Comunicando

"Premio Ana María Matute" de Madrid, en 2004
Silvia Larrañaga

Esta noche Lars propuso que fuéramos a un restaurante de aspecto acogedor de su barrio, frente al cual hemos pasado varias veces diciéndonos que algún día tendríamos que comer allí.

Algo en su expresión entre circunspecta y efervescente me hace sospechar que ha resuelto comunicarme la decisión, no de dejarme, pero sí de volver a su país; lo cual es en cierto modo una forma de abandono.

Cuando llegamos, el mozo nos designa una mesa.

A medio sentar me detengo:

-Estamos demasiado pegados a la otra. No me gusta que los vecinos oigan lo que decimos.

-Por ahora no hay nadie–observa Lars.

-Sí, pero se va a llenar.

Lars, que ya se había sentado, se levanta.

-Bueno, como quieras -dice.

-Vamos a cambiar de lugar –le aviso al camarero.

Bajo su mirada desconfiada y vigilante nos instalamos en otra mesa. Ni bien nos sentamos, en diagonal, alguien enciende un cigarrillo: estamos en la zona fumadores. Me levanto de nuevo, y Lars conmigo. Nos quedamos unos instantes de pie en el medio de la sala con abrigos y bufandas colgados del brazo, tratando de avizorar alguna mesa que convenga y de pronto oigo sonar el celular dentro de mi cartera. Me pongo a hurgar desesperadamente en ella dejando caer mi tapado al suelo pero cuando logro dar con el aparato ya han cortado. Al retomar contacto con la realidad circundante, advierto que ya estoy casi al lado de la mesa que Lars acaba de encontrar. Una buena mesa. Me siento mientras Lars cuelga mi tapado, su abrigo y nuestras dos bufandas en el perchero que está justo detrás. Inmediatamente advierto que la mesa se mueve, tiene una pata más corta. Estoy por llamar al mozo pero Lars detiene mi ademán en el aire.

-Esto se arregla fácil –dice.

Saca un paquete de kleenex del bolsillo de su sobretodo, dobla uno y lo coloca bajo la pata responsable. Su espalda por encima del borde de la mesa forma una curva casi perfecta. Se incorpora y apoyando su cuerpo con las dos palmas sobre la mesa comprueba que está firme. Me sonríe. Se estira un poco hacia mí para darme un suave beso en los labios.

El mozo nos trae las listas de platos. Podemos ya sea optar por un menú –combinación preconcebida de entrada y plato- ya sea pagar un precio exorbitante si los pedimos independientemente. Excluimos de común acuerdo esta última posibilidad. Examinando los seis menúes propuestos, compruebo que cuando me interesa el plato, no me gusta la entrada o viceversa. Lars, por su parte, encuentra casi enseguida el menú que le conviene. El mozo nos observa de reojo; cuando le parece que estamos listos se acerca:

-¿Eligieron?

-Tengo un problema –le digo-. Quisiera el plato del menú 2 con la entrada del menú 5.

-Eso no se puede –contesta el mozo.

-¿Se puede saber por qué? –preguntamos Lars y yo al mismo tiempo.

-No está previsto...

-¿Está seguro? –insiste Lars.

-Esperen, voy a ver.

Cuando vuelve dice:

-No quedan más espárragos. Tiene que pedir otra entrada.

-¿Y de este plato queda? -pregunto mostrando el menú 2.

-Sí, ese queda pero va con la entrada correspondiente. Si quiere pedir otra tengo que preguntar si hay.

-¿Tan complicado es? –me asombro.

El mozo no parece haber oído.

Lars me explica con un dejo burlón en el tono de la voz:

-Tienen el mismo número de platos que de entradas.

Mientras tanto el mozo mira hacia el aire como si tuviéramos una conversación que no le incumbiera.

-¿Es así? –le pregunto al mozo.

-Mire, no puedo perder el tiempo, me reclaman en otras mesas. Haga su pedido.

-Bueno está bien. Opto por el menú 2, pero la ensalada que sea sin pepinos. No los digiero.

El mozo anota en su libreta sin decir palabra, sin mirarme. Lars elige el menú 1. Pedimos media botella de vino y una de agua mineral.

-Tráigame primero agua de la canilla –le digo al mozo-, tengo que tomar un remedio.

-¿No lo puede tomar con agua mineral?

-No, mejor no. Es para disolver.

 -¡Habráse visto! –le comento a Lars, en cuanto el mozo se aleja, sin bajar demasiado la voz

Lars me agarra las manos: “Vera, tengo que decirte algo...”

-Espera

Saco el celular; lo examino para ver quién llamó hace un minuto.

-Es Paula –digo.

Me dispongo a llamar a mi hija. Suena varias veces pero no contesta. Dejo un mensaje: que vuelva a llamarme. Le digo a Lars:

-Odio cuando pasa esto. Acaba de llamarme, ¿cómo puede ser que no pueda comunicarme?

-Ya sabes como son los adolescentes...

-No es eso... Ella me llama y un minuto después, no contesta al teléfono..

-Habrá cambiado de opinión. Se estará besando con algún muchacho... vaya uno a saber.

-No creo –digo-. Es el servidor, la saturación de ondas, algo por el estilo.

-Si fuera así no sonaría, aparecería en seguida el contestador.

Puede que sea así, puede que no. Me quedo mirando al aire para que Lars no pueda atrapar mi mirada, para sustraerle cualquier terreno firme desde el cual despegar. Por un instinto casi involuntario, por una especie de creencia ciega en la inexistencia de lo que no se pronuncia.

-Te noto un poco agitada, Vera...-dice Lars

En ese preciso instante se oye dentro de mi cartera el timbre estridente anunciador de un mensaje. Saco el celular. Paula habla pero sus palabras están entrecortadas por encima de un ruido de interferencias. El mensaje resulta incomprensible.

-¿Y? –pregunta Lars.

-Nada, no se oye nada. Puro ruido de fondo.

Dejo el celular sobre la mesa.

-No entiendo por qué no sonó –digo.

Lars me mira con cara de pregunta. Explico:

-Mi celular estaba prendido pero no sonó. Paula no tuvo más remedio que dejar un mensaje.

-Será que no hay cobertura –postula Lars.

Los dos nos inclinamos sobre la mini pantalla para comprobar que sí que la hay.

-No sé...-dice Lars

-Adentro de la cartera quizás no haya ..-conjeturo.

-No creo. Puede que la cobertura sea errática.

-“Errática” – digo-. Me gusta esa palabra.

Lars busca el encuentro de miradas pero yo mantengo tercamente la mía fuera de su alcance, fijada ahora en el celular.

-Hace un calor tremendo aquí –digo.

No es sólo un pretexto; estoy demasiado abrigada; los meteorólogos anunciaron mucho frío para esta noche de mediados de otoño y el ambiente está demasiado calefaccionado.

-Vera...  -dice Lars, pero el mozo llega, salvador, con el vino y la botella de agua mineral.

Le sirve a Lars un poco de vino en el vaso para que dé su visto bueno. Con una mirada cómplice, Lars, sin probarlo, me tiende la copa ante la mirada atónita del camarero. Pongo cara de catadora, me demoro un poco, vuelvo a tomar otro sorbo con el ceño algo fruncido. Por fin apruebo, como resignada. Lars y yo lanzamos una tenue risa contenida.

Mientras que el mozo sirve las dos copas, le hago notar que se ha olvidado de traerme el agua de la canilla que le pedí para el medicamento.

-Estaba segura... –le comento a Lars cuando el otro se va, sin cuidarme en bajar la voz; la sorda batalla entre clientes y camareros es casi rutinaria en esta ciudad.

En seguida el mozo trae una jarra de agua y la posa casi con violencia sobre la mesa.

-Después se quejan de la competencia que les hacen los chinos –digo-. Que vayan a aprender de ellos, pura reverencia, pura sonrisa.

Lars asiente; vuelve a mirarme con esa mirada aterradora, desbordante de palabras. Me parece que está ya a punto de empezar a hablar.

-Tengo que volver a llamar a Paula – digo, saliendo al paso.

-¿Qué urgencia hay?

-Si me llamó por algo será.

Estiro la mano hacia el celular; Lars me la ataja, me la aprisiona dulcemente, me dice:

-Vera...

Me hago la tonta; digo:

-Bueno, está bien. Lo dejo encendido, ya veremos. Si suena, por favor, atiende –le pido levantándome-. Voy al baño.

Al volver compruebo que todavía el mozo no nos ha servido. Le pregunto a Lars si Paula llamó, me dice que no.

-¿Por qué te va a llamar si dejó un mensaje?

-Un mensaje incomprensible.

-¿Y cómo puede saberlo?

-Debe estar esperando mi respuesta.

-Vera... –dice Lars de nuevo.

Justo en ese momento aparece el mozo con las entradas. Inspecciono con el tenedor la ensalada que me acaba de poner delante y advierto que han dejado en ella varias rodajas de pepino. Pero que además hay innumerables trozos de morrón verde y rojo. Un verdadero atentado a mi tubo digestivo.

-No puedo comer esto –le digo al mozo.

-Es lo que pidió ¿no? y le sacaron los pepinos –contesta.

 Le muestro las rodajas culpables:

-Se ve que el cocinero estaba algo apurado –contesto.

-Apártelos usted misma –dice el mozo sin empacho.

-Lo haría, pero tengo otro problema: el morrón, la ensalada está llena.

-Usted no dijo nada...

-¿Cómo podia saberlo? No figuraba dentro de los ingredientes, de hecho es ilegal. ¿Me lo puede cambiar sí o no?

-Voy a ver qué puedo hacer –dice el mozo llevándose el plato con mal humor.

-Te felicito –comenta Lars-. Lo de “ilegal” les da un miedo bárbaro.

Me ofrece algo de su sopa que él aún no ha probado. Me inclino por encima de la mesa para tomar de la cuchara que Lars me tiende, maternal.

-Está hirviendo –digo reclinándome otra vez hacia atrás en el respaldo de la silla.

-Mejor -dice Lars-. Así puedo esperar sin temor a que se enfríe demasiado hasta que te traigan a ti la ensalada.

Transcurren unos segundos de silencio peligroso, anunciador de inminencias en el que no doy pie a nada. Me abanico con la servilleta. El trago de sopa ha aumentado en mí la sensación de calor.  El pulóver, aunque fino pero de cuello alto, resulta demasiado abrigo para la temperatura ambiente. Se lo digo a Lars.

-Sácate el pullóver –sugiere.

Su frase suena anacrónica y erótica; no tengo nada debajo o más bien sí: una camisetita de ropa interior.

-Voy al baño –digo.

-¿Otra vez?

-A sacarme lo que tengo debajo.

En el baño tranco la puerta que da acceso al espacio común para hombres y mujeres donde están la pileta y el espejo. Dejo la cartera sobre la pileta y urgida, por si alguien quiere entrar, me saco con movimientos rápidos el pulóver, la camiseta que poso sobre la cartera; vuelvo a ponerme el pulóver sobre la piel y meto la prenda en la cartera. Destranco la puerta y me demoro un poco. Me lavo de nuevo las manos, me miro en el espejo. La que aparece en el reflejo –atractiva, linda, segura, saludable- no coincide con la que siento dentro de mí. Trato de impregnarme de esa imagen, de internalizarla, pero no hay comunicación posible entre esas dos extrañas. No entiendo que Lars quiera dejar a la del espejo; me parece normal que desee separarse de la que tengo dentro. Vuelvo a llevar a ésta a la mesa, la única que me acompaña a todos lados. La sensación de calor ha disminuido a penas; el pulóver, sólo sobre la piel  sigue siendo un abrigo excesivo y produce una sensación desagradable.

En cuanto me siento, Lars me cuenta:

-Volvió el mozo anunciando que pueden servirte la entrada que querías al principio. Resulta que ahora hay espárragos; los habrán mandado venir especialmente para ti –dice riendo-. Cierto que te lo mereces. ¿Estás mejor?

-Sigo con calor –digo.

En ese momento llega el camarero quien pone el plato delante de mí con su habitual falta de delicadeza. Como Lars terminó ya la sopa, voy comiendo con prisa. Pero no puedo hacer sólo eso. Estar a su merced comiendo, delante de él, desocupado, con todas las palabras a punto de desbordarse en una avalancha asesina sobre la mesa. Tengo que esquivarla, no dar paso. Siento que el apuro de comer, ese apremio que me vuelve indisponible, es insuficiente. El acaloramiento del que sigo siendo víctima me proporciona un nuevo pretexto.

-Voy a sacarme las medias, son de lana, me dan demasiado calor –le digo a Lars.

-¿Vas a irte otra vez?

-No, no hace falta.

Inclino el busto para tratar de alcanzar con la mano izquierda el elástico de la media que ciñe la pierna derecha bajo la rodilla; luego inserto el pulgar y tiro hacia abajo. Al llegar al talón debo ejercer una presión aún mayor para retirarla del todo. La operación es dificultosa porque intento comer al mismo tiempo lo cual me ocupa la mano más hábil en mí, la derecha. Con una mano sola no puedo cortar los espárragos que tengo que introducir enteros en la boca. Además, no me gusta entregarme a este tipo de exhibiciones en público por lo que me veo obligada al disimulo, sobre todo que, como previsto, el restaurante ahora se ha llenado. Pongo la bola de lana negra de la media levemente húmeda en la cartera. Calzo el pie derecho liberado y a sus anchas dentro del zapato. Lars mira mis tejes y manejes divertido, tal vez ya resignado. Tengo la boca llena, y la masticación del espárrago entero se me hace dificultosa. Podría empezar a hablarme, decirme algo por fin sobre su decisión, pero supongo que mi concentración le es necesaria. Vuelvo a repetir la misma operación  con la otra media que también pongo en la cartera junto a la primera y a la camiseta.

Termino al mismo tiempo de comer y de sacarme las medias. Los dos platos principales llegan sin transición.

En la salsa del pescado del mío se advierten finas tiras de morrones verdes y rojos. No sé qué hacer. Reclamar de nuevo instalaría una declaración de guerra inequívoca con el personal del restaurante, para la cual me hace falta el apoyo de Lars. Supongo que esta vez me lo negaría; necesita tranquilidad para decir lo que tiene que  decirme.

Sin tomar los cubiertos, sólo observando el plato con aprehensión y ojo crítico, comento para probar:

-Creo que en este país hay sobreproducción de morrones. Los ponen en todas las recetas

Lars se muestra consternado por mi mala suerte. Me ofrece su plato, insiste en que no le molesta intercambiar. En el suyo no hay nada que me caiga mal, es un plato de carne, eso sí y yo no suelo comer carne. Pero acepto. Sigo agobiada por el calor  y se lo digo.

-No sé qué se puede hacer –constata Lars impotente.

Se me ocurre de pronto la idea de que él se saque la camisa; debajo tiene una camiseta de verano. Yo a mi vez me pondría su camisa en lugar del pulóver. Lars está de acuerdo. Nos preguntamos si es mejor hacerlo ya o esperar. Sopesamos pros y contras. Lars tiene que ir primero al baño. Volver con la camisa y dármela con disimulo por debajo de la mesa. Luego, yo iría a cambiarme al baño llevando en la cartera la camisa de Lars. Como los platos van a enfriarse, tal vez sea más conveniente hacer la operación después, antes del postre, digo yo. Lars disiente; opina que cuanto antes me sienta a gusto, mejor.

-Además –agrega-, seguro que tienen microondas. Si se enfrían los platos, les pedimos que nos los calienten.

Me convence; se levanta y va al baño. Yo aprovecho para llamar de nuevo a Paula.

Lo primero que oigo es un rumor continuo indefinido y por debajo la voz de mi hija.

-Sí... ¿Mamá?... ¡Por fin! ...Quería decirte que...

La comunicación se corta. Miro el celular, todo parece en orden, los problemas no vienen de mi aparato; vuelvo a dejarlo encendido sobre la mesa.

Lars regresa del baño con la camisa colgada del brazo, con una expresión entre placentera y perdida, algo como un dulce tormento en la mirada. Me sonríe mientras avanza hacia mí con su paso elástico. De lejos parece más rubio, pienso; me arden las comisuras de los ojos, siento un torrente callado acumulado en la garganta. Se sienta, se sonríe de nuevo, parece mirarme con amor o tal vez con conmiseración.

-Pude hablar con Paula pero se cortó –le informo.

-¿Te dijo algo? –pregunta mientras me entrega la camisa debajo de la mesa. 

-No hubo tiempo

Lars me acaricia la mejilla, me dice:

-No te preocupes, Vera, ya vas a poder comunicarte.

Luego mira el plato, a medio llenar:

-¿No comes más?.

-No, en realidad no tengo hambre -contesto poniendo la camisa de Lars en la cartera.

Me levanto.

-Bueno -dice Lars-, mientras que vas al baño, yo termino lo mío. Está rico, me gustan los morrones.

-Que te aproveche- le digo festiva, tratando de ignorar la presión en la garganta y el picor salado que me asoma en los ojos,  mandándole un beso con los labios. Como si nada.

Esta vez hay una mujer en la parte común del baño, y el inodoro de los hombres está ocupado. Entro en el de las mujeres, minúsculo como de costumbre. Miro a mi alrededor: no hay percha. Cuelgo mi cartera en el picaporte de la puerta, me saco el pulóver, lo mantengo apretado en el antebrazo mientras que extraigo la camisa de la cartera, cuidando de que no toque el piso, la pongo sobre el brazo izquierdo mientras introduzco el pulóver empujándolo dentro de la cartera ya bastante llena con la camiseta y las medias. Me visto con la camisa de Lars, y salgo embargada por su perfume. Otra mujer distinta a la de antes, me mira con curiosidad, supongo que habré hecho ruidos extraños. Entra en el inodoro, yo vuelvo a encontrarme con la del espejo. La camisa está un poco arrugada, la aliso con la mano; me gusta la imagen, pero tengo que dejarla. Vuelvo a la sala, desamparada de la del reflejo y con la cartera hinchada al hombro. La mesa ya está despejada; encima se ven los menúes que entretanto trajo el mozo. Lars me pregunta si quiero postre. Digo que sí. Me acomodo en la silla sintiéndome ya mejor; elijo un helado.

La camisa me queda bien, dice Lars con el tono de los piropos. Y trato de atrapar los destellos de deseo en su mirada con rapidez de malabarista pero evitando cualquier contacto prolongado; cuido también de dejar las manos sobre mi falda. Lars estira su brazo y me toca a la altura del hombro.

-¿Estás bien?

Asiento con la cabeza mientras miro fijamente al celular que insólitamente suena dos veces, con timbres diferentes. Uno es el de una llamada normal, el otro es el aviso de un mensaje. Primero contesto. Es Paula.

- Me llamaste ¿Qué pasa? ¿no oíste el contestador? –me dice.

-No, no se entendía nada.

-Me quedo a dormir en lo de Vanesa.

-Está bien –digo-. Un beso. Hasta mañana.

Mi mirada se cruza con la de Lars que me dice:

-¿Viste? No había por qué preocuparse. -Y agrega-: Tenías un mensaje también ¿no?

Cierto, me había olvidado. Llamo al servidor. Es un mensaje escrito. Empiezo a leer: “Aprovecho que estás en el baño para decirte...”

Con pánico, apago el celular sin leer lo que sigue, con los ojos clavados en la grisura vacía de la pantallita.

Lars me mira, me dice con una sonrisa:

-Bueno,  ¿estás de acuerdo?

Le digo que sí con la cabeza.

Lars llama al mozo; le pide dos copas de champán.

Silvia Larrañaga

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