Ofrendas

cuento / narrativa de Ángel María LUNA

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XL Nº 2078 (Montevideo, 6 de mayo de 1973)

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Inédito, al 14 de octubre de 2026, en internet, escaneado, para Letras Uruguay, por su editor (conste)

Leoncio Ojeda recibió la noticia de la muerte de Estanislao Flores, después de 15 días del entierro. Estaban distanciados a raíz de un entrevero amoroso. Distancia de 35 años. Largo tirón en el tiempo. A pesar del distanciamiento, la noticia lo empujó hacia el pesar Anduvo días y días, haciéndole corral con el pensamiento húmedo, a la partida de su rival. Reconoce que Estanislao Flores estuvo flojo en la ocasión, pero lo reconoce como un gaucho. Desanda el tiempo de 35 años y se encuentra mozo, enamorado y cantor. Se topa con aquel gauchito algo compadre y peleador. Estriba en el recuerdo y va hasta el rancho de la que era flor en el pago y que hoy es la viuda de Estanislao Flores. Enconada y desafiante. Sarpullida de palabras hirientes. Desveladora. Incitante. En la lucha de conquista de entonces, está viviendo Leoncio Ojeda. Y recuerda. Se marcha lejos con la carga de recuerdos y emociones zurcidos con suspiros. El camino es duro y hondo, pero anda Fue carrero y jamás transitó sendero más perverso. Lleno de llagas. Sangrante. Largo. Y son 35 años hacia atrás los que duelen y magullan. Ahora que no hay enemigo, ahora que ha quedado solo, tiembla. Se acongoja. Llora. Es su peor viaje. Cierra los ojos y es para ver más claro. El horizonte se le brinda en luz de tiempo. El pago se le renueva. El arroyo lo espera. El rival se pierde por el camino del cerro. En eso se despierta y vuelve a la realidad. Monta una silla de totora. Acaricia el bigote. Sacude la cabeza y vuelve a viajar sobre ese pingo veloz y estrellero de la imaginación. Pone en la manguera de su memoria todos los recuerdos y allí los separa. Los reconoce. No hay ningún orejano. La noticia de la muerte de Estanislao Flores lo ha embarullado. El camino quebrado lo despierta y nuevamente sigue jineteando la sillita de totora. Mira hacia el campo. Un ceibo le sonríe. Aquellos labios rojos le hacen retribuir la alegría. Es su compañero. Su árbol preferido. La sonrisa de todas sus mañanas. Y ese compañero tiene que sacrificarse. Sabe Leoncio que aunque el árbol sangre, se entrega en ofrenda. Y de ese ceibo — contrapunto de churrinches —, hace una cruz. La perfecciona. La pule. Cada astilla que salta, le duele en su carne. Y el árbol se ofrece. Dócil. Blando. Humilde. Y la cruz llega a abrir sus brazos.

Un domingo muy de madrugada, cuando los pájaros y los gallos empiezan a hacer ruido para despertar al día, Leoncio Ojeda ensilla... monta... y abrazado de la cruz de ceibo, parte rumbo al rancho da la viuda de Estanislao Flores.

Alborotando pájaros, levantando vuelos de teruteros, sigue el rumbo doloroso Leoncio Ojeda con ese trozo de ceibo hecho ahora hombre de brazos abiertos. Va severo y grave. Conforme. Fuerte en su convicción. Satisfecho con un regocijo que lo apena. Así, le gusta sufrir. Con altura. La congoja le tendió sus alones y él sufre con altivez. Con honor. El ceibo le ofreció tu carne y su canto y su color. Ha aprendido la lección del ceibo. Avanza por el camino y en la pena. Y son muchas las leguas que le quedan. De repente los recuerdos de! pasado largo, se le presentan y los espinan. Vuelve a verse mozo. En lucha. Enfrentando a su rival. Empujando hombría. Abriendo huellas y cortando suspiros. Empinándose en el coraje. Pero el camino y el sol quemante, lo despiertan del sueño y está otra vez en marcha abrazado de le cruz Y el camino es largo y la pena es honda. Descansa por un rato al amparo de un ombú. El árbol abrió su ruedo y Leoncio Ojeda lavó su cansancio en aquel pozo de sombra. Se repuso. Arrugó la tristeza. Montó y siguió camino al rancho de la viuda de Estanislao Flores.

Se va acercando. Ya está casi sobre las casas. Sobre la chacra baja una bandada de tordos, como luto del pago Eso lo hace pensar más. Llega. Llega lentamente, como que se quisiera volver. Con dolor y duda. Pero llega.

Chancleteando cansando y pena, aparece la viuda. Se da media vuelta y corre hacia la cocina. Aparece nuevamente con la cabeza cubierta por un pañuelo retinto. No era posible la indecencia de andar de cabeza descubierta. Y toda envuelta en merino va al encuentro del recién llegado. El silencio se entrecruza y nubla la palabra. Y de entre esa cerrazón espesa, sale la voz, casi en secreto, como para no despertar sueños, de Leoncio Ojeda...

—Le acompaño e! sentimiento. ..

—¿Y qué vamos hacer? Es el destino.

Amaga un llanto que queda en el camino cuando la palabra de Leoncio se le atraviesa.

—No supe antes. De lo contrario ya me hubiese hecho presente...

—Carculo que no se enteró. ..

—Nadita, señora. . . nadita..

—Era tan güeno el finao, no despreciando. . .

—Valiente!, si podrá haber sido bueno.. .

—Nunca tuvo una palabra pa naides.. pa naides. .

—Y.. . doña, hay que resinarse.

—Más remedio no queda...

—Bueno, señora, no cortando su conversación, yo vine a traer esta cruz pal finao. Es hecha por mi, con un árbol que quise mucho.

Las palabras andan jugando a las escondidas. Desde adentro de aquel merino sale entrecortado un agradecimiento mojado en llanto y un___

—Esperesé, que tengo un billete que el pobre dejó pa usté. ..

De aquella lindura de mujer que hizo nacer la rivalidad de los dos hombres, queda sólo una prn» envuelta en mermo. Aparece de nuevo la viuda y entrega a Leoncio el papel. Desdobla la esquela. Las lágrimas le ponen cristales que le nublan el entendimiento. El papel quiere volar de entre los dedos. La viuda observa. Sin mirar. Con pena y suspiros casi hablados. Solamente ve la cruz, que abierta de brazos, aguarda en el suelo. Y Leoncio Ojeda lee:

Leoncio;

Te pido que me perdones. Ninguno de los dos tuvimos culpa. Fui cobarde en no confesarte esto antes. Perdóname, hermano. El potrillo que estuve cuidando pa carrera, es tuyo. Ella te lo entregará gustosa. Hasta siempre, hermano. — Estanislao.

El silencio doloroso empezó a hacer su ronda. En el medio del patio, la viuda de Estanislao Flores frente a Leoncio Ojeda, como dos plantas de angustia, recién nacidas, sobre un campo espinoso de recuerdos....

Cuento de Ángel María LUNA (Especial para EL DIA)

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XL Nº 2078 (Montevideo, 6 de mayo de 1973)

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

Ver, además:

 

                     Ángel María LUNA en Letras Uruguay                      

                                                         

                                                 Eduardo Vernazza en Letras Uruguay

 

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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