Montenegro
Duilio Luraschi

El lago es grande. El otro extremo se ve como una línea de colores diluidos, donde los cerros apenas se esbozan tímidamente. 


Llegamos a media tarde. Recorrimos algunos caminos que a veces no llegan a ser más que una huella, agobiados por el calor y el peso que cargábamos. 

Marisa no perdía ocasión para recriminarme que volviésemos. Insistía una y otra vez. Teníamos pocas señas de la casa y por momentos caminábamos en círculo, totalmente desorientados. 

Pensé que nunca la encontraríamos, pero detrás del codo más pronunciado que formaba el camino apareció, detrás de la maleza, un cartelito pequeño que decía "MONTENEGRO". 

Me quité el sombrero y me abaniqué con amplias brazadas, parsimoniosas. Marisa se sentó sobre su bolso y tomó un respiro. Descargamos todo junto a la rueda de un carro que estaba enterrada bajo el alero. Busqué en uno y otro bolsillo y al fin apareció la llave. Tenía una gran sed, pastosa, que me horadaba la lengua y la garganta. La barba de dos días raspaba el cuello de la camisa.

Abrí la puerta de un solo envión y un fuerte olor a humedad salió bruscamente. Entonces abrimos todas las ventanas y la puerta posterior, y nos quedamos sentados a la mesa mientras recuperábamos el aliento.

-Al menos encontramos la casa.

-No es algo menor -dije, mientras sacaba la botella del bolso- a Franklin le ocupó día y medio el encontrarla.

-Franklin hizo todo mal desde un principio.

Hice un gesto con los hombros y seguí tomando agua de la botella. Ella estaba nerviosa, ofuscada. Había algo en su rabia que yo no comprendía pero estaba muy cansado y sólo podía pensar en conseguir una buena sombra, un sillón y una hoja para abanicarme.

Un desnivel del terreno escondía parte de la casa. Era una pequeña loma cubierta de césped, detrás de una gruesa cadena marinera. Ahí enterramos los bultos y le colocamos una azada señalando el lugar exacto. 

 

Descansamos un buen rato y luego recogimos leña y piñas para hacer un buen fuego en la noche.

Marisa se aflojó la blusa, que se abría generosamente cuando se agachaba. 

Si bien no era una mujer bonita, tenía una gran sensualidad en sus movimientos. Era necesario que en ese momento pensara que ella estaba ahí para hacer su trabajo, y que el mío no era seducirla, ni entretenerme, tontamente, con su escote. 

Pensé nuevamente en Franklin.

La tardecita igualó las sombras del camino con las playas, los eucaliptos, los pinos. Todo se volvió de repente de un color gris oscuro y el agua perdió su brillo y se llenó de ruidos pequeños e inquietantes.

Cuando oscureció por completo, nos pusimos a jugar a las cartas, esperando que se hiciera la media noche.

-¿Vendrán hoy?

-Eso espero -dije, y junté sota y siete de bastos.

-¿Si no vienen?

-Tenemos que esperar aquí. Hay suficiente comida para seis días. Habrá que cruzar los dedos para que lleguen esta noche o mañana. No me gustaría terminar como Franklin.

-Lo recordás a cada rato.

-¿Te molesta?

Tomó otro sorbo de vino y recogió una buena jugada. Vi un dejo de perturbación en sus ojos. La llama de la vela iluminaba su cara y parte del cuello, todavía llevaba la blusa abierta hasta el medio del pecho. Cuando levanté la vista estaba observándome. Disimulé como pude y eché una nueva carta a la mesa. Ella no dijo palabra.

A media noche nos acercamos a la orilla y encendimos la fogata. La leña ardió por diez o quince minutos. 

 

Nuestros ojos se esforzaban en ver algo en medio del agua inmóvil. Cuando sólo quedaron las brasas echamos dos baldes de agua helada que ahogaron lo poco que quedaba de la hoguera. Regresamos a la casa y nos recostamos.

-Quizá vengan mañana.

-Con un poco de suerte.

-¿Tenés sueño? -preguntó.

Quise tomar eso como una simple pregunta y me volví a la pared. Al rato me di vuelta y observé sus formas pronunciadas detrás del pabilo de la vela. Su respiración era suave y pausada, parecía tener un buen sueño.

En más de una ocasión pensé en salirme de todo esto. Arregui me tenía bien agarrado por un mal negocio que había hecho y calculo que seguiré haciendo estos trabajos hasta que sea un viejo que no le sirva a nadie y ese será el fin de todo. Marisa, en cambio, hacía todo por venganza. No le gustaba el trabajo, pero algo la impulsaba a hacerlo. 

Creo que ese fue el cuarto trabajo que hacía con ella. Extrañaba a Franklin (él siempre fue un buen compañero en las esperas), pero esa mujer que dormía impasible frente a mi cama acaparaba toda mi devoción y mis silencios. La noche pasó así, entre uno y otro pensamiento. 

Cuando amaneció hice café, tosté pan, y desperté a Marisa.

-¿Dormiste bien? -preguntó, mientras se desperezaba.

-Como un tronco.

A media mañana llamaron a la puerta. Los dos nos miramos sin decir palabra. Le hice una seña para que atendiera ella y me oculté detrás de la puerta. Abrió lentamente. Me parecía que todo estaba suspendido en el tiempo, sin voces, sin olores, como una sinopsis de una película de suspenso.

-Buenos días -dijo Marisa.

-Buenos días, señora. Buscamos a una familia Belocqui, Belochi, no sé cómo se pronuncia.

-No es aquí.

-Podría indicarnos quién puede saber... algún vecino de la zona.

-Lo siento, no sé cómo ayudarlos.

-Buenos días.

-Buenos días.

Cerró la puerta y quedó parada, en silencio, por un buen rato. Me asomé a la ventana y pude verlos pasar el montecito, la cadena, y dejar el camino.

No hablamos del tema en seguida. Pensamos que mejor era postergar el problema, al menos hasta después del mediodía. 

Marisa hizo pasta.

Mientras caía el agua en la olla, y repiqueteaba, sorda, desde el fondo, me preguntó qué pensaba de la visita de esa mañana.

-Hay que estar atentos - le dije.

Después que secó los trastos se sentó junto a mí. Estiré la mano en un gesto de tirarle hacia atrás el mechón de pelo que le caía en la frente, pero algo me detuvo. Ella se acomodó en el sillón y cerró los ojos. Intenté estirar nuevamente el brazo sobre su cara, pero también me detuve. 

La tarde transcurrió más lenta que la mañana y leímos y releímos las mismas revistas de cine. Eran revistas antiguas. Sólo hicimos algún comentario de las fotos centrales, casi siempre un primer plano de una botella de Coca Cola o un Cadillac de lujo. Lo demás fue solamente dejar que el tiempo pasara. 

Marisa me miraba, a veces, por el rabillo del ojo y yo siempre estaba ahí, observándola. En la radio se oían algunos tangos viejos. Afuera chillaban las chicharras.

Cuando el sol bajó, nuevamente las sombras se apoderaron del paisaje y el oscilar de las ramas se volvió amenazante en un vaivén parsimonioso.

Juntamos leña y piñas para encender, en la noche, una nueva fogata. 

La espera nos tenía nerviosos. La noche parecía más oscura. Yo no paraba de silbar "A pan y agua" mientras repasaba con el pulgar los nudillos de mi mano izquierda.

Se hicieron las once. Llegó la media noche.

La fogata ardió en un cuarto de hora y no hubo señas desde el lago.

-Otro día.

Afirmé con la cabeza.

Esa noche hizo mucho calor. Abrimos las ventanas de par en par y nos echamos en el suelo.

Marisa me dio la espalda y se sacó la blusa. Se desprendió el sostén y lo dejó en el suelo. Luego se envolvió lentamente en la sábana y caminó hasta la ventana. Quedó, así, un buen rato, observando el cielo y el lago.

Entonces dejó caer la sábana y caminó hasta la playa. Salí a la ventana. Luego hasta la puerta. La seguí hasta el agua y me metí lentamente hasta la cintura. Ella pasó dando brazadas a mi lado. 

Se paró frente a mí. Estaba completamente desnuda. Surcaba con la mano derecha una línea imaginaria que nos dividía. Yo también me paré y la quedé observando. Estiré el brazo que ahora sí rozó su frente, peinándola, con los dedos abiertos hacia atrás y a un costado. Me acerqué hasta tocarla con mi cuerpo y la besé un par de veces. 

Terminamos extendidos en la arena, mi cara goteando en su cara cristalitos fríos del lago.

Me desperté y el sol iluminaba las cortinas. Una mosca se posaba una y otra vez en mi espalda. Abrí los ojos y vi que era muy tarde. Casi media mañana.

Sin darse vuelta me dijo:

-Yo estuve con Franklin esa noche. Aquí mismo. Acá -dijo, y señaló nuevamente. 

Entonces la solté y cayó deslizándose. Quise disimular mi gesto y recogí una a una las migas que habían caído sobre las sábanas. 

-¿Y vos, cómo te salvaste?

-Había salido a caminar.

Yo fumaba y miraba el lago a través de la ventana. Echaba amplias bocanadas y dejaba la vista en el agua llana como un plato de alpaca.

El silencio en un momento se volvió irresistible pero nadie dijo nada. 

Quería que asomara a lo lejos la lancha, que algo sucediera. No quería mirarla, no quería que ella me convenciese. Apreté diente con diente y quedé en silencio. 

El humo envolvía mi cara de golpe y de pronto desaparecía por la ventana entreabierta, en un incesante vaivén, como el ir y venir de mis pensamientos.

Podía recordar a Franklin claramente, con su manía por los encendedores a disán con inscripciones o paisajes

Intentó decirme algo pero se frenó. Me volví a la pared como escondiendo la cara. Hubiese querido taparme con la frazada, pero sólo cerré los ojos. Finalicé el cigarro y encendí el siguiente. 

Me volví nuevamente y la quedé observando. Estaba sentada con los pies cruzados, había apoyado sus brazos en mis rodillas. Tenía el pelo largo, y le caía a los lados del cuello. 

Pensé primero en los hombres que habían llegado en la mañana. Luego en Franklin. 

Me paré, me vestí, y llegué hasta la entrada. 

-Salgo a caminar.

Fue la última vez que vi a Marisa.

Duilio Luraschi

Ir a índice de narrativa

Ir a índice de Luraschi, Duilio

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio