Me quedo

Ángel María Luna

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

"MAÑANA, como es fiesta, va a haber un festejo grandote en la escuela del pueblo”, —dijo el capataz de la estancia. Lo hizo en rueda, como invitación; como dando cartas, para luego agregar: “Dejuro que vamos a di todos. Asegún me han contao, la cosa promete; dicen que hay de todo: fuegos artificiales, de esos que imitan estrellas y chorros de luz, carmeses, chuscadas, rifas y calculo que hasta baile haiga.

Algunos afirmaron alborozados; otro movió afirmativamente la cabeza sin dejar de chupar la bombilla y el único que no dio contestación, fue Aquiliano Portela.

—No, señor..

—¿Por?

-Por esas cosas ...

—¿Cuáles cosas?

—¿Cuáles cosas?

-Mire capataz, tengo mis caprichos, a lo mejor es uno d´ellos, que se me apareció ...

—¿Y vos, con caprichos d´esos?

—Si, señor..

Desde atrás del humo del cigarro, y mirando de reojo a Aquiliano, dijo el peón más viejo: "habrá sortijas y cuetes” .

Y el peoncito más gurí se atrevió a agregar mientras le bailaban los ojitos y la vergüenza aleteaba churrinches en las mejillas; “y... mozas a rolete!!!” La conversación siguió en torno a los festejos en el pueblo y muy especialmente en la escuela, como para tentar con la golosina a Aquiliano Portela. Este Aquiliano llegó hace un tiempo a la estancia “La Blanqueada”. Pidió trabajo de alambrador, primero; después estuvo haciendo algunas "guascas” y por último quedó de mensual. Nadie conoce su historia, ni de donde vino. Ni su pago. Es trabajador. Buen amigo. A veces desata una risa franca y sonora. Aprovechan sus compañeros ese torrente y están con él en su alegría. Es por poco rato, pues cuando menos se lo esperan, se enmudece y se hunde en una neblina que desconcierta.

—Y así que no pensás dir al pueblo, mañana?

—No, señor; salvo que usté ordene...

—Ordenar pa una fiesta no acostumbro , si fuera pa la lidia, no me opongo, es otra cosa.

—Es que Aquiliano no debe saber que mañana la fiesta es grande y que capaz el pueblo estea más lindo que en carnaval o en las elecciones...

—O a lo mejor, —quién nos dice a nosotros que semos unos infelices— que dejó algo allá y tiene cierta cortedá de encontrarse con la sota...

—Y si es le sota de bastos, peor...

Todas eses picaneadas, entre risas y tonos de picardía, lo hacían acomodarse en el asiento a Aquiliano Portela. Se encogía de hombros. Echaba humo. Amagaba con decir algo y jugaba en silencio con el pie en la ceniza. Tanto hicieron, tanto “amolaron”, que el muchacho se fue acercando más a la rueda. El capataz; sereno, aplomado, “capataz", manejaba con palabras secas, interrogantes, casi provocativas, mientras guiñaba el ojo a los demás. Y Aquiliano, mansito, fue viniendo hacia ellos. Endulzando su voz en el recuerdo. Le dolía cabrestear memorias; sin embargo iba llegando con ellas. Como de encargo; sin tironear mucho, soplando un silbido que se apagaba al salir...

—Púas si... No voy a ir. No quiero. Así que ya seben. No voy a ir. Si no hubiese fiesta en la escuela, capaz que fuera. Pero... esas reuniones, con carmeses y todo, qué esperanza!!! No me animo. Sé que me hace mal la fiesta y lo peor del caso es que dispués de eso tenga que irme de la estancia y cambiar de pago...

Un interrogante callado se hizo abanico en la rueda. El mate se acomodó y con una buena ensillada siguió el viaje en redondo. Entonces, abriendo cancha, salió la voz del capataz. Ahora respetuosa. No de capataz. De amigo. De hombre. De hermano mayor. ..

—Contá sin miedo lo que te pasa. Habla, que está« entre gente que te apreses; hablá, cachorro, y.. sin aflojar, ¿eh?

—Pues si... No voy a ir. No quiero. Así que ya saben. No voy a ir. Si no hubiese fiesta en la escuela, capaz que fuera. Pero... esas reuniones, con carmeses y todo, qué esperanza?!! No me animo. Sé que me hace mal la fiesta y lo peor del caso es que dispués de eso tenga que irme de la estancia y cambiar de pago...

Un interrogante callado se hizo abanico en la rueda. El mate se acomodó y con una buena ensillada siguió el viaje en redondo. Entonces, abriendo cancha, salió la voz del capataz. Ahora respetuosa. No de capataz. De amigo. De hombre. De hermano mayor...

—Contá sin miedo lo que te pasa. Hablá, que estás entre gente que te apresea; hablá, cachorro, y.. sin aflojar, ¿eh?

—Es que si yo les cuento, hay pa’rato y después vino del porqué yo no voy a la fiesta. De ese punte tengo que arrancar la madeja, y me queda distante. Si sabré yo lo que es una escuela, una fiesta y una carmese!!! Dios nos libre!!!

—Seguí, muchacho, seguí, que muchas veces los viejos necesitamos de las palabras gurisas ...

—Es así, don Valentín. Yo he tenido muy poca gente que me quisiera. Bah!!! tener... tener que se diga, algo he tenido, pero pocón. Estamos en Cerro Largo ¿no?, pues yo soy de Tacuarembó. Fíjense si estaré lejos!!! Allí me crié a los tumbos hasta que llegue a muchachón, Ustedes dirán ¿qué tiene que ver esto con la fiesta de mañana. Pues, mucho. Yo era un gurí grande, alargado, medio ido en vicio. Iba a la escuela. Comenzaba a hervir en mi, la sangre. De cosquilleo. De esas que se siente desde la planta de pies hasta hacer poner los pelos de punta. Como fuego y un frío a la vez y que todos, el que más, que menos, hemos tenido. Con que... iba a la escuela Habían mandan una maestra joven, nuevita, risueña, rubia. Se llamaba Felicinda Lerena. Me había tomao simpatía. Yo, de bagual o de apurao, agarré por otro camino, por culpa del maldito cosquilleo. Me gustaba. Soñaba con ella. Me gustaba verla siempre. Sus ojos juguetones, sus manos blanquísimas, despercudidas; su voz... yo que sé!!! Ella sabía que yo la halagaba; le llevaba flores, huevos de teru-teru; le hablaba bajito, le ayudaba a los quehaceres. Muchas veces, —no sé pa que diablos les estoy contando estas boberas— muchas veces me levantaba pa decirle algo, pero no me animaba. Miraba para arriba y el viejito Várela, de brazos cruzados, desde su cuadro, me hacía sentar. Qué hombre poderoso!!! Nunca me dejaba decir nada. Y yo volvía a casa, siempre igual.

Se empeló a hablar de una fiesta que iba haber. Comenzaron los aprontes. Versos, cantos, bailes; todo entre el guriserio. Pero iba saliendo lindo. “Vos tenes que ayudarme mucho, Aquiliano, para esta fiesta; eres el más grande y el de más confianza”, me dijo la maestra. Me parece que la oigo!!! Aquello me cambió de gorrión que era, en águila. Y con esas alas volé más de la cuenta. Fue pa peor, porque el porrazo fue más grande. Y la fui ayudando muy gustoso y contento. Le hice el asta pa la bandera, que me quedó macanuda. Nunca me sentiré más alegre que el día antes de la fiesta. Se carneó en grande. Masas y pasteles en abundancia. Chiches envueltos pe la carmese, papeles de cometa, de todos colores colgando desde el techo. Todo quedó prontito. Me levanté más temprano que nunca. Llegué a la escuela. Aquello daba gusto. Yo llevaba un traje nuevo, hasta con chaleco con seis botones— o más. Era todavía muy de mañana. La maestra me pidió que le ayudara a colocar unos cuadros. El retrato del viejito Varela me seguía mirando como todos los días. No me perdía paso. Y. . claro está— aunque lo respetaba mucho, ese día no pude. .. no pude. Al acercarme a ella le pasé mi mano ... ésta... la izquierda, por la cara. Todavía me parece que tuviese en las yemas de los dedos, esa seda perfumada. Me miró seria. Me ordenó, como si nada, otros quehaceres. Como un enloquecimiento de avispas, me llenó el alma. Pensé muchas cosas. No sabía si volver al salón. Miraba los movimientos desde atrás de la pila de leña. Ella dale cruzar el patio, con paso firme, risueña. Tal vez riyéndose de mi travesura. ¿Por qué diablos no me habré quedado en gorrión? Había empegado a llegar gente. Todas caras desconocidas. En eso me llama. Su grito llegó a mí casi como una caricia. Me acerqué avergonzado, temblando, flojo por dentro y por fuera. Ella, dirigiéndose a una de las visitas, y apoyando su mano blanquísima sobre este hombro, le dijo: "Este es mi mejor alumno; muy trabajador, muy aplicado y sobre todo, muy respetuoso; Aquiliano, este señor es mi novio”...

Cuando la fiesta iba a empezar, yo empecé a disparar de mi mismo; cuando quise acordar ya estaba muy lejos de mi pago. Y trabajé de todo. Siempre pensando en ella. Veía sus ojos, en las piedritas de la sierra; sentía su risa en el arroyo; veía sus manos agitándose en las gaviotas que me seguían cuando araba. En todas me parece verila. Y seguí rodando. Ya lo ven, soy de Tacuarembó y estoy en Cerro Largo. De pago en pago y de estancia en estancia. .. He pasao por muchas escuelas, con gran respeto por todas ellas. En todas me parece verla.. . ¿Comprenden ahora por qué no voy a la fiesta de mañana?. . . ¿Por qué me quedo?. ..

—Porque es en la escuela...

—Y... porque hay carmese...

 

Ángel María LUNA (Especial para EL DIA)
Suplemento Dominical "El Día" s/f

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

Eduardo Vernazza en Letras Uruguay

 

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