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La poesía gauchesca y la poesía nativista en Uruguay
Juan Ilaria

 

La poesía gauchesca en nuestro país fue cultivada al principio, por gente de cultura urbana, lo que presupone una canonización académica. Después de los "cielitos" de Bartolomé Hidalgo y tras el Coloniaje, se cumplen numerosas experiencias que acreditan, en los poetas épicos y líricos, el deseo de trascender el tópico costumbrista de los poetas intuitivos, sin barroquismo ideológico, ni lo que tienda a parecer una idealización de los elementos sociales.

Prosperaba una ley válida entonces: el hallazgo de fuentes anti-nihilistas, la devoción a la tradición española, la nostalgia, cierto patetismo que linda con lo melodramático, el canto a la tierra y a míticos ancestros.

La poesía gauchesca, no es nunca engolada; se integra con la anécdota, en función de los valores psicológicos del gaucho, y aunque el tratamiento formal de los temas, no es un testimonio del alejandrinismo aborigen, llega a estimular a escritores de todo jaez, pero lejos de un elitismo intransferible.

Pero agotada la vena popular, o resentida la evolución natural del género, surgen los poetas de volitiva decisión, que concilian la tradición, con una nueva percepción del alma campesina, del psiquismo gaucho.

El tono fue siempre adecuado a las vivencias del gaucho. Situaciones dramáticas o bien la juglaría criolla, pero siempre la espontaneidad, salvo cuando hacen irrupción los poetas cultos.

El tono fue siempre adecuado a las vivencias del gaucho. Situaciones dramáticas o bien la juglaría criolla, pero siempre la espontaneidad, salvo cuando hacen irrupción los poetas cultos.

Con Elías Regules vinieron los versos placenteros, equilibrados, ortodoxos, de métrica regular, adscritos a situaciones, evocaciones, exaltaciones sentimentales, que fueron trasmitiéndose oralmente y constituyendo audiencias, que placían, en lo posible, de lo retórico.

No se vislumbraban innovadores, porque los auditorios y lectores devotos, gustaban, entonces, de los viejos criterios estéticos. El paisano palabrero no se oponía al poeta abachillerado, de mester convencional pero legítimamente historiable.

Alberto Zum Felde veía, en Regules, al poeta de triviales tropos románticos, pero hay que convenir que era el gusto de la época, tiempo no intimista, pero sí de melancolía piadosa. Otro de los méritos de Regules fue el de rescatar modismos, sistematizar los elementos autóctonos y hacer prevalecer el sentimiento gaucho, contra el prejuicio de la metrópolis, que, por "snobismo", cultivaba o admiraba el parnasianismo francés.

A Regules habrían de acompañarlo, o seguirlo, epígonos un tanto docentes, que escribían versos, por simpatizar con la causa del gaucho, en una política literaria. Junto a él se alinearon muchos. Ennoblecieron, sin presupuestos previos, pero con adhesión fervorosa a un idealismo que no impedía la circunstancia vital, la situación concreta, una libertad sin rutina, la simple complejidad (y esto no es paradoja), del hombre de campo, arraigado a un tiempo y a un lugar. Se esfumaban los "espectros abstractos" de una incipiente metafísica, para dar lugar a una sabia simpatía por lo nuestro, por lo aborigen.

Y debemos evocar, a Yamandú Rodríguez, a María de Nava, a Hilario Ascasubi, Casiano Monegal, Agustín Smith, Enrique De María, Orosmán Moratorio, Juan Escayola, Pedro Bermúdez, Manuel Benavídez, Estanislao del Campo, Guillermo Cuadri, Serafln J. García, "El Viejo Pancho", Antonio D. Lussich, y muchísimos más. Unos hacían versos gauchescos; otros, que llegaron posteriormente, con un estilo propio y una cultura acendrada, escribieron sobre temas campesinos, no vitalmente, sino estéticamente.

Pedro Leandro Ipuche, fundó lo que ha dado en llamarse "gauchismo cósmico", renovando los manidos temas nativos. Ipuche se respalda en su poesía lírica, en el endecasílabo. Silva Valdés en el alejandrino. Ambos tenían la misma preocupación, pero con distintas formas expresivas. Silva escribe "La Carreta" y a su vez Ipuche, "Los Carreros". Es casi, un contrapunto lírico, pero uno mas estilizado que el otro. El nativismo y ya lo sugería Eduardo Couture en una conferencia, se manifestaba en música, pintura y poesía (Eduardo Fabini, Pedro Figari y Fernán Silva Valdés, eran sus respectivos exponentes). Ya iban desapareciendo los gauchos episódicos, melodramáticos, de ejemplaridad un tanto falsa.

Fernán había sido el neo-simbolista, con alguna reminiscencia del decadentismo francés. Pero reaccionó a tiempo. Se desligó de influencias europeas, de los epígonos de ultramar. Ya no fue tributario de ningún ismo. Y sucesivamente aparecieron "Agua del tiempo", que constituyó una verdadera y gratísima revelación y "Romances chúcaros". Eran libros reveladores de una emancipación. Desafiantes. De efusión limpia.
Ipuche, que coincide con Silva, en los temas, adopta otras formas. El mismo se define: "Con 'La pajarera nativa', me anticipaba al nativismo. La osadía del tratamiento rítmico y temático, daba un aire renovador a la viviente coloración bucólica. Con rigor vigilante, me armé para las grandes responsabilidades literarias. Vinieron después otros libros, como un crecimiento confirmatorio de las raíces solariegas".

Pero ¿"qué es el gauchismo cósmico" de Ipuche? Es salir del fetichismo, de la vejez litúrgica del campesinado; cultivar, en cierto modo, una mística racial, poseer, como postulaba Juana de lbarbourou, un gran aliento pánico; llegar a lo áspero, no a lo idílico, fundar cierto esoterismo, ennoblecer la temática gauchesca, estimular la individualidad creadora, llegando a una evolución vital, profesando una filosofía de la naturaleza, pero lejos de una civilización prometeica. Ahí veía Ipuche nuestra oriundez. Gauchismo cósmico es algo mágico, con un sentimiento de proximidad a lo alto, fuera de los lugares comunes. Tierra y cosmos, pues. Se sobrepasa lo inmediato, el rito cotidiano. Es, pues, el sentimiento cósmico de la naturaleza, a que aludía Cirlot. La patria se hace cielo arriba, sin texturas pintorescas.

En cambio Silva Valdés es un impresionista de temática fluida, que gusta del costumbrismo, de reflejar sus valoraciones, siendo risueño, nostálgico. Las cosas se le van haciendo versos. Está en el mester de juglaría; Ipuche, en el mester de clerecía. Ipuche padece la angustia de la expresión, pero no orilla nunca responsabilidades. Organiza mejor los elementos del complejo criollista y su paisaje es amplio, donde el espectro es luminoso. Está en lo telúrico, en la música del aire, frente a la tierra vieja, sin Ceres mitológica, donde los días se apagan misteriosamente, en la memoria de la vida, con un refranero sacramentado.

Silva Valdés es más diáfano, aunque también ladino, a veces de cierta placidez cimarrona. Pero es un poeta auténtico, con metáforas admirables, funda o recrea leyendas, rescata tradiciones envejecidas y es un hombre de clara vocación gaucha. Las imágenes de Silva, contienen seres y cosas; en Ipuche, juegan las sombras, el río de la querencia, la criolla baguala del Cebollatí y su querido Río Olimar.

Ipuche mezcla, en una simbiosis admirable, el regionalismo y el gauchismo. Silva Valdés crea el nativismo; depuración del gauchismo tradicional. Hay más hondura en Ipuche, pero más gracia en Silva, con otro estilo de vida. Ipuche va al infinito. Silva ennoblece lo circundante. Ipuche cae en el éxtasis contemplativo y su mayor cultura, lo hace fuera de toda frivolidad, íntimamente racional.

El nativismo no es el nacionalismo, el cultivo consciente y sistemático de las particularidades de lo nacional. No es una moda ni un estilo, ni una política estética, sino el cultivo consciente de grupos humanos, con sus ancestros y vivencias, sus peculiaridades étnicas y hábitos sociales. El nativista se ha dicho bien, "es una voluntad inscrita en el destino de una colectividad, con rasgos propios, sin forzosidades académicas".

Y así, mientras Pedro Leandro Ipuche, es un poeta órfico, Silva Valdés, con una escenografía arcádica, despierta la tarde gaucha, con penitencia de juglares, la tarde bucólica de la última soledad.

Juan Ilaria
Almanaque del Banco de Seguros del Estado - Año 1986

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