Hermanos!

Ángel María Luna

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

SALUSTIO es un muchacho descarnado, achicado. Muchas lluvias de afuera y de adentro, quizás lo hayan enchumbrado. Ojos saltones. La cabeza parece un mate, con nariz y pelo. Con más rodilla que cabeza. Criado entre suspiros y tortas fritas. Lo han afinado los trabajos en la chacra y los mandados al pueblo. Cuando se recuesta a un alambrado, parece un pique más, y muy torcido. Fue creciendo de a tironas en un rancho pobre, lleno da goteras. Anda como perdido, como buscando algo que nunca tuvo. Trabaja, cincha, come y hasta en ocasiones canta algo que parece siempre un bostezo masticado. Pasa el tiempo y Salustio crece en años; en cuerpo, se arrolla. Pero ese tiempo que va pasando sobre él, va arrimándole fuego de virilidad. Y Salustio comienza a sentir el cosquilleo de una nueva corriente de sangre que  lo hace andar más ligero. Fue entregado en aquel rancho cuando su padre quedo viudo. Era un pichón ruin, chiquito, de pico abierto. Y allí, con pobreza y cariño, lo criaron. Del padre carrero de años—, tiene de cuando en cuando, alguna noticia. Siente por él un afecto lejano y un respeto que lo hace pensar en el destino de su "tata".

El tiempo ha seguido pasando. Salustio, aunque sea en pedacitos, piensa. Ha visto hasta ahora con indiferencia como se abre la ventana de un amanecer, para que los pájaros salgan de la jauta y canten. Sin querer ha observado ese temblor de los pájaros, locos de amor y de trinos. sabe como nadie como las flores rompen en colores como bocas en un beso. Ha visto plenitud de estrellas y lunas en un opulento sueño de luz. Su indiferencia no ha sido tanta, como para que no estuviera frente a él la gloria da un atardecer, con sus recogimientos, con su plegar de alas, con tibieza de nidos, con cerrar de puertas, con apagar de luces, con voces apagadas. Todo eso no puede ser descanso, quizás habría pensado Salustio. Y así, cerraría sus ojos en el catre, hasta la mañana siguiente. Ahora no. Ahora se está sintiendo otro. Esa sangre nueva que le está poniendo el tiempo, lo hace ver otras cosas. Su tarea es la misma. Sus vueltas de mula de tahona las hace más apuradas. Y ese pedacito de alma que tiene, también empieza a madurar. Un día reconoce que siente amor o deseo. ¿Por quién? ¿Cómo decirlo? La posición de él es distinta a la del pájaro; él puede hablar, pero ¿con quién? Y ese ímpetu de deseo crece, paralelo al boso que ya tiene sombra de bigote. ¿A quién se lo cuenta? ¿Qué hace con él? Siente ese cosquilleo que le molesta y que no se puede rascar.

Aunque parece una guía de zapallo, fino y torcido el muchacho reclama pantalones largos. En la pulpería los ve colgados, hamacándose y tentadores. Lo engolosinan los de a rayas. Se los prueba en el pensamiento, pero “cuestan caros”. Al retirarse los dragonea. Piensa en ellos todo el día, pero no larga su deseo, por cortedad. Mientras ansia los pantalones las piernas se van volviendo zancos. Torcidas y todo, reclaman pantalones de hombre. Es estevado. Le falta llenar el hueco. Los “largos” disimularían en parte ese paréntesis que camina. Ahora ya Salustio sabe lo que quiere. Le apunta pero no da en el blanco. Se revuelve en él catre. Hasta hace poco se acostaba boca arriba; así dormía toda la noche, hasta que la mañana lo zamarreaba. Ahora es distinto. Esa revolución lo ha dejado más contento. Hasta chilla fuerte. Espera los pantalones. Todos esos impulsos se lo frenan sus piernas velludas, flacas y torcidas, a la vista de cualquiera. Y una noche, que se le hizo más larga, resuelve adquirirlos.Se levanta más temprano que nunca. Con miedo y con misterio, cuenta "su dinero" que tenia guardado eo una lata de cocoa. Hace cuentas. Suma. Vuelve a sumar y casi está restando. Son 37 reales. Como un ladrón corre rumbo a la pulpería. El deseo le baila. “Y... diga, serán como pa mí, ésos”...

—De juramente, gurí, y si engordás un poco, te quedan esatos ...

Y el pantalón fue bajando como cometa y se extendió solícito sobre el mostrador.

Ahora, ya, Salustio es mas hombre. Anda todavía domando los “nuevos". Cuando quiera lucir el cinto, se le caen los “rayados”. Cuando los levanta, queda una pierna más corta que la otra. Cuando alguno lo ‘'chuequea", Salustio contesta: “No tengo prisa; ellos se acomodarán algún día'’. Se siente conquistador. ¿De quién? Lucha: Pugna junto a sus ímpetus. Una faena extraña lo lleva y lo trae. Piensa, suspira, ae mira en la sombra, mientras se va acomodando despacio en sus pantalones. Sacude sus ideas, se abre cancha, lucha y decididamente, sale, camina, anda, va en busaca de algo que lo espera y hacia algo que él desea...

Saturnino Vallejo es su padre. Sigue de carrero, como antes; como cuando dejó a Salustio en aquel rancho, después de la pérdida de la “finada". Loa caminos son de él, a faena de andar y de tiempo.

Una noche —como tantas—, Saturnino Vallejo acampó junto a un montecito, Hizo fuego. La caldera empezó a silbar su canción de amistad. Los bueyes, lentamente, fueron tirando el cansancio. Noche de juegos encontrados. Los bichos de luz se afanan en pespuntear los pedazos más oscuros y todo el campo era un hervor de estrellas. Noche serena, tibia, con perfumes agrestes, de monte y de tréboles. El carrero empezó el mate. La parrillita se acomodó en el calor, a la espera del pedazo de costillar y los bichos de luz jugaban a fuegos de artificio.

Un hombre avanza. Los bueyes levantan le cabeza en vaivén. Va con paso firme hacia el resplandor del fogón. Se alarga su figura. Se incorpora ágilmente el carrero.

—Buenas noches ..

—Buenas ..

—Usté, por casualidá, ¿no es el carrero don Saturnino Vallejo?

—El mesmo, pero no por casualidá... Y... usté, ¿quién es?

—Yo soy, aunque a usté le parezca mentira, yo soy... Salustio Vallejo...

—¿Mi hijo?... ¿Un hombre?...

—Así parece. Lo anduve campiando. Para ofrecerme. Pa decirle que si, que soy un hombre; que tengo pantalones largos, ¿no ve?, y quiero ahora trabajar con usté. Vamos a ser como hermanos.

—Ya lo creo!!, si seremos como hermanos!! Bueno, pues, acomodate nomás; aquí tenés mi cuchillo ....

 

Ángel María LUNA (Especial para EL DIA)
Suplemento Dominical "El Día" 11 de noviembre de 1973

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

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