Rastreando

cuento de Ángel María Luna

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

La  chacra necesita que la peinen. Por eso va hacia ella, el peine de la rastra. De dientes filosos. Puntiagudos. Heridores. El arado he dejado allí sus caminos de tierra dada vuelta. Y los terrones esperan deshacerse para ofrecerse más fértiles. La chacra está en senderos hondos. Ásperos. Ha de venir la rastra a alisar promontorios.

La madrugada se empezó a brindar en impulsos alentadores. De a saltos. Trinos, gallos, pantallazos de luz, cacareos, balidos. Fuerza. Empuje. Bríos.

Sobre el aclarar del último sueño, marcha la rastra con los dientes hacia arriba —arañando al sol—, tirada por una yunta de cinchadores. Es tarea liviana para el muchacho y para los bueyes. El sol les va prestando la tibieza de su cobija. El campo se empezó a levantar en helada. Hasta el vuelo de los pájaros es frío. Los trinos se abren peso entre las escamas; “yertas", que andan en el aire. Sólo los bueyes soplan calor al compás de su marcha. El día va formalizándose. En la sierra brilla el primer pedazo de la mañana y en el abra quedó enganchada una nube gris de vapor. Por los llanos vagan todavía retazos de sombras humedecidas. Con sus palomas de agua, el arroyo canta en las piedras. Hacia la zanjita que tiene intima coquetería femenina, con sus cortinados de mimbres y sus peinetas de espinillo y los bordados sobre su plata quieta de verdes y violáceos camalotes, baja un alambradito humilde. De piques desiguales, hermanados sólo en el destino. Parece que esperaran turno para cruzar la zanja. Fila que a veces tiene rumor de distancias y cercanías de gorjeos.

Ya en la chacra en marcha la rastra. La tierra va su negrura tentadora y de apronte. La yunta sigua una ruta guiada por un grito después por un muchacho y una picana. De repente el peoncito cambia de posición. Los bueyes saben el camino después de empezar la melga. Entonces el conductor no camina. Se sube a la rastra. Firme. Como una estatua. Con la picana al hombro y un chiflido en los labios. Y así parece que resbalara dejando tres sí una estela de sueños, de promesas, de pensamientos. Y entre los gritos repetidos y enlazados de CURTIDO y PICAFLOR, el gurí —estirado ya hacia hombre— rastrea su vida y tal vez su suerte. Alisa las abolladuras de su andar de peón, con algunas ilusionas nuevas recién nacidas con la mañana. Allí sus bueyes se deben llamar AMOR y PAYADOR Y sigue en su silbar. Forja proyectos. Los ilumina. Crecen, pero se los rompe la realidad. Rastrea otro sueño. Lo pulveriza. Siembra en esa tierra fresquita una nueva idea y le silba o le canta para que lo frutos sean fuertes y enérgicos. Y allí, en esa actitud varonil, de frente al día que le ofrece resplandores y ecos nuevos; en esos estados de idea de caminos hacia promesas y esperanzas, aparecen ranchos, mujeres, gurises legítimos -no prestados- La yunta se ha detenido. La sigue de frente, sin darse cuenta. Quieta. Bronce o quebracho. Ha rastreado más por dentro que en la chacra.

En eso, ante un grito lejano, que le llegó en ondulaciones, la rastra se puso en marcha lentamente. El peoncito picaneó y le habló bajito a los bueyes. La vos del patrón se iba acercando. Ya las palabras tenían contenido. Se hamacaban en el aire, pero llegaban claras al oído del muchacho. Se baja de la rastra. Se arregla la postura. Enhebra con un chiflido los dos nombres de CURTIDO y PICAFLOR y la rastra, peinando la chacra, sigue en barquinazos, deshaciendo terrones...

—Te ha rendido poco la mañana. Ese no es modo de trabajar. Haraganeando ansí, ¿a dónde vas a parar?... ¿En qué andás pensando, guacho bobo? ...

—En mí..."

 

Ángel María LUNA (Especial para EL DIA)
Suplemento Dominical "El Día" 17 de febrero de 1974

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

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