Relatos

Ángel María Luna

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Los fogones son casi siempre amaneceres de amistades entibiadas en rueda. Los círculo« aprietan confidencias, risas, comentarios de distintas distancias de tiempo y muy por sobre todo, hacen saborear relatos. Las mentiras —entre lo» esplendores— cobran visos de fantasmales verdades. Allí junto al fogón se ponía a templar la voluntad, cuando la madrugada se empieza a dar vueltas para abrirse en alguna claridad; o se pone a secar en el fogón, el cansancio de un día, cuando el sol se despide dejando rescoldo en el horizonte. Entre el relampagueo se abre paso el chillido de la caldera. Avisa primero con silbiditos entrecortados. Como con temor. Luego va ensayando el chiflido largo. Llamador. Hasta que se atora y los gorgoritos le salen a saltos por el pico renegrido. Un jarro de agua le tapa el canto y el mate comienza la rueda.

La rueda se junta más. Lazo que se junta para pialar recuerdos y memorias. Y la prosa sale tibia. Es manguera de confesiones. Se conversa de trabajos, de carreras, de precios, de amores. Algún chiste sale dando brincos y se achicharra en el braserío. La voz del más viejo se vuelve grave a fuerza de tiempo y ya calentada en las brasas de un recuerdo largo, sale a enfrentarse con el fogón, pidiendo cancha. Es su ansia. Ansia de fogón. De calentarse en lo que más lo quema. Y el mate sigue dardo vueltas. No se marea porque alguno lo entretiene en los labios más de la cuenta. El fuego aplaca la fiebre del viejo. Ardiendo aplaca su fuego. Ha amagado con empezar el relato que ¡o tiene maneado, hasta que el silencio le presta su ternura. Cuando la caldera empieza a hervir, un jarrito de agua le corta la respiración. Y entonces, despacio, se apea; arregla sus peligros en su tranquera de sueños; arma un cigarro; lo enciende en una brasa intrusa y comienza una historia, con devoción de tiempo, con amigas de años, rociada de misticismo y temor. El fogón es una llaga viva. Un cuchicheo en redondo gira en los mates. El relato es de lejos. Tiene leguas de tiempo, pero no está cansado. Está presente. Duro. Calloso La imaginación le pone alas a algún olvido y entonces la historia vuela. Toma seguridad el recuerdo y cuanto más se aleja el tiempo, acerca más su atención del ruedo. Silencio. Se profundiza la pena y hasta lagrimea por culpa de un mataojo que se entreveró en la picada de leña.

La madeja del relato sigue desenvolviendo emociones. Algunos troncos, los más flojos, a los que les ha costado soportar el cuento, han encanecido. La pava sigue llenando mates. El fogón le empieza a hacer contrapunto al amanecer.

Ya esa fragua es amistad. Brasas y hombres son una misma cosa. Confidencia. Secreto. Espera. Duda. Flor que se va cerrando en atención. Lo dice el silencio, hasta el de la caldera.

Los cigarros apuran la brasa. El viejo Epifanio Silvera se encorva en el tiempo y se agranda como en leyenda. Todos los ojos le apuntan, mientras sigue la voz que sale de entre el matorral de un bigote curado a nicotina: “Y... cuando me estaban por ascender a comisario, la llevé conmigo. Mejor que allí, en ninguna parte. Pa ella y pa mí. Mi honorabilidá estaba salva y mi casa, con ella, garantida. Uno pal otro. Pero... no vino el ascenso. Me lo fueron reculando poco a poco, hasta dejarme de cabo, nomás. El golpe fue peor pa la Eudosia que pa mí. Era su orgullo.

Ella tenía también, tal vez más que yo, derecho al ascenso. Pero tuvo que quedar en mujer del cabo Silvera. Al poco tiempo nombraron —cuestión política— a un tal Gutiérrez, mocito muy lleno de partes y demasiao compadre. Más remedio no había que aguantar el cimbronazo y lo aguanté como pude. A los pocos días me vino una orden que bajara al pueblo. Apronté mis poquitas cosas y marché. A mi vuelta, encontré una esquela de la Eudosia, apretada con el botellón del juego de agua. “Te quiero mucho, pero me voy con Gutiérrez. — Eudosia".

Ante los adjetivos del viejo narrador, se encendieron de nuevo les brasas y el espinillo se sacudió en chisporroteos.

“Pacencia. Les he oscurecido el amanecer. Pacencia. Nadie está libre y ojalá no le pase a ninguno de ustedes. Han dejao entibiar ese mate oyendo boberas. Qué cosa!!! Un día la encontré y por degusto nomás. le dije: ¿Te faltaba algo, por un si acaso? Todo lo mejor, ¿no era pa vos? El Gutiérrez ése ¿fue el culpable? Hablá sin miedo. Y ella, la pobre, con cortedá, de cabeza gacha: ‘No... Epifanio.., Es que... un galón más, es un galón más”...

El comentario fue de miradas. El fuego levantó una llama. Las manos estiraron las peras y la pava, al romper en gorgoritos, y dejarlos caer sobre las brasas, chistaba para hacer enmudecer al viejo en su relato...

 

Ángel María LUNA (Especial para EL DIA)
Suplemento Dominical "El Día" s/f

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

Eduardo Vernazza en Letras Uruguay

 

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