Frutos
Carlos Maggi

Personajes: 
Frutos: Presidente de la República llamado Fructuoso Rivera; Jefe del Ejército; Libertador, fundador del Partido Colorado, etc. - Ninguno de sus actos teatrales repite la realidad histórica, al revés: la irrita.
Bernardina: Su esposa. Solo existe en la cabeza de Frutos.
Otros personajes que también están en esa cabeza, pero menos:
María: Invulnerable y muy tierna.
José: Asistente y resistente; hace, asimismo de muerte y de mensajero. Es Frutos.
Coronela: Dama conseguida que, como tal, se repite.
Rosario: Jovencita en jaque; puede estar desnuda y con sombrilla.
Vázquez y
Jiménez: Ministros y doctores; su cultura es triste, por eso se parecen demasiado. Hay también paisanos, viejas, soldados, brasileños; todos fuera de foco; no se llega a distinguirlos.


Frutos: Declaro que dono otorgo y transfiero este bien y que María Quintina del Pino, de los pagos de Carpintería, lo adquiere y toma para sí en posesión propiedad, uso y abuso, incluidas las cobijas, banco de madera y palangana de lavatorio (En bajada) aunque no haya lavatorio ni palangana, ni otra cosa que este banquito. María... María ¿dónde te metiste? (Aparece María) Esta es tu ínsula y yo... 
María: ¿Es... mi pieza, don Frutos?
Frutos: Es el palacio de Versailles ¿nunca pensaste que cuando uno piensa está en el lugar que quiere?
María: y de noche?
Frutos: Tenés que imaginar un palacio, Maria. Aquí enfrente está la catedral de Santiago de Compostela. Dan...dan...dan... Son las campanas. Una Catedral altísima.
María: Voy a quedarme sola
Frutos: ¿Te gusta el mar?
María: No ví nunca el mar.
Frutos: Pero el arroyo lo viste y te bañaste en la laguna que hace, en el remanso. Te acordás que parece un vidrio de tan limpio.
María: No ví nunca un vidrio.
Frutos: Si te emperrás en no ver... Si te emperrás, te hacés perro. Grrr. (La amenaza en broma)
José: Sr.: la patrona me mandó decirle. (Pone punto final a la frase)
Frutos: ¿Te mandó decir qué?
José: Me mandó decirle Sr. Y me dijo que se lo dijera como ella lo dijo.
Frutos: ¿Y qué esperás? Decilo.
José: No sé si debo.
Frutos: Claro que debés. Largá ché.
José: Dijo que viniera hasta aquí y le preguntara cuánto calcula que le llevará dejar esta peona instalada en este rancho. Si Ud. quiere ir, Sr., yo me encargo.
Frutos: No te armes lío donde no hay, José. Decile a la patrona que es cuestión de un rato, pero que si quiere que venga ella a ayudar, así hacemos más rápido.
José: Sí, Sr., le digo (Sale)
Frutos:Te traigo, así ayudás en la casa y ella se impacienta. ¿Ves lo que son Uds., las mujeres? Un montón de desagradecidas. (Le toca la cara haciendo correr un dedo por la mejilla) Son lo peor del mundo Uds., sino fueran lo mejor que hay... y lo que uno más quiere. Vení cerquita (La trae hacia sí) y decime si no te gusta este rancho para quedarte aquí como casa tuya. 
María: (Retirándose) No es mi casa.
Frutos: Cómo que no.
María: No tengo nada mío, yo. No soy dueña ni de la sombra que hago en el piso.
Frutos: Nadie es dueño de nada. El mundo es de todos. María, porque es para vivirlo. Si uno quiere puede darse todos los goces, hasta sentir la vida más de verdad, chisporroteando, saltando a lo tigre de tan linda que se siente. ¿Te gusta vivir a vos? (La toma de los hombros y la mira. Pausa. Ella está como fascinada, pero de pronto muy tiesa, sin moverse, dice serenamente)
María: No, Sr. Frutos.
Frutos: No te gusta oírme.
María: No sé. No entiendo todo eso.
Frutos: ¿No te gusta pensar que ahora estás aquí y que podemos pasarlo bien? Contéstame.
María: Voy a estar sola.
Frutos: ¿Y yo? ¿No te parezco nadie yo? (Pausita) ¿Te enojaste, María?
María: ¿Yo? ¿Por qué?
Frutos: Te veo triste.
María: Me gustada estar en casa. (Se anima por primera vez) Mi hermana Santa debe haberse terminado el vestido verde. ¿Sabía que Sara va al pueblo todos los jueves? A esta hora debe estar. La llevan en el carro. Me conté una vez que...
Frutos: ¿Una vez? Escuchá (Suena la sirena de un barco) ¿Oís? Había una vez...
María: Es como el ruido que hace un enfermo.
Frutos: No. Es la sirena de un barco. ¿Querés verlo? Una vez... Había un barco que iba para la India; era un bergantín de tres palos, un barco de vela inmensa y lo agarró un gran viento, un huracán; estaba en una tormenta terrible.
María:¿Y se hundió?
Frutos: No. Llegó a la India que es un país maravilloso. Al puerto de Bengalur. Y allí había. .. había un hombre con una flauta mágica, un encantador de serpientes. (Se oye la flauta) ¿No ves nada? Escuchá bien para ver (Ahora se ve subir la serpiente) Vean señores cómo sube la cabeza horrible de la cobra, vean cómo se balances en el aire disparando su lengua envenenada y vean sin embargo que así se queda, quieta, obedeciendo ¿Es la fuerza magnética de este hombre? ¿Son sus ojos misteriosos? Miren esos horribles colmillos cargados del líquido verde que da la muerte. No se acerquen señores. Va a saltar. (Se acerca y acerca a María) Cuidado.
María: Cuidado (Retrocede)
Frutos: (La cobra cae y desaparece) No hay nada, Maria. Era ilusión. Encantamiento. ¿Y me viste de cura? Me pongo esto de caperuza (Se la pone) y soy el capellán del séptimo regimiento inglés de caballería, Fray Felipe y Santiago de la Orden de San Francisco. Ven, hija mía. Dame la mano y vamos al baile en la casa del gobernador. Vamos. Es un salón dorado (La toma de la punta de los dedos, con el brazo extendido como si tuviera la amplia pollera de una dama antigua) Hoy es la fiesta de los oficiales y vamos a bailar tú y yo hasta... (Ha intentado tomarla de la cintura y ella da un paso atrás.)
María: Pero los curas no bailan.
Frutos: ¿Y dónde viste un sacerdote franciscano en el ejército inglés? ¿O una cobra que dé saltos? ¿O que Bengalur sea un puerto de la India? ¿O que los barcos de vela tengan suma?
María: ¿Pero entonces?...
Frutos: Entonces... Siempre hay una vez y todo parece cierto y sin embargo es de otro modo y además no importa.
María: Pero a mí me importaba que...
Frutos: Es lo único que vale: si parece que es cierto, ya está siendo verdad.
Bernardina: (Que entró sin ser vista) Estoy pronta, Frutos. ¿Vamos?
(Se encienden las luces de la realidad) 
Frutos: Estamos saliendo, querida.
Bernardina: Pero tenés que vestirte.
Frutos: Es un momento. ¿Se hizo tarde? (Se cierra la chaqueta, se envuelve la cintura con una faja de seda color carmesí, se cuelga el sable, se levanta el pantalón y lo pone dentro de sus botas)
Bernardina: ¡Son casi las seis!
Frutos: Es un minuto, querida.
María: Se va... don Frutos.
Frutos: (Se vuelve hacia ella. Hay una breve pausa y el retorna su tono anterior) No sé si te diste cuenta que el capellán del séptimo regimiento es un espía.
María: ¿Un espía?... ¿Un espía de verdad?
Frutos: Claro. Iba al baile de los oficiales porque la enfermera principal -que tiene un vestido azul, así como este tuyo- está enamorada de él y le contó todo: que está empezando un levantamiento contra las autoridades y entonces, cuando la revolución estalla, esa misma noche, él se pone al frente de cien hombres (Toma la caña como una bandera) y van por el campo a caballo, marchan horas y horas, hasta que en un paso, encuentran a las fuerzas enemigas, las ven y se esconden en un bosque para sorprenderlos y entonces... Los enemigos son más de 10.000, entonces...
Bernardina: Frutos...
Frutos: Estamos saliendo, querida. Tengo todo. La faja, el sable.
Bernardina: Te falta el sombrero.
Frutos: Tengo el sombrero también (Se tira de barriga sobre la cama y saca un sombrero negro de ala redonda y se lo pone. Es Rivera joven) Tengo todo. (A la chinita). ¿Comprendés? Todo parece cierto y sin embargo...
Bernardina: Vamos.
Frutos: Vamos, sí. (Se toman del brazo y van hacia el salón)
María: Don Frutos, no me dijo qué hago con todo esto... ¿qué hago con la lanza y el mástil, quiero decir con la caña de pescar? Don Frutos...
Coronela: (En dueña de casa donde se da la fiesta, saliendo a recibirlos. Está disfrazada y lleva antifaz) ¡Qué gusto verlos! (Se oye la música del baile).
Frutos: Felices los ojos que la ven a usted, señora. (Le besa la mano) ¡Qué disfraz tan hermoso y cuánta justicia le hace!
Coronela: Malo, malísimo. ¿Por qué se hace esperar? ¿No sabe que soy impaciente? (Transición) Mi querida, ¿cómo está?
(Las mujeres se besan) 
Frutos: Menos mal que salimos. Pasamos años este invierno, en casa, aguantando el frío y la lluvia, metidos bajo techo, llenos de humo.
Bernardina: Fueron seis semanas.
Frutos: Creo que estuve tiritando y varado una vida entera, como en una jaula. Hum. ¿Sientes, querida?
Bernardina: Sí, es precioso el día.
Frutos: ¿No sentís el aire? Huele a fiesta y a carnaval, a cosas ricas. ¡Huele a gente! Me parece que no estaba en un baile de máscaras desde hace cien años. Aquel es mi sillón. ¿No era allí que me sentaba como un profesor para hablar con usted sobre las ideas republicanas? (Le toma la mano a la coronela y se la besa y luego besa el brazo y se acaricia con él. Las mujeres quedan inmóviles y pasan a la penumbra, mientras Frutos, abriéndose la chaquetilla saca del pecho una víbora que acerca a su cara como hace un instante hiciera con el brazo de la Coronela. La escena se puebla de paisanos para quienes Frutos hace ahora sus demostraciones y actos de fascinación).
Frutos: Náo pensent que isto é magica. lsso e questao somente de confiar em si mesmo e no animal. Procurar entenderse com a jararaca. Nunca ví nenhuma que rejeitasse um carinho bem feito no devido tempo. Sao como as mulheres, as cobras venenosas ou como vocés mesmos: quando agredidos sáo capares de matar e quando confiam se entregam de corpo e alma seudo capares de morrer por alguém ou darlhe a felicidade. Assim e a coisa, náo é verdade? Por isso lhes disse, meus amigos: é preciso saber em que cofre se guarda a confiança. E preciso saber quem é o homem que vale e diz a verdade e é um verdadeiro patricio, e onde se esconde o veneno frio das traiçoes ou os intereses da tirania. Existen muitos que estáo para dar ordem mas existen poucos que sabem dizer: por este caminho, companheiro. Por isso entre tanta mistura de gente, há que destacar um, elegelo. Porque o assunto é esse, patricios, eleger cada uno mesmo sua esperança e depois tér fibra para com alma e vida conservála. Seinao, para que se vive? Para que quatro senhorios venham mandar lá de cima a alguem em lugar de tratálo com respeito que é devido: de patricio a patricio? Onde está adignídade entáo? O digo mal? (Aprobaciones en voz baja, cohibidas) (Dizes bern. Tens razdo. Pois claro, Frutos). Sé oque faltava é que nos venhan con reis, a nos. Tú, Bento Manoel, podes vier que aquí em nossa terra se posa manter um império como eses das Europas, com um imperador com coroa e caído do céu? Bento Manoel: Subido do inferno, nao?
Frutos: Falas bem. E tú, Manduca, pensas que nos somos povo para aguantar mandóes sobre este campo aberto e sendo como somos, os gaúchos, gente franca e dona de sons destinos (Atajando) ¡Náo! Náo digas nada. Te estaría ofendendo site perguntasse semelhante coisa. Todos nos nascemos para ser livres. E aquele que náo lhe agrade que venha e diga o contrário, caralho!
Todos: ¡Viva Frutos! ¡Viva a libertade!
(Frutos gira, toma del brazo a Bernardina y juntos se dirigen como la vez anterior a la Coronela. Suena la música del baile. La escena se repite)
Coronela: ¡Qué gusto de verlos!
Frutos: Felices los ojos que la ven a usted, señora. (Le besa la mano) ¡Qué disfraz tan hermoso y cuánta justicia le hace!
Coronela: Malo, malísimo. ¿Por qué se hace esperar? ¿No sabe que soy impaciente? (Transición) Mi querida, ¿cómo está?
(Las mujeres se besan) 
Frutos: Menos mal que salimos. Pasamos años este invierno, en casa, aguantando el frío y la lluvia, metidos bajo techo, llenos de humo.
Bernardina: Fueron seis semanas.
Frutos: Creo que estuve tiritando y varado una vida entera, como en una jaula. Hum. ¿Sientes, querida?
Bernardina: Sí, es precioso el día.
Frutos: ¿No sentís el aire? Huele a fiesta y a carnaval, a cosas ricas. ¡Huele a gente! Me parece que no estaba en un baile de máscaras desde hace cien años. Aquel es mi sillón. ¿No era allí que me sentaba como un profesor para hablar con usted sobre las ideas republicanas? (Le toma la mano a la coronela y se la besa y luego besa el brazo y se acaricia con él. Las mujeres quedan inmóviles y pasan a la penumbra, mientras Frutos, abriéndose la chaquetilla saca del pecho una víbora que acerca a su cara como hace un instante hiciera con el brazo de la Coronela. La escena se puebla de paisanos para quienes Frutos hace ahora sus demostraciones y actos de fascinación).
Coronela: Hace tanto que no nos veíamos... ¿están bien ustedes?
Frutos: Me siento como un toro y Bernardina también. Ya me va a ver, disfrazado. Algo increíble (Señala la maleta que trae Bernardina) Pero usted está más delgada, más ceñida, más preciosa que nunca. Parece que, como siempre, el lugar de la belleza es la casa del compadre Baldomero.
Coronela: (interrumpiéndolo) Me alegra que hayan estado bien.
Frutos: Es que estuvimos mal.
Bernardina: ¡Fueron seis semanas y venías de la campaña de las Misiones!
Coronela: ¡Qué triunfo maravilloso! ¡Qué conquista! ¡Un país a sus pies! Creo que nadie que no fuera usted hubiera podido rendir así a los imperiales. El Brasil entero...
Bernardina: ¡Te aburriste, Frutos! menos de dos meses sosegado en casa y te aburriste.
Frutos: Perdóname, querida. Por supuesto que no. Fue... un descanso. ¡eso! ... fue un descanso perfecto (En bajada) Como quien se muere (Retorna) En cambio ahora... ¿Sabe una cosa comadre? Le estoy agradecido a Dios por tener ojos para mirarla; resulta un lujo imperdonable.
Coronela: Merece una copa por las cosas preciosas que está diciendo. (Le ofrece los labios y él los besa)
Frutos: Gracias. Adoro las bebidas finas.
Bernardina: Pero tomás ginebra.
Frutos: ¿Por qué no? Ginebra y caña de La Habana: hay lujos humildes también, pero cuando puedo tomo coñac francés, querida, y metiendo la nariz en la copa para aspirarle el perfume y sintiendo el calorcito en toda la boca, sobre la lengua cuando se hace fuego tibio...
Coronela: No sé cómo puede hablar de semejantes cosas... con el calor que han traído estos carnavales. (A Frutos) ¿Por qué pasa tanto sin visitarnos?
Bernardina: Siempre hay cosas que hacer. Frutos construyó una pajarera...
Frutos: Decí mejor una jaula. Una jaula grande como una casa. Usted me entiende, señora, una jaula, una celda, una prisión el encierro en los sótanos de una fortaleza en el janeiro, la soledad y la tuberculosis.
Bernardina: Y además hicimos construir dos panteones... para los padres de Frutos.
Frutos: Cierto: además de cárcel, tuvimos eso: tumbas.
Coronela: Sabía. Baldomero dice siempre que don Pablo fue un hombre como ya no hay.
Frutos: ¡Una alhaja mí padre! Nunca se movió por nada ni por nadie. A lo mejor, los dos teníamos razón al despreciarnos... Aunque claro, mi padre murió como mueren los hombres honrados: rodeado del mayor respeto. Ser un canalla que no se mete en nada y estar bien con todos es lo más fácil. Ser correcto es la peor infamia.
Bernardina: Querido: de los muertos, o hablar bien o no decir nada.
Frutos: No, Bernardina, todo lo contrario: de todas las cosas, uno decir nada o decir la verdad. Los muertos son los que menos necesitan que les demos ayuda. ¿Para qué quieren favores, ahora? A los que hay que cuidares a los que están viviendo para que no padezcan injustamente. Lo único que vale es la vida y los favores que se le pueden arrancar antes de morir, los frutos deliciosos que quiera regalarnos.

(Entra Rosario, como traída por esa frase, también con máscara y disfraz)

Rosario: ¡Hace un calor impresionante! (Frutos le toma una mano y pretende besársela)
Frutos: Majestad: Mi reino por una perla: mi vida, por su sonrisa.
Rosario: No, no me bese, por favor... Me siento violenta.., no me gusta.
Frutos: Es un honor saludarla. permítame (Insiste)
Rosario: No, no es... no es necesario.
Frutos: ¿Por qué? ¿Ya no se usa besar o yo no soy digno de tocar su mano?
Rosario: No sé... si es digno o no. Pero, ¿verdad que nunca es sincero?
Frutos: Creo que tiene razón al insultarme así. Estaba sosteniendo recién que siempre hay que decir la verdad y ahora la veo a usted, vestida así, deslumbrante, y me parece más prudente... disimular un poco lo que estoy sintiendo al contemplarla.
Rosario: Usted no hubiera intentado besarme, quiero decir, besarme la mano, si...
Frutos: Saludarla, querida Rosario, saludarla. Yo solo intenté saludarla.
Rosario: Quiso besarme la mano, para saludarme, claro, como si fuera un caballero, pero sabe que no es un caballero y que no me gusta.
Frutos: ¿Por qué no soy un caballero?
Rosario: Siempre está tratando de hacer lo que a mí no me gusta.
Frutos: ¿Está segura?
Rosario: Sé que no va a poder obligarme.
Frutos: ¿Es cierto, querida Rosario, que estuvo haciendo grandes experiencias de laboratorio y que fabricó dos frascos de cloroformo con jugo de pulgas?
Rosario: ¿Qué es cloroformo?
Frutos: Anestesia inglesa... Un gas que se respira y al llegar a los pulmones uno ya no siente, se borran las sensaciones, desaparece toda desesperación, no hay ansias, ni apetitos, ni ganas de hacer cosas prohibidas. ¿Se imagina que alivio? Me dijeron que usted de las pulgas que puede haber en una cama extrae un jugo espeso y que después lo destila y obtiene cloroformo y que con eso se duerme toda y después sale así y camina anestesiada como si estuviera hueca por dentro.
Rosario: Se está burlando de mí.
Frutos: ¡Qué colorada se puso, Rosario! ¿Tiene mucho calor, todavía?
Rosario: ¿Por qué me dice todo eso delante de su esposa y delante de la señora Ana? ¿Por qué?
Frutos: Me gusta hablarle alocadamente, me gusta inventar para usted. Es mi modo de decir la verdad. Yo no tengo nada que ocultarle.
Rosario: ¿Está seguro?
Frutos: Podría confesar todo ahora mismo y aquí, si usted fuera capaz de resistido.
Rosario: ¿En serio? Antes había dicho que no podía ser sincero. Yo no le creo nunca.
Frutos: En realidad, usted siempre está alarmada, como defendiéndose. Eso me duele y además me crea problemas. ¿Qué puede pensar Bernardina? Usted me compromete, Rosario.
Rosario: Yo no hago nada.
Bernardina: No hace otra cosa que defenderse, la pobre criatura.
Frutos: ¿Pero de qué se defiende tanto? De mí, no será: yo no intenté otra cosa que saludarla. ¿Por qué inventa tantos motivos para enojarse conmigo?
Rosario: Usted se siente incómodo cuando nos encontramos. Y hace y dice... cosas bobas, se equivoca, se hace el payaso. En realidad no sé por qué le molesto tanto. Le digo más, yo trato de no encontrarme con usted, lo evito. Hoy mismo, si la señora Ana no me hubiera dicho que usted no venía, me hubiera quedado en casa.
Coronela: ¡Pero yo no dije eso, Rosario! Al revés, yo...
Rosario: Si hubiera pensado que iba a tener que hablar con usted no hubiera venido, quise decir (A la Coronela) ¿Por qué me dijo que él...?
Frutos: Eso. ¿Por qué engañó de esa manera a esta pobre criatura tan inocente y tan angelical y tan pum... Y... tan difícil... (A Rosario) Usted está por llorar, divina. Si... llore un poquito, por favor, llore para mi... las lágrimas, a veces, alivian y casi siempre aceitan las puertas del cielo.., llore, divina, déjese ir, llore...
Bernardina: Estás siendo cruel, Frutos.
Coronela: (A Rosario) No le habla en serio, querida. Venga, siéntese aquí. Déjelo. Lo mejor es no darle importancia. Nunca habla en serio. Venga. ¿Se siente mejor?
Rosario: Creo que sí... no sé.
Coronela: ¿Se siente como cansada, verdad?
Rosario: Y tengo calor y aquí como un peso. Si pudiera llorar, quiero decir, si pudiera... respirar.
Coronela: Es lógico. El tiempo está pesado y vino desde bastante lejos y el camino es malo y no está acostumbrada. Además usted, Frutos, bien podría...
Rosario: No. No es por eso. (Se lleva el pañuelo a los ojos y llora)
Coronela: ¿Se siente mal?
Rosario: No. No es nada. Me pasa siempre.
Bernardina: Tienes que disculparte.
Frutos: ¿De qué?
Bernardina: ¡Cómo de qué! ¡Pídele disculpas por lo menos. Estamos dando un espectáculo!
Coronela: (A Rosario) A mí me pasa igual. Cuando amenaza tormenta y me siento cansada, puedo llorar por cualquier cosa. Son nervios.
Bernardina: Te dije que te disculparas, Frutos.
Frutos: Rosario.
Rosario: ¿Qué?
Frutos: Discúlpeme, Rosario. Tiene razón Bernardina. Le pido perdón. ¿Me cree? Estoy quemándome en las llamas de mi propia vergüenza. Fue una payasada pero no quise ofenderla. Perdóneme. (Le toma la mano) Juro por mi honor que estoy siendo sincero. (Besa la mano) ¿Amigos, Rosario? Hacemos las pases y usted me promete que no hay más lágrimas, sí? (Le besa varias veces la mano y se acaricia la cara apasionadamente con ella) Chiquita... pobre chiquita... (Le levanta la cara tocándole el mentón) Siempre me equivoco con las mujeres. Son lo peor del mundo, si no fueran lo mejor que hay. No quiero que llore más, quiero que sonría, exijo una sonrisa triste para mí, para saber que estoy perdonado.
Rosario: (Intercalando en las frases del anterior monólogo de fascinación, bajito y entregándose) Sí, Frutos, si! Quiero ser... amigos. Yo quiero, Frutos, quiero... quiero sí. (Sonríe. Se pone de pie bruscamente se cubre el rostro con el pañuelo y sale precipitadamente).
Coronela: No pensé que usted se permitiera una cosa así en mi propia casa y estando yo presente. ¡Pero cómo se atreve.., en mi casa! ¡Es... canallesco! ¡Qué ruin!
Frutos: Todo lo contrario: un ángel esa gurisa. Nada que tenga que ver con ella puede ser impuro. Se puede desearla en estado de gracia. Una criatura del cielo y perfecta y llena de vida. Pero tiene razón, querida coronela, fue una tontería invitarla a vivir, se desbordaba sola. Es una copa llena de miel y de leche, para sentir bajo la lengua.
Coronela: ¡Frutos!
Frutos: Somos gente grande, señora Ana. Usted sabe que no es para tanto. Una niña que se asoma al mundo y tambalea al dar los primeros pasos, ¡qué espectáculo tan encantador! Pero se lo digo en serio, créame, no vale la pena que sigamos con eso. Soy incapaz de mentir. Estaba divirtiéndome. Era un juego.
Coronela: No estuviste bien, Frutos. Nada bien, estuvo. ¿Verdad, Bernardina? Crea como... como una falsa impresión esa manera de ser.
Bernardina: Él es así, Ana. Cuando lo conozca más...
Frutos: Tu me conocés, Bernardina. Y sabés como soy. Me dijiste que le pidiera perdón y le pedí perdón y además llora preciosamente. ¿No van a decirme que no era hermoso verla espantada ante si misma. Llorando de arrepentimiento por lo que todavía no se anima a hacer?
Bernardina: Basta, Frutos. Ni ella ni yo nos vamos a impresionar con eso.
Frutos: Pero son las cosas lindas de la vida.
José: (Entrando) Señor: vino el hombre.
Frutos: ¿Quién?
José: Está en las casas... el recaudador.
Frutos: Me traés noticias de lejos... y, ¿qué le dijiste?
José: Nada. Que usted estaba aquí y que esperara.
Frutos: Quiere cobrar. Otra vez.
José: Es el recaudador.
Frutos: Por supuesto (Busca) Aquí tengo... tengo tres monedas de oro.
José: Son cinco.
Frutos: Son tres.
José: Son cinco las que él quiere.
Frutos: Tu le das tres... y si no se conforma le das dos para pagar el tributo y una para él, de regalo; y si es honrado, muy honrado, y no se deja comprar con una moneda de oro,... Bueno, entonces le das las tres monedas para él y le pedís que pase otro día a cobrar todo el tributo y jurás que yo juré que le voy a pagar muy pronto… dentro de un tiempo. Tomá. 
José: Me da dos monedas. 
Frutos: Le explicás, muchacho, que me quedo con esta, en préstamo; que ya es suya y todo, pero que la necesito para jugar al monte y ganar las cinco del tributo. ¿Comprendiste?

José: No, don Frutos. Tres es menos que cinco y dos son menos que tres.
Frutos: ¿Y la esperanza? Dale dos y la seguridad de que no puedo perder. Hoy es miércoles, mi día de suerte. Andá y explicále que es miércoles. Que vuelva pronto, lo voy a cubrir de oro.
José: No va a querer.
Frutos: Anda y conseguí tiempo para mí. Con eso basta.
José: Si usted lo dice... (Sale)
Frutos: (A la Coronela) Señora, tengo que dejarla. Pienso que estaré por aquí de visita muy pronto.
Coronela: Pero si recién llegó.
Frutos: Asuntos de Estado, señora. Pero juro que volveré y habrá tiempo para todo. Le dejo lo más valioso que tengo: a mi querida Bernardina (Besa a Bernardina en la mejilla) Otra vez en campaña, mi amor. Pero esta vez por poco tiempo. ¿Me perdonás?
Bernardina: Te espero y no te perdono. (Él inicia el mutis). Frutos...
Frutos: Si, mi querida...
Bernardina: Cuidáte, por favor..,
Frutos: No hay peligro: la vida es maravillosa y la suerte está de mi parte. Adiós: estoy volviendo (Va hacia la izquierda) (Grita) ¡José! (José aparece). Decíle a Pedro que venga y que traiga baraja. (Están en una pulpería)
José: ¿Va a tomar algo?
Frutos: Caña.
José: ¡Pedro!: Traé el naipe de la casa. Como bebida, tengo aquella reservada, que a usted le gusta, la del barril grande.
Frutos: Con el vaso mío hacemos un farol para todos (A los que han ido poblando la taberna) Muchachos: monte y farol.
Pedro: (Después de hacer maravillas barajando los naipes) La banca tiene diez onzas (Pone el mazo sobre la mesa). Corte don Frutos:. (A partir del corte sonará la guitarra y no dejará de sonar hasta nueva acotación).
Abro, caballeros (Da vuelta dos cartas) Es el as contra el caballo.
Frutos: Copo el caballo.
Pedro: Me doy vuelta.
Frutos: No puede dejarme de a pie ese pingo,
Pedro: (Después de pasar algunas cartas) Caballo de oros.
(Frutos: cobra. José: pone un platillo sobre la mesa y Frutos: hace sonar en el una moneda.)
Frutos: De padrillo, José:, para que saque cría la coima. Hacé que ese farol alumbre... (Bebe del gran vaso de caña que movido por José: empieza a pasar de boca en boca)
Pedro: (El rito se repite idéntico) Corte, don Frutos: Abro, caballeros. Es el cinco contra el dos. Se copa arriba y se juega en el gallo. Pico.
Frutos: Copo al cinco.
Pedro: Me doy vuelta (Pasan varias cartas) Y se vino el cinco. Pago, don Frutos: (Vuelve a cobrar y a sonar el platillo de la coima)
Frutos: (Mirando barajar al tallador) No se le ven los dedos, Pedro:.
Pedro: (Redoblando sus lujos) Noche demasiado fría la de hoy. Tengo las manos varadas. Claro, si las barajas tropiezan o se pecha, se marcan y se desperdician. Hay que envainarlas dándoles aire, como quien peina, para que la suerte sienta sedoso y se deje correr por ellas. Más que habilidad hay que tener tanteo y algún grano de ciencia también. Mi maestro fue el finado Agapito Guerra, él sí que tenía dedos. Bajaban las arañas del techo para verlo tejer los naipes. Llegó a canear con acompañamiento de guitarra. (Cae el mazo sobre la mesa. Pausa breve) Corte, don Frutos: (Igual a los anteriores) Abro, caballeros. Es el dos contra el rey. 
Frutos: Copo el dos. 
Pedro: Me doy vuelta (Pasan varias cartas). El dos de copas. Pago. (Frutos: vuelve a cobrar)
Frutos: ¿Qué le parece si hacemos traer naipe nuevo?
Pedro: Como usted guste, don Frutos: (Le da las barajas a José: y este le entrega un mazo sin estrenar. Rompe la faja de papel que lo rodea y lo hace sonar y restallar entre sus manos), Corte, don Frutos:. Abro, caballeros. Es el as contra el caballo. 
Frutos: Copo al caballo
Pedro: Me doy vuelta (Después de pasar algunas cartas). Caballo de oros. Ganó, don Frutos:.
Frutos: (Poniéndose de pie y tirando las monedas de la apuesta de un manotón). Ese caballo no es del mazo, estás trampeando, negro de mierda. (Se interrumpe la guitarra. Pausa) 
Pedro: (Con un hilo de voz) Pero si gano otra vez, don Frutos.
Frutos: No gané nada, carajo, ¿o te pensaste que vine a hacer plata? Te ví todo el tiempo adelantando mis canas. ¡Yo te voy a enseñar a vos pardo trompeta! 
Pedro: Pero es que quería que usted tuviera suerte, don Frutos. Es lo que podía hacer. Yo, sin no es con los naipes...
Frutos: ¡Y quien te crees que sos para resolver que estoy de buena? ¡Te crees Dios para hacer semejantes cosas, paisano bobo? 
Pedro: Quisiera ser soldado, don Frutos:, si pudiera... acompañarlo en la guerra y servirlo. 
Frutos: (Recogiendo las monedas del suelo) Traé ese naipe, déjame tallar a mi. Mirá que manos para andar en entreveros y a campo raso. Empezamos de nuevo José:. (Retira las monedas del plato) Che: se jodió la coima. (Ríe. Ahora baraja Frutos:) Hay una onza de oro en la banca. Corte, Pedro: (Retorna la guitarra) Abro. El seis y la sota. Alumbrá con ese farol. José:. (Circula el vaso) 
Hombre 1: Copo (Pone su moneda) 
Frutos: El señor con la sota y el seis para la banca.
Hombre 2: ¿Hay nada mas que una onza?
Hombre 3: ¡Qué miseria!
Frutos: Hubo una vez una onza de oro. Pero ahora, ya que el señor pregunta, ahora hay, señores.., hay 200 onzas para que todos puedan apostar! Hagan su juego. 200 onzas es la banca. (Varios ponen monedas) Las hacen redondas para que rueden mejor. Jueguen. Un éxito el monte este. ¡Hay que vivir, gente joven! ¡Hay que vivir! Métanle nomás que el naipe es noble y la banca paga.
Hombre 3: ¿Se puede con 10 onzas?
Frutos: Y si quiere 20 también se puede!
Hombre: Entonces van 35 a la sota.
Frutos: ¡Lindo nomás! Todos cargan la sota. Esto va a ser una matanza. Todos con la sotita y el mazo con el seis.
Hombre: Y 50 a la misma sota.
Frutos: Recibido, Ferreira y... ¡Muestro caballeros! Tuteo a la vista, la boca llena de oro: el siete velo y tras cartón otro siete y... ¡se vino la sota! (exclamaciones de triunfo de los apostadores) No te digo que las mujeres son mi perdición... Ganaron todos y son... (Cuenta las monedas) Son 153, 158. mmm. Son: 192 onzas (Se queda un poco desconcertado y luego se le ocurre). Tomá, José:. Cobralo en la Contaduría y pagale a los señores. Apuntá lo de cada cual y si falta me decís. (le entrega un papel) Cobralo (sin perder el buen humor) Ahora el que se jodió es el batallón de Dragones. Era la paga de este mes. ¿Y vos cómo te llamás?
Flora: ¿No me conoce? Soy Flora.
Frutos: ¿Y qué andás haciendo por aquí, mamarracho?
Flora: Hago empanadas y pasteles. Soy la peona de cocina.
Frutos: Cosas de negro debés hacer vos. Pasáme una empanada. Capaz que amasaste tú!
Flora: Flora: ¿Y quién, si no? (Le da una empanada)
Frutos: Pero si andando con la harina sos así de parda, te ponen a palear carbón y sos negra derecha, Florinda. Hmmm... (Con la boca llena) ¿Sabés una cosa? Si en el cielo hacen empanadas criollas deben tener este picadillo.
Flora: Flora: ¿Le gustan?
Frutos: Vení. Vení, cachivache y dame esa mano que amasó tanta delicia. El picantito que tienen al final vale más que todos los versos de Acuña de Figueroa. (Le besa la mano. Ella queda como deslumbrada y abriga la mano contra el pecho y retrocede hasta salir del circulo de luz)
Frutos: Corte, Ferreira y perdone la distracción, usted sabe... yo por una empanada... Abro. El cinco y el as. Cuántas onzas hay en la banca, José:?
José: Pago por el General hasta 10 onzas que es todo lo que tengo.
Frutos: Basta con dos. Vamos despacio, ahora. Dos onzas de oro son la banca.

Guitarrero: Al agua le digo río.
Y que se ponga a correr
Al aire le digo viento
Y ya lo siento mover
Y a la muja que me gusta
Le digo cuanto me gusta
Y que se sienta mujer.

(Al terminar el guitarrero la luz, que ha ido concentrándose sobre él, ilumina un campo mayor y se ve a Frutos: que entra a escena abrazando la cintura de la parda Flora mientras ella se arregla el pelo que trae en desorden)

José: Señor, los doctores de Montevideo siguen esperando.
Frutos: ¿Y qué esperan?
José: Es por la reunión, era a las once.
Frutos: No quiero nada con esos engreídos, intelectuales de café.
José: Fue usted que los hizo venir.
Frutos: ¿Y qué? ¿Conocés algún doctorcito, vos? ¿Tuviste que aguantarlo alguna vez? Sabés como se hace uno de esos? Es uno cualquiera pero en vez de hojaldre mastican libros altos así, papel, empanadas de biblioteca rellenas de carne de pavo y así de infladas con grandes ideas: El puesto del hombre en el cosmos, Picadillo de la Ilustración, sal, pimienta y Teoría de la Relatividad. ¿Creés en los átomos, vos, o en los microbios? ¿Oíste hablar, por lo menos? A ver, decí: qué es la plus valía? Che: Te estoy hablando, contestáme.
José: Usted habla demasiado.
Frutos:Frutos: Oh... capaz que tenés razón, eh! Hablo mucho. Andá: decíle a esos que pasen (Besa a Flora en los labios) Preciosa. (Flora sale) Es así la cosa... Mismamente (José le pone una pechera con profusos laureles bordados en oro y grandes charreteras doradas. Le alcanza un bicornio con plumachos blancos y celestes.) Que pasen.
José: Pasen, señores.
Frutos: (Al verlos entrar ceremoniosos y antes de saludarlos) ¿Qué quieren que les diga? No tengo un peso.
Vázquez: Pero hay que hacer algo, señor presidente.
Frutos: ¿Y por qué no lo hacés vos, entonces?
Vázquez: No se puede seguir así, esté seguro señor presidente.
Frutos: ¿Voz que decís, Jiménez?
Jiménez: Nada. La noticia que podía darle, usted me la dio a mí, presidente. No tenemos un peso en caja. El erario está en quiebra, presidente.
Frutos: Pará un poquito. Una cosa es que yo no tenga y les avise y otra es que tu me lo estés diciendo a mí.
Jiménez: Se lo digo, señor. Presidente.
Frutos: Este está loco. ¿Qué hago con la gente?
Vázquez: Por eso le adelanté que es insostenible. Tendríamos que lograr un alianza exterior. Presidente.
Frutos: Jiménez, no podés venirme con eso. Ellos ponen el pellejo, ustedes tienen que poner la plata. Dije plata ¿duele, Vázquez? Tengo que seguir para el norte y no me queda nada.
Jiménez: Es así, señor presidente.
Frutos: Es así pero tiene que ser de otro modo. Sos el Ministro de Hacienda, Jiménez. ¿para qué estás?, para sacar plata de donde no hay; y vos, Vázquez, qué clase de Ministro de guerra me estás resultando si entregás una campaña antes de empezarla?
Vázquez: Pienso que así, solos, no se puede seguir, presidente.
Frutos: Sería la primera vez que no se me ocurriera algo (Piensa un instante) ¿Cómo vinieron? Quiero decir, ¿quién los trajo?
Vázquez: Vinimos solos, señor presidente.
Frutos:Frutos: A caballo.
Vázquez:Vázquez: En el carruaje de él, presidente.
Frutos: Lo estás vendiendo, Jiménez. El viejo Zúñiga está loco por ese tronco de zainos y el coche es bueno. Le decís que es de mi parte y le sacás dos mil pesos. Y al panadero Gestoso le mandas a Bernardina, que le ofrezca la quinta mía, en el Miguelete. El precio lo fijó él mismo. Con eso tiramos hasta mediados del mes que viene. ¿Tenés naco, Vázquez?
Vázquez: Del bueno.
Frutos: Dale a Jiménez, se quedó medio pálido con la nueva refinanciación de la deuda pública. Si serás flojo! Cuando la Aduana vuelva a rentar te comprás una volanta y tiro marca Severo Tapia. Vos, con lo que ganás en el saladero, podés comprarte una carroza francesa por semana.
Jiménez: Es por mi mujer, señor. Usted sabe que ella...
Frutos: Está bien que te aflijas y tenés todo el derecho. Al fin y al cabo el que sale para el norte soy yo. Pero con los tres mil de la quinta no alcanza y a Gestoso no le saco un peso más, es todo lo que tiene. Tenés que comprender, Jiménez.
Jiménez: Si no fuera por Elisa...
Frutos: Está bien. Vamos a hacer una cosa más justa. Tu sos testigo, Vázquez y como abogado vas a certificar lo siguiente: Yo, el presidente constitucional de la República, le juego a este que es el ministro de Hacienda, mi quinta del Miguelete contra el carruaje y el tiro de zainos.
Jiménez: ¡Pero Frutos!... Digo: señor!
Frutos: No me vas a decir que protestás. La quinta vale más del doble. Anda sentándote. Tallás vos, Vázquez.
Vázquez: (Después de barajar) (Se oye la guitarra sonando) Corte, don Frutos.
Frutos: No, cortá tú, Jiménez. (Jiménez lo hace y se enjuga el sudor del rostro)
Vázquez: Abro, caballeros (Pone dos cartas sobre la mesa) Es el seis contra el caballo.
Frutos: Copo al caballo.
Vázquez: Me doy vuelta (Pasan varias cartas)
Frutos: No pienses más en Elisa, Jiménez. Te enfermás, así, muchacho. Si te pasás recordando a tu mujer se te hacen úlceras en el estómago. Acordáte de la hija de don Salustiano García que te gusta tanto.
Jiménez: ¿Pero don Frutos!
Frutos: Pensá que ya ganamos y salís al balcón y la gente está en la plaza y todos gritan y te saludan moviendo el sombrero y vienen a abrazarte. Pensá en la historia, Jiménez. La próxima vez paga Vázquez ¿cómo va esa tienda de importaciones, ¿seguís marcando el 300% de utilidad?
Vázquez: Y se vino el caballo!
Frutos: No te dije que no podíamos perder. Vas a ser famoso, che! y tu también. Los empiezo a correr en San José y los saco por Salto, podés estar tranquilo. Con seis mil pesos para mis indios, no es carrera. (Aparece José y su voz lo sorprende)
José: Señor: vino el hombre.
Frutos: ¡Otra vez!
José: No se va sin cobrar.
Frutos: ¿Qué...?
José: Dijo que no sigue esperando.
Frutos: A vos, te lo dice!
José: Yo le aviso.
Frutos: Pero si no hace ni seis meses que... Decíle que ahora...
José: Venga y le explica usted mismo.
Frutos: ¿Yo?
José: Usted es el que tiene que pagar. Yo vine a avisarle.
Frutos: Pero tú, bien pudiste decirle...
José: Está en la tapera de Nuñez, al lado de las casas de la estancia. ¿Viene?
Frutos: (Se queda mirándolo) Tenés razón. Mejor le explico yo mismo. Te dije la vez pasada que le dijeras que no es cosa de dejarse caer así, una y otra y otra vez (al borde de la ira) ¿Quién se piensa que soy? ¿Cree que yo?...
José: Usted prometió que muy pronto.
Frutos: (Divertido) Y bueno, mantengo lo que dije: muy pronto.
José:José: Eso fue antes. Ahora llegó el momento y tiene que pagar (se han desplazado y están en el lugar de la primera escena)
Frutos: No pago nada. Tampoco es cuestión de... ¿Dónde dijiste que estaba el recaudador?
José:Aquí, estaba.
Frutos: (A María) ¿Cómo está, chiquita? ¿Se fue el hombre?
María: ¿Qué hombre? Yo no ví a nadie.
Frutos: Viste como todo se arregla? Se fue.
José: No se arregla nada, señor. Va a volver y entonces...
Frutos:Frutos: ¿Qué sabés, si vuelve? De repente rodó con el caballo y se desnucó y no lo vemos nunca más ni tu ni yo. Está tirado en la barranca del arroyo, partido en dos.
María:  Por qué quiere consolarse y esquivar las cosas; con segu-ridad va a volver.
José: Esté bien seguro: el recaudador no se olvida, ni se mata, ni le pasa nada: el recaudador vuelve y hay que pagar. Con él no hay excusas.
Frutos:Está bien. Me convencieron. Al final siempre me conven-cen. Cuando llegue y no quiera esperar.., entonces vemos que se hace. Mientras haya tiempo... Pero ahora, podríamos tomar un matecito che María: Está linda la tarde, ¿por qué no me ensillás un amargo? José, vos... ocupate de mi overo, ¿querés? (José sale)
María:Veo si hay yerba (entra en la tapera)
Frutos: (Hacia el interior del rancho pero ensimismándose) ¿Sabés una cosa? Esta casita tuya me está gustando más que ninguna. Cualquier día vengo y me quedo aquí, contigo, a vivir los dos. ¿Te gustaría? (Pausa) (Arma un cigarrillo y lo enciende) Estoy necesitando una chinita como vos que sea buena conmigo y tenga esos ojos lindos que tenés tú, y esos labios calentitos que me gustaría sentir y acariciarte y ver que te quedas quietita y yo siento tu corazón saltándote, a los saltos contra el pecho de puro susto y de puro sentirte acariciada. ¿Sabés que me estás gustando mucho, vos?
María:  (Que ha reaparecido sin que él la vea, a mitad del parlamento anterior) ¿Qué decía, don Frutos?
Frutos: Nada. ¿Qué voy a decir? Pensaba, nomás, en nosotros. ¿Empezaste ese mate?
María:  No hay ni una gota de yerba.

Frutos: No importa. Charlamos. Estaba pensando en lo triste que me pasa. Hay veces, como hoy, que me siento ¡tan solo y tan viejo! ¡Acabado! Es para tenerme lástima. A veces pienso que nada vale la pena; que debiera hacerme matar en un entrevero y quedar, blanqueando los huesos en una cuchilla, como queda la montonera. ¿Quién soy para tener otro destino? Y me pone triste pensarlo. ¿Nunca se te ocurren cosas así, de esas que dan pena? (Pausa corta) Pensá en mi vida, María, para que la estoy gastando de este modo. ¿No te doy lástima, chiquita? Cada vez más solo. ¿Qué me estará faltando que me siento abandonado por todos, como perdido? (Pausa breve) ¿Qué cosa, no? De repente tu estás cerca como ahora y veo tus ojos, tan raros -déjame mirarte- y pienso que a lo mejor es un bichito la compañía que ando buscando. Algo tierno, indefenso, suavecito... algo poquito y mucho, como sos tu (pausa breve) ¿No decís nada? ¿Qué estás pensando? Decime.
María: Usted está asustado y trata de distraerse.
Frutos: ¿Por qué decís eso?
María:  ¿Qué va a decirle al recaudador? Quiere esquivarlo, en vez de pagar.
Frutos: No me escuchás cuando te hablo y te cuento lo que me pasa: volvés a eso. ¿No te dan ganas de ser buena conmigo, que me persiguen para cobrarme?
María:  Lo peor que le pasa a ustedes que de verdad nunca le pasa nada. Por eso tiene miedo. Pero a veces don Frutos, no queda otra salida, hay que dar la cara. Tan valiente que es y...
José: (Entrando) No se fue. Está en las casas.
Frutos: Decile que espere.
José: Ya le dije que esperara y así está: esperando.
Frutos: Decile que no me viste.
José: No me va a creer.
María:  Preséntese, don Frutos.
Frutos: ¿Qué querés que haga?
José: Si tiene que pagar, pague.
Frutos: ¿Con qué?
José: Con lo que tenga. Busque. ¿Qué clase de hombre es?
María:  Sea hombre, don Frutos. De la cara.
Frutos:Está bien. Tomá. Dale esto (Firma un papel) Es una orden
contra Hugo Buchelli, el proveedor del Ejército (mientras escribe) Páguese al portador. ¿Cuánto, che? Sí, ya se... Cinco onzas de oro por mi cuenta y orden. ¿Sabés lo que vale mi firma? ¡Un perú! Tomá. Dáselo y que vaya y cobre y me deje en paz, tranquilo. (le entrega el papel y sale José llevándoselo) siempre termino pagando y sintiéndome solo y sin nada (a María) ¿No te doy pena, malita? (se quita el bicornio emplumado. Trata de rehacerse)
María: María No, don Frutos.
Frutos: (Girado) Ves, Bernardina. Yo pago. Pago de verdad y cosas de verdad, con lo que me duele: arriesgando títulos, galones, lo que sea, todo. Acabo de pagar, querida. (Traída por la frase aparece Bernardina y él la besa en la mejilla) Creéme, me paso atado a mis deberes, cumpliendo por todos, sirviendo a cada uno: tú sabés, no hay un alma que no sienta devoción por mí. ¿Por qué en vez de intentar comprenderme preferís sospechar? Así no se puede. Lo sabés bien. Si alguien no tiene que aguantar tus desplantes soy yo. ¿Por qué tengo que estar en esto? ¿Eh? ¿Por qué? Soy grande, yo, un genio, el país entero me está debiendo la vida y ya ves: me persiguen, me acusan, me dejan despojado de todo, insultado por todos como un ladrón. Y ahora encima tengo que soportar una ridícula escena de celos una escenita, un interrogatorio. La señora desconfía y hay que darle explicaciones. ¡Qué humillación y qué ridículo! Pero esta vez te equivocaste, querida. Estoy harto. Todo tiene un límite. ¿O que estás pensando que soy yo, una piltrafa? ¿Un cualquier cosa? ¿Eh? ¿Qué soy? ¿Qué soy yo? (violento) ¡Decí, te estoy diciendo! (transición) Santa, santita mía, perdóname. Tu estás en un altar y yo soy un pecador que no puede con su propia vida. (Está llorando) Vení cerquita, vamos a bailar, querida. Me siento tan feliz teniéndote así: es tan alegre tu cuerpo y tan perfecto estar juntos. Te quiero, Bernardina. Te quiero. (Bailan. Es la fiesta. Dan varias vueltas de verdadera embriaguez y dejan de girar)
Frutos:Frutos: ¡Ah, qué calor hace! Mi coronela, creo que en toda Amé-rica no ha de haber fiestas como las suyas (Traída por la frase aparece Coronela)
Coronela: (Repitiendo la escena anterior) ¡Qué gusto de verlos!
Frutos: Por fin salimos de casa. Felices los ojos que la ven, señora (le besa la mano)
Coronela: Malo, malísimo, ¿por qué se hace esperar? ¿No sabe que soy impaciente? (Frutos le besa la mano y le acaricia el brazo) (Entra José).
José: Señor, llegó el chasque y trajo varios pliegos.
Frutos: Ves que estoy... ocupado ahora.
José: Trajo noticias.
Frutos: Ya lo dijiste.
José: (Sombrío) Conté lo feo que está pasando, allá, y en todas partes.
Frutos: (Atendiéndolo interesado) Ah sí... ¿y qué está pasando, que ponés esa cara?
José: El comandante Gumersindo Zamora fue ajusticiado y pusieron la cabeza en la plaza clavada en una pica.
Frutos: Eso no es asunto mío. ¿Qué más?
José: Dicen que contrataron un perito calígrafo y a un notario procurante.
Frutos: Un notario procurador, será.
José: Eso. Y que empezaron el examen de... de toda la papelería, señor.
Frutos: ¿Mi rendición de cuentas?
José: Los peritos que vinieron, dicen que dijeron, que hay firmas como arregladas.
Frutos: ¿Lo estás oyendo, Bernardina?
José: Y que es de su mano, señor. Y hay órdenes de pago rehechas.
Frutos: Siempre el acusado soy yo, ¿oís?
José: Y el sastre, señor, declaró que le encargó varios fracs azules de solapa ancha para sus oficiales y la demás ropa que hizo para otros amigos y la familia. Confesó que cobró en la receptoría de impuestos contra la partida de medicinas y pompas fúnebres de Maldonado, que se emplearon en vicios de la tropa y oficialidad.
Frutos: (A Bernardina) Me vas quedando tu sola. No me abandones. Quieren deshonrarme por requisitos. Quisiera ser helado y cruel con todos y conmigo; pero soy barro yo. Compréndeme, por favor. Soy infame porque soy bueno.
José: Dicen que hay 1.236 patacones gastados en zaraza y otras chucherías que aparecieron en uso, entre las chinas del Rincón de Batoví.
Frutos: Basta. José.
José: Dan por seguro que el Tribunal Supremo se reúne el jueves y que a usted lo juzgan dos días después.
Frutos: ¡Calláte, carajo! Y salí. Salí enseguida. (Sale José) Salí de acá. (Bruscamente dulce a Bernardina) Tú sabes hasta donde puedo sacrificarme y padecer por los demás. Tengo arriba más privaciones y penurias que nadie. ¿Por qué me puse a correr estos campos pasando trabajos, desvelado, dolorido, aguantando inviernos? ¿Y a quien le hice mal nunca? Sabes que pude decidir lo que quise ¿y en quién me vengué? ¿Dónde puse una maldad? Ellos, sí. Por lo que diga un calígrafo mirando tinta, estaquean hasta la muerte aun buen paisano que fue su amigo. ¿Porqué te quedás tan callada? Podés acusarme, vos también, como todos. ¿Por qué no? Decílo que tenés que decir. Reprochá. Te escucho. Pero te estoy previniendo, ¿eh? No podés ponerte así, no podés castigarme con tu soberbia, Bernardina, si me quisieras, si me quisieras de verdad, comprenderías todo y hablarías. ¡Hablá! No... sos altiva y no querés ayudarme contra el enemigo. En el fondo no te importo nada porque nada te importa nada salvo tus ínfulas: te sentís superior. ¡Claro! Sos la pureza. Siempre podés rendir cuentas, tú. Pero te equivocas, Bernardina, te equivocás de medio a medio. No estoy dispuesto a toleraste estos desplantes. ¿Quién te pensaste que sos? ¡Dios! para ponerte de conciencia mía? Te estoy hablando, carajo! Vas a contestar o no? Hablá, te dije (Sacude a Bernardina y tal vez le pega) (acariciándola en el suelo donde ha caído). Bernardina, no podés rechazar mi amor (la besa en la cara) Amo el amor que te tengo, amor mío (la besa en los labios)
Coronela:Coronela: (Separandolos con violencia) Basta, Frutos. Estás en mi casa y no estoy dispuesta a tolerar semejantes escándalos. ¡Canalla!... ¡en mi propia casa!
Frutos: Me parece, estimada coronela, que usted exagera sus derechos de locataria. ¿Porqué se toma todo a la tremenda? La vida es un ratito.
Coronela: ¡Qué inmoralidad! ¡Qué escándalo! Frutos: usted me repugna. ¡Usted... usted!
Frutos: Querida, ¿podrías alcanzarme la maleta? La que trajimos de casa. No es justo que estén todos disfrazados y nosotros así, a cara limpia. Me siento en ridículo, como desnudo.
Bernardina: Estas son tus cosas (Le entrega la maleta) Está todo.

Frutos: Si me permiten vestirme, señoras. (Las mujeres se retiran Frutos empieza a vestirse de moro pero no bien se calza sus babuchas reaparece José)
José: Mi general, llegaron los ministros.
Frutos: Ah si, che, ¿y de qué vienen disfrazados?
José: Están de particular, señor. Son los doctores Vázquez y Jiménez. Traen un asunto. Dicen que es urgente.
Frutos: Mirá vos, y me agarran a medio vestir los chasques "principistas". ¿Sabes que son principios, vos? ¡no! Ni amagués decido. No podés saber: principios viene a ser lo que está escrito en una cartilla que nadie tiene. ¿Comprendés? Ordenes que vienen de ningún lado. Una cosa como la Constitución pero sin constitución: etcétera, inefable! ¿Qué me decís? ¿Vos tampoco decís nada, José? I-ne-fa--ble. ¿Qué te parece? ¡Decí!
José: Usted habla mucho.
Frutos: ¿Yo? ¿Y ellos? Ya los vas a oír. Piquitos de oro. Andá. Hacelos pasar y preparáte para la lluvia. De Montevideo llegan nada más que líos y reclamaciones y alegatos y calumnias, si los dejo hablar, adiós fiesta. ¿Vos que opinás? Me gustaría saberlo. ¿Qué opinás, José?
José: Usted ya sabe. No soy político, ni jefe, señor, ni hacendado ni tengo comercio. Soy uno nomás.
Frutos: ¿Y que opinás? Decí. ¿No me tapaste a noticias cuando llegó el chasque? Ahora decí: ¿qué opinás?
José: ¿Donde vio alguien como yo dotoreando? Opinan los que no tienen nada que hacer. Yo, cuando no pueda más, le aviso.
Frutos: Está bien, José. Tenés razón. Como siempre tenés toda la razón. Servirías para tenerte de ministro. vos.
José: Entonces no sería el mismo, señor. ¿No cree? Sería otro.
Frutos: Hacé pasar a esa gente... filósofo. (Sale José)
Vázquez: (Entrando) Señor presidente: perdone que lleguemos así. Pero la situación es realmente grave. Venimos, el doctor y yo en nombre de... Cómo está señor (le tiende la mano)
Frutos: ¿Cómo andás? ¿Y vos? ¿Qué lío se armó ahora?
Vázquez: La revolución está apoyada desde el exterior. Las instituciones están en peligro.
Jiménez: Tenemos noticias positivas de que se concentran fuerzas importantes. El peligro es inminente.
Frutos: Babuchas. ¿Te fijaste? Estos árabes han de ser lo más estrafalario. Zapatos con la punta para arriba... (se pasea divertido mirándose el calzado de fantasía que ha sobrepuesto a sus botas)
Vázquez: Es necesario procurarnos aliados en el exterior que nos permitan resistir.
Jiménez: Señor Presidente: yo le pediría que...
Vázquez: La situación es tan grave, señor!
Frutos: José.. .traéme el espejo grande, ¿querés? El de cuerpo entero que está en el dormitorio.
Jiménez: Hay que tomar medidas.
Vázquez: Tenemos algunos decretos, por si usted entiende que es conveniente proceder...
Frutos: Papeles...
Vázquez: No queríamos perder un minuto, Montevideo corre peligro inminente... el enemigo... el invasor.., esta. (A José que entró trayendo un gran espejo)
Frutos: Ponelo, aquí. (Se prueba el turbante) Mí Babá! (Silba o tararea una melodía árabe)
Vázquez: Permitame que insista, señor presidente, pero entendemos que es imprescindible y de toda urgencia una declaración de guerra y la firma de tres decretos diversos mediante los cuales se declare el estado de sitio y se tomen medidas complementarias, así como una activa política diplomática que nos permita...
Frutos: Aladino y la lámpara maravillosa. Frotamos esos papeles y ya derrotamos al enemigo, ¡chuic!
Jiménez: Señor, consideramos absolutamente imprescindible que el presidente de la República se haga cargo de la situación.
Vázquez: Nosotros, señor, solo procuramos...
Frutos: Si estos supieran lo que me está pasando... Yo... (a Jiménez)
Jiménez: Usted es el presidente, señor, y nosotros simples ciudadanos a quienes usted confió un Ministerio.
Vázquez: No entiendo su posición, pero razones tendrá para actuar así.
Jiménez: Tiene mi renuncia en el momento que la requiera. Mejor dicho: ahora, señor presidente. Visto el fracaso de este viaje renuncio a mi cargo de ministro. 
Frutos:  ¿Cuándo vas a aprender que esta patria de nosotros es un gran desbarajuste, que está todo a medio hacer y que no hay más remedio que seguir tirando como se puede? ¿O te crees en Francia, vos?
Vázquez: Permitame ofrecerle mi renuncia, señor, como el doctor Jiménez entiendo que...
Frutos: Me parece que a ustedes se les subió el cerebro a la cabeza. Me hacen enojar. Vengan y póngase aquí, al lado mío. Mírense en ese espejo, cristianos, y díganme si lo que ven son dos ministros y un presidente de la República. Mirá que estampa la tuya, Vázquez y mirá a este otro matrero (se ríe) Mirá el mamarracho que soy yo, el Primer Mandatario de la República Oriental del Uruguay con el mundo en sus manos (juega con el turbante) En los libros, che, cuando dicen Su Excelencia, vos pensás en una cosa así? Mirá esos tres en el espejo y contestame, doctor: te parecemos el Poder Ejecutivo? (Pausita) 
Jiménez: Pese a todo yo presumo que hay algo sagrado que...
Frutos: Algo sagrado... ¿Sabés lo que siento cada vez que arranco a mi gente de sus casas y los meto de nuevo en el lío? Vení, hermano, dejá a tu mujer y tus gurises y vení a pasar hambre conmigo, y a enfermarte de frío y después, de premio, si la suerte quiere, quedáte acuchillado en el primer encuentro. Los mirás de lejos, mientras te vas yendo y los ves en el suelo, tan poquita cosa, tendidos, hechos un puñadito de lástima, ensuciando el campo porque son suciedad sobre el pasto y más nada. Le conozco el nombre a cada uno, yo; y el pago de donde vino y sé quien lo está esperando (Reaccionando) ¡Van a venirme con papelitos a arreglar lo que me pasa! (Al borde del llanto) ¡¡Gran puta!! 
Vázquez: Usted decide, señor, si cree que un país como el nuestro puede prescindir de tener amigos poderosos en el exterior... (Guarda los papeles en la cartera con brusquedad) Esperamos sus instrucciones.
Frutos:Frutos: No te pongas nervioso. Tusé, traé esos decretos. ¿O pensaste que voy a mezquinarles la firma? No me dan ninguna noticia ustedes. Se nos van a venir tranquilos y yo los pienso dejar que se floreen, que entren nomás, que se vengan. Dame la pluma (la examina) Es preciosa, che.
Vázquez: Esta es la declaración de guerra, señor.
Frutos: (Mientras firma) Es una seda como escribe, y ¡qué brillo! ¡flor de pluma!
Vázquez: Estos son los decretos complementarios.
Frutos: (Firma y antes de suscribir el tercer decreto va hacia el espejo y se mira con la pluma puesta en el turbante) Notable! Me trajiste lo que más me hacía falta, Vázquez. Queda estupenda. Es increíble que no se le haya ocurrido a Bernardina. Un lujo asiático esta pluma. Trayéndola vos..., en fija es importada. ¿Es de pavo real o es de ganso?
Vázquez: Falta el decreto imponiendo el estado de sitio.
Frutos: Traélo. Te lo firmo a condición que me dejes la pluma.
Vázquez: Por supuesto, es suya (Firma Frutos)
Frutos: Colocála que quede firme. Vení, ayudame (Vázquez manipula hasta dejar la pluma bien sujeta enhiesta sobre la frente de Frutos) Un lujo suntuoso el plumacho. Pienso que van a pasar meses antes de que pueda desvestirme para dormir. Pero antes de eso esta plumita me va a ver esta noche haciendo más de una diablura.
Vázquez: Señor presidente, nosotros, si usted lo permite, desearíamos volver sin la menor tardanza.
Frutos: Por supuesto, los padres de la patria no duermen ni comen, ni pueden bailar ni reírse: galopan y se desvelan bajo el látigo del deber. Por eso están tan pálidos che, y sufren de estreñimiento. Vos, ¿como andás de la barriga, Vázquez?
Vázquez: Más o menos, señor.
Frutos: ¿No te dije? Si de vez en cuando no le das un gusto al cuerpo, el cuerpo se te aburre de vivir. ¿En serio no quieren quedarse? Es un baile de aquellos.. y hay una vaquillona con cuero que... Está así: ofreciendo un abrazo. (Los mira expectante por un momento y ambos permanecen dignos y en silencio) Como quieran. (llamando) José (Entra José). Acompañá a los doctores: supongo que habrán cambiado los caballos del carruaje. Fijáte que sean buenos y que lleven provisiones y dales el colchón de mi cama.
José: ¿El colchón de la habitación de huéspedes? Pero la coronela…
Frutos: La dueña de la casa no me lo va negar y yo no pienso pegar los ojos esta noche, ¿para qué lo quiero? De acostarme no va a ser en mi cama.
Jiménez: Buenas noches, presidente.
Vázquez:Buenas noches, señor. ¿No tiene fecha para volver a Montevideo?
Jiménez: ¿Va a defender la ciudad?
Vázquez: ¿Cuándo vuelve?
Frutos: Eso es asunto mío. Los buenos negocios pueden esperar, ¡carajo! ellos y yo vamos a poner el pellejo así que… (Vuelve a llegar al baile de la Coronela, pero de pronto gira y levanta un brazo) Soldados: se cumple hoy el aniversario de un día glorioso: el triunfo que nos devolvió la patria y se cumple en esta fecha en circunstancias graves para la República. El enemigo ha invadido nuestro suelo y lo tenemos a la vista. El choque de nuestras armas contra ese oprobio es cuestión de días. Sí, orientales, se aproxima otra fecha inolvidable, nuestro triunfo sobre ese monstruo. Somos el brazo que defiende la gloria de este pueblo y sabremos cumplir, sabremos cumplir, sabremos cumplir (Transición) Che, José, armáme uno de chala y naco brasilero. Cada vez que hablo, me pongo loco por fumar. (Transición) Ciudadanos: cinco salvas de cañón serán nuestro homenaje al triunfo logrado. Cinco salvas. Cinco salvas que son el anuncio de un nuevo acontecimiento (Sin convicción) La victoria nos espera. Nos espera una patria en paz y floreciente y con justicia para todos. Nos espera la gloria. Nos espera la felicidad. (Se mantiene inmóvil con los brazos en alto) (Suenan los clarines. La luz que se ha concentrado en el, se agranda y se ve el coro de viejas cubiertas por sus pañoletas negras, esperpénticas y trágicas corno el hambre y la muerte. Entre ellas, María que tiene 100 años)
Frutos: ¡Y ustedes! ¿Qué quieren ahora? ¿A qué vinieron? ¡No tengo nada! ¿Qué quieren?
María:  Queremos comer, general. Nosotras y los niños y los pocos viejos que nos dejaste.
Frutos: ¡Ah! ¡Ustedes quieren comer!
María:  Nosotras, no. Nosotras venimos a hablar contigo. Las que necesitan son las familias que están del otro lado del río, viviendo al raso. Muriéndose de frío, abajo de las carretas. Te llevaste a los hombres, nos quitaron las casas y los caballos, somos más de diez mil los que vinimos de todas partes y estamos en la otra orilla, a monte, como matreros, por culpa de tu guerra. Tu sos el jefe, Frutos. ¿qué podés darnos?
Frutos: (Sin convicción) Se repartió maíz y les mandé mil zapallos de los buenos. Los soldados que hicieron el reparto, dos platos de maíz a cada uno y un buen zapallo, hacía día y medio que no probaban bocado y volvieron sin comer.
María:  Pero eso fue el miércoles, Frutos. Y entre ayer y anteayer llegaron tres carretones más con ocho criaturas muriéndose de hambre.
Vieja 1: Y nosotras, mirá como estamos, en harapos (muestran sus garras y sus desnudeces al borde de lo macabro y con tales gestos, poco a poco componen un baile)
Vieja 2: Miráme, Frutos.
Vieja 3: Y miráme a mí.
Vieja 1: Miráme hecha pedazos, caudillo.
Vieja 3: ¡Miráme, presidente! ¡Deshecha!
Vieja 2: Miráme, general.
Vieja 1: Miráme a mi.
Vieja 4 y 3: Miráme. Miráme a mi.
Viejas 1 y 2: Mirá Frutos, mis huesos (vieja 4 ríe)
Vieja 3: Mirá el hambre, jefe (vieja 2 ríe)
Vieja 4: Y el dolor bailando. Mirálo sobre mí.
Vieja 2: Mirá el castigo cayendo.
Vieja 4: Mirá la muerte saltando entre nosotros. Mirála.
Vieja 1: (Grave) Mirá la guerra, Frutos (pausa breve)
Coro de viejas: Frutos: mirá la patria (la danza macabra termina con una pausa: un zócalo atroz que componen las viejas brujas y sus jirones)
Frutos: (Tratando de ser formal) Señoras, queridas damas orientales, yo, presidente de la República y Brigadier General del ejército, tengo el deber de decirles (Transición) que no me queda ¡un puto patacón! ¡Qué me caiga muerto si les miento, viejas! Estamos en el suelo. Madrecita, creéme hay que aguantar.
Marías: Frutos, no podés tratarnos así. No podés desentenderte. Es tu guerra. Tenés que dar la cara.
Vieja 2: Confiamos en vos nosotras.
vieja 3: A mí me llevaste dos hijos.
Vieja 1: A Pedro lo mataron en el Catalán.
Vieja 3: Y de Germán y de Minguito y de Juan José, el mayor, no te acordás de Juan José de los Medina de para acá de Chamizo? Eran tres.
Frutos: Vamos a parar con eso o nos ponemos todos a llorar y viene el enemigo y nos pega otra corrida. Dije que hay que esperar un poco.
Marías ¿Esperar qué?
Frutos:Frutos: Esperar, aguantar, María. Cuando se está en la mala hay que saber esperar. Las cosas cambian, no. Ustedes vienen a pedirme de comer y algo con que taparse. Mirá que lindo si yo tuviera! Pero no queda nada aquí, como no sea el hambre misma y el mismo frío que sufren todos. En cambio, lo que yo más necesito, ustedes lo tienen y pueden dármelo.
Marías ¿Qué podemos dar nosotras o nuestros chiquilines? ¡Lástima! 
Frutos: Me pueden dar tiempo y un poco de alivio. No. No mucho tiempo. Un respiro hasta mañana, les estoy pidiendo. Algo tiene que surgir entre ahora y la mañanita. Es que está oscureciendo y al caer la noche todo se ve más triste. Ayudarme a creer en algo.
Vieja 2: ¿Qué podés prometemos?
Frutos: Miren: está brillando el lucero. Se hizo noche. Ya no pueden cruzar a la otra orilla. Es demasiado tarde par vadear el paso. Quédense por hoy.
Vieja: ¿Qué estás ofreciendo?
Frutos: No ofrezco nada, todavía: les pido que se queden aquí en el campamento hasta mañana y que traten de sostener a mi gente. Ellos sufren tanto como ustedes. Ayúdenme a espantar la tristeza cantando un poco. Y hasta bailando, si hay que bailar. Ayudáme, vieja. Decíme que sí, que se están quedando. ¡José! (Entra José) Traéme al porteño, al que canta.
José: Munilla.
Frutos: Sí. Traéme pronto a Munilla y a Cavia y a aquel de Rincón del Pino. Quiero música. Vamos a ofrecerle una fiesta a las señoras. Rápido (Sale José) Damas orientales, el ejército de la patria está día y noche al servicio de los ciudadanos y ciudadanas. Esto es un honor para mí. Tomen asiento, como puedan, es un honor, sobre el pasto señoras o póngase cómodas por ahí, arriba de una piedra, donde sea. Dentro de un instante va a empezar, la soirée que el presidente de la República tiene el honor de ofrecerles. (Se tapa la cara con las manos como sí llorara)

(Se canta y se baila el Candombe de Frutos)

Ponga el crespón
en el barril de caña buena donde se hundió
Mi general.

Y haga un farol
para pasar de pena en pena
con el licor
de ese tonel.

Que si murió
Mi General Frutos Rivera quiero brindar
quiero brindar
quiero brindar, en hora buena
A su salud, mi General.

(A través del candombe va quedando despoblado el escenario. Frutos solo en el medio, de pie, contempla a su alrededor)

Frutos: Señoras! ¡Damas orientales! Por favor damas.., paisanos... es una barbaridad esto! Hombres del partido.. correligionarios (hablando para sí) Me están dejando solo. Me están dejando, paisanos. ¡Compañeros! No me oyen siquiera. ¿qué pasa? (Como en un sueño) Bernardina... Bernardina (Entra José y Frutos no lo reconoce) ¿Quién sos, vos? ¿A qué viniste? ¡Qué están queriendo todos!
José: Sáquese esos trapos (le saca el disfraz)
Frutos: ¿Por qué estoy solo? Me dejan abandonado. ¿Qué pasa aquí?
José: Se acabó la fiesta y no pasa nada bueno. Usted lo sabe. Se acabó la fiesta.
Frutos: No. Yo no. ¿Qué querés decirme? ¿Por qué?
José: ¿Cómo se siente?
Frutos: (Llamando) José... José...
José: No grite y esté tranquilo. Descanse.
Frutos: Necesito tomar un trago. Decile a José que haga traer el barril grande. Me quema aquí. Decile, te dije. ¿Por qué estoy solo? Quiero un trago. Decíle.
José: Ya viene. No se agite.
Frutos: ¿Y vos qué querés? ¿Qué estás queriendo?
José: Vengo a cobrarle.
Frutos: Cobrarme a mí. Ni que fueras el diablo podrías sacarme un real. ¿O sos el que cobra el tributo?
José: El recaudador, señor.
Frutos: Yo te pagué. Sabes bien que sí. Ya te pagué, yo, andate.
Dejáme en paz.
José: Sabe que no me vio nunca.
Frutos: No tengo nada. Andáte. No tengo nada de nada.
José: Si, que tiene.
Frutos: Antes... Tuve todo, antes, o podía tener... todo. Pero ahora estoy acabado y solo. Lo estás viendo. 

Mírame: no tengo nada, hermano. Pagué. Pagué haciendo morir a mi gente. ¿Qué me queda?
José: Está vivo.
Frutos: (Llamando) José. Decile a José que venga y que me traiga caña. (Llamando) José.
José: Ahí tiene el barril.
Frutos: Servime un trago (José lo hace y él toma abundantemen-te. Parece recuperase) Por un momento me atacó como una tristeza, como una languidez. Un vacío. Debió ser…
José: No se engañe más.
Frutos: Ni que fuera la primera. Una derrota para un jefe...
José: Usted habla demasiado.
Frutos: Dejame convencerte.
José: Llegó la de pagar, señor.
Frutos: ¿Qué está pasando?
José: Diga su último discurso y prepárese.
Frutos: ¿Qué decís?
José: Que vine a cobrarle lo que le está quedando. Pague, Frutos, pague y no deje semilla en este suelo. Muera de una vez.
Frutos: (Quebrado) Y... de repente, muchachito, tenés razón y yo.. de repente... (llamando) José... José... ¿qué pasa. José? ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué está pasando? (cae al suelo) ¿Qué está pasando? (muere y hay una pausa).
José: Guarden el cuerpo del general en el barril. La caña lo va a conservar. Hay que llevarlo a Montevideo y debe llegar presentable. Fue un hombre.
(Se acercan cuatro paisanos, lo cubren con un lienzo y lo llevan, horizontal, a la altura de los hombros. Al iniciase ese traslado solemnemente se oye el candombe de Frutos.

Que sí murió
Mi general Frutos Rivera
Quiero brindar
Quiero brindar
Quiero brindar en enhorabuena
A su salud mi general.

(Ahora lo hunden en el tonel. Acuden todos y se mantienen en un plano inferior, en torno al tonel. La música baja hasta extinguirse. Uno trepa hasta el tonel, hunde las manos en la caña y chorreándose se mojó el rostro; llena su vaso y bebe Salud, Frutos. Vuelve a hundir el vaso y lo pasó a uno de los de abajo. Otro trepa, llena su vasija y brinda. Ahora son varios los que brindan al mismo tiempo):

- Salud, Frutos.
-Salud.
- A tu salud.
- Chau mi jefe.
- Frutos, Frutos, Frutos.
- Adiós mi general.
- Por aquella en Guayabo que fue buena de veras.
- Frutos, Frutos, Frutos.
- Salud y buen viaje, caudillo.
- Frutos, Frutos, Frutos.
José: No voy a brindar por vos (se hace un silencio y se inmovilizan las figuras). No voy a brindar. Mirá lo que está pasando (pausa)
Paisano: (Gritando desgarradoramente) Viva Frutos Rivera.
Todos: Viva.

Apagón.

Carlos Maggi

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