Ese cuarto tan deseado
Guillermo Lopetegui

Siempre quise la pieza de arriba.

Y la quise con su oscuridad, sus retratos viejos, su cómoda y ropero antiguos. Entre esas cuatro paredes se amontonaban los recuerdos de más de un siglo: los bastones y sombrillas, el librito con la interpretación de los sueños,  las revistas de variedades con varias de sus páginas y contratapas plagadas de los anuncios de la época: linimento Sloan, píldoras del Dr. Ayer, cigarrillos París... Me preocupaba por ordenar y reordenar todo aquel montón de recuerdos, de años aprisionados en el polvo que yo quitaba con cuidado de los rincones más nostálgicos.

Allí dormía tía Julia, la hermana de mi abuelo fallecido. En una época fuimos amigas; después, su hurañía nos fue apartando y mis dieciséis años también.

Cuando ella se iba a visitar a su prima Emma, aprovechaba su ausencia y me iba a encerrar toda la tarde a su cuarto. Era un reencuentro conmigo misma o, mejor dicho, reencontraba esa otra parte de mí que quedaba aprisionada dentro, cuando tía Julia cerraba la puerta y se disponía a dormir.

Empezaron las pesadillas, los gritos, las hemorragias; y mi madre que tenía que tenía que correr con una palangana entre las manos y una toalla al hombro.

"¡Esmeralda, me muero!", era el miedo que salía de su boca, el llamado que hacían sus ojos, el temblor que se revolvía en su cuerpo.

"¡Ángela, subí a ayudarme!" Y allá salía yo, con el salto de cama puesto del revés y haciendo equilibrio en una pierna, para calzarme la pantufla que faltaba.

¿Era esta la misma Julia que yo observaba por la mañana, tan coqueta, hablando por teléfono con sus amigas? No. En su lugar quedaba una pobre vieja, con todo el pelo blanco revuelto y con las venas grises cruzándole el pecho en una suerte de mapa hidrográfico.

"Bueno, ya está pasando, Julita; ya te vas a dormir de nuevo y tranquilita." Mi madre estaba acostumbrada, por eso, luego de limpiar el piso y los bordes de la cama, nos daba un beso a ambas y se iba. Yo me quedaba un rato con tía Julia, acariciándole la frente.

Fue la temporada peor: yo no acariciaba la frente de mi tía, sino el mármol de una estatua espectral. Sentía ese frío interno, que con el tiempo se me fue asentando más al tocar algo húmedo, ver un enfermo grave o presenciar un accidente.

 

La tía Julia ya tenía ochentaidós años y estaba en el apogeo de sus pesadillas; se había vuelto mañera y era yo que la debía conducir al baño, luego a la iglesia (porque para esto no había enfermedad que la retuviera), al baño de vuelta, y finalmente al cuarto de arriba -"mi cuarto"-, donde ahora persistía un asqueroso olor a orín.

"¡Esmeralda... me... muero!" Y saltamos todas, porque esta vez parecía ir en serio. La vieja estaba apoyada contra la baranda de la escalera, con los párpados increíblemente abiertos. Para colmo de males yo andaba con el período y mi madre con una gripe de dos días.

"Voy a llamar a la Sociedad. Vos andá arriba y procurá que no se levante de nuevo.”

Los tres primeros escalones los pasé de un salto pero después, por no sé qué extraña sensación, fui subiendo los restantes con una tranquilidad que me asustaba.

Agarré a mi tía por la cintura y la llevé de vuelta a su cama. La tapé hasta el cuello y le di su vasito de agua que siempre tenía sobre la mesa, bajo el área luminosa de la lámpara. Y sucedía lo cotidiano: mi tía temblaba, y su mano izquierda me atenazaba el antebrazo. Miraba los cuadros, el techo, el rincón donde se apilaban Caras y Caretas, Rojo y Blanco, La Alborada, Atlántida, El Hogar, Sur, Fray Mocho... Luego, ya no miró más y cerró los ojos; aflojó los dedos de mi antebrazo y se volvió para el ángulo en sombra de la cama.

Todo este tiempo el cuarto había pasado a un segundo plano en mi vida: Preparatorios, fiestas, la enfermedad de tía Julia fueron razones suficientes para que me alejara de él. Estaba menos en casa, pero no por esto me dejaba de interesar el cuarto. Lo quería como a alguien más de mi familia y ansiaba el momento de que llegaran las vacaciones para dedicarme más a él.

Mi tía se volvió a despertar y ya no hablaba. Levantó un índice y me señaló el vaso. Estaba como ahogada y semiinconsciente. No podía hablar y sé que se desesperaba por hacerlo: el cuello se le endurecía y arañaba las sábanas sin quitarme su mirada gris. Me retiré de su lado, paralizada por lo que estaba viendo: la vieja se echó a un lado para alcanzar con el dedo los bordes del vaso; llegó a rozarlo y después... Cuando los médicos llegaron yo estaba en un rincón, agachada, llorando y con los labios blancos por la espuma que me salía a intervalos. La tía Julia había quedado con sus piernas en la cama, el torso en el aire y la cabeza sobre la mesa de luz.

 

Lo más costoso fue hacer una biblioteca nueva: yo quería colocar todas las revistas en orden, todos mis textos en orden y todos los demás libros que andaban por la casa, finalmente en orden. También llevé los discos; a los cuadros les di una disposición nueva; lustré la cómoda y el ropero, y por último, con una sonrisa franca, eché por de dos días desodorante ambiental.

Pasaron los años.

Mis hermanos menores se casaron, y mamá y yo nos quedamos solas.

Restarían diez años más para que me quedara completamente sola en la casa paterna.

 

De aquí en adelante he recibido con asiduidad la visita de mi sobrino Esteban. Me viene a hacer compañía, y nos pasamos las horas, leyendo él y rehojeando yo, Caras y Caretas. De todos los sobrinos, es con el que tengo más afinidad. Viene a visitarme y me trae las natillas que a mí tanto me gustan. A veces me pregunta por qué no me casé, y sus ojitos resplandecen, ansiosos de que le conteste. Me acerco y le digo que "era para problemas"; "¡pero mirá que tuve mis amantes!"; le rectifico, y reímos los dos. Tiene la misma sonrisa de mis dieciocho años, o quizá, la sonrisa de toda mi juventud. Y ahora que estoy enferma, es él que me viene a cuidar; que pasa las noches en mi habitación de niña; que corre por la escalera cuando me siente gritar, y llamar a mi madre que no está, mi tía que no está, mi pasado que no está. Pero no todo se ha ido: el sobrino Esteban es el único digno de mi cariño; el único que gusta de leer Sur, Nosotros, La Alborada; el que más se ha preocupado por mí todos estos años; el que, al igual que yo, gusta de este cuarto y sus más evocadores rincones. Es igual a mí. Me gustaría que fuera él quien algún día se ocupara de este cuarto; quien una noche subiera los tres primeros escalones de un salto y los restantes en completa tranquilidad; quien me llevara de retorno a la cama y se sentara a mi lado; quien me viera pedirle agua con la mano en alto y los dedos temblando y no me la alcanzara, deseando que por fin me muriera.

Guillermo Lopetegui
Se publicó en "Último reducto" (Ediciones Géminis, Montevideo, 1978)
y seleccionado para "Esas obsesiones tan deseadas"
Muertes

Ir a índice de narrativa

Ir a índice de  Lopetegui, Guillermo

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio