Rancho

cuento de Ángel María Luna

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Ha reverdecido la gramilla. El trébol brotó con una fuerza de esperanza. Abierta. Ofrecedora. Allí estuvo empeñándose por sacar de vez en cuando, uno de cuatro hojas, para hacer suspirar a las muchachas. Es un caminito hacia la buena suerte. Por eso lo buscan tanto. Son caminos iluminados. Tiernos. Sin espinas. Inocentes. Y las muchachas se hacen golosas en la búsqueda. Cuando lo encuentran lo aten a la seda de un canto y siguen viviendo con ese latido de promesa venido desde el misterio. Así es el campo. Así es la tierra que nutre el trébol de la buenaventura. El trozo de ese color, ahora se ha empezado a levantar en terrones. Blandos. Mantecosos. Se juntan con la misma unción. Se abrazan. Se trenzan en una amistad de años. Se separan un poco, pare unirse siempre. En un nuevo crecimiento vertical del campo. Ahora la geometría los ordena. Los mide y los corta. El campo manda en ellos, su frescura. Los terrones se van apilando. Disciplinados. Obedientes. En tanto la tierra queda mostrándole sus alvéolos al sol. Cada terrón es una mano. Lleva en ella, macachines o margaritas; trébol o gramilla: tiempo, sol, heladas rocío. Sed o lluvia. Todos van a cumplir su cometído. Es la tierra que los ofrece. Iguales. Perfumados. Lustrosos. Alguna lombriz viborea su despedida. Nerviosa. El campo se ahonda. Enflaquece. Más tarde las lluvias le han de poner en ese trozo hundido, ilusión de laguna con canción de ranas. El terrón cumple su cometido. Es tierra y ha de ser nido. Es frescura y ha de cobijar calor. Es canción de sus flores y ha de inspirar nuevos cantares.

Ya el pajonal ha brindado su techo. Espera. Con ansiedad dorada. Ahora el terrón sube. Se afianza en la fortaleza de su madurez y se hace muralla. Pared. Nido. Horno. Es rumbo y principio de nuevos destinos. No dejará penetrar el frío, ni dejará escapar el amor. Por eso, apretado, terrón contra terrón, han de cantar en el tiempo como campo levantado para guarecer vida. Aun cuando llegue a tapera. El musgo de un recuerdo grande se ha de prender a las paredes que se arrodillen hacia el campo. Es la nobleza de la tierra. Amorosa en los festejos del color y dulce en las endechas de los trinos. Madura horizontalmente. Se hace firme. Florece. Cuando el gaucho la necesita, se entrega. Con docilidad. Se desangra. Se vuelve pozo para que se alcen ranchos. Es la compensación. El rancho es ala. Poncho. Tibieza. Gurí que ha crecido a la intemperie. Robusto. Señalador de un pago. Cantor y guitarrero. Casi siempre lo sigue un clavel del aire, que se le prende en la nuca como un beso del monte.

Los terrones siguen echados al sol. Dormitando. Esperan que los lleven. Ansían unirse nuevamente. Formar une masa. Elevarse. Ser brazo protector. Cofre. Amistad. Amparo. Música...

En esa tarea estaba Valeriano Tala más, cuando lo sorprende la voz insinuante de Teodora Canobra...

—Cuando el pájaro comienza a hacer nido, buena seña es.

Valeriano suspendió su trabajo. Se requintó el sombrero. Clavó la pala en el campo. Se afirmó en ella. Estribó. Y casi al descuido, sin demostrar interés ni deseo, como mirando a lo lejos...

—Aquí estamos... ¿Quién le dice que me siga alguna paloma que haiga extraviao el nido? La cosa más principal es tener un rancho. Yo creo, a mi ver, que debe ser lo primero; lo demás, viene solito...

Miró a Teodora y esa mirada fue fogata en los cachetes de la muchacha.

—¿Qué, no me contesta?...

Teodora seguía muda. Había levantado una palabra y ahora le quedaba un hueco de silencio, como el campo cuando le sacan un terrón. Y prosigue Valeriano...

—Yo calculo que la paloma está cerca y capaz que me siga y ojalá fuese así, porque estoy aburrido de andar solo como el viento.

El silencio de Teodora se iba haciendo pozo. Sombra. Duda. Temor. En eso se sacude. Se vuelve el gaucho y contesta con temblor y perfume de pitanga...

—Le voy a ayudar pa que levante cuanto antes el rancho, porque está perdiendo tiempo, sacando palabras, en vez de terrones...

—¿No te dije que le paloma andaba cerca?...

A la hora, la pulpería estaba repartiendo la noticia a todos los vientos, y Anselmo Cal, como ordeñando el mostrador, decía entre caña y caña: “No termina de levantar el rancho el Valeriano, cuando la Teodora se le ha volao... Si lo sabré yo!

 

Ángel María LUNA (Especial para EL DIA)
Suplemento Dominical "El Día" 9 de setiembre de 1973

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

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