Mis botas!!!

cuento de Ángel María Luna

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Se lo pusieron en Ia puerta del rancho a Timoteo Páez y a su mujer Secundina Flores. Tendría cinco días a lo sumo, cuando se lo dejaron como un atado. Parecía un matambre arrollado con un rebozo. Timoteo casi, casi no lo quiere. Una chancha con cría estuvo entre si lo comía o lo dejaba. Lo dejó. El rebozo era de lana y muy encorpádo. El gurisito lloró apenas. Le hizo ruido al silencio de la mañana y Secundina saltó de la cama. Lo levantó en brazos, asombrada. Miró a lo lejos; hacia el camino; después detrás de las casas y... ‘“naide”; “es guacho, Timoteo, guachito, santito de Dio*; es pa nosotros que no hemos podido... Pa nosotros, Timoteo, pa nosotros”...

Timoteo no habló. Se encogió de hombros y el meñique fue a sacar cera de la oreja. En la espera y el silencio, estaba la aceptación. "Lo criamos pa nosotros, Timoteo” ... Nuevo silencio y humo en el medio. Secundina se sentía otra mujer. Derretida con el vástago que le había injertado la madrugada... "Es pa nosotros, Timoteo; no hay naide más que nosotros’'...

—Y. . . ¿si dispués lo reclaman?

Llanto, duda, alegría, desesperación, ahogo, todo junto se le apareció de golpe a Secundina ante el interrogante del hombre...

—¡Esa es la cosa!, pero de mientras, lo criamos nosotros, ¿verdá, Timoteo?

.. no lo reclamaron, nomás. Fue criándose entre mimos, risas, halagos, jugueteos...

—No carece hacerle tantos visajes al niño, ¿no ves que se puede malacostumbrar?...

Se empezó a soplar de tanto chupar mamadera y el gurí parecía ya, un pan de leche. Secundina era baquiana en criar corderos guachos. Estaba loca con el cachorro madrugador. La severidad de Timoteo se asomaba de vez en cuando, frente a la mujer.

—¿Cómo le ponemos?... Porque .... digo yo, tu apelativo llevará, ¿no Timoteo?...

—Sindudamente...

Discutieron por muchos días, el nombre de la criatura. Hubo descolgar de almanaques: hicieron memoria de los nombres familiares, de héroes, de doctores en medicina. Secundina pretendía para su "hijo", un nombre raro, que produjera cierta envidia. El nombre de un peoncito que hubo en su mocedad, la halagó pero le lastima el pensamiento y no lo largó. Barajaron muchos nombres. El pulpero les dio una lista, todos muy lindos, pero había que elegir uno. No se pusieron del todo de acuerdo. Prendieron el sulky pampero y marcharon para el pueblo con el ‘‘orejano” y una sarta de nombres para discutir por el camino. Fueron seleccionando. Finalmente quedaron dos nombres que a los dos les gustaba. Con uno, o tal vez con los dos, lo apuntarían.

Llegaron al juzgado. Como había mucha gente y el empleado estaba solo, mal encarado y apurado, le pusieron JUAN...

Y Juan creció. Fue un yuyo extraño en el pago. Callado y trabajador. Ya mocito trabajaba a la par de Timoteo, en todas las tareas y acertaba en todas. Timoteo en ocasiones le llamaba “mi capataz". La producción era a medias, aunque no mucha.

—Te tiene engambelao, el muchacho...

—No es pa menos...

Nunca supo Juan su historia. Para él era hijo “de libreta”, de Timoteo y Secundina. Comenzó a ir a la pulpería. Las risas y charlas domingueras, lo volvían más callado y más turbio. Su actitud era silenciosa. Siempre. Cuando le iba mal se refregaba las manos y las meta en los bolsillos, como queriendo ocultar algo. No se quejaba nunca. Ni cuando le dolían las muelas. Las fiestas le pasaban por alto. Los dos signos de multiplicar del catre, le aumentaban la soledad. El pértigo lo invitaba a seguir apuntándole al horizonte y él aceptaba gustoso. Esa terrible, fiera, amenazante oscuridad de alma se le aparecía después de cada domingo de pulpería. Dejó de ir. Los domingos !os dedicaba a sacar tientos, a engrasar las guascas o simplemente a "ver" pasar el domingo.

Y ahí está el muchacho. La boca la tiene casi siempre ocupada en chiflar, chupar mate y pitar. Y en las noches, bosteza. Aunque no habla, charla con la soledad del hombre. Buen apero tiene, y buena ropa. Bombacha color ceniza, saco azul, poncho de verano, chambergo aludo con barbijo, reloj con cadena y medallón y un par de botas flamantes.

Así es Juan. Trabaja para afuera, pero siempre anda para adentro. Secundina cada día está más "chocha” con el hijo. Todo lo mejor es para él: los más lindos boniatos asados, la carne más gorda, la sonrisa más tierna y los mejores besos.

Un día se le escapan les bueyes y entran en la chacra. Fue un destrozo. En poco rato desapareció el verde. Todo marchó en remolino: la inquietud, la angustia, el apuro, las palabras, todo. Timoteo se enfurece. grita, se babea, corre, se detiene, va hacia atrás, saca del carro el arreador y al levantarlo contra el muchacho, sale por la punta de la zotera un ‘hiio de”...

Se ahonda el silencio. Forma nuevos caminos.. Los pensamientos se le atropellan. Piala uno, y se va en él...

Siempre callado. Con agitada respiración. Busca algo que no puede encontrar. Secundina ha quedado dolorida. El grito y el chicote la hirieron profundamente. Suspira y ya de tardecita, se le acerca calladamente y con mimos... “¿qué quiere, m´hiijito?, ¿qué anda agenciando?”

—Mis botas!!!

Rompiendo distancias y silencios, galopó el alazán de Juan Páez, contra una noche curtida de estrellas...

 

Ángel María LUNA (Especial para EL DIA)
Suplemento Dominical "El Día" s/f

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

Eduardo Vernazza en Letras Uruguay

 

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