Ultimo reducto
Guillermo Lopetegui

Cual se vol nit per sortir el sol.
Jaume Sissa.

1

Abre los ojos muy de mañana.

Por el tragaluz se observa el fondo del pozo de aire, donde se amontonan el calor, los insectos, frutas podridas y diarios viejos.

¿Qué distancia existe entre la cama y el techo?... Tal vez cuatro, cinco metros. Ellos lo miran desde allá arriba; no siempre rondan el tragaluz: entran y comentan en secreto lo angosto y alto del lugar. Paredes con restos de un rosa viejo; mesa, cama, ropero.

¿Y dónde estarás tú? ¿Y tú? ¿Y también tú?

La ciudad encierra a la gente como ganado en un corral. Ahora, él y la calle se asfixian.

Se sienta en un bar y mira las fotos, los papeles; analiza los recuerdos. Ya no los disfruta; esto es sólo un estudio a fondo, y se pregunta qué irá a encontrar a diez cuadras o abriendo la puerta de un baño (puerta tapizada con los gestos de la vida).

Es el baño, es el bar, es allá en la playa: ella está.

El mozo le traía café o Cocacola. Recuerda que su cara aparecía más ancha y ondulaba sobre la superficie oscura del vaso. Le rodeaban las voces, las bocinas, los edificios. Se imaginó sentado en su silla, flotando en aquel universo urbano. La bebida caliente, la bebida fría y él, flotaban.

2

En la bocatormenta de una esquina metió las fotos; más adelante, contra el cordón de la vereda, dejó los papeles. En ellos, él ya no estaba; sólo su nombre, sólo.

Algunos papeles se fueron alejando al cordón de enfrente, pisoteados y dispersos.

Hasta ayer por la noche venía una negra a obsequiarle cigarrillos, y si quiere un café, o algo para comer, o... Bueno: si no se molesta, me quedo un rato. Mire, vivo sola en la treintaiocho. Usted madruga, ¿no?

Era simpática, pero él quería quedarse solo.

Sacaba la cabeza por el tragaluz y aunque estuviera oscuro sabía que allá abajo el calor presionaba con sus veinticuatro horas de encierro.

Oscuro.

Sólo un día la luna le aclaró el escenario putrefacto del tragaluz. Y siguió buscando durante la mañana. Ya no volvía para almorzar y si lo hacía comía en el cuarto, con la mirada dirigida a cuatro, cinco metros sobre su cabeza: andaban revoloteando contra el techo. ¿A qué altura realmente?...Y ya no comió.

3

Doce y cuarto.

Mediodía en una calle sin árboles.

Barrio caluroso y lejano.

-Usted siempre viene y yo le digo que aquí ya no vive esa persona; además, ¡yo nunca la vi!-. La mujer, contrariada, desapareció tras el portazo.

Le pega un puntapié a la puerta y sale corriendo.

Una de la tarde.

Pleno Centro.

-La señora está de viaje -informó una voz nasal- y no sé cuándo vuelve.

Una trompada a la chapa del portero eléctrico. Casi saltan los botones. Miró el edificio: muro fúnebre con sus nichos por donde asoman cabecitas. Eran miles y los nichos cobraron vida. Las cabecitas se le venían encima con sus risas... No importa que tenga que ser así, mientras tú estés entre ellas; mientras tu cabecita morena aparezca entre las otras; mientras tus manos tomen las mías y me adviertas el "¡Cuidado!: ¡no te asomes mucho que estamos muy alto!", y me des una palmadita en la pierna blanca y sin vello, mitad pantaloncito y calzoncillito que se insinúa por debajo.

4

Otra vez la calle sin árboles. El barrio lejano.

Portón.

Jardín descuidado.

Y el timbre.

No contestan. Ya no van a contestar.

Los visillos que se corren apenas permiten ver del lado de afuera a un hombre con sobretodo raído, ojos enrojecidos y vidriosos y manos pegadas a las piernas porque así se siente menos el temblor, se oprime más la angustia, se recupera una ínfima parte del orgullo perdido.

Pero nadie abre la puerta.

El muro de una casa sirve de respaldo. Se fue arrastrando hasta él, cuando ya el cordón le dejó marcas en los pantalones, en las nalgas. Estiró las piernas y metió las manos en los bolsillos del abrigo viejísimo. Alza la cabeza y mira... Nada cambió.

 

Allí está de nuevo. ¡Miralo! ¡Es ese barbudo de porquería! ¡Siempre anda molestando en lo de Yáñez! ¡Resulta que se acurruca contra el murito y allí se pasa las horas! Me parece que viene por los que vivían antes. ¿Te acordás? ¡Los Lamerain! Se fueron a Bélgica, ¿no?... Pero, ¡che, no sé cómo no se muere de calor! Seguro que ese sobretodo lo afanó. Buena la gente del finado Lamerain. ¡Qué distinguida era la mayor de las hijas! El novio era aquel que la venía a esperar a la puerta todo trajeado de gris. ¿Te acordás de él? Me parece que hubo problemas y cuentan que al tipo casi lo enloquecen. O, esperá, tal vez fue al revés y el tipo o la familia o ambos a la misma vez la enloquecieron a la pobre chiquilina. No sé exactamente cómo fue, pero sé que pasó algo, ¡algo grande!... Pero, ¡ufa con ese que no se va!

5

Y hoy recién se atreve a mirar el cajón.

Siempre solo; en este último reducto de ropero, silla, mesa, insectos, frutas podridas, cafés helados, mujeres nocturnas por los corredores de la pensión, calores que vienen del pozo de aire y se meten por el tragaluz, él, los insectos, las frutas podridas, las mujeres nocturnas, los cafés helados, él...

El techo ya no está a cuatro o cinco metros sobre su cabeza: necesita trepar por los muebles, apoyar el dedo gordo en los clavos gruesos de la pared y arañar la cal con las uñas mugrientas y los dedos de yemas mojadas por la humedad del reducto final.

Y el techo está a la altura del cielo. Y los insectos revolotean junto a las estrellas. Y su cuerpo con el silencio frío del universo... cae.

Todo cae sobre él. Las cabecitas de los nichos lo ven llorar bajo los escombros de la habitación.

Ya no es mañana ni noche. Se atreve y mira el cajón.

Siempre solo.

Todos los objetos recuperan su lugar original.

El cajón está abierto totalmente.

6

La negra vino sólo hasta ayer. Mejor: no hubiera sabido echarla. ¿Qué hubiera dicho si lo encuentra tirado en la cama y con una mano aferrando aquello frío, alargado y con ese olor a aceite?

Justo ahora no quiere problemas.

La habitación parece más amplia, más confortable y sus paredes están como recién pintadas. Ya no tiene barba: se afeitó hará una hora y media.

Fue divertido volverse a encontrar como hace cinco años: blanco... ¡muy blanco!

Todos deben estar durmiendo. Ayer pagó el mes por adelantado y eso le produjo una grande y enaltecedora tranquilidad.

Quizás ahora todo empiece a reacomodarse.

7

Por la puerta entornada sale el aroma perfumado del baño llenando el corredor oscuro.

Ronquidos alterados. Vienen de las diferentes piezas. Algún escalofrío al caminar. Una cucaracha lo acompaña, hasta achatarse para perderse bajo los zócalos.

Claro: fue una estupidez todo lo que hizo este tiempo por tratar de encontrarlas. ¡Lo que habrían dicho por ahí! Haber pensado esto antes... Cual se vol nit per sortir el sol, aseguraba un compositor catalán desde su canto, y tenía razón.

Una noche de éstas, saldrá el sol.

Bueno, en todo caso no causará molestias a nadie. Lo vendrán a buscar por la mañana. Ya no quiere moverse.

Las manos chocan con lo frío y alargado, se impregnan del olor a aceite.

Cierra los ojos y sonríe.

Siente que el frío le sube por el cuerpo y se le afirma en la cabeza.

La mano es segura.

8

Los insectos siguen revoloteando allá arriba, preguntándose el porqué de esa cosa que ahora los mira fijo, desde la cama a medio tender.

Vuelven al tragaluz y escapan en espirales por el pozo de aire.

El calor. Las frutas podridas. Los diarios viejos.

Guillermo Lopetegui
Se publicó en "Último reducto" (Ediciones Géminis, Montevideo, 1978)
y seleccionado para "Esas obsesiones tan deseadas"
Muertes

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