|
Leyendo a Fernando Pessoa |
|
para Rosy Cuc |
|
Estoy
leyendo no a Fernando Pessoa sino algunos de los miles de
millones de párrafos estrofas poemas horóscopos ensayos dramas
licores cartas viajes mudanzas:
su obra por siempre incompleta la
obra siempre desconocida de Fernando Pessoa
en el sudante metro
de México City.
Palabras verseadas y proseadas de
Pessoa:
el alcohólico viudo de Ofélia
el fundador de
imperios tan utópicos como todos los imperios
como sus imperiales propuestas
sus imperiosos versos
sus impetuosas metáforas. Pero
no deseo hablar de esta lectura:
mis enlentados ojos no
quieren recibir tantos renovados descubrimientos que
el encarnado espíritu del poeta
al disgregarse provoca como
cuando recordamos en medio de un costado de la noche el
ladrido de un perro
bien solo
en otra alejada noche de
otros separados mundos. No
hablaré de su leída escritura
que nos transforma en
un extranjero lector a cada sílaba ni
diré de sus tonos verbales ordenados
por una memoria ausente. Voy
pasando los cambiantes ojos
sobre
páginas que también pasan
como esos rostros moldeados con sedimentos
de acidosos vinos
de agrietados cafés. Los
ojos pasan como una mano de luces confusas como
un entrevero de uñas apenas recortadas:
pasa pues el
yo numeroso que también respira
con mis endurecidos
pulmones incontables
y que pretende salirse
de sí
y de sus reflejos imperfectamente repetidos:
salirse porque
un solo yo no basta para amar
(¿qué nombres se
nombran ahora a sí mismos
con qué lengua trazan
sus ausencias:
Ofélia Guiomar Odile
Dulcinea Nayelli-Mimbí
Marimar Oriana Iseo Margarita Ginebra Marién Lile
Gena Lalia La Infanta iniciática Valeria Flavia La Niña devorante Helena casual Julie desgastándose Adela pegajosa
La Morena puta iluminada
Häspine Nadia tal
vez? ¿la Musa inmortal?
¿quién?) como
no es bastante abrir una ventana para
capturar el pasajero plumerío de un gorrión
que insiste en
comprobar diurnamente
la opacada firmeza del
aire.
Una señora de duros sobacos
se ajusta a mi lado derecho:
a mi izquierda fuera
del metal pintado y los vidrios con secas cagarrutas está
la rapidez de los espacios vacíos
la aceitosa nada como
una lombriz repleta de galaxias.
Nadie
puede detener esta lectura sin forma ni
los sudores populares
ni la boca de una
moderna doncella
ni los cantares de un
ciego destemplado.
El tren pasa atándose
a cada impulso más eternamente
a
sus rígidos rumbos. Llegar
a un destino como a una estación enterrada
o a un vientre
oscurecido
o a un sonido
actuante
es iniciar la
raíz de otro destino:
así Fernando Pessoa escribía sus
letras trilenguadas
porque entre ellas crecían antes
de ellas mismas
las páginas apalabradas
que estoy leyendo durante este
viaje de mapas ruidosos
por
las humanizadas tripas
de México City. Pero
nada puedo leer: son
los demás al mirarme a las pupilas
y a mis rostros que
hacen la lectura con sus ojos propios que
una mano ajena fugazmente describe.
Y en verdad te
escribo a ti (nombre quizá nombrándose a sí mismo)
que
no estoy leyendo este libro de Pessoa
el
de Lisboa el poeta lisboeta: hace
un tiempal de barcos de tercera clase y
de rojas botellas lo busqué
sin saber de su muerte por hígado roto sin tener documentos sobre su agrisada ausencia
sin
recibir noticias de dolor o de sombra: lo
busqué por la Baixa por la
Alfama por el Chiado por
el Convento do Carmo por la
Travessa de Santa Luzia. Y
lo busco aquí
en
estas hojas que pasan porque
es imposible redactar estos versos ilusorios
y leer este múltiple libro de Pessoa
en un asiento chorreado de un vagón
de un tren del metro visceral de México City. |
|
Ir a índice de poesia |
![]() |
Ir a índice de Ibargoyen, Saúl |
Ir a página inicio |
![]() |
Ir a mapa del sitio |
![]() |