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No todas las repeticiones son fruto del azar inescrutable. Cada vez que Artigas está en una situación comprometida a su contrincante le sucede la misma desgracia: le roban los caballo. Es la pérdida peor y la más difícil de infligir.
Un ejército de esa época no puede pelear, ni moverse, si esta falto de cabalguras; y lo que es peor: no puede comer, porque alcanzar y voltear una vaca chúcara era tarea reservad a los grandes jinetes.
Cuando Artigas era un oficial de blandengues (policía montada de la frontera norte) un coronel de nombre Rocamora sitúa un batallón numeroso en Arerunguá, en Salto, cerca de Tacuarembó. Pretende ejercer la policía del lugar contra los contrabandistas de ganado y, más precisamente, contra los indios infieles, minuanes y charrúas.
Artigas clama ante sus superiores, en cartas sucesivas, pidiendo que se desplace hacia la frontera, esa vigilancia situada en los mejores potreros, algo inaguantable para los charrúas que viven allí, cazando bichos sin dueño.
Pero fue inútil.
Visto que el militar no cejaba en su empeño, una noche los caballos del ejército del señor coronel, desaparecen. Es un hecho asombroso.
Se investiga a fondo y resulta, leyendo el expediente, primero que el jefe militar despojado queda en muy mala posición, se le ve como incapaz; y segundo: que el charrúa que robó la caballada a vista y paciencia de la guardia es, justamente, un indiecito joven, llamado Manuel Artigas, el Caciquillo.
Ocho años después, en 1812, se producen las famosas desavenencias de Artigas (jefe oriental) con Sarratea ( prohombre de Buenos Aires) y el entredicho culmina frente a Montevideo, que está sitiada por los patriotas.
Son tres las fuerzas de la revolución emancipadora que convergen sobre la plaza defendida por los españoles, pero tales fuerzas están divididas: Rondeau en el Cerrito de la Victoria, aguantando solo el asedio; Sarratea, que viene del litoral con un batallón numeroso y artillería; y Artigas con los pocos orientales que le van quedando, porque el porteño lo debilitó de a poco, quitándole oficiales y tropa.
Sucede entonces lo inesperado: durante la noche del 16 de enero de 1813 a Sarratea le roban milagrosamente, 2.700 caballos y 700 bueyes, llevándoselos a vista y paciencia de su guardia militar.
La agresión, aunque incruenta, es intolerable.
La relación empeora de tal modo que el 2 de febrero Artigas es declarado traidor de la patria y ambos jefes están al borde de la guerra.
Entonces vuelve a suceder lo imposible: al ejército porteño le roban los pocos caballos y los pocos bueyes que le quedaban. El porteño queda de a pie, es decir, absolutamente perdido.
"A eso de las dos de la mañana, tuve aviso de que habían sorprendidos los dragones que cuidaban los 300 caballos del cuarto escuadrón, por una partida numerosa del señor Artigas que se los llevaba; además arreaban los bueyes..." -así da cuenta Nicolás de Vedia, un oriental inteligente, servidor de los porteños y agrega: "También se me avisa que los caballos pertenecientes al señor coronel y otros oficiales, también han sido llevados..." (3).
Observo nueve indicios coincidentes:
1) No está al alcance de ningún gaucho arrear 2.700 caballos y 700 bueyes sin un relincho, sin una espantada, pisando con pies de seda, en medio de la noche, bajo las narices de la guardia enemiga. Esa obra de arte, es cosa de indios sutiles. (Era común que los infieles vinieran a las afueras de Montevideo a realizar demostraciones circenses, basadas en su dominio sobre los caballos).
2) Pero hay más. No está al alcance de nadie, mover esa animalada sin dejar huellas. Y lo cierto es que al día siguiente, el ejército porteño no pudo localizar lo sustraído.
3) El único camino que ese arreo inmenso pudo seguir, es el rastro que día a día se traían de una mimas estancia, para abastecer al ejército sitiador. La tierra del camino de las tropas está tan pisoteada, que es imposible para el mejor rastreador, leer las huellas.
4) Y sucede, como está probado, que es de la estancia "La Calera", de García de Zúñiga, de donde vienen las vacas de consumo para el ejército de Rondeau y está probado que es allí donde está, secretamente acampada, la tribu charrúa, cuyo cacique es el Caciquillo.
5) Cuatro días después del robo maestro, Artigas le escribe a García de Zúñiga, en clave: "No olvide usted de decirme algo de esos señores que usted ha alojado allí".
6) A la semana siguiente, en otra carta con el mismo destino dice Artigas: "Hago un deber mío, disculpar delante de usted los perjuicios que pueden habérsele inferido durante nuestra mansión
(estadía) en esas inmediaciones" (4).
7) Después de la desaparición de la segunda tanda de bichos, Sarratea dura en su altísimo cargo 9 días. Buenos Aires lo destituye y nombra jefe de las fuerzas orientales a don José Artigas.
8) Entonces, Artigas y los charrúas se incorporan al sitio de Montevideo.
9) El curita Muñoz, que lleva un diario del sitio, consigna: "Llegaron hoy los charrúas; fue preciso hacerlos acampar a tres leguas de distancia por su conducta incivil, aunque su jefe, el Caciquillo, don Manuel Artigas, muy tratable" (5). |