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Los viajes del destino |
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Mire
amigo, no sé por qué le cuento esto. Debe ser que usted me cayó simpático
o que ha tenido la deferencia de invitarme a tomar algo. ¿Quién puede
saberlo? Al final de cuentas eso no importa demasiado. Eso sí, le aseguro
que hacía tiempo que no hablaba así, tan largo y distendido con alguien.
Como si en realidad nos conociéramos de antes, o de algún antes en otra
vida. Sí, ya sé, usted tiene pinta de ser el típico escéptico al que
este tipo de charla barata, de buscar significados ocultos, de presentir
deja vu por todos lados, le erizan el aburrimiento. Téngame paciencia. En
todo caso no deja de ser algo raro que nosotros -dos perfectos
desconocidos- estemos charlando hace casi una hora. ¿Usted realmente
piensa que fue la casualidad la que permitió encontrarnos en este bar y
que los dos vengamos del mismo sitio? ¿No habrá sido otro camino creado
por algún destino caprichoso? No se sonría, al menos tómeme en serio.
Mire que de esto, algo creo saber. Fíjese que si yo no hubiera entrado a
este bar no lo hubiera visto y, por lo tanto, no hubiera notado su acento
extranjero al hablar, acento que reconocí de mi pasado y que, sin la
valentía que da el saberse del mismo sitio, no me hubiera acercado a
hablar con usted. ¿Ve que todo es una cadena trazada para que yo lo
aburra con mi relato? Acéptelo, está escrito que no se puede escapar. Al
menos, quédese tranquilo, la próxima vuelta va por cuenta mía y sepa
que va a tener el privilegio de ser el primero en escuchar esta historia.
¿Por qué? Porque usted reúne las dos mejores condiciones que un par de
oídos pueden juntar: pertenecer a un perfecto extraño al que, después
que mi cuento termine, nunca lo volveré a ver. Pero
vayamos al grano. Mire, si tengo que buscar un punto de arranque de todo
lo que le voy a contar, tal vez tuviera que retrotraerme a la separación
de mis padres. Corría el año 1978 cuando mi viejo resolvió que todavía
le quedaban años por vivir aprisionado a sexos más jóvenes que el de mi
madre, y resolvió poner fin a un matrimonio que realmente había muerto
mucho tiempo atrás. Para hacer más irrevocable su separación decidió
también empezar una nueva vida en el trabajo y se fue a vivir a Brasil.
Tuvo la suerte de que una oferta para trabajar en la ciudad de Campiñas
todavía siguiera vigente y a la espera de su decisión de cortar, no solo
con su matrimonio, sino con su vida. No puedo decir que su decisión, con
más de cincuenta años en el lomo, tuviera el tinte heroico de los
pioneros. Más bien tuvo el sabor menos épico que le daba la certeza de
que convivir en la misma ciudad con su historia, sería imposible. Desde
entonces el pequeño apéndice que lo unía con Montevideo era yo. No
dejaba de ser lógico. Mis tres hermanas hicieron causa común con mi
traicionada madre, denostando al viejo y queriendo borrarlo para siempre
de sus historias, como si ello fuera posible. Nada hay más inútil que
querer huir de los lazos con que la sangre nos ató a los afectos. El odio
solo los hace más fuertes e imposibilita el olvido. Pero mis hermanas y
mi madre disimulaban, en cualquier comentario, el resentimiento que en
noches de soledad y estrechez económica dejaban que les creciera en el
cuerpo. Noches en que infructuosamente querían olvidar la cara de papá. Como
le decía -y perdóneme si soy un poco larguero en el relato- desde ese año
78 se hicieron una rutina mis escapadas a Campiñas para acortar el año y
robarle días a mi estudio de Facultad, tal vez queriendo demorar la
ineludible decisión de abandonarlos. Cada noche en que solitariamente
llegaba la Estación de TTL para tomar el ómnibus, sentía que también
me iba alejando cada vez más de mi familia. No crea que mi viejo me
atrapaba, en realidad, más bien era que los otros me expulsaban, cargándome
el rótulo de traidor como un San Benito imposible de eludir. Llegué a
preguntarme cuáles eran las razones que me mantenían unido a mi ciudad;
que gota de valentía me estaba faltando para, por fin, resolverme a
seguir los pasos con los que mi padre había llegado a su nueva vida. Le
aseguro que nunca encontré la respuesta. No
hace falta que le explique que los viajes a Campiñas en ómnibus eran una
tortura ideada por alguna mente exquisitamente sádica. Treinta y seis
interminables horas de viaje eran necesarias para llegar a San Pablo. Ahí,
cuando uno terminaba todos sus inútiles vericuetos mentales para
apaciguar el mortal aburrimiento, uno se daba cuenta que todavía había
otro ómnibus donde perder dos horas más de la vida. Y esas dos horas
parecían aún más eternas que las anteriores. Solo ayudaban a disminuir
el terrible tedio mis horas de sueño sabiamente guardadas para el viaje y
los libros que podía leer antes que el dolor de cabeza me ganara la
partida. En ese gusano de metal que corría por las arterias de Brasil,
uno sentía que el gusto a tiempo detenido se apolillaba sobre la lengua
sin siquiera un respiro y sólo la compañía de algún buen García Márquez
aturdía un poco el aburrimiento. Perdí la cuenta de las lecturas de
"La increíble y triste historia de la cándida Eréndida y su abuela
desalmada", libro regalado por mi padre, y más perdí la noción de
las veces que el final de "El ahogado más hermoso del mundo"
llenó mi sangre de perfecta emoción, sin siquiera ajarse un poco por las
veces que fue usado para encontrar un sabio atajo donde huir de esa nada
detenida en el espacio que es un viaje. Pero, me imagino, que estos
detalles a usted le deben importar poco y tiene razón, así que voy a ir
al grano. Llegó
aquél último viaje, que nunca tuvo la remota conciencia de que sería el
último. El año 1979 casi a desgano comenzaba a morir. Más empeñado en
esquivar los estudios que en recibirme de buen hijo, avisé sobre las
fiestas de fin de año que despediría la década vieja con mi padre,
respirando la humedad paulista y escuchando de lejos los estruendos de
mentiras de la cohetería brasileña. Puede imaginar la andanada de
incomprensión que del resto de la familia recibí, pero eso no importa
demasiado porque en el relato de ese último trayecto llega el nudo
central de esta historia. Siempre
tuve el inconfesado deseo de conocer en esos viajes a una obligada compañera
de asiento que fuera una hermosa mujer, de esas que saben tallar un
recuerdo que no nos abandonará por el resto de la vida. Pero mis deseos,
en esta materia, habían sido denostados por la realidad. Las compañías
de asiento que me tocaron siempre fueron terribles. Una selección de
viejas, gordos, antipáticos, roncadores, olorosos, insoportablemente simpáticos,
pero siempre terriblemente feos. Le puedo asegurar que ni la más
desenfrenada de las fantasías hubiera podido materializarse con alguno de
ellos. Se podrá decir que alguna aventura -de las que siempre desee y
nunca tuve- pude haber buscado con alguna otra circunstancial compañera
de viaje en el ómnibus y que no tenía que esperar a que se sentara a mi
lado para poder desencadenar mi vocación de tenorio frustrado. Pero esa
ya era más difícil dado que si bien entonces tenía veinticinco años,
mi timidez era de quince. Así que la excusa de tener que vivir una
eternidad de treinta y seis horas juntos daba la puerta posible a violar
mis miedos. Obligarme a decir lo que en mi boca se moría cuando veía
alguna mujer aceptable diez filas más atrás. Todo no pasaba de vanos
deseos, frustraciones que, incluso recordarlas, molestan. Hasta que llegó
aquél viaje cuando dejé molesta a mi familia y, con los restos de
censuras sobre mi conciencia,
decidí pasar el fin de año con el viejo. Se
la voy a hacer lo más corta posible. Le agradezco esta nueva copa, en una
de esas me aclara del todo el relato. La vi por primera vez cuando todavía
no había subido al ómnibus. Fumando el último Nevada para intentar
darle ánimo a mis pulmones, que deberían acostumbrase a los asquerosos
Carlton por unos cuantos días y esperando la orden de abordaje, tuve su
primer imagen dibujada en los ojos. Venía sola,
puso su bolso en la bodega y después subió al ómnibus sin pedir
permiso. Recuerdo (o creo recordar) que perdí el aliento. Traté de
distraer mi pensamiento pero la visión ya perdida dentro del ómnibus me
hacía dudar si era real o si mis deseos me jugaban una mala pasada. Pensé,
sin querer hacerlo -si solo se diera por esta vez- y subí al ómnibus con
el boleto de asiento veinticuatro temblando en la mano. Contra la
ventanilla del veintitrés la hermosa aparición me ignoraba. Apenas
mi voz exhaló un permiso para sentarme a su lado que fue correspondido
por su total ignorancia. Mire, sabrá disculparme, pero soy bastante turro
para las descripciones y seguramente mis elogios serán amarretes con la
realidad. Era morocha, con un pelo fino y lacio que se dormía apenas
apoyado sobre sus hombros, llevaba unos pequeños lentes negros
inadecuados. No era alta pero la proporción exacta de su cuerpo que se
adivinaba bajo sus ropas, emocionaba. Sobre el vaquero celeste, un jersey
beige festejaba la contundencia de su pecho, inusual para una brasileña,
en donde ningún hombre hubiera rehusado dormir una siesta. Si yo la
hubiera diseñado desde mis fantasías no hubiera tenido suficiente
imaginación para crearla tan perfecta. La emoción turbó mi timidez. Las
dudas comenzaron a ganar la noche cuando el TTL arrancó. Tendría varias
horas para cambiar mi rutina perdedora ahora que el destino, ese que la
vida oculta, me había regalado la mejor mujer que pudiera desear.
Demasiada responsabilidad dormida en la oscuridad del pasillo. Como
ya le dije, una de mis recetas
contra el tedio del viaje era acumular cansancio los días anteriores para
poder derrocharlo en las primeras doce a catorce horas de marcha. Pero mi
vecina me había dejado sin razonamiento y hacía del sueño una quimera.
La primer desilusión nació cuando antes que pudiera intentar mis
primeras torpes palabras, se sacó los inútiles lentes de sol (dejando al
descubierto dos ojos hermosamente almendrados), giró su cuerpo sobre la
ventanilla y antes que yo pudiera protestar, una pesada respiración -que
nunca podría confundirse con un ronquido- me llegó. La hermosa vecina
consagraba su indiferencia ante mi frustración en los brazos de morfeo.
Sus sentaderas apenas rozaban el posabrazos que nos separaba. Estudié, en
la oscuridad, aunque fuera su espalda, su celeste vaquero dibujando el
duro contorno de sus nalgas, su pelo, su vida dormida. Intenté oler el
aire que la aprisionaba, traté de robar algún otro secreto de su sueño
pero fue imposible. En la inquietud no pude dormir y tuve ganas de llorar
ante la incertidumbre de mi suerte. Tampoco
bajó en las primeras paradas (una mujer tan perfecta ni siquiera debe
mear, pensé). Su sueño no era pesado. Se vestía de una languidez
distante que hacía desearla más. Ya en territorio brasileño, y siendo
consciente de su total indiferencia, por fin, el sueño me derrotó. Fue
una vigilia nerviosa que navegaba en la fina línea divisoria de la
realidad cuando ésta embarulla los sueños. Por más que lo intentaba, no
lograba desconectarme de aquel viaje al lado de un ser que conseguía
darle a la belleza un nuevo nombre. Los pensamientos se mezclaban con los
sueños desordenando el descanso. Finalmente atravesé el cansancio y
aterricé en un sueño profundo, huérfano de ideas e historias. Las
luces de la Rodoviaria de Pelotas me despertaron sobresaltado. El ómnibus
estaba detenido -parecía que desde hacía bastante tiempo- y vi de
inmediato que el asiento de la desconocida compañera de viaje estaba vacío.
Recuperándome de la tristeza que su irreparable ausencia me producía,
pude ver sobre el asiento un pequeño papel. Lo abrí y leí una frase,
escrita con delicadísima letra femenina, que decía: "Todo fue una lástima.
Hasta nunca: María Cristina." Con los ojos aún chocados de
sorpresa, me abalancé sobre la ventanilla. En el preciso instante que el
ómnibus comenzaba a moverse, pude ver la espalda perfecta y el vaquero
deseado, alejándose con su bolso. El último detalle que vi fue su nuca
en donde el viento hacia flamear su pelo, como ignorando ya
definitivamente mi timidez. De
pronto volví a despertar. El ómnibus se seguía moviendo. Miré a mi
lado y vi que todavía mi compañera de asiento seguía dormida. Entendí
que yo había soñado que ella se bajaba en Pelotas pero seguía a mi
lado. El sentimiento de alivio me llenó las venas. Ella se despertó y
apenas se desperezó. Tenía un milagro de delicadeza en su despertar. No
existía ningún mal aliento inoportuno, ninguna imperfección en su cara
que se reincorporaba al mundo. Al despertar, lograba la hazaña de seguir
siendo ella, lo que no es poco. En realidad el ómnibus recién estaba
entrando en los suburbios de Porto Alegre. Pelotas ya era historia y yo ni
me había enterado. Comprendí que era mi última oportunidad de hablarle
e intenté armar un portuñol entendible, presentándome. Sin embargo ella
puso su dedo sobre mi boca mandándome callar, justo en el momento que el
ómnibus se detenía en la Rodoviaria y con un perfecto español dijo:
"fue una lástima que desperdiciaras la noche. Hasta nunca".
Cuando se paró, solo atiné a gritarle su nombre, que conocía de un sueño:
María Cristina. Se dio vuelta y dijo: "me llamo Aparecida".
Fueron sus últimas palabras junto a la visión de su nuca que me volvió
a inundar los ojos, despidiéndose para siempre de mi vida. Otra
vez di un salto en el ómnibus. Estaba totalmente oscuro y entendí que yo
seguía enredado en sueños, sin poder alcanzar del todo la realidad. Una
puerta de la historia se cerraba y yo caía en otra, tan sueño como la
primera. Habíamos pasado Pelotas pero todavía faltaba para llegar a
Porto Alegre. María Cristina (o Aparecida) estaba fumando en la
oscuridad, totalmente despierta e ignorando mi agitación. Le pedí un
cigarrillo (como torpe forma de presentarnos) y tuve miedo que la
transpiración que había regado mis fantasías nocturnas estuviera
largando algún olor desagradable. Ella, indiferente, me convidó con un
asqueroso Hollywood. Como pude le expliqué que había tenido una
pesadilla, pero ella apenas me dio bolilla. Enseguida entendí que no
hablaba una palabra de español, así que como pudimos nos comunicamos. Le
pregunté de donde era y me dijo que de Novo Hamburgo, colonia alemana
cercana a Porto Alegre. Como los dos habíamos desechado la posibilidad de
seguir durmiendo, dejamos que los cigarros aromatizaran nuestra charla; le
conté en pocos minutos mi vida y el porqué de mi viaje. Ella, en lo que
le pude entender, había ido a visitar a una tía en Buenos Aires y volvía
desde Montevideo a su ciudad natal. En Porto Alegre se quedaría una noche
en casa de una amiga y luego se juntaría con su novio, con el que volvería
a Novo Hamburgo donde, en un mes, se casaría. No fue fácil aceptar ese
duro trago de realidad que acuchillaba toda fantasía. Sin embargo, por el
rumbo de presagios que mi suerte buscaba, había alguna pista de risa fácil
para seguir matando lo que quedaba de madrugada
Mentí que pensaba quedarme a pasar el fin de semana en Porto
Alegre y ella solo sonrió. Luego me di cuenta que no sabía su nombre
verdadero y solo recordaba, a tientas, el de los sueños. Se lo pregunté:
Marcia. Usted
no tiene pinta de romántico ni yo tengo oficio de contador de historias
así que, por su bien y mis limitaciones, le ahorraré los detalles.
Desconociendo mi timidez, decidí jugarme a la suerte y por un rato olvidé
a mi padre. Bajé mi equipaje en Porto Alegre y antes de la despedida
medio le pedí y medio le imploré que me diera su número de teléfono.
El resto solo se lo cuento por la euforia que me dan estas copas que
comparto con usted.
Bastará con decirle, para no entrar en detalles escabrosos, que
esa noche hicimos el amor de una forma que yo no conocía y que los picos
de gozo a los que llegamos hasta opacan, en el recuerdo, su hermosura. Ahora,
¿se da cuenta de lo que le digo?; ¿entiende por qué yo creo en el
destino? Pero sí, amigo, créalo. Ese fin de semana que pasé con Marcia,
esa noche de amor que nunca podré olvidar en la vida junto a la más
hermosa mujer que yo haya conocido, solo pudo darse porque el destino lo
quiso. ¿Ud. piensa que si no hubiera sido por esas sinopsis de futuro que
aparecieron en los sueños, yo me hubiera resistido a aceptar la derrota
de la formidable forma en que lo hice? El destino, conociéndome y
sabiendo que yo no sería capaz de dar los pasos para cumplir con mi
futuro ya asignado, con toda la crueldad que pudo me mostró cómo sería
mi vida sin intentar ganar a esa mujer. Yo, en una sola madrugada, viví
tres vidas. En las primeras dos dejé escapar a María Cristina y a
Aparecida infamemente. En la tercera me gané a Marcia solo porque estaba
escrito. Claro que eso no explica porqué las dos primeras brasileras
hablaran solo español y Marcia no pronunciaba una palabra de nuestro
idioma. Puede ser que solo haya soñado el idioma en que hablamos y el
resto hayan sido excusas del tiempo para permitirme llegar a Marcia. Veo
que sigue sin creerme, bueno, está bien, no me voy a poner pesado. Al
final de cuentas usted tampoco conoce los otros ladrillos con los que
construí mi vida desde el 79 para acá, ni creo que le importen. No, ya
le dije que nunca más volví a Montevideo, por eso su presencia no deja
de emocionarme. Mi padre, víctima de sus excesos o tal vez de su
felicidad, murió al poco tiempo de un infarto. Siempre me gustó pensar
que su corazón no estaba preparado para amar tanto. Con el resto de mi
familia, como con mi país, he cortado vínculos. Debo confesarle que lo
segundo me duele más que lo primero. ¿Marcia?
Ah, claro. No se lo dije. Pasó algo parecido a lo que ya le expliqué.
Aquella noche de amor imposible e irrepetible rompió también con las
reglas de su destino. La historia perfecta hubiera sido despedirnos
a la mañana siguiente y que ella siguiera para Novo Hamburgo dejando un
recuerdo insuperable, perfeccionado y agigantado en cada minuto que pasara
sin volverla a ver. Pero no fue así. Marcia
ya en la mañana siguiente me comunicó que iba a llamar a su novio para
decirle que había encontrado al hombre de su vida -modestamente- y que
rompía su compromiso para construir un posible futuro con un uruguayo
desconocido. Como en un sueño acepté mi increíble suerte. Al poco
tiempo nos mudamos para aquí, para Joinville, en donde construimos una
familia con cuatro hijos y una vida tranquila, sin sobresaltos en esta
ciudad. Mire,
amigo, es cierto que fue una casualidad del destino que usted viniera a
este bar en esta mañana. Pero no es casualidad que yo haya entrado. En
realidad vengo todos los días a esta hora, para poder acortar el día. ¿Ve
aquella panadería que hay cruzando la calle? Es nuestra, nos ha servido
para sobrevivir todos estos años. Marcia, con una laboriosidad de
hormiga, ha sido el alma de la misma. Es un trabajo duro y no demasiado
emocionante, pero a ella parece no importarle sabiendo que el futuro de
nuestra familia está en sus manos y asume la responsabilidad. Yo, en
cambio, soy más indulgente y desde hace tiempo vengo a olvidarme un poco
de mi vida con estas copas que, por suerte, hoy he compartido Si
usted, cuando se va, pasa por la vidriera del local y mira para adentro,
la podrá ver. Es una mujer que apenas pasó los cuarenta pero que parece
ya castigada por unos crueles cincuenta. Y no es de ahora, al poco tiempo
de estar juntos me di cuenta que ella era de las que se entrega a los años
sin luchar y, lo que es más grave, la decadencia no le preocupa
demasiado. Con sus hijos es una madraza pero yo siempre me sentí como un
complemento, necesario pero no querido, que necesitó para tenerlos. Tal
vez por eso me he autocastigado borrando mi otra vida. Esta fue la que
elegí y en ella merezco vivir. Con una mujer que no llega a ser ni una
mala caricatura de lo que fue y conmigo, que ni siquiera sé bien lo que
soy. Todo
sería soportable si no fuera por los sueños que desde hace un buen
tiempo me atormentan. ¿Sabe que han vuelto Aparecida y María Cristina?
Todas las noches a la madrugada me despierto agitado, reiterando el
momento que las veo alejarse de mí en aquel ómnibus, como hace más de
veinte años. Y todas esas madrugadas me despierto sin aire, con un
infarto en puerta, agitado ante la posibilidad de que todo haya sido otro
sueño. Usted no puede imaginarse la desilusión que experimento cuando me
doy cuenta de que, en lugar del áspero asiento del TTL, bajo mi nuca
sigue estando la almohada blanda de mi cama y a mi costado los ronquidos
de aquella que alguna vez fue la más linda mujer que yo conociera. En el fondo soy un optimista ¿no? Todavía creo que mi destino era otro o que me equivoqué de puerta. Tal vez, perdido por la hermosura de Marcia, le erré al sueño que tendría que haber elegido. Por eso en el fondo, deseo tener esas agitadas madrugadas, son la única emoción de mi vida. Y no puedo ocultarle que aún espero encontrar una noche en que no vengan los sueños y que en su lugar aparezca la luz de mi destino que tardíamente me viene a buscar y me lleva a lo que realmente debió ser mi vida, mientras mis ojos sin poder creer tanta felicidad, ven alejarse las nucas de Aparecida y de María Cristina las que, sobre sus espaldas, se llevan para siempre a Marcia, la hermosa. La mujer que me arruinó la vida. |
Luis Fernando Iglesias
Publicado en el mensuario A Tiempo (El País)
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