Métodos para apoyar a Letras-Uruguay

 

Si desea apoyar a Letras- Uruguay, puede hacerlo por PayPal, gracias!!

 

Corderitos 
Juan Mario Magallanes

Amontonados los ranchos, defendiéndose de las chircas que avanzan. Mismo en la ladera del cerro. Protegidos del viento sur.

—¡El del carlanco, tata! ¡Cuente el del carlanco!

Lo rodean los cuatro hijos a Gervasio Lema. Sentado frente al fogón
de la gran cocina ahumada, en su tanqueta de ceibo y cuero vacuno. Los cuatro hijitos: el mayor, Dionisio, 8 años fuertes, vivarachos, un hombre: las dos mellizas, Marujita y Anselma, y el menor, Arturito, de 2 años, montado en una rodilla del padre.


—¡¡Cuente, tata, el del carlanco!...

Forman a su alrededor un montón caliente de carne tierna, suave. Además, la mujercita, Amanda, le ceba el mate. El mate de la tarde. Lento, seguro, sabroso de paz, de ingenua seguridad en la vida.

A Gervasio lo gana una tibieza de nido. Lo ablanda en nostalgias infantiles. Le enancha los brazos como alas cuando rodea con ellos los cuerpecitos nuevos. Con una ternura tan grande, que lo avergüenza un poco.

Abre la boca. Los muchachos abren los ojos.

—Güeno... Era una vez... una chivita... La mujer se ha asomado a la puerta:

—¡¡Mira, che, qué cosa rara; el cielo cómo se pone! Miran todos. Es un círculo rojo, el sol. Pegado sobre el papel gris del ocaso. Opaco. Sin un reflejo. 

—Raro ¿eh? — se admira Gervasio.

—¿No ser'agua, che?

—Capaz.

—¡Y vos que llevaste los borregos pal potrerito 'el bañáu!

—¡Mismo, eh!.. . podería dir a buscarlo.

—¡No, tata!... ¡No, tata! Cuent'el del carlanco.. .

Tironean de el, ahora arrimado a la puerta, con el chiquito en brazos, que el apoya las manitos en ambos ojos. Lo atraen hacia el interior. Son la paz del fogón que quiere sustraerla a la influencia de las preocupaciones exteriores.

Lo sientan de nuevo en su banqueta.

Pero la inquietud lo ha ganado. Por dos veces intenta comenzar el cuento. Y vuelve a mirar hacia fuera. Husmea el cielo.

—A ver, che, Dionisio. Ensillat'el picaso. Vamu'a ver si traimo eso borrego. De no, si lluev'esta noche, se nos van'augar.

Sale el muchacho, disparando. Gervasio cruza el patio, lento, la nariz al aire. Se detiene junto a la portera.

Contempla el valle, allá abajo. Ancho. Vestido de retazos verdes, parduscos, negros. Cortado por la serpiente sinuosa oscura del monte del Mataojo, entre cuyo ramaje brilla, de trecho en trecho, el ojo de una laguna, vichando el cielo.

A la derecha, entre el verde violento de un potrerito anegadizo, bien empastado, blanquea la majada de borregos. Circundada por la morada testa de los sauces.

Salta la mirada por las sierras de las Animas. Un cerro como un corcovo, terco, ostenta el chirlo recto, de la cima a la falda, con que lo cruza un cerco de piedra que se desparrama en majadas trepando hacia el núcleo de la cumbre. Planean varios cuervos.

Gris, ocre, añil, violeta. Marchan los montes hacia el mar lejano que brilla su azul sucio, desleído, ceñido por el oro de las arenas. Guardan este tesoro, formados en línea, batallones negros de eucaliptos severos e inmóviles. En las faldas de los cerros, las notas blancas, negras, rojas, de los lentos ganados.

Allí, junto al galpón, bajo un canelón coposo, su caballo ensillado echa adelante y atrás, interrogativas, las orejas atentas. Colgado por el cabestro de una alta rama tronchada, es azul, ahora, el moro, a la borrosa luz de este crepúsculo.

Cuando Gervasio va a montar, ya viene Dionisio, caballero en un picazo bichoco que trota a fuerza de talón y arreador.

—Vamo, tata.

—Vamo, m'hijo.

Montan. Trasponen la portera del guardapatio. Galopan la cinta violeta (del camino desenrollándose por la ladera azulada hacia un cañadón barrancoso, huraño. Erizado de cardos benditos. Los ataja, haciéndolos parar en los estribos, echados hacía atrás. Luego, al trepar el lado opuesto, recuestan las caras a las orejas de los caballos, apretados los muslos en exigencia y seguridad.

Allí está la portera del potrerito. El chiquilín se tira al suelo. (Chiquito, listo, como un cuzco joven, tironea la tranquera hasta dejarla tendida en el suelo, perdida entre la gramilla temblorosa.

En ese momento rezonga el trueno tras la sierra, y un viento frío peina violentamente los árboles y los pastos.

—¡No dije qu'esto se venía! — comenta Gervasio.

—¡Mire, tata! ¡Mire pal lau'e los tres cerros comu' está el cielo! Plomizo, compacto, avanza el escuadrón de nubes.

—Vamu'apurar.

Trotan ahora, junto al monte, que les salpica los ojos con chispazos rojos de astro, medio oculto ya.

Les sopla su aliento húmedo en las doradas hojas bailarinas.

Sin perder de vista la mancha blanca de la majada, pasan silenciosos bajo grandes acacias y ombúes con calor de casas. Junto a románticos pinos, cuyas ramas se abren en gestos de nobles abandonos. Y junto a la esbeltez de una palmera, ataviada con el verde de su tronco mohoso, coqueteando sobre el rubor naciente de dos ceibos. Los saluda el chalchal con sus plumeros menudos, casi huérfanos de hojas. Los tironean talas, espinillos y el enano ñapindá. La envira les lanza una ramita desde el redondo seno de su copa.

Ganada la línea de los sauces, se apartan del monte y arrean despacio la majada. Unos doscientos borregos gordos, retozones.

Entre gritos, silbidos y balidos temblorosos, embocan la portera, salvan el zanjón. Toman el camino en cuesta, rumbo a las casas.

Sopla ahora intenso el viento. Se inquietan los árboles mayores, sacudiendo, incomodados, las melenas ubérrimas. El cielo, acercado en livideces amenazantes, deja caer las primeras grandes gotas que se aplastan con ruido seco sobre la suelta tierra del camino.

El relámpago brinca sobre el lomo de la sierra. Tiembla el campo al despeñarse el trueno por las laderas.

Es al pasar frente a otro potrero, que grita de pronto Dionisio:

—¡Mire, tata!. .. ¡Corderitos!

Una expresión gruesa se escapa de la boca del hombre al contemplar a lo lejos, tras el zanjón, las ovejas echadas, con el montoncito de espuma que es la cría, a su lado.

—¡Tan luegu'aura!.. . Se les había de ocurrir.. .

—¡Y cómu'hoy yo no vide!... — se admira después.

Ya arrecia la lluvia. Trotan los borregos, menudeando cabezazos, Tremulante, el grupo trepa hasta las casas, se afina en la portera, y se desparrama luego por la falda del cerro. Hasta que los oculta la lluvia, que ha tendido ya, uniforme, su cortina gris.

Gervasio y el hijo ganan de galope el galpón.

De la cocina grita Amanda:

—¡Che! ¡Vengan a mudarse! ¡Han de venir empapáus! Cruzan el patio corriendo. Mientras el muchacho se cambia las ropas, rodeado de los hermanos curiosos e incómodos, dice Gervasio:

—Tengo que salir otra güelta. 

—¿Qué?

—Sí. Fijate qu'están naciendo corderos. Si los deju'ahi, se mueren toditos.

La mujer protesta, levantando los brazos.

—¿Pero vas a dis con est'agua? ¿Y cómo los vas a trair?

—¿Y cómo los vi'á dejar? ...

Se miran. Tiembla el momento emocionado, frente a los ojos puros, asombrados, de los hijitos.

—Prendu'el carrito... Traigo los que puedo ... Y de pronto:

—Vas a ver. Vengu'enseguida.

Decidido como está, no siente el golpe del aguacero al cruzar el patio. Ni la fuerza del viento que le impide caminar, enredándole las anchas bombachas. Que silba entre los álamos, doblándolos violentamente.

No oye los gritos de Amanda:

—¡Lleva el poncho grueso!.. . ¡Tené cuidáu con la zanja!

Allí está el carrito, debajo del ombú. El maneador arrallado en el pértigo que señala, como un índice, el cielo.

Dionisio le alcanza el poncho de paño.

En un momento acomoda el recado, cinchando en los sobacos. Prende el carrito a la cincha. Salta sobre el moro. Parte, casi al galope.

El caballo suena fuerte las narices. El hombre traga agua. Siente el cuerpo empapado y frío.

Ya trota por el camino enfangado. El chachás de la marcha se acompaña con el redoble del agua sobre la madera del carro.

Tiene que buscar, más lejos, el pasito llano del zanjón. Cruza. El agua casi por los garrones.

Ahora, el potrerito inundado dificulta la marcha. Al cabo, otra portera. Una lomita. Ahí está la majada.

Vuelan varios cuervos, hundiendo su negrura en la masa gris del agua.

Ya muchos corderitos caídos. Gervasio detiene el caballo. Desmonta. Comienza un acarreo febril de corderitos hasta el carro. Bajo la lluvia tenaz. Arde su frente. Borracho de ansiedad, corre de un lado a otro, recoge a los animalitos. Uno bajo cada brazo. Los siente temblar junto a su cuerpo.

Gervasio improvisa un toldo al carrito con su grueso poncho asegurado con un maneador. Monta de nuevo. Emprende la marcha. Ahora lenta, a pesar de su impaciencia, pues desciende el terreno.

Pasada la primera portera, tiene que afirmarse en las patas del moro, para avanzar por el terreno anegado.

El aterido montón se apretuja, tembloroso, bajo el poncho, dentro del carrito saltarín. Se quiebra algún vagido contra el zumbar de la lluvia y el viento.

Llegados al paso del zanjón, los sorprende la efervescencia de las aguas. Bajan del cerro y han llenado el pequeño lecho. Bramadoras, se precipitan al arroyo, coronadas de ligera espuma, sucias de la lucha contra el estrecho cauce. 

El gaucho duda un instante. Pero pronto la esperanza espolea: quizá no alcance el agua; el carrito es alto; la tabla de la culata es fuerte. Es cruzar nomás.

El tiempo urge. La lluvia cae, intensa.

Talonea el moro. Entra, contra la corriente. Las aguas golpean los encuentros del caballo. Saltan sobre el jinete, sobre el carro. El hombre palmea, suave, el pescuezo del animal, que avanza con dificultad, medio llevado en vilo; bufando, encabritándose.

De pronto, como si lo tironearan de adelante, gana la orilla, salta, pisando firme. 

Sorprendido, Gervasio, lo detiene. Se vuelve. Alcanza a ver el pértigo temblar un momento, vertical, y abatirse luego con seco chasquido, para desaparecer bajo las aguas borbollantes. Aparecen en la superficie los cuerpitos blancos de las crías, en fantástica huida. Dando tumbos, las patitas al aire, zambullendo armónicos, girando sobre sí mismos, florecen de cándidas azucenas el lomo sucio del cañadón.

Más allá lo visten de albeante espuma. Pronto desaparecen entre los árboles del cercano monte, donde se enredan ya las sombras del crepúsculo tétrico.

El hombre, alelado, solo, bajo la lluvia, que ahora amaina, contempla con gesto estúpido, en su mano, el resto del maneador reventado.

El caballo se mueve. Comienza a andar al paso. Sin gobierno. Toma el camino encharcado, rumbo a las casas. 

Se detiene frente a la portera, con el gaucho desmoronado sobre su lomo.

Ahora escampa. Ladran los perros. Salen de las casas la mujer, los hijos.

Gervasio se deja caer al suelo. Como borracho, se dirige a la cocina, seguido de la prole.

Rezonga el relato, de pie, chorreando agua y desaliento. Apoyado en los ojos ansiosos de la chiquillería. Se emociona, lento.

De pronto, recoge del suelo al menor de los hijitos, ese que sólo tiene dos años. Lo aprieta contra su pecho, escondiendo la cara en el caliente y tierno cuello del niño. 

—¡Pero, cristiano!. .. And'a mudarte, pue!. .. tas ¡empapáu! 

La mujer no lo mira. Va la puerta. Se lanza, a través de las lágrimas, hacia el paisaje.

A lo lejos, el morro alto de la sierra, emergiendo, ennegrecido, de entre un collar de nubes blancas. Copos de humo. Espuma de mar bravío. Una teoría de borregos marchando por el oscuro cielo.

Allí, a su lado, el sauce llorón deja caer sus primeras lágrimas verdes.

Detrás del jardincito los durazneros ondulan los tules lilas de sus flores.

Juan Mario Magallanes
Asir
Nos. 19-20 Diciembre 1950 - Enero 1951

Digitalizado e incorporado a Letras Uruguay, por su editor, el día 20 de mayo de 2003. Twitter: @echinope

o email echinope@gmail.com 

 

Ir a índice de narrativa

Ir a índice de Magallanes, Juan

Ir a página inicio

Ir a índice de autores

 

Ir a índice de narrativa

Ir a índice de Magallanes, Juan

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio