Abriré la puerta y allí

 


Big bang

Tomo el té en la taza azul y blanca 
que fue de mi madre y de mi abuela,
en esta mesa de roble bajo la ventana
que el sol de la tarde cruza en diagonal.

Repito los gestos pausados de otras mujeres 
a la misma hora apacible.
Pequeñas cosas ocupan su sitio 
en la casa, aparentemente quietas.

Un sentido de unidad en el tiempo 
se percibe en el olor del té.
Mirar el dibujo de la taza (el cuento 
de los enamorados que escapaban 
convertidos en palomas) sostener su calor
frente a mi cara
me convence de la estabilidad de la vida.

Sin embargo, taza azul, mesa de roble, ventana iluminada,
mujeres que laten en mi sangre y me trasmiten sus gestos suaves,
nada ni nadie permanece como ayer,
volamos como en un inmenso cuadro de Chagall:
estamos estallando desde siempre en la expansión del universo.




¿de jazmín?


Una taza de té es buena compañía
mejor que un gato, un perro o que un programa
de radio intrépido y moderno.

Una taza de té, sobre todo en invierno,
en esas tardes de horas parecidas
tiene la delicadeza de la gente querida
de acompañar con calma y en silencio.

El perfume que trae es el perfume
de todo lo agradable y conocido
y también de aquello no vivido
pero soñado como inevitable.

En la pequeña nube que se escapa
de su cascarón de porcelana
hundo la cara como en una caricia
que amé y que aún hoy me parece cercana.





Allí


Abriré la puerta y allí
si lo hago con rapidez
me encontraré.
Podré verme sentada a la mesa
sobre el almohadón azul de terciopelo
jugando con minúsculas tacitas,
vestida de celeste, un moñito en el pelo.
La cerraré de nuevo
y otra tarde al descuido
se abrirá sobre mi adolescencia
de libros y de tangos y de ausencia
de amigos.
La cerraré sin ruido
y cuando vuelva
a abrirla y a mirar años más tarde
me encontraré contigo.




Entonces


¿Te acordás del portón
de hierro de la entrada?
Prendidos a su reja
cuando no nos miraban
pateábamos el muro
para hacerla cerrarse
con un empujón.

Era lindo
treparnos a los árboles
sentir tensos los brazos,
entre el suelo y el cielo,
oliendo la corteza
rasparnos las rodillas
y encontrar acomodo
igual que las ardillas.

Era bueno, además,
no precisar consuelo
por ningún tropezón
(se curaban tan pronto
la piel y el corazón)
tener si los teníamos
tan pequeños problemas
(nos faltaba algún diente,
nos sobraban las muelas).

A caballo en las ramas
comíamos ciruelas
sin penas y sin leyes
lo mismo que linyeras
lo mismo que los reyes.




Pil:


Son casi las siete.
Te imagino en la cocina.
Te imagino sentada abajo del peral.
Te imagino regando las hortensias.
Se me terminó el pan de nuez.
Lo extraño.
A ti también.



Del fondo al frente


Sin decir ni palabra,
en la otra mano un plumero,
la llevaba hasta el fondo de la casa
y en el último cuarto la escondía.

Cada tarde la traías 
también sin decir nada
y honoríficamente tu mesa presidía.

Así iba y venía aquella calavera
que mientras estudiaste medicina
te acompañó sin conocer sosiego.
Su belleza didáctica 
jamás fue por mamá reconocida.





Lo necesario


Madreselvas en el balcón,
un lazo de amor para la ilusión,
para la nostalgia, jazmín del país
y jazmines del cabo para hundir la nariz,
no me olvides para la melancolía
y un malvón para la alegría,
una Santa Rita para lo imposible
y un poquito de ruda para lo imprevisible.





¿Qué me trajiste?


Me dejaste de herencia casi todos tus sueños
(conseguí algunos más de ambiciosa que he sido)
el placer del divague y el placer del dibujo.

Me dejaste también una cierta sonrisa
y las conversaciones ¿inútiles? sin prisa,
que tanto nos gustaban de sillón a sillón.

Y el recuerdo de tangos con tu voz agradable
cuando manejabas aquel auto notable
por lo viejo y cachuzo rumbo a la rambla sur.

Por ti aprendí que es lindo esperar.
Esperar a que el sol apareciera
cuando solemnemente me invitabas
a ver que amaneciera o a verlo zambullirse
en el mar.

Y a esperar las sorpresas.
A mi "¿Qué me trajiste?"
cada día sonriendo
respondiste sacando de algún lado
un lápiz o un sellito
o un papel dibujado.

Era lindo tenerte de padre,
que pusieras mi nombre en los cuadernos,
que me contaras cuentos
y el olor a tabaco de tu solapa gris.

No sé como pudo haber sido que estuvieras presente
más tiempo, apoyarme en tu brazo al ser adolescente
o pelearme contigo por algo alguna vez.

No te mostré mis hijos,
te mostré mis muñecas
en juegos que inventabas
para hacerme reír.

Me gustó esa palabra
que pude usar tan poco
y que tan lindo suena.
No era mágica pero era una palabra buena,
me gustaba llamarte y que estuvieras papá.




Dibujo


Río grande como mar
nunca en la vida
creí que fueras río,
mar de puestas de sol
sobre la rambla sur.
Mar de ir a verte si uno está contento,
con ganas de llorar
o enamorado
o solo
o esperando lo que habrá de pasar.
Te conozco el sonido, las caricias,
la alegría, el abrazo y el cansancio.
Te conozco de niña
como a mí me conozco
de memoria
de crecer a tu lado.
Pero de este lado en que ahora vivo 
te creen río 
(se me confunde el corazón) 
y en vez de azul o gris a veces
te ven color león.
Siento mucho decirlo y que te enteres
pero del lado de acá
sos solamente el Río de la Plata.
Aunque siempre serás para mí el mar,
que dibuja, tan amablemente, 
de este a oeste Uruguay.




Ventana abierta


Ese día de sol sobre tu cuna
ni un ruido andaba por el cuarto 
ni el viento movía las cortinas.
Ese día
en que tu cuerpo chiquito
que no había vivido ni un mes
todavía, volvió a estar libre
de los tubos y sondas que te enredaron 
con la muerte durante tres días,
cuando pude mirarte,
tan preciosa,
curada y tranquila
(ya no tenías los puños apretados
sino abiertas tus manitos queridas)
y de nuevo una sonrisa voladora
inconsciente y dulcísima
volví a ver pasar sobre tu cara
mientras dormías,
me sentí tan feliz.
Más feliz que si hubieras nacido
otra vez
ese día.


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