Romance

cuento de Ángel María Luna

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Terminó la melga. "Desuñó". Volcó el arado.

La tarde descargaba su carrada de luces en la Ultima fogata del dia. Se separaron los bueyes, lentamente, con pesadez y soplido. Se detuvieron con incertidumbre de quedarse o seguir andando con el yugo; el "Pampa" corneó, en una topada de impotencia y resabio y el "Malandrín", indiferente, comenzó a verdear junto al alambrado que limitaba la chacra.

Eugenio Montes descolgó sus ropas que vestían un poste; sacó los avios, armó y empezó a echar humo. Todo en silenciosa lejanía. Temblaba el aire en un agitar de cristales traslúcidos. Blanqueaban las gaviotas en la tierra renegrida, recientemente arada y su grito atragantado de lombrices, poblaba la quietud. Volvia el "Pampa" en otra embestida hacia el "Malandrín", remedando a un torito nuevo que desde el otro lado del alambrado, no dejaba arrimar a un novillo que olfateaba un celo. Pero al "Pampa" le faltaba lo principal para andar en requiebros de conquista (es la pesadez, por la liviandad de todos los bueyes).

Eugenio Montes siempre fue así: pachorriento, lento en el andar, pero rendidor. “El apuro gasta el tiempo como gasta al hombre”, decía cuando alguien intentaba hacerie notar su manera de ser. Hasta en las diversiones, —muy escasas—, se mostraba de esa manera; llegaba a las carreras, sereno, despacioso, —jugara o no—, de paso firme; de cuando en cuando se arrimaba al mostrador; lo servían y con unción levantaba la copa sin apuro: saboreaba; miraba hacia afuera como esperando a alguien que nunca llegaba.

Y así transcurrían los años por sobre Eugenio Montes.

Se pasó la vida juntando plata y tiempo. Se le notaba más el tiempo que la plata...

—Siempre rascando para adentro, este Eugenio...

—Mal hombre, no lo es..., ni introducido, tampoco...

—No he dicho tal cosa...

—Solamente él sabrá la razón de ser así...

El padre había desaparecido en la sombra de un recuerdo. Nada más. Así. en silencio de abandono. De ida fugaz. De asombro. Allí comenzó a nublarse; se le abría un vacío tembloroso. Y quedaron dos hijos de pie, como postes rústicos de porteras abiertas, ¿hacia dónde? He ahí la duda, el infinito, la desesperación, la ausencia.

Uno de los muchachos, casi un gurisito, era Eugenio. Allí estuvieron, con la garganta apretada y los ojos abiertos en susto, "viendo" fantasmas de miedo, de terror, de barrancas hondas, en tremendas dudas que giraban sobre sus cabezas como pesados vuelos de cuervos...

El silencio los unía y los separaba; cuando los juntaba, estaban frente al finado; cuando los distanciaba. intentaban abrir caminos y galopaban hacia distancias desconocidas. Eugenio era el más chico.

Un día, con un apretón de manos y unas palmadas en las espaldas, sin mirarse, para verse mejor, se separaron...

Y allí, así. en nebulosa, con mareo de tierra y distancias, comenzó, con raíces de promesa, la lucha de Eugenio Montes.

Tanto sacrificio le costaron los primeros pesos, que los apretaba con avaricia, para contarlos en la soledad de las noches largas. El silencio le duplicaba la cantidad.

Los años fueron pasando por el muchacho. No tuvo tiempo ni de mirarse en el espejo para darse cuenta que encanecía...

El capital crecía. Llegaban nuevos bueyes; la tierra "engordaba”; se levantaba la isla de eucaliptos. Rendía la chacra. Eugenio en su tarea de siempre, observaba, disciplinado, prolijo. Ahorraba pesos y derrochaba años, callado, pensativo...

"El conversadero casi nunca trae cosa buena cuando es por demasía; mucha palabra en vano, mucho 'dijo', ‘que no dijo', 'que me dijeron', 'que a lo mejor' y total, capaz, que hasta una mala noche le hacen pasar a uno”. (Siempre decía esto, cuando alguno le observaba su "calladez”).

Pero un día se demoró más que de costumbre en el pueblo; anduvo de compras, fue al banco, hizo empatillar una bombilla, tomó su copita de siempre, y fue allí que en un trozo de un periódico leyó: “Enfermera con muy buenas recomendaciones, decente, de 42 años, soltera, desea entablar relaciones formales con caballero sin compromiso, en buena posición económica y honesto".

Tomó los datos como "al descuido", disimuladamente. Y con la misma lentitud de siempre, pero con una briznita de sonrisa, encaminó sus pasos hacia la oferta. Se enfrentó con la dama...

—¿Es usted?

—Así parece...

—Está bien..., ¿soltera?

—Claro que sí...

—¿Honesta?

—No me insulte...

—Pregunto no más. porque creo tener las cualidades que pide...

—¿Es de acá?

—No. Soy del campo...

—¿Sano?

—Si es enfermera, como dice, me revisará...

—Me gusta.

—A mi, más y., como enfermera que es. debe de ser sanita, ¿no?

—Totalmente... Después usted lo dirá..., con esa cara de pícaro...

— ¡Cosa del diablo! parece que me está viniendo fiebre...

—Eso se le pasa fácilmente...

—¡Especial!, entonces el sábado, aquí mismo, después del mediodía...

—A conversar, ¿no?

—Seguramente que si...; está linda, así todita de blanco; se parece a una viudita...

—Y usted, colorado de vergüenza, parece un churrinche...

—Entonces... estamos listos para el vuelo hacia mí monte cerrado, ¿verdad?, ¿verdad que si?

—(Si será verdad!

 

Ángel María LUNA (Especial para EL DIA)
Suplemento Dominical "El Día" LII Nº 2613 Montevideo, 27 de noviembre de 1983

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

Link del texto: https://anaforas.fic.edu.uy/jspui/handle/123456789/54818  pdf

 

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Catálogo pinturas y dibujos del artista de Uruguay Eduardo Vernazza por el cineasta Dennis Doty (Irlanda/Estados Unidos)

 

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