Los viajes del destino
Luis Fernando Iglesias

Mire amigo, no sé por qué le cuento esto. Debe ser que usted me cayó simpático o que ha tenido la deferencia de invitarme a tomar algo. ¿Quién puede saberlo? Al final de cuentas eso no importa demasiado. Eso sí, le aseguro que hacía tiempo que no hablaba así, tan largo y distendido con alguien. Como si en realidad nos conociéramos de antes, o de algún antes en otra vida. Sí, ya sé, usted tiene pinta de ser el típico escéptico al que este tipo de charla barata, de buscar significados ocultos, de presentir deja vu por todos lados, le erizan el aburrimiento. Téngame paciencia. En todo caso no deja de ser algo raro que nosotros -dos perfectos desconocidos- estemos charlando hace casi una hora. ¿Usted realmente piensa que fue la casualidad la que permitió encontrarnos en este bar y que los dos vengamos del mismo sitio? ¿No habrá sido otro camino creado por algún destino caprichoso? No se sonría, al menos tómeme en serio. Mire que de esto, algo creo saber. Fíjese que si yo no hubiera entrado a este bar no lo hubiera visto y, por lo tanto, no hubiera notado su acento extranjero al hablar, acento que reconocí de mi pasado y que, sin la valentía que da el saberse del mismo sitio, no me hubiera acercado a hablar con usted. ¿Ve que todo es una cadena trazada para que yo lo aburra con mi relato? Acéptelo, está escrito que no se puede escapar. Al menos, quédese tranquilo, la próxima vuelta va por cuenta mía y sepa que va a tener el privilegio de ser el primero en escuchar esta historia. ¿Por qué? Porque usted reúne las dos mejores condiciones que un par de oídos pueden juntar: pertenecer a un perfecto extraño al que, después que mi cuento termine, nunca lo volveré a ver.

Pero vayamos al grano. Mire, si tengo que buscar un punto de arranque de todo lo que le voy a contar, tal vez tuviera que retrotraerme a la separación de mis padres. Corría el año 1978 cuando mi viejo resolvió que todavía le quedaban años por vivir aprisionado a sexos más jóvenes que el de mi madre, y resolvió poner fin a un matrimonio que realmente había muerto mucho tiempo atrás. Para hacer más irrevocable su separación decidió también empezar una nueva vida en el trabajo y se fue a vivir a Brasil. Tuvo la suerte de que una oferta para trabajar en la ciudad de Campiñas todavía siguiera vigente y a la espera de su decisión de cortar, no solo con su matrimonio, sino con su vida. No puedo decir que su decisión, con más de cincuenta años en el lomo, tuviera el tinte heroico de los pioneros. Más bien tuvo el sabor menos épico que le daba la certeza de que convivir en la misma ciudad con su historia, sería imposible.

Desde entonces el pequeño apéndice que lo unía con Montevideo era yo. No dejaba de ser lógico. Mis tres hermanas hicieron causa común con mi traicionada madre, denostando al viejo y queriendo borrarlo para siempre de sus historias, como si ello fuera posible. Nada hay más inútil que querer huir de los lazos con que la sangre nos ató a los afectos. El odio solo los hace más fuertes e imposibilita el olvido. Pero mis hermanas y mi madre disimulaban, en cualquier comentario, el resentimiento que en noches de soledad y estrechez económica dejaban que les creciera en el cuerpo. Noches en que infructuosamente querían olvidar la cara de papá.

Como le decía -y perdóneme si soy un poco larguero en el relato- desde ese año 78 se hicieron una rutina mis escapadas a Campiñas para acortar el año y robarle días a mi estudio de Facultad, tal vez queriendo demorar la ineludible decisión de abandonarlos. Cada noche en que solitariamente llegaba la Estación de TTL para tomar el ómnibus, sentía que también me iba alejando cada vez más de mi familia. No crea que mi viejo me atrapaba, en realidad, más bien era que los otros me expulsaban, cargándome el rótulo de traidor como un San Benito imposible de eludir. Llegué a preguntarme cuáles eran las razones que me mantenían unido a mi ciudad; que gota de valentía me estaba faltando para, por fin, resolverme a seguir los pasos con los que mi padre había llegado a su nueva vida. Le aseguro que nunca encontré la respuesta.

No hace falta que le explique que los viajes a Campiñas en ómnibus eran una tortura ideada por alguna mente exquisitamente sádica. Treinta y seis interminables horas de viaje eran necesarias para llegar a San Pablo. Ahí, cuando uno terminaba todos sus inútiles vericuetos mentales para apaciguar el mortal aburrimiento, uno se daba cuenta que todavía había otro ómnibus donde perder dos horas más de la vida. Y esas dos horas parecían aún más eternas que las anteriores. Solo ayudaban a disminuir el terrible tedio mis horas de sueño sabiamente guardadas para el viaje y los libros que podía leer antes que el dolor de cabeza me ganara la partida. En ese gusano de metal que corría por las arterias de Brasil, uno sentía que el gusto a tiempo detenido se apolillaba sobre la lengua sin siquiera un respiro y sólo la compañía de algún buen García Márquez aturdía un poco el aburrimiento. Perdí la cuenta de las lecturas de "La increíble y triste historia de la cándida Eréndida y su abuela desalmada", libro regalado por mi padre, y más perdí la noción de las veces que el final de "El ahogado más hermoso del mundo" llenó mi sangre de perfecta emoción, sin siquiera ajarse un poco por las veces que fue usado para encontrar un sabio atajo donde huir de esa nada detenida en el espacio que es un viaje. Pero, me imagino, que estos detalles a usted le deben importar poco y tiene razón, así que voy a ir al grano.

Llegó aquél último viaje, que nunca tuvo la remota conciencia de que sería el último. El año 1979 casi a desgano comenzaba a morir. Más empeñado en esquivar los estudios que en recibirme de buen hijo, avisé sobre las fiestas de fin de año que despediría la década vieja con mi padre, respirando la humedad paulista y escuchando de lejos los estruendos de mentiras de la cohetería brasileña. Puede imaginar la andanada de incomprensión que del resto de la familia recibí, pero eso no importa demasiado porque en el relato de ese último trayecto llega el nudo central de esta historia.

Siempre tuve el inconfesado deseo de conocer en esos viajes a una obligada compañera de asiento que fuera una hermosa mujer, de esas que saben tallar un recuerdo que no nos abandonará por el resto de la vida. Pero mis deseos, en esta materia, habían sido denostados por la realidad. Las compañías de asiento que me tocaron siempre fueron terribles. Una selección de viejas, gordos, antipáticos, roncadores, olorosos, insoportablemente simpáticos, pero siempre terriblemente feos. Le puedo asegurar que ni la más desenfrenada de las fantasías hubiera podido materializarse con alguno de ellos. Se podrá decir que alguna aventura -de las que siempre desee y nunca tuve- pude haber buscado con alguna otra circunstancial compañera de viaje en el ómnibus y que no tenía que esperar a que se sentara a mi lado para poder desencadenar mi vocación de tenorio frustrado. Pero esa ya era más difícil dado que si bien entonces tenía veinticinco años, mi timidez era de quince. Así que la excusa de tener que vivir una eternidad de treinta y seis horas juntos daba la puerta posible a violar mis miedos. Obligarme a decir lo que en mi boca se moría cuando veía alguna mujer aceptable diez filas más atrás. Todo no pasaba de vanos deseos, frustraciones que, incluso recordarlas, molestan. Hasta que llegó aquél viaje cuando dejé molesta a mi familia y, con los restos de censuras sobre mi conciencia, decidí pasar el fin de año con el viejo.

Se la voy a hacer lo más corta posible. Le agradezco esta nueva copa, en una de esas me aclara del todo el relato. La vi por primera vez cuando todavía no había subido al ómnibus. Fumando el último Nevada para intentar darle ánimo a mis pulmones, que deberían acostumbrase a los asquerosos Carlton por unos cuantos días y esperando la orden de abordaje, tuve su primer imagen dibujada en los ojos. Venía sola,  puso su bolso en la bodega y después subió al ómnibus sin pedir permiso. Recuerdo (o creo recordar) que perdí el aliento. Traté de distraer mi pensamiento pero la visión ya perdida dentro del ómnibus me hacía dudar si era real o si mis deseos me jugaban una mala pasada. Pensé, sin querer hacerlo -si solo se diera por esta vez- y subí al ómnibus con el boleto de asiento veinticuatro temblando en la mano. Contra la ventanilla del veintitrés la hermosa aparición me ignoraba.

Apenas mi voz exhaló un permiso para sentarme a su lado que fue correspondido por su total ignorancia. Mire, sabrá disculparme, pero soy bastante turro para las descripciones y seguramente mis elogios serán amarretes con la realidad. Era morocha, con un pelo fino y lacio que se dormía apenas apoyado sobre sus hombros, llevaba unos pequeños lentes negros inadecuados. No era alta pero la proporción exacta de su cuerpo que se adivinaba bajo sus ropas, emocionaba. Sobre el vaquero celeste, un jersey beige festejaba la contundencia de su pecho, inusual para una brasileña, en donde ningún hombre hubiera rehusado dormir una siesta. Si yo la hubiera diseñado desde mis fantasías no hubiera tenido suficiente imaginación para crearla tan perfecta. La emoción turbó mi timidez. Las dudas comenzaron a ganar la noche cuando el TTL arrancó. Tendría varias horas para cambiar mi rutina perdedora ahora que el destino, ese que la vida oculta, me había regalado la mejor mujer que pudiera desear. Demasiada responsabilidad dormida en la oscuridad del pasillo.

Como ya le dije, una de mis recetas contra el tedio del viaje era acumular cansancio los días anteriores para poder derrocharlo en las primeras doce a catorce horas de marcha. Pero mi vecina me había dejado sin razonamiento y hacía del sueño una quimera. La primer desilusión nació cuando antes que pudiera intentar mis primeras torpes palabras, se sacó los inútiles lentes de sol (dejando al descubierto dos ojos hermosamente almendrados), giró su cuerpo sobre la ventanilla y antes que yo pudiera protestar, una pesada respiración -que nunca podría confundirse con un ronquido- me llegó. La hermosa vecina consagraba su indiferencia ante mi frustración en los brazos de morfeo. Sus sentaderas apenas rozaban el posabrazos que nos separaba. Estudié, en la oscuridad, aunque fuera su espalda, su celeste vaquero dibujando el duro contorno de sus nalgas, su pelo, su vida dormida. Intenté oler el aire que la aprisionaba, traté de robar algún otro secreto de su sueño pero fue imposible. En la inquietud no pude dormir y tuve ganas de llorar ante la incertidumbre de mi suerte.

Tampoco bajó en las primeras paradas (una mujer tan perfecta ni siquiera debe mear, pensé). Su sueño no era pesado. Se vestía de una languidez distante que hacía desearla más. Ya en territorio brasileño, y siendo consciente de su total indiferencia, por fin, el sueño me derrotó. Fue una vigilia nerviosa que navegaba en la fina línea divisoria de la realidad cuando ésta embarulla los sueños. Por más que lo intentaba, no lograba desconectarme de aquel viaje al lado de un ser que conseguía darle a la belleza un nuevo nombre. Los pensamientos se mezclaban con los sueños desordenando el descanso. Finalmente atravesé el cansancio y aterricé en un sueño profundo, huérfano de ideas e historias.

Las luces de la Rodoviaria de Pelotas me despertaron sobresaltado. El ómnibus estaba detenido -parecía que desde hacía bastante tiempo- y vi de inmediato que el asiento de la desconocida compañera de viaje estaba vacío. Recuperándome de la tristeza que su irreparable ausencia me producía, pude ver sobre el asiento un pequeño papel. Lo abrí y leí una frase, escrita con delicadísima letra femenina, que decía: "Todo fue una lástima. Hasta nunca: María Cristina." Con los ojos aún chocados de sorpresa, me abalancé sobre la ventanilla. En el preciso instante que el ómnibus comenzaba a moverse, pude ver la espalda perfecta y el vaquero deseado, alejándose con su bolso. El último detalle que vi fue su nuca en donde el viento hacia flamear su pelo, como ignorando ya definitivamente mi timidez.

De pronto volví a despertar. El ómnibus se seguía moviendo. Miré a mi lado y vi que todavía mi compañera de asiento seguía dormida. Entendí que yo había soñado que ella se bajaba en Pelotas pero seguía a mi lado. El sentimiento de alivio me llenó las venas. Ella se despertó y apenas se desperezó. Tenía un milagro de delicadeza en su despertar. No existía ningún mal aliento inoportuno, ninguna imperfección en su cara que se reincorporaba al mundo. Al despertar, lograba la hazaña de seguir siendo ella, lo que no es poco. En realidad el ómnibus recién estaba entrando en los suburbios de Porto Alegre. Pelotas ya era historia y yo ni me había enterado. Comprendí que era mi última oportunidad de hablarle e intenté armar un portuñol entendible, presentándome. Sin embargo ella puso su dedo sobre mi boca mandándome callar, justo en el momento que el ómnibus se detenía en la Rodoviaria y con un perfecto español dijo: "fue una lástima que desperdiciaras la noche. Hasta nunca". Cuando se paró, solo atiné a gritarle su nombre, que conocía de un sueño: María Cristina. Se dio vuelta y dijo: "me llamo Aparecida". Fueron sus últimas palabras junto a la visión de su nuca que me volvió a inundar los ojos, despidiéndose para siempre de mi vida.

Otra vez di un salto en el ómnibus. Estaba totalmente oscuro y entendí que yo seguía enredado en sueños, sin poder alcanzar del todo la realidad. Una puerta de la historia se cerraba y yo caía en otra, tan sueño como la primera. Habíamos pasado Pelotas pero todavía faltaba para llegar a Porto Alegre. María Cristina (o Aparecida) estaba fumando en la oscuridad, totalmente despierta e ignorando mi agitación. Le pedí un cigarrillo (como torpe forma de presentarnos) y tuve miedo que la transpiración que había regado mis fantasías nocturnas estuviera largando algún olor desagradable. Ella, indiferente, me convidó con un asqueroso Hollywood. Como pude le expliqué que había tenido una pesadilla, pero ella apenas me dio bolilla. Enseguida entendí que no hablaba una palabra de español, así que como pudimos nos comunicamos.

Le pregunté de donde era y me dijo que de Novo Hamburgo, colonia alemana cercana a Porto Alegre. Como los dos habíamos desechado la posibilidad de seguir durmiendo, dejamos que los cigarros aromatizaran nuestra charla; le conté en pocos minutos mi vida y el porqué de mi viaje. Ella, en lo que le pude entender, había ido a visitar a una tía en Buenos Aires y volvía desde Montevideo a su ciudad natal. En Porto Alegre se quedaría una noche en casa de una amiga y luego se juntaría con su novio, con el que volvería a Novo Hamburgo donde, en un mes, se casaría. No fue fácil aceptar ese duro trago de realidad que acuchillaba toda fantasía. Sin embargo, por el rumbo de presagios que mi suerte buscaba, había alguna pista de risa fácil para seguir matando lo que quedaba de madrugada  Mentí que pensaba quedarme a pasar el fin de semana en Porto Alegre y ella solo sonrió. Luego me di cuenta que no sabía su nombre verdadero y solo recordaba, a tientas, el de los sueños. Se lo pregunté: Marcia.

Usted no tiene pinta de romántico ni yo tengo oficio de contador de historias así que, por su bien y mis limitaciones, le ahorraré los detalles. Desconociendo mi timidez, decidí jugarme a la suerte y por un rato olvidé a mi padre. Bajé mi equipaje en Porto Alegre y antes de la despedida medio le pedí y medio le imploré que me diera su número de teléfono. El resto solo se lo cuento por la euforia que me dan estas copas que comparto con usted.  Bastará con decirle, para no entrar en detalles escabrosos, que esa noche hicimos el amor de una forma que yo no conocía y que los picos de gozo a los que llegamos hasta opacan, en el recuerdo, su hermosura.

Ahora, ¿se da cuenta de lo que le digo?; ¿entiende por qué yo creo en el destino? Pero sí, amigo, créalo. Ese fin de semana que pasé con Marcia, esa noche de amor que nunca podré olvidar en la vida junto a la más hermosa mujer que yo haya conocido, solo pudo darse porque el destino lo quiso. ¿Ud. piensa que si no hubiera sido por esas sinopsis de futuro que aparecieron en los sueños, yo me hubiera resistido a aceptar la derrota de la formidable forma en que lo hice? El destino, conociéndome y sabiendo que yo no sería capaz de dar los pasos para cumplir con mi futuro ya asignado, con toda la crueldad que pudo me mostró cómo sería mi vida sin intentar ganar a esa mujer. Yo, en una sola madrugada, viví tres vidas. En las primeras dos dejé escapar a María Cristina y a Aparecida infamemente. En la tercera me gané a Marcia solo porque estaba escrito. Claro que eso no explica porqué las dos primeras brasileras hablaran solo español y Marcia no pronunciaba una palabra de nuestro idioma. Puede ser que solo haya soñado el idioma en que hablamos y el resto hayan sido excusas del tiempo para permitirme llegar a Marcia.

Veo que sigue sin creerme, bueno, está bien, no me voy a poner pesado. Al final de cuentas usted tampoco conoce los otros ladrillos con los que construí mi vida desde el 79 para acá, ni creo que le importen. No, ya le dije que nunca más volví a Montevideo, por eso su presencia no deja de emocionarme. Mi padre, víctima de sus excesos o tal vez de su felicidad, murió al poco tiempo de un infarto. Siempre me gustó pensar que su corazón no estaba preparado para amar tanto. Con el resto de mi familia, como con mi país, he cortado vínculos. Debo confesarle que lo segundo me duele más que lo primero.

¿Marcia? Ah, claro. No se lo dije. Pasó algo parecido a lo que ya le expliqué. Aquella noche de amor imposible e irrepetible rompió también con las reglas de su destino. La historia perfecta hubiera sido despedirnos a la mañana siguiente y que ella siguiera para Novo Hamburgo dejando un recuerdo insuperable, perfeccionado y agigantado en cada minuto que pasara sin volverla a ver. Pero no fue así.

Marcia ya en la mañana siguiente me comunicó que iba a llamar a su novio para decirle que había encontrado al hombre de su vida -modestamente- y que rompía su compromiso para construir un posible futuro con un uruguayo desconocido. Como en un sueño acepté mi increíble suerte. Al poco tiempo nos mudamos para aquí, para Joinville, en donde construimos una familia con cuatro hijos y una vida tranquila, sin sobresaltos en esta ciudad.

Mire, amigo, es cierto que fue una casualidad del destino que usted viniera a este bar en esta mañana. Pero no es casualidad que yo haya entrado. En realidad vengo todos los días a esta hora, para poder acortar el día. ¿Ve aquella panadería que hay cruzando la calle? Es nuestra, nos ha servido para sobrevivir todos estos años. Marcia, con una laboriosidad de hormiga, ha sido el alma de la misma. Es un trabajo duro y no demasiado emocionante, pero a ella parece no importarle sabiendo que el futuro de nuestra familia está en sus manos y asume la responsabilidad. Yo, en cambio, soy más indulgente y desde hace tiempo vengo a olvidarme un poco de mi vida con estas copas que, por suerte, hoy he compartido

Si usted, cuando se va, pasa por la vidriera del local y mira para adentro, la podrá ver. Es una mujer que apenas pasó los cuarenta pero que parece ya castigada por unos crueles cincuenta. Y no es de ahora, al poco tiempo de estar juntos me di cuenta que ella era de las que se entrega a los años sin luchar y, lo que es más grave, la decadencia no le preocupa demasiado. Con sus hijos es una madraza pero yo siempre me sentí como un complemento, necesario pero no querido, que necesitó para tenerlos. Tal vez por eso me he autocastigado borrando mi otra vida. Esta fue la que elegí y en ella merezco vivir. Con una mujer que no llega a ser ni una mala caricatura de lo que fue y conmigo, que ni siquiera sé bien lo que soy.

Todo sería soportable si no fuera por los sueños que desde hace un buen tiempo me atormentan. ¿Sabe que han vuelto Aparecida y María Cristina? Todas las noches a la madrugada me despierto agitado, reiterando el momento que las veo alejarse de mí en aquel ómnibus, como hace más de veinte años. Y todas esas madrugadas me despierto sin aire, con un infarto en puerta, agitado ante la posibilidad de que todo haya sido otro sueño. Usted no puede imaginarse la desilusión que experimento cuando me doy cuenta de que, en lugar del áspero asiento del TTL, bajo mi nuca sigue estando la almohada blanda de mi cama y a mi costado los ronquidos de aquella que alguna vez fue la más linda mujer que yo conociera.

En el fondo soy un optimista ¿no? Todavía creo que mi destino era otro o que me equivoqué de puerta. Tal vez, perdido por la hermosura de Marcia, le erré al sueño que tendría que haber elegido. Por eso en el fondo, deseo tener esas agitadas madrugadas, son la única emoción de mi vida. Y no puedo ocultarle que aún espero encontrar una noche en que no vengan los sueños y que en su lugar aparezca la luz de mi destino que tardíamente me viene a buscar y me lleva a lo que realmente debió ser mi vida, mientras mis ojos sin poder creer tanta felicidad, ven alejarse las nucas de Aparecida y de María Cristina las que, sobre sus espaldas, se llevan para siempre a Marcia, la hermosa. La mujer que me arruinó la vida.

Luis Fernando Iglesias
Publicado en el mensuario A Tiempo (El País)

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