María Eugenia Vaz Ferreira

Luisa Luisi

 

En el paisaje poético de América, la figura de Maria Eugenia Vaz Ferreira es única. Ninguna de las mujeres que embellecieron el idioma castellano con la riqueza de su ritmo posee perfiles tan absolutamente característicos, como esta mujer excepcional por sus condiciones y por su mismo extraño destino literario. Nacida en el año 1875, María Eugenia perteneció a una familia de destacada posición social. Fuerte tipo de mujer morena, era dueña de espléndidos ojos moros, grandes, aterciopelados y profundos, que no se olvidaban una vez contemplados de cerca. Su talento original, su extraña y personal belleza, su destacada actuación en los salones en donde era mimada y agasajada cual ninguna, hicieron de María Eugenia, en su juventud, una de esas reinas indiscutidas, cuyos menores gestos son aplaudidos y sus más nimios caprichos respetados. Pocas eran entonces en nuestro país, las mujeres bastante osadas a escribir y publicar poesías. Las pocas que lo hacían, Adela Castell, María H. Sabbia y Oribe, Ernestina Méndez Reyssig y alguna otra más, cultivaban una poesía de salón, fácil y elegante, que Raúl Montero Bustamante ha recogido en su “Parnaso Oriental”.

Ninguna, sin embargo, había conseguido romper el círculo mundano, ni acaso lo pretendiera, para volar con ímpetus más vigorosos y trasponer las fronteras de la patria. Su poesía de salón se satisfacía con el aplauso mundano sin aspirar a otros que a aquéllos que sin regateos obtenían.

En este ambiente superficial, la figura profundamente original de María Eugenia, se destacaba con inusitados relieves. Aun en aquellos admiradores suyos más frívolos, el talento de la poetisa mora se imponía. Nada en de extrañar, pues, que despertara más de una pasión entre sus amigos. Las gentes de aquel tiempo susurran varios nombres, y en la poesía de María Eugenia asoman a cada paso, claras alusiones. Pero esta mujer fervorosa, de una altivez un poco irónica, agasajada, mimada, festejada por todos, no podía satisfacerse con la pasión banal que susurraba a sus oídos las manidas expresiones de un sentimiento vulgar. Y escribe, entonces, su magnífica poesía que le valió una consagración hasta entonces pocas veces alcanzada por la mujer en América, a no ser por aquella Gertrudis Gómez de Avellaneda, cuyo recuerdo va borrándose lentamente de todas las memorias: “Yo quiero un vencedor de toda cosa, invulnerable, universal, sapiente,—inaccesible y único...'’ “...Y que rompa una cósmica fonía — como el derrumbe de una inmensa torre—con sus cien mil almenas de cristales—quebrados en la bóveda infinita,— cuando el gran vencedor doble y deponga—cabe mis plantas sus rodillas ínclitas...”

Alarde de un orgullo que ella misma debía llorar después en estrofas de humana melancolía; pero cuán disculpable y explicable en quien se sentía infinitamente superior, por su talento y por su dignidad, a! ambiente que la rodeaba!

Esa superioridad que se le imponía con evidencias ineludibles en la superficialidad de su medio, sin el acicate de ninguna preocupación profunda, sin el torcedor de ninguna lucha, en una senda sembrada de flores —de las flores más pérfidas y engañosas— fueron labrando en el alma de María Eugenia la convicción absoluta de una superioridad que no existía sino con relación al medio que la suerte de su cuna le asignara. Si en ese período de formación de su alma, la lucha, la comparación con otras mentalidades femeninas vigorosas que debían aparecer después, le hubieran dado el término justo de su medida, acaso Maria Eugenia no sufriera luego el doloroso calvario que esa misma inconciencia de la sociedad le preparaba envuelto en sus halagos; y su vida, tronchada en plena juventud, sino tan fecunda para su arte doloroso, hubiera sido menos cruel para con ella.

Era la edad de oro de María Eugenia. Sus versos de una forma impecable, de una extraña armonía verbal, noble y suntuosa, volaban de revista en revista, reproducidos por todos loe semanarios de América. El arte magnífico de Gabriele D’Annunzio ejercía una influencia evidente en el espíritu de María Eugenia. Influencia que aparece en la forma alambicada y en los italianismos que aparecen en algunas de sus poesías: “Oda a la Belleza”; “Sacra Armonía”; “Hacia la Noche”, en donde está ya todo el dolor que ennoblecerá de humano desconsuelo la producción posterior de la poetisa; esa misma “Heroica” que fue la poesía más alabada de esa época, y -que nos suena hoy a excesivamente verbal y un poco insincera por excesivamente literaria; y muchas otras que la mano implacable pero extrañamente vidente de la autora, suprimió en la selección definitiva que hiciera de su obra, que por expresa voluntad de la poetisa sólo se publicó después de su muerte, el año 1924, por el piadoso cuidado de su hermano Carlos. Recuerdo entre éstas, una, “Invicta”, del mismo corte verbal, de “Heroica”, que figura en el Parnaso de Montero Bustamante. Pero acaso en ninguna como en “Resurrección” que abre con su suntuosa música verbal “La Isla de los Cánticos”, como para dar más fuerza de verdad al título, se observa esta marcada influencia d’annunziana, por cuya obra sentía la poetisa una admiración sin límites. Otras influencias, aunque no tan marcadas, aparecen en esta primera modalidad de la poetisa, anterior a la aparición de Delmira Agustini. Las “Baladas", sobre todo, marcan una época en que las lecturas de María Eugenia estaban orientadas, o como magnetizadas, por un autor favorito, Heine, directamente en sus traducciones, o tal vez, a través de Bécquer. He aquí una María Eugenia totalmente diversa a la d ’annunziana: más íntima, más sencilla, más natural: “Aspiración”; “Veso Furtivo”; “Miraje”; “El Mensajero derrotado”; “Barcarola de un escéptico”, posterior, según creo, a aquéllas: “Vía Secreta “Beatitud"; “invitación al olvido''; "Serenata"; "Impronta Sentimental", y aquél otro que comienza: "... Como estuches incitantes en las manos de un joyero,—tus dos párpados se abren, se cierran sin cesar; y me turban con su brillo luminoso, pasajero— del esmalte de tus ojos el agudo centellear...” que no ha sido incluido en la selección de sus poesías.

Leyendo éstas, se nota claramente la diversidad de su inspiración; la suntuosidad del ritmo ha sido atenuada; hay menos retórica, menos verbalismo, pero menos pensamiento también. El metro corto, se presta a la intimidad del tema, en el que María Eugenia descubre algo de la intimidad de su alma. Hay calor de ternura, suavidad, dulzura esencialmente femeninas en estas poesías en donde aparece la mujer hecha de anhelos incumplidos y de humildades amorosas. La poetisa depone su coraza de orgullos masculinos, para mostrar, aunque sea fugazmente, el suave terciopelo de su corazón. Breves atisbos, por donde el lector penetra el enigma de esa vida torturada, que se envolvió en su manto de silencio, para que el mundo curioso e indiferente no profanara con su malignidad incomprensiva, la dolorosa herida de su alma.

Así pasa la figura de María Eugenia Vaz Ferreira, por los salones uruguayos, derramando a su paso la extraña seducción de su belleza y la fuerza irresistible de su talento que se manifiesta no solamente en sus versos marmóreos, sino también en su arte musical, en el que, de haberlo cultivado con mayor consagración, hubiera alcanzado indiscutidos triunfos. La vida de esa mujer privilegiada es así un sueño de éxitos mundanos, capaz de colmar la vida de cualquier mujer menos profunda y ambiciosa que María Eugenia. Pero esta poetisa extraordinaria sentía con intensidad profunda que su vida no podía colmarse en esa forma. Ella pedía a su destino otra cosa: un amor extraordinario, o un verso maravilloso. Y escribe así una de sus mejores poesías: “La Estrella misteriosa': “Yo no sé dónde está, pero su luz me llama,—Oh misteriosa estrella de un inmutable sino!... —Me nombra con el eco de un silencio divino— y el luminar oculto de una invisible llama. Si alguna vez, acaso, me aparto del camino, —con una fuerza ignota de nuevo me reclama. —Gloria, quimera, fénix, fantástico oriflama—o un imposible amor extraño y peregrino..”

Y sigo eternamente por la desierta vía —tras la fatal estrella cuya atracción me guía,—mas nunca, nunca, nunca a revelarse llega!— Pero su luz me llama, su silencio me nombra,— mis torpes brazos rastrean en la sombra—con la desolación de una esperanza ciega’’.

Tal el llamado urgente de un destino que ella presintió magnífico; pero cuya voz indistinta no reconoció, sin embargo, cuando le habló el mensaje secreto del dolor. Porque aquí está el extraño destino de esta extraña mujer. Adulada, agasajada por una sociedad frívola, ella se sentía superior a su destino. Y no pudo comprender la superioridad de éste, cuando él cruelmente, la llamó a realizar su obra. Los años se sucedieron así sin traer a María Eugenia el mensaje que ella presintiera. Y un día, una mujer de cabellos de oro y ojos de agua dormida, mujer extraña también, de destinos extraños; levantó una voz nueva de insospecha­dos acentos en la lírica huérfana aun de voces femeninas. Delmira Agustíni traía el mensaje de una nueva poesía femenina. Y era tan audaz su canto nunca oído, y era tan bella la canción, que los hombres quedaron suspensos.

Por una de esas comunes ironías de la suerte tocó a su propio hermano Carlos, el ilustre filósofo, revelar al público desconcertado y atónito, el talento de esa niña singular que decía cosas sorprendentes en su lenguaje armonioso; tan sorprendentes en esa criatura desconocida hasta entonces, que el sesudo filósofo se preguntara si la misma autora llegaría s comprenderlas ella misma.

La audacia de expresión de Delmira, revelando intimidades de su sexo, en versos de apasionada belleza, atrajo la curiosidad unánime, hecha, ante todo, de escándalo, y sólo entre los artistas, de admiración y de interés. Pero la mujer era hermosa y aún casi niña. Sus veinte años apasionados y sensuales atrajeron tanto o más que su real talento, la curiosidad interesada de los hombres.

Y María Eugenia empezó a ver disminuido su reino hasta entonces ilimitada. Pero como su corazón era noble y amplia su inteligencia, ella misma reconoció el talento de su nueva rival; y no desdeñó el proclamarlo. Donde empieza el drama real de María Eugenia, que no fue un mezquino drama de amor propio, sino un hondo dolor de arte incomprendido, fue al constatar la terrible injusticia artística que desde la aparición de la poesía de Delmira empezaron a cometer los hombres. No sería digno del comentario elevado y sincero, el dolor de mujer pospuesta en sus éxitos sociales por una rival más joven o más hermosa. Pero la extraña desviación artística que sufrieran los críticos aun bien intencionados, al juzgar la poesía femenina de acuerdo con ese nuevo tipo de poesía que alcanza extraordinario poder en Delmira, no a causa del elemento sexual que en ella predominó, sino precisamente, a pesar de él, cosa que no supieron diferenciar los críticos, ese tipo de poesía elevado a canon intrasgredible, fue llenando lentamente de justificada amargura el alma altiva y orgullosa de la poetisa. No era solamente la vanidad del artista pospuesto; era sobre todo el dolor del artista negado en sus más caras idealidades. No era la mujer que sangraba sangre del alma; por más que fuera también la mujer que sangraba: era la artista aclamada única hasta entonces, que viera negada de pronto, como Jesús, toda su obra.

Una predisposición atávica, manifiesta ya en signos —primero imperceptibles, pero ya inequívocos — las rarezas de María Eugenia; un desaliño en el vestir que fuera solamente despreocupación al principio, y que fue agravándose luego en doloroso olvido de las normas; sus actitudes extrañas, contrarias a las comunes pragmáticas, sociales, iban revelando a sus familiares el lento proceso de desequilibrio de ese espíritu privilegiado. Al correr de los años, nuevas mujeres, aleccionadas por la senda que revelara el genio intuitivo de Delmira, pero sin ese genio que la llevó tan alto, imitaron de la precursora, lo menos elogiable de su obra; y obtuvieron así triunfos fáciles, en los que mis triunfara la mujer que la poesía.

Pero he aquí que la gloria de María Eugenia se gestaba sin que ella lo sospechara siquiera, de ese calvario doloroso que la mujer enferma y derrotada iba subiendo lentamente hacia su trágico destino. El dolor, la amargura, la soledad que su misma neurastenia le impusiera, y por último, la fatal enfermedad que en la plena madurez de la vida, la arrebatara, fueron arrancándole esos cantos magníficos que ella ocultara celosamente a los ojos profanos, en un pueril y enfermizo temor al plagio. La poetisa, que estaba sólo en potencia, sin haber llegado a manifestarse en toda su plenitud, en aquellos cantos sonoros y verbalistas de su juventud festejada, se limpia de cortezas exteriores, bajo la mano implacable del dolor y de la soledad, para mostrarse en la magnífica desnudez de su sustancia humana. Los hombres que la alabaron por lo que menos valía de ella misma, le negaron el elogio justamente conquistado por el oro legítimo de sus últimos magistrales poemas. Extraña aberración humana que llevó a las cumbres del éxito a la genial Delmira, por aquellas cualidades menos recomendables de su obra, y negó o pospuso a María Eugenia, después de haber exagerado el valor de su obra primigenia, cuando la poetisa, encontrándose por fin ella misma, se remontaba con sus propias alas a las cumbres de la poesía femenina!...

Aberración explicable, sin embargo porque la visión crítica del hombre no ha encontrado todavía en el alma de la mujer que empieza a penas a manifestarse en el Arte, las sendas seguras que lo guíen a través de las acechanzas sexuales, presentes aun en los puros dominios aplíneos.

El Arte femenino no será depurado totalmente, y cabalmente juzgado, hasta que espíritus femeninos, libres de tales acechanzas y mejor capacitados que ellos para comprender el alma de sus hermanas en dolor y en arte, no vengan a decirnos su palabra desinteresada y honesta. Ellos vislumbran generalmente el valor artístico de la mujer, pero su visión se enturbia casi siempre de elementos espurios. Tal es el caso típico de María Eugenia.

Tomémosla, pues, en este momento de su vida, en que privada de esa atmósfera de adulación continua, María Eugenia, acechada por la cruel dolencia, presa del monstruo sutil de la neurastenia, sufre atrozmente la angustia terrible del insomnio que no cede ante los cuidados solícitos de la ciencia. La poetisa dolorosa busca la soledad y el silencio, ante todo, como remedio, o siquiera alivio, a sus nervios atormentados. No es solamente, pues, como bella figura poética, que María Eugenia invoca a la noche: "... Oh noche embriagadora—hecha de soledad y de desesperanza,—que brindas en tu copa de azabache y de estrellas—sobre la tierra ardiente en quietud derramada.

Noche de las delicias mudas y negativas—de que gozan los muertos vivos como fantasmas, —abrochando en la sombra su carnal vestidura —marchita de enflorar la fusta meridiana...

Yo no sé lo que dice tu boca abierta y muda al que doró su tienda con oro de esperanza, —pero yo sé que sabes con amorosa ciencia —tenderte suavemente sobre el alma cansada...

Dale a los beneditos que todavía sueñan,—tus áureas lentejuelas y tu hostia de plata,—y a mí que te deseo inextinguible y única,—dame la eternidad de tu silencio, hermana”.

La invocación parte de lo más hondo del ser. El anhelo de quietud y de silencio, es, a un mismo tiempo, físico y espiritual. La enfermedad y el dolor se han unido en el cuerpo y en el alma de la poetisa y le arrancan estos acentos de profunda congoja humana. Hay en ellos, unido a la belleza formal del poema, un sentimiento tal de cansancio y de renunciamiento, que sobrecogen de angustia y de piedad ante el dolor entrevisto de la poetisa. Qué enorme distancia entre la amargura y el desaliento de este poema, de aquella “Barcarola de un escéptico” en la que se encuentra toda la desencantada sabiduría de su dolorosa experiencia: “Alma mía, —que la red seca y vacía—no te atreviste a arrojar.—Entre la arena y las olas—existen dos cosas solas:—morir o  matar”; y aquellos sonoros cantos de juventud que le valieron prematura y efímera gloria.

Era preciso que la muerte santificara al talento, y lo purificara de toda esa escoria que lo envuelve en la vida, para que los hombres, vueltos a la justicia inmanente de las obras, limpio el juicio de influencias extrañas al talento puro y al puro Arte de la poetisa, reconocieran la cruel injusticia que apresuró la muerte prematura de María Eugenia, y le devolvieran el lugar que legítimamente le pertenece.

La historia literaria está llena de estas injusticias que se agigantan cuando de Arte de mujer se trata. Las alabanzas hiperbólicas hechas de adulación o de novelería, ceden a la indiferencia que la vejez trae consigo, cuando no la abona positivo talento. Sólo la muerte, la gran purificadora, la justiciera eterna, vuelve a su justo valor las vidas tronchadas por su mano, que si corta el hilo de una existencia preciosa, anuda en cambio, el de la fama.

Ella sola no puede presenciar esta suprema reivindicación de su poesía. Ella sola, que pagó con su vida este momento, ignora hoy que más allá de su tumba perdura entre sus compatriotas el eco desencantado de sus versas; grandes por el dolor supremamente humano, eternamente humano, que vibra en acentos desolados en todos los corazones, que han de llegar al drama final de esa misma angustia, calvario de la humanidad doliente, una vez que se apaguen las luces efímeras de las fiestas sensuales, y se agosten las flores de las guirnaldas juveniles.

Porque sólo el Arte que sangra es Arte que perdura; sólo el dolor humano es capaz de conferir la suprema belleza inmortal, como él mismo, y como él universal.

 

Luisa Luisi Mayo 20—1928.

La Pluma, vol. 11, Montevideo, abril de 1929, pp.9-13.

 

Ver: María Eugenia Vaz Ferreira en Letras Uruguay

 

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