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Desde el cielo de cristal de mi casa, observo ese otro más lejano, donde diviso la cruz del Sur con su tres Marías que nos
protegen como fieles colaboradoras de la luna.
¡La luna!... Atraída por ella, como pasa con las mareas, salgo en su búsqueda, sin rumbo, en una noche cálida de febrero, serenísima, aromada por las flores que eclosionan en mil colores en pleno apogeo en esta temporada.
Desde lo alto parece sonreírme con su rostro enorme, casi blanco, que desde niña pretendo asir. Cuándo creo poder alcanzarla y ya casi la atrapo... ¡la pícara! se desliza traviesa e indolente por el campo titilante del firmamento hacia alguna ignota comarca.
Se pasea contoneándose, oronda, provocadora como toda bella; de pronto, juguetona, apenas se posa la pasar en una algodonosa esponjada nube, dando nacimiento a un arco-iris oscuro y transparente pintado por nacarinas perlas con sus primorosos siete colores.
Persiste en desafiarme, iluminando senderos de encanto para que la siga a un supuesto mundo de mágicos misterios. Me ha guiado a una fuente y allí nos detenemos. Ahora sí, creo poder atraparla. Hundo las manos en el agua, pero ésta, cómplice, hace que escape entre mis dedos en incontables fragmentos que vuelven a unirse otra vez en la fuente. Burlándose una vez más me guiña con su rostro empolvado de harina, mejillas de piel de durazno, ojos de carbón, labios brillantes pintados con miel. En esta noche de estío, por esquiva la castigo golpeándola con mi última moneda que arrojo a la fuente y que su cómplice atenúa. Logro enturbiar por un momento su imagen, y la hago testigo de mi deseo.
Ya cantan los gallos, anuncian que debes partir. Te demando antes que el sol te empuje fuera de tu universo: ¡no seas una ingrata arisca!
Me voy directo al sueño que acunara tu recuerdo con todos tus maravillosos misterios; con el alma plena y la certeza de que no estoy y jamás estaré, sola.
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