El jardín de los senderos paralelos
Sirio López Velasco

A Borges

El reloj no avanza nunca. (¡Mierda:  y esta camisa siempre lo tapa cuando quiero verlo discretamente ! Este cliente tiene el pelo desteñido y ridículo). Sonrisa profesional y rápido conteo de las notas. ( Y el gerente siempre ahí, sin que se le arrugue ni un pelo del traje.¡Ah!, allá va el guarda a cerrar la puerta; ¡ya era hora !).

Los últimos clientes van dejando el largo corredor vacío. El silencio se instala.

Heráclito saluda distraídamente, como casi siempre, a los colegas y se va solo, con el saco doblado en el brazo derecho. A una cuadra lo espera la parada de rigor. Los ojos demoran un minuto en habituarse a la semipenumbra fresca. Su mesa favorita está vacía. El mozo levanta la mano izquierda, la libre de su infaltable servilleta blanca de paño, y hace aquel incomprensible ademán que significa "¿ lo de siempre?". Asiente con la cabeza. Tras la ventana amplia la gente pasa sin verlo apretada contra las paredes para huir del sol.

( Se está yendo otro día).

Toma el cortado a pequeños sorbos, gastando el tiempo. Una de las pocas veces que saca los ojos del ventanal descubre a algunas mesas más allá unas piernas nada despreciables terminadas en zapatos amarillos. Un bocinazo suena más alto que otros; la ventana llama nuevamente.

(Sí, se va otro día). 

*

El cortado desciende con una leve quemazón; pero el placer es mayor. El sudor incipiente en los senos se amortigua poco a poco. (¡ Si no fuera por estos zapatos de porquería, todo estaría bien !). Una mirada discreta que recorre todo el ambiente. (El único que podría verme es ese canoso prematuro de la ventana; dicho sea de paso no está mal; pero mal están mis pies; ¡para qué vine a trabajar con los zapatos nuevos!). Sofía se saca con la ayuda del pie derecho el zapato izquierdo; después los pies invierten los papeles.

Los zapatos amarillos quedan, mansos, al lado de sus ocupantes. (Ah, ¡qué delicia!; esta relajación es necesaria pues hoy la tienda cierra tarde. Ahí se va el canoso; ¡pena!, merecía otra mirada).

*

La camisa va a parar al rincón del armario embutido donde se amontona la ropa sucia. (Mañana o pasado tendré que llevarla a la lavandería). Una mano que pasa por la mandíbula confirma la sospecha: la barba naciente necesita cuidados. Como siempre la sesión es relámpago; y esta vez no hubo ningún corte. El olor de la crema de afeitar, que siempre consideró exagerado, invade el baño minúsculo. La camisa limpia casi sale sola de la percha. El mismo pantalón sigue en combate. (Aquí está el dinero, aquí las llaves). Una última mirada al espejo. (Además de mis documentos en este bolsillo falta algo). Apaga las luces del baño y camina hacia la puerta. (¡Claro!, falta el billete del sorteo; quedó en el bolsillo de la otra camisa). Al sacarlo no puede dejar de ver la imagen de la góndola negra con fondo de palacio. (¡Estás frito si apostás a esto! Pero me da suerte.

Hablando de suerte..¿qué tal si la llamo a Isabel? Mejor no; aunque pueda irse conmigo a un motel siempre está con los nervios a flor de piel por el marido; y me los contagia).

La puerta se cierra con estruendo inesperado.

El ómnibus aparece en el acto. (¿No dije que me da suerte?; entre pitos y flautas ya se me hacía tarde; ¡con tal que no haya una cola kilométrica!). 

*

( ¡Quien será el pesado que me empuja desde que entré al pasillo!; hay algunos monstruos a quien ni la ternura de "Casablanca" amansa). La serpiente humana se dispersa al ganar el aire libre. La luz mortecina de la noche se aproxima ondulante y al fin llega. Una nube de aire cálido envuelve las mejillas de Sofía. Una mano ágil chequea los eventuales vestigios de dos lágrimas que no respetaron la orden de esconderse . La fila de los que aguardan para entrar está aún más compacta que la   de los que salen. ( ¡ Y ahora un refresco, que nadie es de fierro! A aquel tipo lo conozco de algún lado; esas canas no me son extrañas; pero, ¿de dónde?; y no está mal; debe ser algún cliente que atendí esta semana; ¡y me miró!, ¿me habrá reconocido?; no, parece que no porque su mirada siguió de largo como cuzco callejero; ¡estoy poética hoy!). 

*

El mediodía se hace corto. El trabajo espera. Con el sándwich todavía atravesado avanza a encontronazos con la marea que transita en la dirección opuesta. (Aquella mujer de la parada...; zapatos amarillos...; ¡y está sabrosa!; labios que deben chupar bien, buenas tetas, piernas largas; estoy seguro que ya la vi; voy a preguntarle la hora). Tuerce a la derecha hendiendo la marea que continúa sobrepasándolo por ambos lados. El ómnibus aparece de la nada. Y allá se va la mujer del trajecito y los zapatos amarillos. Sólo resta la impotente mano de Heráclito, levantada... y su cara de desazón.

*

La cliente revolvió todo y decidió que no le gustaba nada. (¡Vieja pesada!; ¡ah, pero si saco la grande me van a perder de vista!... por un mes, al menos). Dejó de doblar las blusas y saquitos para revisar su cartera próxima. Sí, allí está, doblado al medio. Lo abrió para cerciorarse de que no era otro papel cualquiera.

-Por favor señorita....

(Otra vieja com cara de pesada; y allá vamos nuevamente...).

-A sus órdenes señora....

*

Lo llamaron al banco y casi se cae de espaldas.

-Pero....¿está seguro?

Del otro lado la voz chirriaba repitiendo una y otra vez el número y desgranaba felicitaciones.

Cuando colgó el teléfono volvió a la realidad de la cara expectante de los tres colegas más próximos.

-Tres meses de espera y yo que nunca gané nada, ni en rifas de la Escuela: ¡me gané el viaje!

Dejaron de atender lo que hacían y al unísono se acercaron a congratularlo. Percibiendo la mirada curiosa y reprobadora del gerente volvieron a sus puestos de inmediato, no sin que uno de ellos, a modo de disculpa, informara al censurador de la noticia.

(Por suerte falta poco para cerrar. Tengo hormigas en las piernas).

Se acercó mansamente y el gerente sabía a qué venía.

-Haga el pedido oficial para la transferencia de las vacaciones...veré en qué puedo ayudarlo.

Aquella tarde, camino hacia el bar de sus amores, hasta las baldosas sonreían.

*

La voz de la tía Helena llegaba de otro planeta.

- Y como gané la lotería decidí pagarte el viaje aquel con el cual siempre soñaste...

(Sueño, debe ser eso...no puede ser...).

- Pero...pero, ¿estás segura? ¿ no es una broma? ¿no vas a necesitar ese dinero?

(Ojalá las respuestas san un "sí" y dos "no").

- No, mija; ya te dije; con lo que gané puedo vivir quinientos años.

- Bue..bueno, tía; no sé cómo agradecerte.

- No tenés nada que agradecer; hacé los preparativos y decime cuanto necesitás...

El teléfono volvió al mutismo y todo había cambiado; el geranio solitario de la ventana tenía el olor de otras latitudes...

*

Nunca imaginó que sacar un pasaporte significase tanta demora.

Después tuvo que aguantar la cara de perdona-vidas del gerente anunciándole la concesión de la anticipación solicitada, como si aquello no fuera nada más que su derecho; porque, en total, el tiempo trabajado no disminuiría ni un solo día.

Por último no escapó a las infaltables recomendaciones y bromas de dudosa originalidad de los colegas que le auguraban buena caza .

Ahora lo rodea la oscuridad del avión.
(¿Entonces todo aquello de las aventuras con las azafatas es cosa del pasado?)

Parece que sí. A la cena siguió la película y a ésta el apagón. La pantalla ahora, silenciosa, mostraba la larga ruta hasta el destino de un avioncito miniatura que no salía del lugar.

Trató de acomodarse para dormir. Cansancio era lo que no faltaba tras tanta expectativa.

El gordo de la derecha y el melenudo de la izquierda habían ocupado los posabrazos. Con ese espacio irremediablamente perdido no quedó otra solución sino poner las manos entre los muslos tapados por la frazada cortísima que dejaba al descubierto los pies y los hombros.

Unos zapatos amarillos que no se acordaba a qué rostro estaban asociados, rondaron su cabeza por unos instantes, antes de mezclarse com un enorme teléfono que tocaba sin parar...

*

Roma fue sólo una serie de ruinas espaciadas a lo largo del recorrido del ómnibus que la dejó en la estación.
(Tal vez a la vuelta...).

El campo era otro mundo. Casi no había tierra sin plantar. Los caseríos se sucedían sin interrupción. La gente discutía en voz alta de forma casi comprensible, y si no fuera por sus rostros alegres se diría que estaban al borde de un enfrentamiento. El guarda debe haberlo confundido con una nativa a la hora de marcar el ticket.

Por fin aparecen a lo lejos grúas y mástiles; y ahora el mar. O mejor dicho, la laguna, como dice la guía "Michelin" que un amigo le ha prestado. 

Al cabo de un último chirrido llega la inmovilidad. La cabeza navega en el extraño vaho de una noche mal dormida al calor de un brusco cambio de huso horario.
Com la valija a cuestas busca la salida y el taxi salvador.

Muestra el folleto al taxista y éste busca en un mapa sacado de la guantera.

Arranca dejando atrás un larguísimo puente a cuya izquierda desaparecen las cúpulas de la ciudad histórica.

(Tengo que pellizcarme, estoy en Venecia; bueno,... saliendo de Venecia).

Diez minutos más tarde el taxi abandona la ancha avenida por la que ha venido desde el puente y aprovechando una rotonda entra a la izquierda. Un par de cuadras. La casona amarilla de dos pisos no deja dudas : "Hotel Martello".

Paga con las libras que ha cambiado en el Aeropuerto.
La señora que atiende en el pequeño mostrador del Hotel encuentra su nombre, milagrosamente, a la primera hojeada. 

- Tutto stá O.K.

La precede subiendo la escalera breve y ancha. La puerta se abre y deja ver una enorme cama que la espera, protegida por dos angelitos. (Los ángeles, como supo más tarde, son de Rafael).

Entre el sueño y la duda sobre si debía dar o no dar propina, dio las gracias y sacándose la ropa en un santiamén se metió entre las sábanas.

*

Al terminarse la calle de turno dobló a la izquierda y se asombró com la familiaridad de las "masitas" de la vitrina de la panadería. (Si fuera argentino diría que estos nos copiaron la repostería...). Otra foto, y, a menos de veinte metros un cartel manuscrito que lacónicamente indicaba "S. Marco". Lo ignoró por su desprolijidad.

Al lado de Corte Zanetti una canilla pública atraía la sed de cuatro palomas. Supuso que estas "cortes" (de las que ya había visto un par) eran especies de patios comunes, rodeados por dos o tres edificios, al abrigo de la calle por un portón. 

Más adelante se abría un Campo en cuyo centro emergía solitaria una fuente seca. Pasa un grupo de viejas rubias hablando una lengua desconocida; las sigue un marino de punto en blanco y un matrimonio com sendas filmadoras colgadas del cuello. (Si fueran allá las cámaras no les durarían una mañana....Ya se fue casi media hora desde que entré a este laberinto vivo; sí, vivo, porque lo más interesante es que aquí vive y trabaja mucha gente ; y al mismo tiempo ahí están esos tres puentecitos paralelos, piedra, madera y ladrillo, uno después del outro; Casanova podría atraversarlos a cualquier momento).

Nunca supo donde perdió el rastro de San Marco. (Quizá fue en aquel cartelito manuscrito). Lo cierto es que ahora solo veía indicaciones de "Rialto".

Calle dei Boteri; pequeño almacén com verduras y frutas de la estación; cebollines de un lado, naranjas y cerezas del outro.

Una pescadería com un hombre de delantal rústico que empuja un carromato vacío de dos ruedas; los cajones dispuestos en la vereda están ocupados sólo por un olor que no miente. 

En la esquina un puesto callejero de camisetas, pañuelos y bolsos. Se acuerda del pedido de su padre. Las camisas de los clubes italianos identifican más al patrocinador que al cuadro. Compra una de la selección alemana, donde por lo menos los símbolos del fútbol y del comercio se equiparan. Mientras acondiciona el paquete en el bolsito donde lleva la cámara de fotos, la guía y el minúsculo diccionario de tapas rojas, cree ver pasar unos zapatos amarillos que algo le recuerdan. ( Pero, ¿qué...?).

Sotoportego dei Rialto; calle bordeada de quioscos que prolongan las tiendas que se apiñan a ambos lados; un mercado de frutas que tiene al fondo lo que parece ser una iglesia coronada por un enorme reloj de punteros amarillos con unos tres metros de diámetro. Siente la saliva subiéndosele a la boca. Compara precios en los tres primeros puestos y vuelve al segundo. Recibe cerezas y damascos, separados en dos bolsitas de papel. Descubre al pie de la supuesta iglesia unos amplios escalones vacíos. Pasando atrás del primer puesto ocupa un lugar a la sombra. Las cerezas le dejan las manos pegajosas. A la retaguardia de los puestos, más allá de los cajones con frutas deshechas, una fuente deja caer el agua en abundancia; allí hay gente bebiendo. Allí va a lavarse las manos. De vuelta a la calma de los escalones recibe la compañía de una familia que también come frutas. Consulta la guía. ( Sí, el Rialto es uno de los dos mayores puentes de Venecia..., sobre el Gran Canal; el otro es el de la Academia...). Es el turno de los damascos; después otra vez la fuente y dos fotos. 

Volviendo al río de gente divisa a una cuadra una escalinata. (Debe ser el Rialto. A ver, una foto...¡Qué lo parió! , ¡ya se me fue un rollo!).

Una de las tiendas vende todo tipo de material para fotos y filmadoras. También revela...y sólo en dos horas. (¡El precio es más barato que el nuestro!, y, además, tengo curiosidad para ver como están saliendo; no vaya a ser que necesite hacer algún ajuste de luz o distancia). Entre palabras y gestos deja el rollo para revelar, recibiendo a cambio del pago, un papelito con la hora de entrega indicada y un rollo gratis. 

El puente tiene una escalera triple com tres grandes etapas; la sección del medio es más ancha que las laterales, pero son éstas la que permiten una vista directa del canal. Llegando al arco que cubre la central se ve en lo alto, chica y discreta, la cara barbuda de alguien que parece ser Neptuno. Los turistas se agachan, se esquivan, para evitar echar a perder la foto de este o la filmación de aquél. Esperando su momento de provocar la inmortalidad de un detalle, Heráclito se apoya en el pasamanos de la lateral derecha. Atrás hay casas y palacios rojos, blancos, grises. Más lejos aquellos palos de embarcadero, pintados de rojo y blanco, como pirulitos de frutilla y azúcar. Y muchos barcos. (Pero, ...¡ninguna góndola!). Casi al pie del puente un barco-ómnibus, o sea, un "vaporetto", aguarda la hora de zarpar, rebosando gente. Pasando al lado izquierdo aparece la desembocadura de un canal chico, también equipada con "pirulitos", poco antes de la curva, igualmente a la siniestra, del grande, que se pierde entre los palacetes. ( Y ahora sí, góndolas...; allá van dos; ahora tres, y una cuarta que viene hacia acá). Parados en la popa, los gondoleros de pantalón negro y camisa blanca empujan a breves intervalos regulares su remo solitario; uno de ellos, el único que lleva sombrero blanco con una cinta azul, fuma abundantemente, conduciendo una pareja gorda. Dos góndolas se pierden en la curva, una en el pequeño canal y la otra debajo del puente. ( Es la hora de las fotos). Bajando por el otro lado sólo la banda derecha ofrece una calle panorámica. Pasando la parada del "vaporetto" que parte en ese instante el puente muestra su perfil impecable; once arcos forman la estructura de la escalinata, cinco de cada lado y teniendo el central un remate en techo de dos aguas. Enormes telas rojas cuelgan hacia el vano central del puente anunciando una exposición sobre el "Cinqüecento". La gente que sube, baja y observa, ejecuta la danza de un hormiguero. La vereda es amplia y limpia. Cien metros más allá Heráclito deja de bordear el Gran Canal.

En medio de un campo la estatua de Goldoni. (Pensé que fuese Casanova; a eso se reduce casi todo mi conocimiento de personajes venecianos). Atrás una casa roja y no lejos una sucursal de la Banca di Nápoli. (¿Qué estarán haciendo los muchachos en el banco? A ver...seis horas menos; en verdad todavía ni se levantaron....Tengo que mandarles una postal, aunque les llegue después que vuelva...). Toldos de varios colores y en la misma circunferencia un restaurante, el "Da Mario", com mesitas en la calle. Pegados a los vidrios de la puerta están los componentes del "Menú Turístico", que, en realidad, son de dos clases. ( El precio no está mal, para tres platos y postre). El mozo deja sobre el mantel cuadriculado el librito de tapas marrones con el Menú. (No hay ni que discutir...el Menú Turístico más barato se impone). Se lo dice al mozo alto y claro al tiempo que lo apunta con el dedo en el librito, para evitar cualquier posible confusión. Mientras espera mira a su alrededor. Arriba de una casona cercana una mujer escolta un varón barbudo desde hace siglos...El Menú Turístico no demora pero tiene gusto a poco. Come lo más lento que puede para saborear el gusto...y el tiempo. (Al fin y al cabo hay que esperar que sea la hora de levantar las fotos). Entre el postre y el café se decide por el primero; cosa de rellenar un poco más la barriga. Guarda para él un restito de "aranciatta". Dos tipos de unos veinticinco años hablan a los gritos en la mesa de al lado; y aunque cuando se dirigen al mozo lo hacen en italiano tienen un acento que los denuncia como extranjeros. (¡ Son unos pesados!...aunque, ¿no haría yo lo mismo si hubiera venido com alguno de los muchachos?...talvez un poco, pero no tanto). Cuando uno de los tipos lo mira ostensivamente, responde com una sonrisa hipócrita; el otro contesta asintiendo con la cabeza.

Con pena abandona el refugio del restaurante. Entona bajito la Venecia de Aznavour, por lo menos lo poco que sabe de ella. En un hueco aparece una inesperada hilera de teléfonos públicos. (Voy a llamar a los viejos...para eso compré la tarjeta junto com el "carnet"). La charla fue lo más decepcionante que se pueda pedir entre "olás", ecos de la propia voz y repetidas instancias de "¿estás bien?", y "sí, estoy bien", y "¡cuidate!", y "no se preocupen". (Pero lo esencial fue hecho; cumplí con mi deber).

Un gondolero le atajó el camino: "¿ Góndola?". Por curiosidad preguntó "¿cuánto?". El tipo pedia ciento veinte mil liras. (¡Está chiflado!). Rebajó a ochenta. Cuando se despidió de él, caminando a su lado, sesenta era la oferta especial imperdible. Por tercera vez agradeció y dijo no. 

Volviendo hacia el Rialto quedó claro que San Marco quedaría para más tarde. Recogió las fotos y decidió que las emociones vividas merecían una siesta tardía. Buscó a través de los carteles-guía de las esquinas la dirección de Piazzale Roma y el 6 con barra lo devolvió al remanso del Hotel.

*

Las piernas dolían un poco. Pero la cabeza estaba despejada. Se bañó tomándose todo el tiempo de su vida; nunca había demorado tanto abajo del agua. Vuelta a las profundidades de la cama hojeó las fotos. Los colores eran los ideales y ni una se había perdido; claro que no faltaba un dedo aquí y una figura borrosa allá; pero nada que condenase la obra. Los puentes, los campos, los balcones, la gente, mucha gente.
En la nube de un campo un canoso ocupaba el centro de la imagen. (Esto me hace acordar de algo...).

La tarde empieza a caer cuando la ciudad histórica la recibe otra vez.

La misma historia en cada curva y la interrogación de cada puente.

En una casa de esquina un hombre, con la puerta abierta, trabaja con cincel y martillo. Sin pensarlo dos veces entra y com el italiano que le sale de improviso saluda y pregunta al otro qué está haciendo; más por el placer de dialogar que por la novedad de la información, que en sí es obvia. El otro, mirándola en un segundo que no implica la suspensión de su tarea explica que está restaurando piezas artísticas en madera de la "Venezia antica". Allí hay bajorrelieves, cuadros y estatuetas. Sin querer molestar más suelta un "belo, belíssimo" y y sigue su camino. (Esa despedida fue demasiado hollywoodiana;¡ controlate Sofía!).

De repente la casa de uno de sus pocos conocidos se le planta en el camino. Un lado está carcomido por el tiempo y da la impresión que una pared há sido amputada. Pero el primero de los cinco pisos de ladrillo rematados por una buhardilla exibe un balcón florido digno de pinceles. Y en la fachada lateral una inscripción anuncia que allí vivió Antonio Canal, llamado el Canaletto, antes de que la muerte lo sorprendiese en ese dédalo de agua y claroscuros en un día de 1768.
Todavía vive los azules de don Canal cuando el humor la solicita. (Los parroquianos de ese boliche no deben ser gente pacífica). El cartel dice: " Taverna San Lio".
Poco después los helados venecianos muestran su tentación arrinconados en cuadraditos que configuran una paleta de colores alegres.

En el Ponte de la Güerra duermen apaciblemente dos góndolas majestuosas. Bajando dos escaloncitos laterales se acerca a mirarlas. Una tiene un tapizado rojo punzó; la otra tiene su interior recubierto de lila.(Lila, como la tía que nunca llegué a conocer porque en sus tiempos la tuberculosis era más fuerte; es imposible que una mujer com esse nombre no fuera atrayente ...Hablando de mujeres, aquí las hay de todo tipo; petisas de pelo negro y rubias desgarbadas de Alemania y más arriba). 

Ya es noche cerrada cuando desemboca al costado de la Catedral y al mirar hacia la derecha se da cuenta que está en San Marco.

La puerta de la esquina tiene mosaicos dorados que brillan a pesar de la mortecina luz de la plaza. El Campanile de ladrillo rojo dice en su belleza simple que no es el original, perdido en un terremoto. A la derecha, la torre con reloj más increíble que jamás había visto; en un cuadrante violeta los signos del zodíaco dialogaban com las veinticuatro horas del día; más arriba, parado sobre una especie de concha com volados un león alado proclamaba su identidad veneciana sobre fondo estrellado de baldosas azules.

Pasando frente al reloj entró a la galería cubierta que rodea dos costados y medio de la plaza. Y la abandonó de inmediato para ver la construcción que como una mole única cerraba el perímetro. No más alta que los palacios ya vistos tenía la elegancia blanca del mármol. En los techos y también subiendo y bajando, las consabidas palomas no faltaban. Circuló el perímetro y volvió para hacer frente a la Catedral. Siguió hacia el agua y después del encaje casi árabe del Palacio de los Dogos descubrió las dos columnas que antes eran invisibles; una culminaba en el león alado que simboliza la ciudad. (Esta otra tiene arriba...parece que un San Jorge extraño con un dragón a los pies y un gran pez colgado de una mano, mientras en la otra carga una lanza que sobrepasa su corona de estilo "indio americano"...Hoy estoy creativa en materia de mitología).

Doblando a la izquierda para bordear el Palacio de los Dogos sube, apretada en un enjambre, un pequeño puente blanco. Empuja a dos o tres para ganar el pasamanos izquierdo. Allí atrás, sobre el canal y uniendo el Palacio com la antigua cárcel, cuelga el Puente de los Suspiros, aprisionando sufrimientos hasta hoy, detrás de sus dos ventanas con rejas de piedra.

Al borde del agua y poco más adelante el inicio de la línea del vaporetto que va al Lido y una de las terminales de los barquitos que llevan a Murano y Burano. El primero cobra un boleto común, y los segundos no pueden pedir mucho porque hay una línea regular que hace el mismo trayecto.

Unos metros más y contra las aguas iluminadas por las edificaciones y los barcos se abre una puerta más luminosa que las otras. Entra. Es un Hotel cinco estrellas. El recinto de mármol muestra una escalera con columnas que son serpientes violáceas enroscándose al subir. Pregunta el precio para sacarse la duda. Recibe la respuesta e, impasible, hace el cálculo mental. (Más o menos quinientos dólares para dormir en este caserón...Esta casucha de mármol no me merece). Agradece, mira a su alrededor y sale despacio.

Volviendo sobre sus pasos entra en una de las callejas que salen más allá de San Marco y un letrero luminoso anuncia "Al Galo d' Oro".

Mesitas afuera, cubiertas por un toldo. Prefiere entrar. El ambiente es un corredor que comunica al fondo com otra calleja. Elige una mesa del lado izquierdo, contra la pared. Pide el Menú Turístico.

Casi dos horas después, cruzando grupos que cantan, laburantes que van o vienen, y gente solitaria a camino de casa o de algún encuentro, vuelve a la terminal de ómnibus.

*

Golpean a la puerta. Refregándose los ojos, abre. Es Isabel. Aún sin creerlo se besan largamente.

- ¿Cómo me encontraste ?

- La llamada a tus padres...

Ella se va desvistiendo sin dejar de besarlo.

Se meten en la cama y hacen sexo ferozmente. 

Después se van serenando, pero eso no impide que ella continúe chupándole el cuello con todas las ganas tras algún gemido. Ahora ella está en cuatro patas. (Se recortó el pelo y eso la hace todavía mas joven). Ella viene arriba. Susurra; se pasa la lengua por los labios.

Acompañando su cadencia desliza la mano para acariciarle el clítoris.

- Sí...así...sí...

(Cuando habla así es porque la hora se acerca).

En efecto, lo apreta cada vez más con los muslos. Después viene una contracción y el aflojamiento.

- Yo también...

La gira hacia abajo y aumenta el ritmo.

- Yo también...

Siente el orgasmo llegando.

Se despierta sudando y com una erección de primera categoría. (No puede ser...Isabel estaba aquí...)

En sus oídos no se apagó el eco de su propia voz diciendo "yo también". Palpa el canzoncillo y la sábana.
(Menos mal que no pasó nada. Hubiera sido una vergüenza tener que mirar a la dueña después del cambio de ropa de cama).

Se destapa para eliminar el sudor y : otra cosa....

*

Cuando llega al muelle el barquito ya tiene el motor prendido.

La orilla se aleja oblicuamente. Caen las primeras gotas. El barquito se balancea unos instantes y de inmediato sale ronroneando a lo largo de una hilera de góndolas vacías y lanchas particulares. Se oyen varias exclamaciones de entusiasmo; en la cabina hay unas veinte personas.

Abre el vidrio para mirar sin intermediarios el perfil de los palacios que bordean el canal. Se arrepiente en el acto porque un salivazo de agua ni dulce ni salada le salpica la cara. Sin pérdida de tiempo hace funcionar la máquina de fotos y vuelve a cerrar el vidrio. 

La muchacha que va arriba y adelante, al lado del piloto, empieza a ejercer su función de guía. Deformados por el parlante, sus comentarios se oyen sucesivamente en italiano, inglés, alemán y francés.

Del lado derecho, a lo lejos, se ve una cúpula grande y amarillenta. Embarcaciones de varios tamaños y colores pasan en ambas direcciones, y a veces, cruzando el canal, en las otras dos.

Pasa una enorme mano abierta con una pareja que, cubierta por un sólo paraguas, ocupa el dedo pulgar.

Los edificios se hacen menos atrayentes. El agua grisácea bailotea y los salpicones en el vidrio son frecuentes. La guía explica algo sobre el jardín que desfila a la izquierda y sobre la casa de verano de los Dogos.

Ahora el canal se hace anchísimo.

El número de embarcaciones disminuye de golpe. Dejan atrás una góndola solitaria y con destino desconocido, ocupada tan sólo por el gondolero que, indiferente a la llovizna y los cabezazos, la conduce, según la regla, parado en la popa.

Pasan dos islas chiquitas con construcciones deterioradas por el abandono. Una despreciable; bastante grande la otra.

(Resultado de una o varias inundaciones...).

Una iglesia que hace un momento se veía muy distante por la izquierda ahora está próxima. Pasea los ojos por sus compañeros de aventura programada.

(Aparte del grandote que acompaña a aquella chinita no hay nada comestible...). 

El parlante trae la noticia del desembarque inminente en Murano y la visita a la vidriería.

(¿Se dirá "vidriería" en este caso ?).

Entran en fila india por un breve corredor que da a un galpón a cuyo lado derecho hay una pequeña tribuna de madera.

Desde un micrófono instalado detrás de una tarima que hace acordar la de la Casa Blanca un morocho com un dejo latinoamericano anuncia el espectáculo.

Un veterano calvo y en mangas cortas maneja una masa incandescente en la punta de un tubo que hace girar. Aquí y allí pinza, estira y corta con unas tijeras.

De la tribuna salen algunos "¡oh!".

La masa informe se ha transformado en un caballo azul en posición de marcha y con la crin agitada por el viento.

Mete la pieza en una vasija com agua y al cabo de un chirrido acompañado de una nubecilla la deja reposando en una mesita visible para todo el público.

El "speaker" invita a un aplauso y es atendido sin demora.

El veterano reinicia sus manipulaciones.
(Hay que ver esta gente..., es lindo el brillo de los ojos de todos estos estúpidos).

Ahora el resultado del pase de magia es un caracol rosado.

Nuevos aplausos y el "speaker" anuncia que en el salón de exposiciones contiguo se podrá apreciar y comprar mil maravillas.

Es la última de la fila y ve cuando el nuevo grupo de turistas comienza a sustituir en el galpón a aquél del cual forma parte.

Más allá de la puerta que da al salón es posible ver un portoncito rojo y depués un recorte de agua.

El salón es un zoológico multicolor donde pingüinos se codean com bailarinas bajo la luz de lámparas tintineantes.

Una mirada rápida descubre las bellezas del lugar y las limitaciones de su bolsillo.

Termina optando por un caballo lila, del tipo del que vio hacer.

Paga y sale a respirar. La llovizna ha dado una tregua. Viéndose sola transpone el portoncito y sale a un muelle vacío. 

(Este rincón merece una foto...).

Algunos metros hacia la izquierda la primer vidriera le muestra un caballo idéntico al suyo; com una pequeña diferencia...cuesta poco más de la mitad.

Gira sobre sus talones y regresa al galpón, entrando por la puerta de salida.

El "speaker" está en uno de sus intervalos, dejando la escena libre para el veterano artífice. Al oído le pregunta si habla su lengua y, sin esperar respuesta, le pide otra pieza para descontar el sobreprecio que acaba de pagar.

El "speaker" hace un gesto com la mano al tiempo que retoma el micrófono para hacer una intervención dirigida al público.

(El "respetable público"...Sí, esto es un circo; ... y aquel canoso...).

Cuando termina la oye nuevamente. Sin decir palabra sale de atrás de la tarima y se acerca a la mesita donde descansan un caracol y dos caballos.

Le pone el caracol en la mano mientras le desea buena suerte.

(No soy ninguna Supermujer; el tipo tuvo miedo de que yo le armara un escándalo adelante de todos estos otarios, próximas víctimas del salón de exposiciones...).
Con el corazón liviano vuelve al barco casi por último.
Unos pocos minutos de ronroneo la separan de Burano.
Desde el desembarcadero se impone el encanto de las casas de tonos fuertes y opuestos. Rojo, azul, amarillo...Alrederor de la plazoleta presidida por el busto de ... se disponen las casas de encajes y más allá un bar-restaurant.

Un viento fuerte sopla de repente. Dos de los percheros dispuestos en la vereda se vienen al piso. Una mujer los levanta com presteza.

(La torre de esa iglesia está un poco torcida...).

En una de las tiendas hojea sin interés la variedad de los encajes.

Dos fotos más adelante, vuelve al barco.

Le pregunta si puede quedarse arriba, al aire libre, y recibe un "no" seco como respuesta.

Otra travesía de corta duración y una torre mocha de piedra que se destaca sobre la línea de tierra.

Torcello. La guía explica que aquella fue una ciudad mucho más populosa que Venecia, para después decaer casi hasta el completo abandono.

Una lancha descarga cerveza en el muelle. Uno de los caserones vecinos a la Gran Plaza abriga el museo local. Al pie de la mole amarilla de la iglesia de Santa Fosca un grupo de cinco gatos se lame sin dar atención a los visitantes. Otros dos llegan hasta la puerta de la Catedral. Adentro, la media luz y los mosaicos bizantinos.

("Aquí trece siglos de historia te cercan..." ).

Desde el banco pegado a la pared derecha el ambiente se revela poco a poco en sus detalles más rancios.

La gente circula en silencio.

Atrás del altar un pedazo del piso original y un cubículo ocupado a medias por agua. Solo desde allí se le hace totalmente visible el gran mosaico que sobrevuela la puerta de entrada.

Afuera la espera la llovizna. Un giro rápido por los alrededores lleva a un muelle privado y a dos pedestales vacíos.

( No hay mucho más para ver...).
La vuelta es ininterrumpida y más rápida.

*

La llovizna da lugar a una neblina gris hamacada por el viento.

En San Marco se detuvo a mirar una vez más la Torre del Reloj.

Una mano le tocó el hombro.

La mujer, con gabardina armada de capuchón que le cubría la cabeza, le pidió fuego.

Indicó com la mano que esperase y revolvió en uno de los cierres de su bolso carga-todo. Una cajita húmeda exibió sus fósforos de punta roja. Cuando festejó el hallazgo mirando a los ojos de la mujer creyó ver en ellos un destello de sorpresa.

Al acercar las manos juntas para encender la cerilla vio debajo de la gabardina un cuello amarillo.

La mujer dijo "grazzie" y se alejó lentamente.

(Esa mujer...).

Su silueta se perdía en la neblina.

(Esa mujer...La neblina se traga la punta de los edificios...).

El telón de la oscuridad prematura se va desplegando en girones.

(Esa mujer...Síííí...Síííí...Los zapatos amarillos... Tengo que verla; a correr).

Niebla. Un puente. Nadie. Más niebla. Otro puente. Nadie. Niebla, niebla...

Sirio López Velasco

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