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Mis campanas

poema de Leoncio Lasso de la Vega

Fue en una noche sombría en que se cebaban en mi alma el desaliento, el tedio, y los nobles deseos contenidos, cuando sintiendo hervir la indignación en mi pecho, llamé en mi auxilio a los genios, diciéndoles:

—¡ Venid, genios, y ayudadme en mi obra, aunque me pidáis en pago el alma, como en otro tiempo Lucifer al viejo Fausto!

Y los genios vinieron en mi auxilio, y mi obra se ha realizado y soy feliz aunque haya cumplido mi anhelo a costa de mi propia alma.

Sobre una llanura, infinita como mi deseo, he levantado cuatro torres altísimas: cuatro imponentes torres de hierro fundido que elevan sus orgullosas cúspides, más allá de las nubes, hasta la región velada donde la vista no alcanza; cuatro torres maravillosas que hunden su cima en el firmamento, bañándose, como buzos del cielo, en los mares azules del espacio.

Desde una cumbre a otra, las águilas se cansan de volar y no llegan: pero ayudado por los genios y a costa de mi propia alma, he logrado tender arquitrabes de acero, suspendidos sobre las cimas invisibles, dorados a fuego por el sol, resistentes como nervios de una arquitectura sobrehumana, y hermosos como puentes de oro tendidos sobre un océano de lumbre.

Y he suspendido de ellos cien campanas: cien enormes cúpulas de bronce, tan gigantescas que cada una de ellas ocultaría bajo su bóveda una ciudad entera. Están templadas con finura extrema: cien martillos de diamante arrancan de ellas todas las notas de la escala, y los plañideros semitonos de los sostenidos y los melancólicos descensos de los bemoles: son las almas gigantescas, vagas, harmoniosas, de cien notas vibrantes, distintas, acordadas.

Cien hilos invisibles, que Electra animó con su aliento fluido, descienden en brillante manojo hasta los marfiles del teclado que extiende bajo mi mano su ebúrnea dentadura, y que el capricho de mis dedos nerviosos, hace vibrar, solemnes, majestuosas, las cien portentosas campanas de la altura.

Y bajan, como lluvia de grandiosas estrofas, los himnos soberanos de mis celestes bronces; descienden graves y sonoros como un cántico de dioses, como un coro de la gloria; se dilatan en torno con el misterio de un colosal armonium invisible, tan fragoroso como una tempestad de acordes, tan inefable y vago como un ensueño.

¡Vibrad, bronces altivos! ¡Enviadme desde la alta región pura y serena, el canto inaudito de mis cien campanas, en sus soportes imponentes, sobre las fronteras de las nubes, a la altura del vértigo!

¡Vibrad, campanas mías, con vuestras notas misteriosas caídas del espacio como una nevada de armonía! ¡Vibrad siempre, para que al eco resonante y soberbio de vuestras vibraciones, caigan ensordecidas sobre el limo las bandadas implacables de mosquitos que me asedian con su zumbido, y de ranas que me aturden con su craqueo desde el fondo de los pantanos.

¡Vibrad, campanas mías, desde la pura región inabordable, a donde solo alcanzan los cantos de los poetas y las plegarias de los niños! ¡Vibrad siempre dóciles a los estremecimientos de mi alma, para que las ondas de vuestro himno soberano me envuelvan como una coraza de Armonía, y me defiendan de las estridentes injurias de la tierra!

Fue en una alborada serena como avanzada luminosa de un día rutilante, cuando los genios, descendiendo, me dijeron:

—¡Elige! Si permites que derrumbemos tus torres y fundamos tus campanas, te devolveremos tu alma, te salvarás de la condenación,

—¡Prefiero los tormentos del infierno! ¡Tomad, genios avaros, cuanto poseo; la dulzura de la fe, el encanto de la esperanza, la miel de los amores, la embriaguez de la dicha, la consolación de los recuerdos; tomad para vosotros cuanto me queda de dulce y risueño en la vida, pero dejadme el supremo goce, el himno celeste de mis cien campanas, y sus puras estrofas que se posan sobre mis sienes como palomas del espacio!

¡Vibrad, bronces altivos! ¡Envuélvanme las ondas de vuestros cantares soberanos, como una coraza de armonía, descendida de los cielos para defenderme de las griterías injuriosas de la tierra.

¡Vibrad siempre, campanas mías!
 

Leoncio Lasso de la Vega

Libro "El morral de un bohemio"

O. M. Bertani Editor - Montevideo, 1913

 

Texto digitalizado, y editado, con el agregado de imagen, por el editor de Letras Uruguay Twitter: https://twitter.com/echinope / email: echinope@gmail.com

Fb: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce  Inédito en el cíber espacio al 4 de enero de 2017.

 

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