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Claroscuro de un héroe |
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I |
| Campos de mi Cerro Largo -trébol que mordí con flor - ¿guardáis aún el aliento de Rivera, el vencedor, que os dio el último suspiro junto al río rezador? ¡Como habíais de perder reliquia de tal valor! Anda en el coral del ceibo y el marfil del arrayán; acendra los macachines, templa el trino del sabiá, y yo lo tengo en mi verso hoy, con tal gozo de dar, que sólo Dios lo conoce y no tendré nunca mas. |
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II |
| Rancho de Bartolo Silva -elegía de mi ciudad- con candeleros de bronce velaste a mi General. Debió forjarlos un ángel rudo como Tubalcain. Mesa de algarrobo antiguo -destino de eternidad- donde se enfrió aquel molde de empinada heroicidad que amo ya por su preciosa cimera de cardenal. ¡Alma de Blanes el viejo! te invoco para esta estampa que con mi sangre quisiera dejarla yo diseñada! ¡Cómo ha de dolerte el sino que te alejó de esa cita de la gloria, en una noche que para ti no fue escrita! ¡Aquella guardia de negros erguidos, duros y tristes! Aquellos indios de cobre, aquella luz que tú viste entre la garra del Rembrant grabador, dios de matices oscuros, como apresados bajo montañas de sílices. |
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III |
| ¡Señor, mi Dios: si hoy pudiera para mi regalo mínimo crecer la voz, y el idioma que en mí no sale de niño y darlo como un gigante donador de oro escondido! ¡Ay, pobre lega sin bienes, de orgullo que has de abatirlo! Pedidora de diamantes, dueña de cuentas sin brillo. ¡Asísteme en esta empresa en que no sé ya qué digo! ¡Váleme, sombra de Blanes el viejo, ante Dios, amigo hasta de la jorobadita que quiere espigar su trigo! |
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IV |
| La guardia de hierro y bronce, la humosa luz de las velas, humilde Bartolo Silva que ya en la muerte no queda, porque ha nacido a la vida de hospedador de Rivera; y gauchos de Cerro Largo que yo sé bien cómo eran pero que no hay metales que puedan dar su silueta. El cuerpo yacente, un dios que en el rancho se durmiera; la noche, leves crespones que del cielo descendieran, y el río, la espada heroica crecida por la pradera, para que hasta Aldebarán desde su solio la viera. Y por sobre todo un leve olor de caña maleva, como una ola sombría que avanzara de la selva, donde los matreros muertos -compañeros de Rivera en la redención suprema de la patria linda y nueva- se levantaran ceñudos, guardia de espectros de hierro, para duplicar la escolta del Jefe, milano esbelto. |
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V |
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Claroscuro de una mujer |
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Héroe mío, romancesco: |
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VI |
| Ni estampa ni claroscuro, amigo mío espectante que ha estado esperando un bello regalo, ya tan distante, que al fin sólo puedo darle una emoción escondida, que es una rosa pequeña que me sostiene la vida. Sobre tanto oscuro limo, una lucerna encendida. La dejo por un instante en manos de Bernardina, sombra del amor celoso, dueña de la clara dicha, que no conoció la sed, que fue saciada en la vida, que ha de seguir custodiando su tesoro, en la vigilia, de un sueño de eternidad, ya sin horas ofendidas. Pero hay, ¡oh sombra opulenta, algo que no conociste, secreta torre de plata, himno de coro de vírgenes! La brasa que no reluce, que anda con uno, y no existe más que a los ojos de Dios, gran catador de heroísmos. Con ella me inclino, hacia el Presidente dormido. Lo cubre esté resplandor azuldorado, escondido bajo la piel de mi pecho que yo quisiera de lirios. Y lo veo sonreír dulce, aliviado, ya ungido por el óleo misterioso, bálsamo de mi destino, porque la luz de la gloria es de cedros encendidos. |
Juana de Ibarbourou
Revista Nacional
Ministerio de Instrucción Pública
Octubre de 1939
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