Buena memoria

Ángel María Luna

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

"A tu padre le doy cinco puñaladas en diez, y hasta le pago el entierro”..., le había dicho en la pulpería Frailan Portillo al gurí de Wenceslao Santos, y ya cuando el borrego se alejaba, clavándole las espuelas de la rabia al lobuno, una recomendación salió de atrás, desde la puerta del comercio. .. “no te vayas a olvidar de decírselo”...

Ese grito apuró más al matungo y más temor envuelto en ira, llegó al pecho del muchacho.

Llegó al rancho. Entregó las maletas con el pedido a su madre, pero no largó la frase ni la recomendación que le tiró el enemigo de su padre. Agitado, el gurí, desasosegado, inquieto, convulsionado, como con espinas en el cuerpo. Cuando volvió del campo Wenceslao Santos, al muchacho se le aflojaron las piernas; quiso irse, pero lo pialó la pregunta del padre...

—¿Juiste al boliche?

—Sí, señor...

—¿Mucha gente?

—No, señor, no...

—¿No estaba Froilán Portillo?

—No, señor...

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

—Raro!!!

—Es verdad...

El tiempo siguió pasando. Padre e hijo, identificados en el trabajo. Rudo. Sordo. Constante. De noche, después que terminaban la faena del día, los dos, entre mate y mate, caminaban opiniones sobre el trabajo, el tiempo, o formalizaban planes para la jornada siguiente.

La frase aquella de Froilán Portillo, apuró el crecimiento del cachorro. Fue la levadura que necesitaba: lo estiró y tanto hizo que hasta le fue sacando bigote. Andaba en el campo y le parecía que el viento de la distancia, le gritaba la ofensa. Cerraba los ojos, y veía a Portillo en la puerta de la pulpería. Y se hizo grande, casi un hombrecito. Fuerte. Algo hosco. Simpático. A veces, conversador, comunicativo, pero en ocasiones se le abrían enormes pozos de silencio y ahogaba en ellos, la charla. Entonces pasaba ratos en ese estado de sueño despierto. Cuando lo sacudía la realidad, daba un salto y estaba de nuevo en la conversación o en el mate. En el trabajo era un buey más. Perseverante. Fiel. Áspero y dulce. Con reacciones casi violentas que terminaban en ternura. A veces, frente al padre, se hacía más hombre. Era su “padrino”. No quería dejarlo solo. El trabajo era en yunta. Paralelo. Las idas a la pulpería, las hacia sin apuro. Con paciencia. De espera. Hacía mucho tiempo que no veía a Froilán Portillo. Anduvo por preguntar por él, pero temía siempre levantar el vuelo a la desconfianza y volvía al rancho, con la duda y la intriga apretadas de la mano. Mientras tanto el muchacho se iba estirando hacia el hombre y el bigote ya se asomaba con más franqueza. No podía despegarse de aquella mojadura de oreja que Portillo largó en público. Había guardado mucho silencio. Y ese silencio se fue enraizando, hasta hacer nacer en el muchacho, una planta de bravura callada. De tiempo. Se maduró el fruto. Lo sazonó la indignación. Ahora quiere encontrarse con el que abrió tamaño ojal de amargura en el pecho de un cachorro. Desea verlo. Enfrentarse. De tronco a tranco. Pagaría por el encuentro. En la misma pulpería. Para devolverle la palabra; no para salir taloneando al viejo lobuno, como en aquella ocasión. Se sentía cerro en la defensa. El coraje lo empujaba y él. no orgulloso, sino agradecido con el tiempo..

El muchacho cumplió los diecisiete años. Ha trabajado mucho. Con rumbo. Es el crédito de Wenceslao Santos. Ya viéndolo hombrecito y comprendiendo que está en edad de empezar a lucir, los padres le regalaron un cuchillo con mango de plata y oro. Fue un regalo de hombre. De aquel gurisito queda nada más que la ternura cachorra y en relieve, en el alma, la frase de amenaza hacia su padre. El cuchillo le vino a refrescar la memoria. Tiene fresquita la recomendación de Portillo que fue carcajeada por los presentes. El puñalito le acerca el tiempo. Le abre el recuerdo. Parece que montara su lobuno. Hace mandados. Guarda silencio y se encuentra de repente al hombre con un cuchillo en la mano, que lo lleva hacia las casas de Froilán Portillo. Medita. Razona. Está pronto. En tanto de Portillo siguen lloviendo las mentas de indio bravo. Y esas oídas le sacan filo al coraje de Santos chico... y la vaina guarda el cuchillo.

Se habla de Portillo y el pago tiembla. Entra a un baile y hasta la música le abre cancha. En el boliche la presencia del indio es miedo hasta en el pulpero. Toma. Convida. Brinda. Paga, si quiere; de lo contrarío, nadie se atreve a cobrarle. Esas son las mentas que llegan hasta el hijo de Santos. Entonces, sí, cree que ya está todo a punto, y marcha rumbo a las casas del indio Froilán. Va llegando. Tres perros le salen en un ladrido parejo. De la cocina aparece, chancleteando, la mujer del indio...

—¿Está don Froilán, doña... ?

—Non?

—¿No sabe dónde se encontrará

— Está en las carreras de la pulpería de don Castro ...

Y cerrándole piernas a un doradillo ágil y brilloso, rumbeó hacia las carreras. Llega. La fiesta lo recibe en brazos de apuestas y alegrías. Busca a Portillo. Lo encuentra en medio de un ruedo asombrado que oye sus hazañas. Lo interrumpe, ante el asombro de todos. Se retoba el indio, y el hijo de Santos, enhiesto en serenidad, seguro, firme, duro, de mirada fija, le larga:

—Hace tiempo que usté me dio una recomendación para mi padre. Soy el hijo de Wenceslao Santos.

—Y de ahí, ¿qué querés?... ¿qué te duele?..

—No... Vengo a decirle que me había olvidado y recién ahora me acuerdo, y que en vea de Wenceslao Santos viene el hijo, pa que le diga de vuelta aquello... ¿cómo era?, de las puñaladas. Pues, aquí estoy. Y testigos hoy tiene de sobra...

El paisanaje se fue cerrando en asombro. Aquella bárbara insolencia debía contestarla Portillo con su crudeza acostumbrada y acompañada con algún cruce... Sin embargo el bravo se fue ablandando. Se volvió flojo. La sierra se hizo llano. El coronilla se convirtió en “palo de leche”. El río se quedó en cañada ... y despacio, se fue entregando al muchacho, con palabra mansa. El toro era ya un buey...

—Pero... no entendés de bromas, muchacho. ¿No ves que jué un decir ro más? Pero te albierto una cosa.

El hijo de Santos se puso en guardia y manoteé el cuchillo flamante...

—No te apurés... te quería decir que Dios bendito te conserve el coraje y la güena memoria. .

 

Ángel María LUNA (Especial para EL DIA)
Suplemento Dominical "El Día" 14 de enero de 1973

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

 

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