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El sapo y un sauce |
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– Está anocheciendo, de aquí no me muevo, me duelen los músculos de andar y está refrescando – dijo el sapo acurrucándose contra el tronco de un sauce. Miró el cielo convencido de que iba a dormir bien. – No hay nubes por ahora. ¡Estaría bueno que la noche se estrellara! Extrajo la vianda de su bolso, la destapó, tendió el mantel sobre los yuyos y desenvolvió los cubiertos. Tenía hambre. – ¿Qué hace usted aquí? – preguntó el sauce molesto. – Quiero pasar la noche, cuando amanezca seguiré el camino hasta llegar a la desembocadura del Río Negro. – Está bien, pero solo por hoy. Lo veo fatigado, la piel arrugada, las patas llenas de tierra, la nariz y la boca... ¿Y de dónde viene? – refunfuñaba sin esperar la respuesta: – Se lanza a la aventura y no ha aprendido las normas del territorio. – ¡¿De dónde vengo?! ¿Y no se da cuenta, no me está viendo? Vengo de la Patria de los Sapos. ¡Es obvio! no necesita que se lo diga, me parece. Voy a visitar a mis primos. ¿Quiere usted un bocado? No es abundante pero lo podemos compartir, son: ¡hongos exquisitos! El sauce no contestó. – Usted tiene brillo en los ojos, una melena abundante, que se balancea mirándose en el agua. Su color césped me recuerda a mis parientes, la familia de los sapos. – Usted es muy listo, me quiere envolver con sus lisonjas para pasar la noche tranquilo. El sapo alisaba las hojas secas que harían de colchón y de frazada. – Estoy en territorio ajeno, sería una imprudencia crearme enemigos. Este sauce debe ser amigo del lago y de cuantos habitan la costa. – Masticaba saboreando. – Dormiré con esto en la barriga. – Nunca molesto a nadie, no me muevo de aquí y usted viene a impacientarme – reanudó el sauce. – ¿Por qué no se mueve? – ¿No se da cuenta que no tengo patas? – ¡¿Qué no tiene patas?! Explíqueme: ¿Cómo está parado? – Tengo raíces, que son mis pies, me sostienen y también son mi boca, por donde como. – ¡¿Asombroso, increíble?! ¡Cumple con las dos funciones al mismo tiempo! ¡Entiendo, quiere decir, que aquí han progresado más que en mi pueblo! Usted me dice que su boca puede sostenerlo como las patas y las patas pueden comer como la boca. En el país de los sapos, las patas nunca dejan de ser patas. Sirven para pararse, caminar, saltar, subirse a los troncos, danzar, renguear y la boca se usa para comer, croar, cantar y gritar. – Usted, es molesto y ahora resulta ingenuo por las preguntas que me hace o se las quiere dar de instruido. Sigue con furia, no lo convenzo con nada, con tal de que me deje reposar un poco, piensa el sapo. – ¿Se baña en el lago? – ¡Claro!, en la costa. – ¿Nada? – ¡¿Nadar?! Recién le dije que mis raíces me sostienen, fijándome, pertenezco al reino vegetal. Eso quiere decir que no puedo irme de aquí, si quiere, se lo digo de otro modo, aquí nací y quedaré para siempre ¿entendió? – acentuó la última palabras con tono áspero. – Es un fastidio mayúsculo. Yo disfruto paseando, conociendo culturas. – Usted se deleita con los viajes y a mí me satisface soñar tranquilo al borde de este lago. Si viaja tanto ¿por qué no me habla de las culturas? – ¡¿De las culturas...?! Es largo, tendría que pasarme la noche conversando. Bueno..., – meneó la cabeza dudando – . Con un ejemplo, tal vez le resulte más claro: ¿Se acuerda de los charrúas? ¿Me escucha? – preguntó el sapo. – ¡Claro que me acuerdo, adelante, continúe! – Son formas de encarar la vida, normas, costumbres, prejuicios que permiten vivir sin peleas, convivir pacíficamente, se trasmiten de padres a hijos, llamados descendientes, cada población tiene la suya... El sapo pasó la noche narrando sus viajes por el mundo e incluso, llegaron a reírse. Amanecía. – Debo irme. – ¡Pasamos muy bien! ¿Cuándo va a volver? El sapo se iba saltando y se reía. |
Frida Hecht
Cuentos viajeros
Selección: Sylvia Puentes de Oyenard
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