Al óleo

 

Como un vestido de lentejuelas
para usar en la mejor fiesta
lo colgué y colgué la paleta
en el ropero del para después.

De vez en cuando lo saqué de la percha
desviándome de la marcha
y con el vestido tornasolado
tan precioso, tan inadecuado,
pinté cuadros que regalaba.
Pero no me animaba
a salir a la calle con él.

Elegí otros vestidos por el camino:
de entrecasa o de trabajar
en cosas más respetables
que esa tontería de pintar.

Y sobre cualquier arte
preferí estar desnuda,
que es como quedo más elegante
sin ninguna duda.

No reniego de nada de lo usado,
amé incluso ponerme delantales
pero recuerdo el vestido de baile
y me pregunto ¿se habrá apolillado?





Te amaron tipos que valían la pena. 
Valían, mejor dicho, la alegría
de enamorarse de ellos
y besarles la frente.

Cezanne te regaló manzanas
y montañas 
de Santa Victoria 

Matisse, ventanas
de sombras azules,
peceras luminosas,
biombos,
tapices, 
jarros grises,
flores amarillas
y, paseando por Niza sobre arenas doradas,
raras blusas bordadas y combadas sombrillas.

Lautrec se empeñó en halagarte
haciendo del afiche un nuevo arte
con planos de perfiles con galeras 
y planos
de las locas polleras del can can.

Modigliani te mostró a sus novias desnudas
y vestida a la candorosa Jeanne
pero te murmuró al oído "vos sos la más hermosa".

Gaugin inventó campos violeta, mares rosa.
Van Gogh te trajo estrellas
y su oreja cortada.
Después de eso ¿qué podría darte yo? Nada.






¿Qué hacer contigo?
No sos para llevarte la carga
sólo un rato. Pero da miedo
enamorarse de vos de tal manera
que haya que dedicarte
la vida entera.

Se sabe que sos brava
(aunque también se te conoce generosa).
Tus amantes dan fe de tus rigores:
Goya se volvió sordo para verte mejor.
Picasso abandonó una mujer tras otra
después de hacerlas pedazos
para vos.
Modigliani, el buen mozo, de tanto brindar 
contigo, murió tuberculoso.
Van Gogh alucinaba y poco a poco,
pensando sólo en vos, se volvió loco.

Probaron, los que te han cortejado, 
que es un arte difícil 
vivir de la pintura enamorado.





Te parecés a esas minas
a quien nadie se acerca
por demasiado lindas
por demasiado buenas.

Confiesan, los reos de avería
que les hacés temblar la estantería
pero los conforma 
melancólicamente
un prudente "semejante berretín no es para uno".

No te encara ninguno.
Hasta que aparece en el barrio un tarambana,
se te acerca diciendo ¿bailás, piba?
y con gran desparpajo te lleva del brazo
contándote macanas.





Una buena mañana
cualquiera
me dejaré besar por ti.
Sonreiré.
Es lindo caer en tentación.
No me importará
desilusionarte un poco
con mi torpeza (estamos 
empezando):
nos acercaremos
sin saber a dónde
iremos a parar.
Una buena mañana
cualquiera
volveré a pintar.





Para ser pintor tan sólo se precisa
además de algunos elementos
una mirada miope y cierta gula 
de no dejar pasar ningún momento.

Todo sirve para ser devorado:
el jarro blanco en el que da la luz,
el árbol enmarcado en la ventana,
la figura recortada a contraluz.

Todo es y no es 
o puede serlo,
de alguna manera transformado.

No hay mago ni rey 
más poderoso que un pintor
ni más grande reinado.


De "al óleo" - Ana Larravide.

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