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A propósito de Héctor Rosales 
Saúl Ibargoyen

¿Quién es Héctor Rosales? ¿Qué objeto carnal y metafórico es un poeta? ¿El discurso poético y sus historias tocan, rozan, mueven las incontables historias que crujen dentro de la Historia? ¿Qué distancia existe entre la palabra y la poesía: es la misma que la que hay de los labios a la boca? ¿El alto aire siempre es el cielo? ¿La sombra es sólo una negación de luz?

Algunos de los versos de este poeta Rosales –apegado a un "nostos" tal vez físicamente posible y ejercido de modo constante en actitud cotidiana y en verbalizaciones creativas llevadas a libros, plaquettes, revistas, rincones sonoros, fulgurantes pantallas–; algunos de sus versos, decía, que desde hace tiempo leo y me acompañan por mero parentesco de vocación y de sitio de nacencia: Montevideo, esa patria/ciudad (¿matria/ciudad?) inicial y centrífuga; algunos versos suyos nada más –un examen de su obra total, que quizá emprenda en otra ocasión, excede la intención de este borrador–, decía, suelen promover en mí soterradas resonancias.

¿Un ejemplo? El poema dedicado a Julio Ricci, amigo común fallecido de ese mal llamado tristeza, duro y brillante narrador, parlante de lenguas germánicas y crítico de la desesperanza y el hastío. Desde ese texto surgieron las tremendas oquedades del exilio, el rebote de las imágenes de cualquier época personal, los temblores de la carta que Ricci me enviara desde Montevideo a México y que yo recibiría después de su muerte.

¿Otro ejemplo? Su reciente poema "Tiempo encendido", con un acápite de Humberto Megget, que pudo haber sido el poeta más relevante de la generación del 45 en Uruguay. Poema con aire de una evocación tanguera que se une viril y tiernamente a las evocaciones e invocaciones genéricas del transtierro. Una propuesta que comparte esa transfiguración estética del cada día que no todo artista verbal obtiene. Porque, según Alfonso Reyes, no hay tema humilde para la poesía. Y Rosales consigue una transmutación verbal infrecuente del barrio, de los patios, de los bandoneones, del sonar de un timbre de bicicleta, y evita, además, caer en el hielo formal rechazado hace años por Neruda.

En Rosales, si bien el tópico del exilio es permanente y subyace en toda su obra y en su experiencia de vida, el hecho de reeditar sus libros de manera ampliada y/o revisada, implica asimismo nuevos viajes, nuevas "algias", nuevos asentamientos en su segunda matria/ciudad, la cosmopolita y enfebrecida Barcelona. Y así como la dualidad Montevideo-Barcelona –ciudades puerto, adonde respirara y trabajara Joaquín Torres-García– no conforma una oposición irreconciliable, de una manera similar exilio y poesía se conjuntan en una tensión dialéctica que continuará fructificando en la poética elaborada y vivencial de Héctor Rosales.

Saúl Ibargoyen

México DF, abril 2006

www.palabravirtual.com/ibargoyen

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