Resabio

Ángel María Luna

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

ESTE Policarpo Ramos anduvo siempre tironeándole a la vida, haciendo cualquier trabajo. No ha tenido tarea definida, pero su preferencia está entre esquilador y deschalador de maíz. Y dentro de ese paréntesis de la esquila y la cortada y deschalada, canta, juega al truco, se aburre, camina. Su canto es ruin, chiquito, pero es como un cogollo de recuerdos. Siempre anda en la boca de Policarpo, dándole jugo. Allá, entre los 16 y 17 años, se estiró de golpe. Y quedó así, grande nomás. Brazos largos. Levantado de hombros. Pies para los cuales a veces le cuesta encontrar alpargatas. Ojos grandes y quietos y un bigote que le sirve para ocultar la risa detrás del matorral, si es que alguna vez le da por reírse. No ha hecho mucho por tener rancho. El que tiene lo encontró armado cuando murió su padre. Y él fue entrando despacio en ese nido. Policarpo es poco amigo de afirmarse en un pago y mucho menos a un rancho. Llega allí solamente cuando anda muy acosado. Es más bien andariego. "Soy andarín hasta por un demás”. Esta frase la larga siempre que le ofertan asiento. Toma mate, vareándolo. Le dispara a a ser estaca. El brasero es su amigo por poco rato. Camina. Anda Vuelve. Amaga sentarse y se arrepiente. Conduce el carro, parado, de piernas abiertas. Marcha siempre. Cuando se acuesta, casi es paralelo el gemido del catee y el ronquido de él. Y sigue de estancia en estancia: de pago en pago; de fogón en fogón; de chacra en chacra, siempre detrás de su cigarro.

Hay en Policarpo Ramos una angustia que lo piala porque a veces parece que quedara tirado en un recuerdo de tiempo hondo. Después de ese letargo, reacciona, Se sacude. Se libra del maneador y canta... Entonces se acuerda que es Policarpo. Se sumerge a veces en esas lagunas que le lavan la memoria y le refrescan caminos y amaneceres. Y él espera o la es- a de maíz. En ese bostezo prolongado de tiempo, recuerda, vaga, juega, canta. En la esquila es retozón y hasta animador. Hábil en la tijera. Y en una esquila, detrás del galpón, después de un silencio largo, contó su pena. Un amor también había salido tijereteado y el esquilado fue él, entonces. Desde ahí arrancó su camino, no de odio, sino de indiferencia ... Y esa tardecita, cuando las alas se plegaban, fue la confesora de Policarpo Ramos: “Por eso, sólo por eso, he marchao en la vida sin preocuparme por más nadita que de los amigos, —por los que me juego; de mi caballo— que me miro en él y en el perro que siempre sigue mis pasos... ¿Lo demás?... ¿Amores? ...  Ya tuve y vieron cómo me fue... Por eso es que ando hecho un nubarrón... Esa es mi vida...”

Un día de raros esplendores había salido desde adentro de aquel amanecer que estuvo emplumado de rojo. El rocío se fue despacito, dejando barnizado de brillo el campo ... Los macachines de cara lavada, empezaron a pintar la llanada. Unos chorlitos, en pasitos cortos, sujetaban el cristal de la laguna. Los cardos levantaban sus brazos y mostraban sus puños violáceos. Y el ritmo del día iba creciendo. Pulsación del trabajo. Un arado que se hunde en la tierra. Desplazamiento de peonada. Una carreta que se afirma en la quebrada. Una tropa que pasa llevando de arrastro una nube de polvo. Y en medio de ese escenario de una mañana pujante, Policarpo Ramos. Va hacia la chacra. A la faena de cortar maíz. Allí un prometedor maizal lo espera altivo. Sacude su madurez ruidosa. Muestra con orgullo los estuches de su tesoro. Copetudo. Y la espiga ríe, dorada y crujiente. Es un ejército cargando las armas de oro del fruto rendidor...

Policarpo Ramos va al trabajo con dignidad y con fuerza. Debe rendir al máximo. El maizal lo aguarda, cuchicheador en su madurez. Susurrante en el filo de sus hojas. Rubio en la chala. Risueño en la espiga...

Celestina Acosta también lo espera, pero en la orilla del alambrado. Parece una planta más de maíz sazonado. Ríe tentadora en la gracia clarísima de la mañana. Ha entornado el alero de las pestañas para que no la moleste el sol. Y antes de que Policarpo Ramos baje del caballo, ella le tira el lazo de su voz fresca y dulce: "Vine... pa ver si quiere que lo ayude. .. a lo mejor, le hace falta una peona”...

El hombre se apea. Mira a la mujer. El maizal se abanica con la brisa y se cierra en comentarios. Lleva de la rienda al matungo hasta la costa del alambrado. Está indeciso. Aquello es tentador. Un postre. Forcejea por salir de allí. Retrocede. Pita. Comienza a desensillar despacio. Todo en silencio. El maizal murmura. Puede ofrecerse. La mujer espera. Observa nerviosa. Aguarda la respuesta. Policarpo está por aceptar el regalo. La soledad y el maizal maduran el deseo y ya resuelto, desde atrás del caballo...

—¿Cómo fue que dijo?

—Vine pa ver si quiere que lo ayude Usté es muy solo y yo puedo servirle para algo ...

—La verdá es que serviría, ya lo creo!!? pero, no; no se moleste. Prefiero seguir siendo nubarrón en la vida ... y ... después ... el maíz no es mucho, que se diga....

 

Ángel María LUNA (Especial para EL DIA)
Suplemento Dominical "El Día" s/f

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

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