) HUGO.
(Acercándose a Esteban que sigue
junto al mostrador.) — Si tenés cincuenta pesos te la consigo para
mañana. ESTEBAN.—
¿Qué cosa? HUGO.
— Vamos, Costita, no te hagas el bobo
conmigo. ¿Te crees que no se
nota? Le hablo a Fanny y mañana el que se lleva a Doria para arriba sos tú.
Te la consigo por cincuenta. Palabra. No me digas que una mujer así por
esa plata no es tirada; ESTEBAN.
—
(Violento, empujando hacia atrás.)
(La música se interrumpe. La luz se hace irreal.) Sos un canalla, una
basura, una bosta de bruja, sos. (Quebrándose.) Sos la Última porquería, lo más sucio y asqueroso
y canalla. (Terrible encarándose
con la concurrencia en general sin que nadie le preste atención) Todos
son
podredumbre aquí. Todos. Hambrientos de carroña, perversos bestias,
peor que bestias, babosos y ladronas, espíritus
inmundos. (Estas imprecaciones no han sido oídas por nadie. Esteban de nuevo en
su banco solloza y tiembla apenas. La luz vuelve a ser natural.) HUGO.
—
(Repite con los mismos gestos y
tono.) —¿Tenes los cincuenta pesos ahora? ESTEBAN.
—
(Manso.) — No, Hugo, tengo el
peso veinte, que me dio mamá, corno todas las noches, para un anís. HUGO.
— Fanny: no tiene. Fanny, tenés que
ayudarme. No era para zapatos lo
que te pedí. Debo cincuenta y los tengo que pagar hoy. Tengo que ir de
aquí para lo de Acuña. Es el Último plazo. Tú lo conocés al Negro.
Perdí esa plata al monte, el lunes pasado y hasta hoy lo vengo engañando
Fanny, por favor. Tú lo conocés, (Hecho
una piltrafa.) Dámelos, por favor te pido. Ayudame. FANNY.
— Ojalá pudiera mi amor, pero de la caja no puedo. Esta Alfonso. Si
falta un peso, por esto sí que me mata en serio. No lo conocés. HUGO.
— Dame una Pulsera, una alhaja cualquiera ¿No tenés un anillo? FANNY.
— ¿Un anillo? El que tenía se lo llevó alguien mejor que tú no hace
mucho. HUGO.
— Tenés un anillo. FANNY.
— ¿ Éste? Es mi talismán Hugo: tiene
poderes, (Apartándolo
del ademán codicioso de Hugo.) Además no te sirve. Es de hierro
virgen. HUGO.
— ¿No tenés nada? ¿Y tú? (A Esteban.) ¿Tenés
algo? ¿ Un anillo, que me prestes? (Le
revisa las manos.) ¿Tenés? Mostrame ¿Tenés? ESTEBAN
— ; Fuera! ¡ Fuera! No quiero que me
ensucien las manos. ¡Fuera! ¡Fuera! HUGO.
— ¿Me echás, Costita? ¿No querés ayudarme? (Lo
sacude.) Podría pisarte la cabeza, piojo. FANNY.
(Tranquila.) — Atendé las
mesas, Hugo. Pasado mañana tenés esa plata, mi amor. Creeme: es mi
gusto dártela, porque te quiero. (Lo
toma de la mano.) Salimos mañana y el lunes tenés lo que quieras. HUGO.
— Tiene que ser hoy, Fanny, antes de cerrar. Es mi último plazo. (Se
desprende.) ESTEBAN.
(Para sí. Cuando está lejos.) —
Escoria, nada más que escoria, eso es lo que sos. No tengo nada yo. A mí
no pueden sacarme nada. (Da vuelta los bolsillos
hacia afuera.) (Esteban gira la cabeza y mira hacia donde están
Alfonso, Camacho y Doria que se iluminan más claramente.) ALFONSO.
— Eso se arregla en la caja. Vengan los dos. (Se
acercan al mostrador. A Fanny.) Un amigo del Pocho, mi señora. CAMACHO.
(Sin darle la mano.) Mucho
gusto, señora. ALFONSO.
— Quiere salir con Doria. Le dije que hoy no se puede, por la fiesta. La
quiere tener reservada para mañana. CAMACHO.
— Arreglo para mañana por lo que sea; pero hoy quiero bailar y
divertirme un poco. Es Nochebuena. ALFONSO.
— Doria no quiere ir a la mesa. DORIA.
—Me da asco. Está borracho. FANNY.
— ¿Qué te hace acompañarlo? (Doria
se mantiene inmutable.) ALFONSO.
— ¿Para eso te tenemos en casa, muerta de hambre? ¿O te olvidaste de
lo que eras hace seis meses? ¿Te olvidaste ya? FANNY.
— Déjala, Alfonso. CAMACHO.
— ¡Al fin y al cabo, puedo irme a otro lado, si acá está lleno de
princesas Pompadour! ALFONSO.
— Ella no se niega... pero lo que nunca quiere... FANNY.
— Andá a cambiar el disco del gramófono, Alfonso. ALFONSO.
(A Camacho.) — Va a ver como
con la señora se arregla. (Se aleja.) CAMACHO.
— Mejor me voy, total. . . FANNY.
(Simpática.) — Venga para acá,
no sea muchacho. CAMACHO.
— Si es una princesa de Pompadour.. . FANNY.
— No se apure. ¿Verdad que es simpático, Doria? DORIA.
— Está borracho desde que llegó. FANNY.
— Pero es simpático y mañana pueden
salir a divertirse. ¿Verdad
Doria? ESTEBAN.
(Interponiéndose.) — Deme un
anís. FANINY.
— Después, Esteban. ESTEBAN.
— No, ahora. FANNY.
— ¿Trajiste la plata? ESTEBAN.
(Saca del envoltorio de
su pañuelo.)
—-Aquí tiene el peso veinte. (Fanny
le sirve y él se queda interpuesto en el grupo, mirando a los tres
alternativamente y mostrando en la cara lo que
está sintiendo.) FANNY.
— Doria es muy cariñosa y es más
delicada que las demás, más
ingenua, más inocente. ESTEBAN.
— Es cierto. FANNY.
— Es por eso que no le gusta hacer copas. Es bailarina artística. ¿No
ve el cuerpo que tiene? Fíjese bien. Es un cuerpo, ¿no? CAMACHO.
— Me gusta sí, pero si todas
son tan difíciles, vuelvo a la fiesta en casa y me quedo con mi novia. FANNY.
—Pero si Doria no es nada difícil, al revés. Está llena de ternura.
Es un bichito de dócil, una gatita mimosa. Pero hay que saberla llevar. Y
a usted —se nota enseguida— le sobra habilidad para una muchacha así.
Dígale alguna cosa. Diga... CAMACHO.
— ¿Quiere... quiere bailar conmigo y festejar? DORIA.
— Bailar me gusta. CAMACHO.
— Entonces bailamos. ESTEBAN.
—No bailes, Doria. FANNY.
— Espere. No arreglamos lo más
importante. CAMACHO.
— ¿Qué cosa? FANNY.
— ¿No quería reservarla para mañana,
para salir juntos o para estar
la noche en el reservado de arriba? ESTEBAN.
— Deme otro anís. FANNY.
— No tenés plata, Esteban. ESTERAN.
— Tengo, sí. Otro anís. Otro anís. FANNY.
— No. Te dan lo justo todas las noches. Quédate tranquilo. (A
Camacho.) Pregúntele usted si quiere. CAMACHO.
(A Doria.) — ¿Salimos, mañana? FANNY.
— Claro que sale. Decíselo. DORIA.
— Salgo, sí. (Baja los ojos.) ESTEBAN.
(Quebrado.) — Otro anís. CAMACHO.
— Bueno, formidable. (Amaga
llevarla a la pista.) FANNY.
— Oiga: lo de bailar hoy va de regalo, pero la salida de mañana hay que
pagarla por adelantado. CAMACHO.
— Y la pago... FANNY.
— ¡Alfonso! (Éste se acerca.) Alfonso: ¿toda la noche de mañana, son
cincuenta? CAMACHO.
— Pago treinta, mas no. ALFONSO.
— Dejásela en cuarenta. FANNY.
— Necesita zapatos, la chiquilina. Hay que vestirla, para que usted
pueda desvestirla. Son cincuenta. Vamos, que tiene
de sobra, usted. CAMACHO.
— Está bien. (Le va a pagar a Fanny.) Tome. FAINNY.
— Páguele a él. Yo soy mujer como Doria y tengo mis debilidades. Como
ella con usted. CAMACHO.
— ¿Bailarnos? DORIA.
— Si usted lo desea. (El grupo se dispersa y deja a Esteban desguarecido. Doria se vuelve
hacia Fanny.) Si mañana tengo que ir hoy hago mi baile. FANNY.
— Acordate lo que fue el viernes pasado. DORIA.
— Pero ahora ensaye mas. FANNY.
— Vas a terminar corriendo a los clientes. DORIA.
— Dejame, Fanny. FANNY.
— Está bien, bailá, pero primero
entretené un poco a ese muchacho.
Ponete alegre. DORIA.
— Y me prenden el reflector y Alfonso me anuncia. FANNY.
— Sí. DORIA.—
¿Y después...? FANNY.
— ¿Qué más? DORIA.
— ¿Y después ustedes, Hugo y tú, aplauden cuando yo
salga? ¿Si? FANNY.
— Andá y hacé que se divierta. DORIA.
— ¿Pero me aplauden? FANNY.
— Trabajá bien, primero. Mostrate alegre. DORIA.
—Sos buena, Fanny. (La besa y va hacia Camacho. Bailan.) HUGO.
— Estás sufriendo, Esteban. ESTEBAN.
— Sí, sí, claro que estoy sufriendo. No me gusta nada esto. Aunque
ella esté pensando en otra cosa, no me gusta. Por eso, para ayudarla, yo
también pienso en otras cosas: en la granja grande, donde crían patos y
se les da de comer volcando una bolsa grande; y pienso en el jarrón
pintado de verde que había en casa; y pienso en el ruido que hace la
navaja sobre el asentador. HUGO.
— Sin embargo, tendrías una manera de
conseguirla para siempre. ¿ No
te gustaría? ESTEBAN.
— ¿Irnos? ¿Los dos? HUGO.
— Clara. Si ella quisiera. . . Ella hace
siempre lo que quiere. ESTEBAN
— Es cierto. (Las parejas dejan de bailar.) HUGO.
— Pero tú no le hablaste nunca... ESTEBAN.
— No. Yo no hice nada nunca. La miro, nomás, a veces. Y
pienso cosas. Pero como esas. HUGO.
— Ella ni te ve. ESTEBAN.
— Claro que me ve. HUGO.
— Si le hicieras un regalo, a lo mejor. Y si yo te ayudara. . . Con algo
bueno estoy seguro que la convencemos y se va contigo. ESTEBAN.
— ¿ Conmigo? ¿Adónde?
¿Y qué regalo le hago? HUGO.
— Tendría que ser algo realmente bueno,
algo de valor. ESTEBAN.
— No, eso no. A ella eso no le importa. HUGO.
— Mirá que sí. ESTEBAN.
(Violento) — No le importa, te
dije. Estoy seguro. HUGO.
— Mirá que sé lo que te digo, campeón. No te enojes. Si no es cuestión
de plata. Pero tendrías que hacerle un regalo, algo especial. Un regalo
que tuviera fuerza. II ESTEBAN.
- Fuerza. HUGO.
— Claro. Alguna cosa con un poder especial, con una fuerza capaz de
favorecerte. Pensá bien, campeón. Tú sos inteligente. ¿Viste el talismán
de Fanny? ESTEBAN.
— ¿El anillo? HUGO.
— Es nada más que un clavo de herradura, pero está hecho de hierro
virgen y recibió palabras. ESTEBAN.
— Pero si yo no tengo nada que sea así. No sé de eso. HUGO.
— Se podría hablar con Fanny. ESTEBAN.
— No. Prefiero que no. Con ella no. HUGO.
— ¿Por qué? ESTEBAN.
— No quiero. Si es con Fanny, no. Nunca. No quiero. HUGO
— Como te parezca. Pero es una lástima grande, campeón. Pudiendo.. - (Pausita.) ESTEBAN.
— ¿ Y a mi, me prestaría el anillo, Fanny? HUGO.—Pensaba
algo mejor. Pero si no queres. . ESTEBAN.
— Es que no sé. HUGO.
— Cuando Doria se ponga el anillo activo la tenés para siempre. Es
infalible el poder. ¿Querés que convenza a Fanny para que lo prepare? ESTEBAN.
— No se, yo. |