Esperando

cuento / narrativa de Ángel María Luna (Uruguay)

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

A los trece años habían "colocado" a Setembrina Aguero en la casa de unos patrones- duros de trato, severos, reservados y con un hijo que andaba tironeándole a los dieciocho años. La dejaron allí, por la comida y techo, con un atado de ropa y una curiosidad en la mirada. Estaba contenta con la "colocación". Se veía liberada de ciertas llagas que le producían comezón y lágrimas. Realizaba las vueltas, cortitas pero apuradas. Voluntaria. Dispuesta. Servicial. Con ciertas angustias que aparecían y se marchaban en algún suspirito o de repente se festejaban en sonrisas entrelabios.

El tiempo fue pasando y mientras pasaba se estiraba la muchacha que comenzaba a aparentar mujer. Las vueltas iban siendo mayores, madurando en responsabilidad. Empezaron a ser pintonas las aspiraciones, chiquitas, pero de ella, con la patente de su lealtad y de su deseo. No dormía ya de "un solo tirón" como antes. Su camita de hierro acompasaba el golpe apresurado del pulso en muchos silencios de las noches que se hacían largas aunque fuera verano.

El patrón, de ceja calda y ojo entornado, seguía muchas veces con mirada "culebrera" las idas y venidas de Setembrina; con el pensamiento del deseo la acompañaba al arroyo; le apartaba las espinas y yuyos del camino, para que no se hiriese; aguardaba agazapado como lagarto en celo, entre los árboles, esperando que la gurisa se largara al agua para él zambullirse, atajándole el paso, juguetón y travieso..., pero quedaba allí, debajo del parral, armando "un negro" y suspirando lejos. El hijo Jorgelino, un poco "vandiao de vicio", la rondaba callado, con ojos húmedos y boca entreabierta. En ocasiones se le ofertaba para ayudarla en algunos menesteres, pero un "no, gracias, no preciso, no se moleste", lo frenaba en su requerimiento. Entre esos dos laderos se desenvolvía Setembrlna. Comprendía que debía seguir, pero le dolía la pena de cuidarse. Y la almohada recogía todas las confidencias y sus temores. Una sillita de totora se hacia trance apretada contra la puerta. Boca abajo, como rezando, se confesaba: "es una desgracia tener que soportar el carancherío; la codician a una como que una fuese carne de todos y la quieren tentar con miradas y palabras y zonceras en un engambele que ensucia y da asco".

El sueño le llevaba lejos sus reflexiones y pensamientos y al otro día se levantaba cantando, fresca, esperanzada...

Y en un fin de fiesta escolar se enamoró de Cipriano Escobar, gurí tirando a mozo, metido en un traje apretado con pantalón bombilla. El chaleco le iba quedando como "de fuerza", con seis botones que reventaban de vergüenza y de calor; con más cejas que bigote; de cachetes colorados, de boca chica, fruncida en cortedad; de voz pausada y baja. Hablaba poco y sonreía menos. Pero le gustó la muchacha y la sacó a bailar después de varios amagues. La mano derecha, sudorosa de nerviosa, vibraba sobre la espalda de Setembrlna y con temor bajaba lascivamente hasta la cintura. Ella se apartaba discretamente y él comprendía. Le gustó ese freno de recato y decencia y ya se largó a la prosa...

-Bailás lindo...

-Nunca aprendí.. ¿dónde voy a aprender?

-Y el Jorgelino, el hijo de tus patrones, ¿no baila?

-Que yo sepa!!!

-Era un decir... Yo le desconfío más a un zorro que a un tigre...

-Yo también...; me gusta la lucha de frente...

Una rancherita seguía abriéndose el paso y sus balanceos sofocaban hasta las palabras. Cuando comenzó la otra "pieza", ya eran novios y como novios casi formales, bailaron. Cara contra cara. Y las promesas empezaron a madurar: plantíos, corral para las gallinas, quinta y jardín, enramada, horno...

Amagaban las bocas pero quedaban a medio camino, agitadas, húmedas, como pichones hambrientos.

El noviazgo siguió y los proyectos de futuro se fortalecían en el amor y la consecuencia de una pareja respetuosa, limpia, con esperanzas, hasta que un día...

-Cipriano: ya la cosa está que quema; estoy embretada. Temo hacer un disparate. Lucho. Me defiendo y peno. Lloro a oscuras y pienso en vos; se alumbra el día en ti y te me apareces, por suerte en mi ayuda, en la luz, en mi sombra, en mi consuelo...

-Estoy acorralada, Cipriano. Mi vida ya no viene siendo la mía. La "colocación" es buena, pero eso no alcanza para que una gaucha se bañe en arroyo claro; lo ensucian los zanjones turbios, con anguilas resbaladizas y sapos lustrosos. Y para eso no sirvo. Soy limpia, Cipriano; soy pura; nunca jamás me he dado a naide; preferiría hundirme en la sepultura de la miseria antes de vender mi carne, porque mi carne y todita yo ha de ser para ti o para naide, ¿comprendes, Cipriano?

-Ya lo creo que estoy comprendiendo!!!

-Por eso me quiero ir y me voy...; prefiero beber el agua de una cachimba salobre, pero que sea mia o tuya, pero no plaga del bicherío. Me voy, Cipriano, pa donde sea. Con mis uñas abriré caminos, pero no me entregará a cualquier desgraciao que quiera aprovecharse, sin el amor de Setembrina Aguero. ¿Verdad que me entiendes, Cipriano?

-De sobra!!!. Tengo poca cosa, pero es suficiente para los dos. Tomé este cuchillo de plata y oro. Me costó mucho y no quiero que la empuñadura con mis letras, se ensucie. Me basto con el de todos los días.

Esperame mañana allá, en la vuelta del camino, con lo que quieras o con nada. Por allí pasaré yo a buscarte, si es que no peleo; pero esperame allí, a la sombra del higuerón.

El diálogo se cortó con un silencio lagrimoso. No fueron dos bocas que se juntaron para la paz. Fueron dos labios que se posaron sobre una frente agitada.

La tarde batía alas. Unas urracas se desplumaban en gritos alocados. La pena había vuelto turbio al horizonte y la noche cayó con picocas de estrellas reventonas.

El amanecer sacudió una aurora llena de pájaros y Setembrina Aguero, con un atado de ropa partió silenciosamente, como ladrona de ella misma, hacia la vuelta del camino. Allí la esperaba el higuerón espeso de nidos. "Si no lo peleo, allí nos encontraremos" era la frase que había quedado anidada en su memoria y que la lastimaba y la fortalecía. Se sentó a la sombra redonda y movediza del viejo higuerón. Un álamo, como un índice sobre los labios de la mañana, le chistaba silencio a la distancia. La envolvió una calma intrigadora.

Cipriano Escobar se había quitado el chaleco para darle soltura al pecho; se metió en un poncho liviano. Con esa ala volaría alto, ágil, libre de ataduras. El facón "de diario" lo acompañaba, atento, pero metido en la oscuridad de la vaina de cuero.

El rato pasaba en caballo lerdo. Despacioso. Tranqueador de horas al rayo del sol. Los ojos de Setembrina se estaban nublando de tanto querer mirar y debajo del "añoso" se conformaba y se fortalecía
diciéndole en un castigo de látigo: "endurécete, Setembrina; sé algo; no le arrepientas; no te dejes llevar por la correntada barrosa de zanja mísera hasta de sapos; sé vara de membrillero o cáscara de ombú, pero sé algo, mujer; ¿pa qué diablos eres mujer? No te desesperes. Te quiere y eso basta. Repara en tus carnes; palpa tu vientre que puede ser nido hoy o mañana..., ¿hoy?... ¿mañana?".

El charco de sombra de tortuga lenta la iba inundando. Quería mirar lejos, pero quedaba allí, empozada, siguiendo el paso de unas hormigas cargadas con estandartes de hojas verdes; miraba un cascarudo que abría y cerraba el paréntesis de sus ganchos marrones y brillosos; jugaba con una verbena que se hacía oro humedecido entre sus labios carnosos. Masticaba tiempo y distancia...

Lentamente, con paso ya de mediodía, abriéndose camino entre el bochorno, al tranco de un rabicano sudado y sucio, se llegó a la sombra del higuerón, Edelmiro Santos...

-Buenas!!!

-Buenas...

-Está.

-¿Se siente mal?

-Qué esperanza!!!; ¿no vio pasar a Cipriano?

Edelmiro cambió de postura. Se afirmó en el estribo izquierdo. Se sacó el sudor en las crines del matungo sofocado y de cincha casi en las verijas. "¿Cipriano qué?", preguntó después de un estudiado bostezo.

"Cipriano Escobar, mi novio", respondió Setembrina.

Volvió a cambiar de postura. La badana estaba pegajosa y la sobrecincha se le había corrido. El mancarrón estaba loco de tábanos y Edelmiro loco por disparar de allí...

-¿Lo vio o no lo vio pasar?

-¿A Escobar?

-Claro, a Cipriano ...

Se acomodó como para seguir camino adentro, pero antes de partir respiró hondo; la miró fijo y le respondió casi en un sollozo: "pasar a él, no; hace un buen rato que lo pasaron por el camino de arriba".

Tembló la verbena como víbora desesperada que cayó sobre la sombra del higuerón. Las hormigas seguían en su marcha y todavía le faltaba mucho trecho para llegar a destino al brilloso cascarudo. Igual que a Setembrina Aguero...

 

Ángel María LUNA
Suplemento Dominical "El Día" 25 de junio de 1972

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

Eduardo Vernazza en Letras Uruguay

 

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