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XXII |
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Te ves a veces manos sucias, lucias, con piel de guante |
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ajado, ajeno, que alza su llama ganchuda y roída, sus plumas |
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en un muladar, donde la mugre es casi maravillosa, de |
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cáscaras de oro, de membranas de mariposa, y donde el viento |
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trapos con pedazos de casa, de gente, dientes de tazas, |
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peines como armónicas desalentadas, carteras epilépticas, |
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así miras tus manos, carbones de mueble azul, forrado de |
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raso cereza, sus libélulas negras de ojos diablo, rubíes zahoríes |
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Te crece un dedo oscuro como el tiempo, un sexo de cala |
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enlutada, dedo papal de anillo de metal madrugador y ónice |
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Pero el niño instaura la tragedia y la gloria, su jazmín |
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orientado, la playa natal, y las aguas se abren, y caminas |
Suleika Ibáñez
de Homenaje a Jean Genet
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