Claroscuro de un héroe
Juana de Ibarbourou

                  I

Campos de mi Cerro Largo
-trébol que mordí con flor -
¿guardáis aún el aliento
de Rivera, el vencedor,
que os dio el último suspiro
junto al río rezador?

¡Como habíais de perder 
reliquia de tal valor! 
Anda en el coral del ceibo 
y el marfil del arrayán; 
acendra los macachines, 
templa el trino del sabiá, 
y yo lo tengo en mi verso 
hoy, con tal gozo de dar, 
que sólo Dios lo conoce 
y no tendré nunca mas.

               II

Rancho de Bartolo Silva
-elegía de mi ciudad-
con candeleros de bronce 
velaste a mi General. 
Debió forjarlos un ángel 
rudo como Tubalcain.

Mesa de algarrobo antiguo
-destino de eternidad-
donde se enfrió aquel molde 
de empinada heroicidad 
que amo ya por su preciosa 
cimera de cardenal.


¡Alma de Blanes el viejo! 
te invoco para esta estampa 
que con mi sangre quisiera 
dejarla yo diseñada!
¡Cómo ha de dolerte el sino
que te alejó de esa cita 
de la gloria, en una noche 
que para ti no fue escrita!

¡Aquella guardia de negros 
erguidos, duros y tristes! 
Aquellos indios de cobre, 
aquella luz que tú viste 
entre la garra del Rembrant 
grabador, dios de matices 
oscuros, como apresados 
bajo montañas de sílices.

              III

¡Señor, mi Dios: si hoy pudiera 
para mi regalo mínimo 
crecer la voz, y el idioma 
que en mí no sale de niño 
y darlo como un gigante 
donador de oro escondido!

¡Ay, pobre lega sin bienes, 
de orgullo que has de abatirlo! 
Pedidora de diamantes, 
dueña de cuentas sin brillo. 
¡Asísteme en esta empresa 
en que no sé ya qué digo!

¡Váleme, sombra de Blanes 
el viejo, ante Dios, amigo 
hasta de la jorobadita 
que quiere espigar su trigo!

               IV

La guardia de hierro y bronce, 
la humosa luz de las velas, 
humilde Bartolo Silva
que ya en la muerte no queda, 
porque ha nacido a la vida 
de hospedador de Rivera; 
y gauchos de Cerro Largo 
que yo sé bien cómo eran 
pero que no hay metales 
que puedan dar su silueta.

El cuerpo yacente, un dios 
que en el rancho se durmiera; 
la noche, leves crespones 
que del cielo descendieran, 
y el río, la espada heroica 
crecida por la pradera, 
para que hasta Aldebarán 
desde su solio la viera.

Y por sobre todo un leve 
olor de caña maleva, 
como una ola sombría 
que avanzara de la selva, 
donde los matreros muertos
-compañeros de Rivera 
en la redención suprema 
de la patria linda y nueva-
se levantaran ceñudos, 
guardia de espectros de hierro, 
para duplicar la escolta 
del Jefe, milano esbelto.

               V

Claroscuro de una mujer
Héroe mío, romancesco:
como a Walt Whitman triunfal, 
yo nunca podré decirte:
-Presente, mi General-
ante un coro tumultuoso, 
rendido y continental.

Pero sobre el pecho hermoso 
y en nombre de Bernardina, 
¡cómo tuviera un instante
la ardiente boca rendida, 
y luego, furtivamente, 
para no enconar su herida, 
por tus oscuros amores 
las manos te besaría!

Que si una mujer no absuelve, 
¡Oh Dios, quien lo lograría!

              VI

Ni estampa ni claroscuro, 
amigo mío expectante 
que ha estado esperando un bello 
regalo, ya tan distante, 
que al fin sólo puedo darle 
una emoción escondida, 
que es una rosa pequeña 
que me sostiene la vida.

Sobre tanto oscuro limo, 
una lucerna encendida.

La dejo por un instante 
en manos de Bernardina, 
sombra del amor celoso, 
dueña de la clara dicha, 
que no conoció la sed, 
que fue saciada en la vida, 
que ha de seguir custodiando 
su tesoro, en la vigilia, 
de un sueño de eternidad, 
ya sin horas ofendidas.

Pero hay, ¡oh sombra opulenta, 
algo que no conociste, 
secreta torre de plata, 
himno de coro de vírgenes!

La brasa que no reluce, 
que anda con uno, y no existe 
más que a los ojos de Dios, 
gran catador de heroísmos.

Con ella me inclino, hacia 
el Presidente dormido. 
Lo cubre esté resplandor 
azuldorado, escondido 
bajo la piel de mi pecho 
que yo quisiera de lirios.

Y lo veo sonreír 
dulce, aliviado, ya ungido 
por el óleo misterioso, 
bálsamo de mi destino,

porque la luz de la gloria
es de cedros encendidos.

Juana de Ibarbourou
Revista Nacional
Ministerio de Instrucción Pública
Octubre de 1939

Editado por el editor de Letras Uruguay 

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