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Hacia diciembre de 1941, mi compañero de estudios dejó pasar la fecha de su último
examen. Habíamos estudiado filosofía durante un mes, levantándonos a las cinco de la mañana, pero el día fijado, él no apareció por Preparatorios; se quedó en su casa tomando mate y escuchando discos.
Cuando le pregunté qué le había pasado me dijo: No pude. Quise ir y todo, pero no pude. Gardel estaba cantando como nunca.
Creo que hay algo en este hecho.
Tal vez porque coincidió con mi examen de filosofía, tal vez porque yo estaba predispuesto por muchos ejemplos de divagaciones ilustres, lo cierto es que la
imagen de mi amigo despreciando el mundo mientras toma mate y escucha a Gardel, me pareció la estampa e un gran momento nacional. Más que el desembarco de los Treinta y Tres Orientales, con bandera y todo, más que la muerte del General Flores al lado del carruaje, o la batalla de Las Piedras llevada a cabo por Blanes, "Juan Carlos Morniroli dejando de dar
examen", chupando la bombilla, y parando atención contra la radio, se me quedó grabado para siempre como uno de los episodios históricos de esta república.
Alrededor de estas cosas, empecé a pensar, está nuestra nacionalidad; la primer sombra de nuestra nacionalidad, como se dice la primer sombra de la barba, cuando empieza a crecer el bozo sobre el labio de un muchacho.
Es cosa sabida que cada país favorece a sus habitantes por el solo hecho de nacerle encima.
Los franceses reciben de Francia su idioma amaestrado. A los italianos la península les regala casi todo el arte que ya no se usa y la claridad perfecta del Mediterráneo.
A cada Norteamericano le tocan mil barriles de petróleo, nacional o extranjero, un automóvil, una fábrica y muchas acciones surtidas, todas al diez por ciento.
Nosotros, por nuestra parte, traemos de nacimiento dos vacas, un mate y Carlos Gardel.
Por semejante modestia fetal, para muchos de nosotros mismos, ser uruguayo no resulta útil; a quienes así piensan les parece que no somos importantes de origen y tratan de ser otra cosa; sin embargo debe ser horrible sentir como ellos; haber nacido aquí y no saber tener ni siquiera aquello que nos toca por derecho propio de nacimiento.
Así como un pobre en Nueva York es siempre un loco peligroso, entre nosotros, aquel que no tenga sed de mate, ni oído de tango, ni vacas en el alma, será un desterrado, es decir: un fantasma, un hombre fuera de su lugar y de su tiempo.
El tiempo uruguayo es tranquilo, dulzón, espeso, caso mantecoso; nuestro tiempo es algo así como leche de tiempo, para consumir a sorbitos.
Porque este país se construyó sobre una alfombra de gramilla verde, no apta para sudores e inconveniente para apurados y activistas. Por eso, por ser un lugar de vacas parsimoniosas es que aquí se vive pausadamente, como ellas, que son capaces de comer varias veces la misma comida; como ellas, que pueden alcanzar una y otra vez el
mismo tiempo que las atraviesa sin apuro y vuelven a saborearlo, a paladearlo, a revivirlo hasta nutrirse de nuevo con los instantes ya pasados.
Por ser un verde demorado, un productor de tiempos a espacio regular, un pretexto de succiones lentas, el mate nos da un respiro y nos ayuda a vivir a nuestro modo.
Parsimonioso, meditativo, taciturno, el mate se va sorbiendo a ritmo de vaca, con la arrastrada lentitud del tango, y el extraño placer que nos brinda radica, más que en su sabor a pasto amargo, en el bienestar de sentirse desde dentro como tendido sobre la tierra amorosa, dejándose estar sobre ella, dejándose penetrar por la calma pastoril de esta comarca ganadera. Recién entonces pueden oírse las voces mágicas que vienen de la tierra: mientras reposamos y el mate nos permite rumiar dos, tres y cuatro veces nuestro tiempo uruguayo que sale gordamente de una ubre.
Y fue así que se quedó tan tranquilo Juan Carlos Morniroli, mientras el bedel inquieto lo llamaba a sacar la bolilla.
Estaba vacunado contra las urgencias del mundo. Estaba escuchándose a sí mismo en la voz de Gardel. Como un hilillo de linfa verde, el mate corría por sus venas y le permitía caer hacia el centro de su soledad y desde allí oía la voz mágica, el embrujo extraño de Carlos Gardel que venía a llenarle el alma de humedad y tristeza.
Y lo más maravilloso es que todo sucedía porque sí. Sin que a ese muchacho ensimismado le hubiera pasado nada; sin que él fuera nadie; sin que nada le faltara en la realidad.
Sucedía que necesitaba como un desahogo ese dolor, ese ligero desaliento sobre el cual llorar la ausencia e un bien perdido; no sabía cual.
En el centro mismo de aquel muchacho la voz de Gardel decía y repetía, detrás de otras palabras que él no escuchaba:
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