Bueno, Entonces ...

cuento / narrativa de Ángel María LUNA

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XLIX Nº 2458 (Montevideo, 23 de noviembre de 1980)

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Se fue leguas adentro Antolino Casas. Se anduvo buscando entre un monte tupido de angustias y de suspiros. Recorrió caminos terronudos, toscos, ásperos, hondos. Se perdió en la distancia del olvido y luego apareció, hecho un hombre, en la altura de la sierra.

Le corcovó la idea. Respiró profundamente como para irse en el aire que le rozaba el rostro. Rió. Se confió en su andar sobre un tordillo azulejo, lento, acompasado, pero llevador. Mientras alguien no lo despertaba con algún “¿qué andás pensando en tu silencio, Antolino?”, él seguía siendo él, Antolino Casas. En sus “sueños” le agregaba un DON Antolino. Entonces crecía; se duplicaba el pecho y por esa ventana abierta de par en par, frente a la serranía, solía rumbear hacia los cuatro rumbos. Por cualquier lado. Al trote, pero en camino. A veces quieto, pero viajando. Soñando, pero despierto. El DON que en los pagos de la imaginería le anteponía a Antolino tenia la vibración y casi solemnidad de un campanazo echado hacia horizontes lejanos. Y era feliz.

Así era Antolino Casas. Pobre. Andarín. ¿Su capital?. El tordillito azulejo y un recado de mala muerte con unos cojinillos cansados de tanto uso. Estaba contento. Loco de contento andaba atrás de un silbidito también troteador y lejano.

¿Guapo?

Como ninguno.

¿Busca vida?

Sin asco.

¿Enamorado?

Ahí si, había que verlo derretirse en los bailes o en las “carmeses” de la escuela. Ese caramelo le duraba hasta el baile siguiente. Contento. Tranquilo. Callado. Poca palabra..

¿Tomador?

Nunca se le vio tomado

¿Amigo?    .

Verdadero. Para lo que se ofreciese.

¿Entonces?

Así era Antolino Casas.

Un día de una tarde con una tormenta que se venia preparando con fuerza desde la mañana, llegó a conchabarse en un puesto de estancia. Se enfrentó con el capataz, hombre de espalda ancha, zancudo, curtido de tiempo. Miró de arriba a abajo a Antolino que esperaba tranquilo. Un semicírculo de peones casi contra el suelo en rueda de mate, observaba atento.

—Bueno, y ya tiene tarea, también, andá rápido porque esto no es amague de nubes; de aquellos porteros arréese dos puntitas de ovejas que están con corderada nueva. Haga todo con cuidado. No me destroce los bichos. Sea prolijo en el arreo. Y espante los perros...

—Está bien, si señor...

El comentario mofoso, en voz casi contra la ceniza, se hizo círculos mientras Antolino Casas partía hacia el potrero.

El atardecer fue cayendo entre un gris oscuro ronroneado de nubes que se envolvían, se esponjaban, se anudaban y desde atrás las iluminaba un relámpago continuado. Luego se desató una tormenta infernal. Las luces y los truenos desorientaban su rumbo y le silbaban en miedo. Arreaba chiflando, como espantando la tropa barullenta del cielo. Cuando levantaba el lagarto para castigar al matungo, mandinga le revoleaba el rebenque viboreado del “refucilo” y entonces, Antolino, ablandaba el brazo. Lucha de tierra y cielo. De campo y tempestad. De suelo y nube. Las ovejas, pesadas de agua, se iban haciendo camino tembloroso bajo la luz parpadeante.

Quién mandaba en él?. El. Solamente él. Allí aparecía como un relámpago más en medio del quebradero de luces, el DON y entonces las espuelas se hacían sentir. Un trueno era la respuesta y un sacudón del matungo lo volvía en sí. El DON se apagaba entre tanta luz enloquecida. Rodaba otro trueno y un ´"¡¡¡Epa!!!, bárbaro!!!” salía como amistosa frase contra el anochecer sacudido.

La majada marchaba en temblor de lana coreando el “beeehhh, behhü!”, sostenido en un andar lento y macizo. No precisaba guía para seguir arreando a impulso de silbido de abajo y luces de arriba. Conocía de memoria el pago. Ni perro necesitaba para que el sirviera de rumbero.

No se le perdió ni una oveja. A la “negra” la iluminó mandinga y marchó entreverada y luminosa entre aquella lanería temblante.

Antolino llevaba un rumbo: el de cumplir; un compromiso: el de llegar; una palabra: la de DON Antolino. que a veces le sacudía el pecho. Se acortaba la distancia. El cielo se abría más espaciadamente y mostraba su luz y los truenos, desde más lejos, arrollaban la oscuridad.    

Y fue llegando. Todo en orden. Empapado. Enchumbados el sombrero y el poncho. Se llenaron los bretes. La noche fue apaciguando su furia rezongona...

Antolino llegó al galpón donde lo esperaban risas y algunas frases cortadas...

Sentenciosamente, como dictando un veredicto, el capataz, iluminado de perfil por algún relámpago rezagado, le gritó: “Macanudo, muchacho; fue tu primera prueba bastante peliaguda. Lo hicimos adrede”. “Calculé”, —agregó con voz mojada Antolino. —Se agrandó un silencio que llenó el galpón.

—¿Trajiste mate?

—Tengo...

—Bueno, ya puedes ir quedándote como peón al mando de alguno de estos... Cenas y mañana mismito empieza tu conchabo...

Se sucedieron los comentarios bajitos; sonrisas de picardía. Aprobación. Duda. Alguno, desde la sombra, hacía visajes; otro jugaba con la ceniza tibia...    

El capataz se mantenía allí. Firme. Horcón. Antolino no se decidía a empezar el mate. Revisaba la rueda. Miró en redondo. Descubrió en las sombras, payasadas insolentes festejadas por algunos. Tanteó la argolla del lagarto. Hizo cálculos. En él estaba llegando otra tormenta; tomó el lagarto por la azotera; brillaba la argolla a ras del suelo.

—Andá a cenar algo, gurí... que ya va haciéndose tarde...

Apareció en el muchacho nuevamente el DON y con serenidad madura, mirando también la rueda, con el lagarto “boca a bajo”, agregó después de una pausa larga:

“Bueno..., está bien, si señor..., entonces, me voy”.

Un trueno envolvió la frase entre la luz lejana de un relámpago, que hizo persignar a la peonada. El capataz levantó los hombros...

Cuento de Ángel María LUNA (Especial para EL DIA)

 

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XLIX Nº 2458 (Montevideo, 23 de noviembre de 1980)

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

Ver, además:

 

                     Ángel María LUNA en Letras Uruguay                      

                                                         

                                                 Eduardo Vernazza en Letras Uruguay

 

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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