El mensaje de paz del Israel independiente
Ana Jerozolimski

Israel festejó ayer 58 años de vida indepediente. Son casi seis décadas de una vida pujante y llena de acción, durante la cual el pueblo israelí ha invertido energías poco comunes en el esfuerzo por forjar una nueva realidad. El futuro en el que pensaban los fundadores hace 58 años, tan poco después de la hecatombe sufrida por la judeidad europea, se convirtió en un presente dinámico y lleno de contenido, que honra al Estado de Israel. Los problemas no escasean y no son todos "dictámenes divinos" insolubles.

Algunos persisten, por errores de los gobernantes, de la gente. Pero se hace mucho. Y en el complejo mosaico de la realidad israelí y regional, muchas cosas se hacen bien.

Y a nuestro criterio, una de las cosas que mejor se hace, es educar hacia la paz y procurar no fomentar el odio, a pesar del conflicto, a pesar de la muerte, a pesar del sufrimiento.

No queremos decir con ésto que aquí son todos ángeles ni que los israelíes salen a la calle a ofrecer ayuda a los terroristas que los atacaron. Pero es que son tantos los matices entre advertir contra los terroristas y crear una atmósfera negra en todo el país, que la diferencia queda clara.

No se enseña a odiar, no se educa a los niños en un ambiente de hostilidad hacia los vecinos y no se presenta a los árabes todos, por más que de ellos salgan los responsables de los ataques contra Israel, como sinónimo del mal al que se debe despreciar. Ello no significa que no existan quienes, a nivel individual, tienen un enfoque extremista acerca de cómo lidiar con el conflicto y cómo "resolver" el problema. Hay sí quienes quisieran poner fin a la situación con los palestinos por la fuerza y en más de una ocasión, después de atentados, salen a la calle a gritar "¡muerte a los árabes!", no a los terroristas, sino a los árabes. Pero salen a vociferar su gran "ideología" después que civiles murieran en explosiones en ómnibus y restaurantes y aún así, son vistos por la enorme mayoría de la población, como elementos marginales, que no representan el sentir general. Son, diríamos, producto del terrorismo árabe, no de la educación israelí.

El martes de mañana, como todos los últimos años, asistimos al acto de Iom Hazikaron -el día recordatorio a los caídos en las guerras- en la escuela "Menashe Eliashar" de Ramat Sharet en Jerusalem. Allí estudia nuestro hijo menor Alon y así conocimos las emotivas ceremonias que bajo la sabia dirección de Tmira, se realizan en la escuela en diferentes ocasiones. La de Iom Hazikaron, pocas horas antes de la víspera de Iom Haatzmaut, con los alumnos todos de azul y blanco, es especialmente significativa.

Alon fue, como todos los alumnos de la escuela con excepción de los sextos de primaria, espectador. Sólo "los grandes" hacen este acto y el resto, es el público. En general asisten padres de los niños que hablan, bailan o cantan pero van también otros que como nosotros, simplemente sentíamos necesidad de estar en el acto. Y como todos los años, no sólo nos emocionábamos con las canciones tan bien elegidas ni nos limitábamos a admirar los bailes que protagonizaban. Escuchábamos los textos que las maestras habían puesto en boca de los alumnos, en ese acto de recuerdo a los caídos en las guerras, y nos sentíamos orgullosos.

Eran, claro está, palabras de dolor. Palabras de nostalgia. De sufrimiento. Pero no de odio. En un acto a los caídos en el campo de batalla, ni se mencionaba al enemigo.Se hablaba de la lucha por la independencia y del precio que se pagò por ella, pero en ningún momento se hablaba con odio, a pesar de la imposición de las guerras a Israel desde el momento mismo de su creación.

Escuchábamos y pensábamos que en medio de todos los problemas a los que Israel aún debe enfrentarse, es bueno que no se agregue el envenenamiento de las mentes de sus niños, algo que sería muy fácil de hacer. Pero claro, sería muy difícil de borrar. Si eso sucediera, no habría motivos para celebrar hoy el quincuagésimo octavo cumpleaños del Estado de Israel.

Y de regreso en casa, Alon, como sucede a menudo , se sentó a mirar televisión. Pero esta vez, no dibujtos de héroes de poderes extraños, ni de monstruos raros que resultan finalmente vencidos por la coalición inter-galáctica de alguna dimensión desconocida. Esta vez, en el canal de los niños -el seis en los cables- y en otros canales, dada la temprana hora de la tarde, todo lo que se transmitía era sobre Iom Hazikaron , adecuado justamente a la edad de los niños.

Aparecían en pantalla niños que habían perdido a sus padres o hermanos, les leían cartas que les habían escrito cuando ya era demasiado tarde, les contaban cuánto los extrañaban y cuánto lloraban por no tenerlos cerca. Los moderadores de los programas, que suelen aparecer con todos los bríos ante los niños en los programas de rutina, hablaban con altura y ternura sobre ese día tan singular , sobre el recuerdo, el homenaje a los caídos, la nostalgia, el agradecimiento al aporte que todos y cada uno dieron a la lucha por defender la seguridad de Israel. Y en distintos programas, se sucedían los variados aspectos del dolor, las diferentes caras de la muerte: la niña que recordaba las guerras de cosquillas con su padre, el niño que contaba del orgullo que sentía de su hermano mayor que ya no está, la niña drusa que relataba cómo en su reciente cumpleaños había esperado el mejor regalo de todos pero éste nunca llegó porque su papá, por cierto, no podía volver.

Y las víctimas del terrorismo. Como la noche antes, en un programa especial con cinco mujeres que hace cuatro años, perdieron el mundo todo, cuando sus esposos y todos o algunos de sus hijos fueron asesinados en el atentado suicida en el restaurante Matza de Haifa."Antes ponía en un documento casada más dos"- contaba una de ellas, con una triste sonrisa, refiriéndose a su estado civil y a los dos hijos que tenía."¿Qué voy a poner ahora?"-preguntó retóricamente. "¿Viuda menos dos?".

Todo, con dolor, con furia, sí, pero no con odio -aunque nadie allí , por supuesto, sale a defender o tratar de entender a los terroristas.

Pero lo que más nos impactó, fue otro programa para niños, que Aloni miraba sin pestañear.

Lo vimos empezado y no recordamos el nombre del personaje principal, un niño de unos diez años que había perdido a su padre en la guerra. Su madre, Dafna, estaba al comienzo de su segundo embarazo al morir su esposo. El niño lidia con la difícil situación gracias a la ayuda de un original recurso sicológico, que en la película era simplemente "el animal de la oscuridad", de esos que vienen a asustar a los niños cuando se duermen. Dado que el protagonista tenía serias dificultades para dormir por el dolor que llevaba en el corazón, ello creó un serio problema para el "animal de la oscuridad", esa especie de monstruo-que aquí tenía cara de bueno -que no lograba cumplir nunca su mision porque el niño no llegaba nunca a apagar la luz. Esa situación poco común hace que el "animal"-que hablaba por cierto perfecto hebreo-se le aparezca al niño a explicarle que así "no se puede seguir".El niño le explica que extraña a su padre y que además, tiene miedo a los atentados.Y con total naturalidad, como parte del diálogo que evidentemente estaba en el guión, el niño comenta: "Mi mamá ya me dijo que trate de pensar que los terroristas también tienen familias, hijos como yo, papás y mamás y que quizás eso me tranquilice y me ayude a dormirme.Pero no lo logro".

El niño lo dice con total naturalidad .Alguien , en un canal público, consideró que es bueno incluir esa frase, en un programa de Iom Hazikaron. Y nuevamente, me sentí orgullosa.

Es que Israel tiene motivos para sentirse orgulloso por esa salud mental que mantiene, en medio de la adversidad. Es que es la única forma de seguir adelante .De lo contrario, el Estado seguiría existiendo, pero no estaría honrando verdaderamente la memoria de sus caídos.

Educar hacia la paz en medio de la tormenta, criar a sus hijos enseñándoles a defenderse pero no a odiar, es el mejor regalo que el Estado de Israel se hace a si mismo todos los años. También ayer, en su nuevo cumpleaños.

Ana Jerozolimski
Semanario Hebreo

Editorial 4 de mayo de 2006

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