Contratiempo

 

Inaccesible para la angustia y el amor.

¿Cómo imaginarlo en otro sitio, capaz de escuchar un reloj, cruzar la calle, provocar lágrimas y palabras?

Impersonal y dócil como un muerto.

Nadie más indefenso.

Oculto -por manos ajenas- camuflado de blanco, transformado en una pequeña superficie disponible, esperaba.

Sin risa para las bromas terribles que cruzaron sobre él quienes también buscaban su dosis de anestesia. Y que cortaron, separaron, presionaron fuertemente sobre lo que en él había sido más inalcanzable.

Una pinza mordió el corazón, en el tráfago de movimientos.

El, otras veces tan vulnerable a cosas invisibles, ni siquiera sintió el duro y brillante pellizco metálico: su mínima importancia resbaló entre gestos rituales para los que operaban. Ignoró las pequeñas tremendas agresiones internas de ésas tres horas por las que lo felicitaron de haber vuelto, vivo.

Unos días después, mientras le decía que “nunca” la persona por quien había querido vivir, le apretó el corazón la presión dura y fría que no llegó a sentir en el quirófano. Esa vez murió.

Ana Larravide

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