Sin rumbo

Ángel María Luna

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

La sombra de aquella noche era un tembladeral de estrellas. ¡Qué grillos porfiados en chillar ausencias!! Aniceto andaba.... andaba. Sabía, —o creía saber—, que en su andar encontraría su rumbo. Ya rendido, se acostó entre el chilcal. El cuarto menguante le puso el babero y él se durmió como un nene recién nacido. Los ojos de una lechuza le hicieron de veladora. Creció en la noche. Ese poncho le tapó la luz y lo hizo ver claro. Despaciosamente se despertó. Como peleando con el sueño. Se fue incorporando lentamente, como con miedo de despertarse del todo. “¿Sov Aniceto? o ¿quién soy?”...

El sol, mostrando su media palma de fuego recién encendido, lo avispó. Se pasó con fuerza los dedos por sobre los ojos. “Y... entonces sí, soy Aniceto. Gracias por todo”.

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Y allí, nomás, estaba el camino real. Lo tomó de golpe. Sin titubeos. Marchó. Se compuso el pecho. Creyó haber atrapado su destino. Tenía necesidad de esa amnesia y la caña, — con tufo y todo —, le sirvió para sus disquisiciones: “entonces, debo seguir, soy Aniceto y éste es el camino que me lleva a lo de Sotelo”. Es un camino largo, bien trabajado por lluvias, sol y tiempo, pero es el camino real. “¿Habré estado trastornao? No puede ser. Serán las necesidades del tiempo, en el hombre, —digo yo—; uno se adormece, desaparece de uno mismo, y después 6e recuerda. Es un sueño andando. Cuando el Cristian o se despierta, aparece ante la luz, limpito, aseado por dentro, suave como badana, tierno y fresquito como rocío. . .”

El camino real se le presentaba extendido, de lomo al sol, en fiesta de convite de lejanías. Aniceto seguía andando. Se abrazaba el pecho, con fuerza, con ansiedad, como que recibiera a un recién llegado. Las dudas no lo dejaban pronunciar palabras, ni entonar un canto y a talón redoblado, avanzaba tragando distancias. Todo lo anterior se le había borrado. Tenia luz de advenimiento. Alborada. Claridades nuevas. Era Aniceto, pero para él, había dudas. De aquel Aniceto, reconoce sólo las bombachas y el cuchillo. Hasta las alpargatas le parecen de otro. Está frente a un resurgimiento extraño. Se rasca la cabeza; se toca la cara con tacto de caricia. Y sigue... De repente reconoce pagos, arboledas, ranchos. Una zanjita, herrumbrosa de sapos, le hace refrescar un poco la memoria. Se detiene y entonces sí, piensa. Son pensamientos cortitos, sin vuelo. Van basta allí nomás, y algunos se le ahogan en el agua verdosa de la zanja. Allá, la sierra. Coqueta. Con falda de luces y sombras. Aniceto parecería que empezara a vislumbrar su rumbo. Cuanto más anda por el camino, más avanza en él y es cada vez más Aniceto. La pulpería le queda todavía semejante tirón, pero el hombre cree que ese es el rumbo. El sol lo encandila. La sombra se alarga. Muy cerca está el arroyo, —solista en el concierto de la mañana—, Aniceto ansia llegar allí, para bañarse de sombra, mojar sus manos en la corriente y endulzar su boca con la golosina de los trinos. Y marcha. Pisa con fuerza sobre el mellado camino. A lo de Sotelo, llegará. Tiene un compromiso. Es cumplidor, el hombre. Pero antes debe llegar a la pulpería. En lo de Sotelo, lo espera mucha faena. En la pulpería, él aguarda una respuesta, una aclaración. Fue allí donde se borró; donde se volvió noche, y ahora quiere llegar siendo día.

—Dígame, don Liborio, ¿yo estuve aquí?

—Estuviste...

—¿Cuando?

—Trasantiyer...

—¿Qué tomé?

—Lo de siempre... dos copas, ¿por?

—Porque ando nublao... y hasta en ocasiones no sé ni quién diablos soy...

—¡Estarás dañao, muchacho!! ¿Pa dónde te laa tirás ahora?

—Pa lo de Sotelo...

—Pero, el camino es otro. Mirá: acostate un rato; dispués comés algo y si te parece, marchás más descansao después; echate un poco en el catre. ¡Estás como afiebrau!!!

Y el catrecito se ofertó gustoso. Aniceto vigiló el sueño de ojos abiertos. Tendidos hacia las preocupaciones. Pesadas. Plomo en el pensamiento y ni por eso se le cerraban los párpados. Contó y recontó las tijeras del techo. Galopó leguas y tiempo en el tordillo de los sueños despiertos. Pialó varios. Se le escaparon otros... Pialaba casi por vicio. En ese entretenerse marcó uno. Lo hizo suyo. No quería verse sin caballo. Los ojos se le fueron humedeciendo. Lloró en silencio. Lluvia mansa. Entradora. La angustia lo movía en agitación de idas. Se sentó en el catre. Afirmó entre sus manos, el mentón. Suspiró hondo y por esa huella se fue lejos. Se puso de pie. Abrió la puerta, que chilló por él. Y acomodándose, llegó al negocio...

—No descansaste nada, Aniceto...

—No pude, don Liborio.

—Comés algo ¿entonces? ¿Sigues para lo de Sotelo?

—No, señor. Voy hasta el Pueblito pa que me vea el dotor...

Y con cansancio de hacerse fuerza él mismo, Aniceto llegó al pueblo. Se cuadró frente al médico que lo escuchó asombrado...

“Estoy como vacío de mí. A veces ni creo que sea yo. Ando ido. Con los rumbos torcidos. Con ganas de llorar, sin tener causa. Parece que me ahogara en un pozo hecho por mí mismo. Camino y parece que no avanza Bahll, estoy amolao y quiero que haga algo por mí, si es que puede y de no, me lo dice clarito, porque eso sí, todavía me queda concencia de que soy hombre”...

 

Ángel María LUNA (Especial para EL DIA) (Ilustró: Vernazza)
Suplemento Dominical "El Día" 19 agosto 1973

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

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