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En perfecto estado |
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En
la tarde del domingo el mensaje se le apareció de pronto entre los
clasificados, como si lo estuviera buscando: "Impresionante
colección de vinilos. Pop, rock y blues de fines de los sesenta, setenta
y principios de los ochenta. Impecable
estado. Pink Floyd, Jethro Tull, Keef
Hartley Band, Humble Pie, Tangerine Dream, Donovan, Simon y Garfunkel, Cat
Stevens, etc. Vendo
lote completo. Llamar al ...... para concertar entrevista." Llamó.
Habló unos minutos -el interlocutor no aceptó preguntas- y se pactó el
encuentro para la tarde del lunes. A eso de las dos y media llegó al
lugar de la cita. La casa era antigua, enorme. La puerta, que parecía espiarlo, mezclaba el vidrio con
arabescos de metal y un señorío de otra época. Unos pasos más allá,
otra puerta cancel con visillos protegía la intimidad. Deseó que lo
atendieran cuanto antes porque el lunes estaba frío. En la mano tenía el
recorte del aviso y lo miró buscando el entusiasmo que lo había hecho
desplazarse hasta el Prado, hasta la calle Buschental.
Una figura alta, algo desgarbada, apareció
en el umbral. Su
altura era inusual, pero había algo en los rasgos, en su forma de vestir,
que le daba armonía. Las canas hacían difícil calcular la edad. Podía
ir de los cuarenta y pocos a los cincuenta con su apariencia de viejo hippie.
El pelo largo, recogido en una cola de caballo, le caía como un surco
entre los omóplatos. La barba parecía querer escapársele de la cara.
Entraron. Lo invitó a sentarse en una de las cinco sillas que había en
la sala de una casa con pocos muebles para su tamaño. Enfrentados a las
sillas, una bandeja, un viejo amplificador y dos parlantes destartalados.
En una de las paredes divisó un modular al que le faltaba una puerta. Ahí
estaban los discos, mal escondidos. Revistas, libros y papeles se
amontonaban en los rincones. -Disculpá
el desorden-dijo el hombre alto. El
interesado trataba de disimular su ansiedad, pero le costaba desprender
sus ojos de esa puerta faltante, de los bordes de los discos. En vano
estiraba la mirada para reconocer algún color, alguna tapa. El hombre
alto prendió un cigarrillo y volvió a hablar. -Ahí
está la colección completa. Son unos quinientos discos, la mayoría
comprados en Europa o Estados Unidos. Los nacionales van de regalo. -¿Todos
en buen estado? El
hombre alto sonrió, se levantó de su silla y abrió las otras puertas
del modular. Los discos parecían pedir que alguna mano los arrancara del
silencio. Al menos esa fue la impresión que le causó la multitud de
sobres de cartón ordenados y apretados. Sacó el primero de ellos: Abba-Gold;
el hippie lo miró desde la segunda sonrisa y preguntó. -¿Querés
empezar por este? Tenés una media hora, a las tres viene otro interesado. -¿Están
en orden alfabético? -Por
supuesto. Se
acercó al modular. Se agachó y los recorrió con dedos nerviosos. Al
azar salieron Eve, de Alan
Parsons Proyect y A horse with no
name, de America. Cuando iba a llegar a la letra B el grandote le ganó
de mano. Casi del otro extremo del mueble sacó uno que parecía recién
comprado. Todavía conservaba el nylon protector,
apenas habían cortado el borde para poder sacar el disco. La cara en
blanco y negro de Cat Stevens le llegaba desde la tapa de Foreigner. Sin
preguntar, el hombre alto tomó el disco y lo puso en el plato. La voz
casi a capella le llegó con
los primeros versos de la Suite del extranjero. El
interesado se sintió un poco mareado. Algo le fue desalojando los
pensamientos y se sintió ocupado por una sensación vieja. En la penumbra
de la casa, le pareció verse bailando en A Baiuca cerca de las cinco de la mañana, cuando el disc jockey
cansado de estar detrás de las bandejas ponía esa canción de más de
veinte minutos para, él también, salir a levantar alguna mina. El sonido
era límpido sin ningún rastro de púa. Trató de disimular la emoción. -Todos
están así, perfectos. Con mi hermano era religioso el cuidado de los
discos. Nunca los prestamos. A lo sumo hacíamos copias en casete pero los
discos siempre dormían en casa. -Pero
a este ni siquiera le sacaron la envoltura
para ver las fotos interiores. El
hombre alto sacó una pequeña navaja de un bolsillo de su jean. Tomó el
sobre y sin avisar, cortó el nylon con sumo cuidado. Abrió por primera
vez las dos tapas. Parecía que lo estuviera, dulcemente, desvirgando.
Como en una ceremonia, acercó su nariz hasta el vértice del cartón.
Aspiró con fuerza. Después tiró la cabeza para atrás con los ojos en
blanco, como si se hubiera drogado. Luego le alcanzó el sobre del disco
al interesado invitándolo a que hiciera lo mismo. Este lo imitó. Un
inconfundible perfume a disco importado le llenó los pulmones. El suave
mareo volvió a su cabeza. Desde esa nebulosa escuchó la voz del
grandote. -¿Ves?
Los dejábamos cerrados a propósito para que guardaran lo más posible
ese aroma a disco yanqui que no se parece a nada. O mejor dicho, que se
parece tanto a la felicidad. Abríamos uno, cada tanto, para darnos ese
pequeño placer. Te cuento que una vez mi ex esposa compró un perfume, Quarz,
que fue lo más cercano a este olor que yo encontré en mi vida. Hasta que
me largó, nunca la dejé usar otro. Pero, bueno, capaz que no lo entendés. -Por
supuesto que lo entiendo. Algunos de estos discos me pueden interesar. -El
lote se vende entero y el precio es 350 dólares. Escuchó
con curiosidad la tajante respuesta. Quinientos discos le parecían una
enormidad. Aunque el aviso así lo anunciaba, no imaginó que el vendedor
fuera tan intransigente. La Suite
del extranjero llegó a una parte instrumental. Reconoció la cortina
musical usada por Radiomundo. Le
pareció, sobre la música, escuchar la voz del locutor diciendo: "La
vida sin música, sería un error". La distracción fue aprovechada
por el grandote que, nuevamente en cuclillas, buscaba otro disco. Apareció
Thick as a brick, de Jethro Tull.
El
visitante se sintió impresionado. Lo puso sobre el piso y lo abrió. Era
la reproducción de un falso diario con varias páginas. -
Esta fue la primera edición. La compramos con mi hermano en un viaje a
Nueva York en el año 1972, en Manny's. Esa mañana compramos también un
disco de Malo, otro de T. Rex y Little
big band, de la Keef Hartley Band. Pero Thick
as a brick, definitivamente, es la figurita sellada de la colección.
Nunca más pudieron reproducir esta tapa, era demasiado cara. Este disco,
solo, vale lo que te pido por todo el lote. Entenderás que es mi última
oferta. El
interesado, con cierta sorna, preguntó. -¿Te
acordás dónde compraste cada disco? -Por
supuesto. Es más, hasta me acuerdo de las primeras veces que los escuché
y lo que sentí. Tengo buena memoria. En una época de compras algo
desaforadas, a la hora del almuerzo uno de nosotros se levantaba y sin que
el otro viera cuál elegía, ponía un disco. Había que adivinar quién
era. No te rías, mirá que usualmente comprábamos más discos de los que
podíamos escuchar o de los que nos interesaban. Pero yo siempre adivinaba
el nombre de la canción o al menos el del grupo. Creo que solo una vez me
embromó con un disco de Mayfield's Mule -dijo mientras lo buscaba y
sacaba de la multitud de vinilos-. Lo había comprado yo mismo en una
liquidación del Palacio de la Música pero nunca lo había
escuchado. Siempre me gastó con eso. El
visitante miró distraídamente otros sobres. Algunos no los conocía y
otros le provocaban sensaciones tenues, como ya usadas. Comenzó a
preguntarse qué estaba haciendo ahí. Muchos de esos discos, la mayoría,
ya estaban editados en CD. Sin embargo había algo que lo retenía, alguna
curiosidad, tal vez. -Si
significan tanto para ustedes ¿por qué los venden? El
grandote prendió otro cigarro y canturreó bastante desafinado. -"Todo
concluye al fin, nada puede escapar, todo tiene un final, todo termina." -Presente,
de Vox Dei. -Exacto,
bueno, por eso. Mi hermano se casó y se fue. Yo también, pero mi
matrimonio duró poco. Iba y venía, de mis mujeres a esta casa y
viceversa. Hicimos un pacto: los discos solo se escuchan acá. Así que yo
gané con ese trato. Pero bueno, todo concluye, todo termina. Mirá el
equipo de audio ¿no te llama nada la atención? -Está
bastante arruinado -dijo, intentando ser lo menos hiriente posible. -¿Sabés
por qué? Porque es de segunda mano y bastante berreta. El original era un
Marantz espectacular, traído de Los Angeles, de bagayo. ¡No sabés cómo
sonaba! Cuando se mudó, mi hermano se lo llevó sin avisarme. Según él,
era un buen trato. Yo me quedaba con los discos, o con la audición de los
mismos porque seguía viviendo acá, y él con el equipo. Hasta trató de
convencerme de que yo ganaba. Sonrió.
En esos momentos la Suite del extranjero terminaba. Sacó el disco. Al visitante le
hubiera gustado que lo diera vuelta, que pusiera The hurt, el primer track del lado B, pero parecía que el grandote
no quería que Cat Stevens distrajera su argumentación. -¡Nada
que ver! Insostenible. Mi hermano siempre fue un gran manipulador. Así
que, te la hago corta, tuvimos un lío de aquellos y
lo mandé a cagar. Nunca más nos hablamos. No podía permitir que,
como siempre, hiciera lo que quisiera. Los discos y el equipo eran
nuestros, así que tendríamos que haber decidido entre los dos. A
propósito, también vendo el equipo,
si te interesa. -No,
gracias. ¿Muerto el perro se acabó la rabia? -Algo
así. Se hizo un silencio. El grandote se paró y fue hasta la cocina. Ofreció café. El otro no lo aceptó; sintió el lunes casi perdido. Los discos volvían a ser sobres de cartón ajenos, desligados de su pasado. Había sido bueno verlos, escuchar alguna canción, recordar alguna cosa perdida hace tiempo, pero ya estaba bien. El dueño de casa se detuvo a medio camino entre el visitante y la cocina. -Entonces,
¿no te interesan? -Son
muchos, demasiados. -Bueno,
te acompaño hasta la puerta, si te arrepentís, llamame. Te dije que hoy
vienen otros interesados. -
OK. Antes
de salir resolvió hacerle una pregunta. Se exponía a recibir una grosería
por respuesta, pero el incidente le
parecía ridículo. -Perdoname,
¿era para tanto? -¿Era
para tanto, qué? -No
es mi asunto, ¿no?. Pero me resulta raro que esa comunidad musical que
tenían, y más entre hermanos, se haya roto por esa pavada. El
grandote se paró a dos pasos de la puerta, miró al piso y con una voz más
amable de lo previsible, contestó. -Estas
cosas nunca tienen sentido desde afuera. En realidad, las peleas generan
su propia lógica y es casi imposible escapar de ella. Si lo planteás así,
por supuesto que parece ridículo. Al final de cuentas, si me hubiera
pedido el equipo estoy seguro de que se lo hubiera dado. Pero él rompió
algo, cruzó la línea que nosotros mismos habíamos trazado. No me
consideró como una mitad y eso no se lo pude perdonar. Tomó
aire antes de terminar la frase. -Creo
que podría estar todo el día explicándotelo y vos no lo entenderías.
Además está bien que no lo entiendas. -Pero si tanto te importa, ¿por qué estás poco menos que regalando esta colección de discos? -"Todo
concluye al fin..." -¡Dejate
de joder con Vox Dei! Los
dos sonrieron ante la salida de tono. Hubo un pequeño silencio y luego el
visitante observó cómo el grandote parecía, por unos segundos, buscar
en el aire las palabras. -No
sé, está en la naturaleza de las cosas que nos sobrevivan. Creo que a mí
no me interesa que eso pase. Prefiero ser yo el que los venda por la guita
que sea. Ahí está, ¿ves? Ahí tenés una linda respuesta para tu
pregunta. El
hombre alto prendió otro cigarrillo y movió la cabeza de arriba abajo
sin especificar que asentía. Como apurándolo, le volvió a recordar al
visitante que otro interesado llegaría en pocos minutos. -Si
me dejás un número de teléfono, por ahí si no se lo vendo al que viene
ahora, te llamo a ver si cambiaste de parecer. -No,
gracias. Ya te dije que estoy seguro de que no los quiero. -Como
te parezca. Cuando
salió de la casa la tarde seguía igual a como la había dejado una hora
atrás. Antes de irse le dio la mano al grandote y sintió que debía
decir algo. Trató de no ser muy previsible. -Bueno,
che, encantado. Terrible colección de discos, ¿eh?. Ojalá los vendas
pronto y puedas recomponer la situación con tu hermano. El
otro volvió a asentir con la cabeza y, colgado a una larga pitada,
contestó. -Mi
hermano tuvo un accidente la semana pasada. Iba con su mujer. Ella no se
hizo mucho pero él salió despedido del auto. Por suerte, dicen que no
sufrió. Cerró la puerta de calle. Lo vio irse con esa espalda enorme, con la cola de caballo y el pelo cayendo entre los omóplatos. Vio su imagen hasta que se cerró la puerta cancel. Preocupado, miró su reloj. Caminó unos pasos y buscó un taxi mientras intentaba recordar la agenda apretada que le quedaba para el resto del día, al que le había robado más de una hora. Detuvo un coche que se acercaba por Agraciada. Siguió sintiendo frío aun dentro del auto. |
Luis Fernando Iglesias
Cuento incluido en el libro Canciones de Otoño (Editorial de la Banda Oriental)
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