La Iaia

María Esther Giribone

A los fondos de la primera casa que viví en Conchillas, había una familia compuesta por el señor, “Paloco” un zapatero remendón adicto al vino, el hijo y la señora, Elsa, con el tiempo nuestra Iaia, muy trabajadora, de mañana de empleada doméstica, en casa de una familia que todavía tomaba el té a las 5 y tenían un gons para llamar a la servidumbre, de tarde lavaba ropa de otros y en la noche bordaba a máquina.

 

Con ella hice amistad, tenía familiares en el campo, en Santa Rosa, en más de una oportunidad fui con ella a esa zona y a más de una casa. Cuando visité esa zona me llamó mucho la atención, yo venía de una zona de muchas huertas y quintas frutales y me encontré con las casas, otras eran ranchos y a su alrededor nada, ni siquiera una parra en la puerta de la cocina, no tenían un árbol frutal y te decían, que el lugar no era de ellos como iban hacer eso en lo ajeno, pero poco cuesta plantar una vid, que te da sombra y uvas, así como un duraznero  u otro árbol, hay gente que viven toda una vida en ese lugar. En esos años la mayoría sembraban trigo y luego esperaban el momento de la cosecha y mientras tanto en la radial al bar a jugar al truco, eran otras épocas y era rentable, en este momento por circunstancias de los momentos que se viven, la mayoría se dedican a la lechería o ganadería y siembran praderas.

 

Cuando me casé, Elsa comenzó a ir a casa a limpiar una o dos veces por semana y desde que nació Leticia todos los días.

 

Elsa era pierna para todo, cuando hicimos teatro integró el elenco. Cuando Carlos, el maestro, formó un grupo de danza, allá estaba ella.

 

En casa no fue una empleada, sino una integrante más de la familia, compartía todo con nosotros, así como tomaba desiciones si era necesario.

 

La atención y cariño que le dio a Leticia no se puede expresar pero fue correspondida, iba a hacer los mandados la llevaba y aunque caminara iba con ella en brazos, por supuesto que si la comida del mediodía no era del agrado, antes que yo llegara de la Policlínica, ya le había hecho algo que a ella le gustara y había almorzado. Pero la verdad sus ojos fue Luisito, y él la quería tanto como a mí, jamás dijo a cual quería más.

 

Cuando Luisito tenía casi cuatro meses, estuve nueve días internada porque me operaron de la vesícula, litiasis vesicular, y en esos días se quedaron en la casa de la tía Nélida, hermana de Mario, Luisito usaba chupete y lo dejó y comenzó a chuparse un dedo, en un principio no se le dio importancia, pero con los años sí, porque se le deformaba el paladar, hicimos de todo para quitarle la costumbre, a psicóloga, al dentista, que le hacía hacer dibujos, flores cuando no se lo chupaba de lo contrario cruces, y le pedía que quería un jardín no un cementerio, llegué a ponerle cosas de gusto feo en el dedo y terminé por cocerle en la manga del pijama medias y dormía con la mano envuelta, pero que descubro que a la mañana, Elsa le daba lástima, decía pobrecito y le dejaba que se lo chupara un rato el dedo, por supuesto que lo vestía en la cama y lo calzaba, como lo mimaría que aprendió primero Mario Enrique a atarse los cordones. Leticia la apodó “la IAIA”, a los tres les encantaba ir a la casa de ella, porque después se había mudado al Pueblo Gil. En carnaval junto con Paloco se ocupaban de hacerles disfraces, sobre todo a Luis.

 

Al lado de casa vivía Alba, hermana de Elsa y doña María, la madre, para todos la “Nona”, ella venía todos los días a casa y nunca se iba sin darle un beso a su madre. Cuando se mudó para Pueblo Gil, le dí mi bicicleta, que tenía desde la escuela para que el trayecto le fuera menos pesado.

En casa de doña Alba estaba Norma una de las hijas que a su vez tenía un hijo, Marcelo, un año mayor que Luis, por lo tanto también integraba el grupo, para los juegos y escapadas por lo general al arroyo, cosa que a Elsa no le gustaba que se fueran sin avisarle así que los iba a buscar y los traía enseñándoles una barita, y el comentario de ella, que se bañaban tanto y venían mojados con olor a oveja.

 

Estuvo en casa como dije antes, todos los días desde que nació Leticia hasta que  decidió operarse de las várices, Leticia estaba en 6º de la escuela, así que como 12 años. En esos años falleció el esposo, también la Nona, se casó el hijo, fue abuela, y todo lo vivimos con ella y ella con nosotros, las enfermedades, los cumpleaños, paseos, en una oportunidad fuimos a las termas, por supuesto que ella haciéndose cargo de Luis, fiestas del jardín o de la escuela, siempre dispuesta a colaborar con los disfraces o igual actuar ella. En el cumpleaños de  mi padre cuando se quemó los pies Luisito y Lety se fracturó estaba con nosotros.

 

Como les gustaba a mis hijos el guisito de fideo entrefino que ella hacía. Al poco de nacer Mario Enrique va a casa mamá y ella le comenta  “este no es Luisito” porque era tan llorón.

 

Le tenía mucho miedo a  las tormentas, sobre todo si eran de viento, fuera la hora que fuera lo hacía levantar al marido y que se vistiera, como si con eso la fuera a evitar.

Si habrá lavado pañales, en esos años no existían los descartables y en invierno, temporales de 20 días, poníamos una cuerda frente a la estufa para secar la ropa.

 

Para mis hijos no era una empleada, una más de la familia, como la respetaban y la hacían respetar por los demás, que no le fueran a pisar un piso recién limpio.

 

Siempre decía que nunca más iba a lavar calzoncillos de hombre, salvo que encontrara uno que  tuviera casa, auto, le gustara pasear y economicamente de buen pasar, y mamá que la escuchaba me dijo: “pobre Elsa mira si va a encontrar eso, no los hay” y aunque cueste creer lo encontró y como digo yo a veces en el lugar menos pensado y eso le pasó a ella, lo encontró en el Hospital, ella cuidando una hermana enferma y él llevó su madre a visitar la misma enferma. Al tiempo se casó, En casa no hicieron comentarios, pero sé que no les cayó bien a nadie, sentían que la perdían, se fue a vivir a Carmelo. Un día me confesó que lo que más extrañó fueron mis hijos, tenía fotos las miraba y lloraba.

 

Cuando Leticia se confirmó la eligió de madrina, que alegría que tenía. Cuando los 15 años de cada uno, siempre vino a pasar el día, ellos la llamaban o iban cuando el  cumpleaños de ella, recuerdo que en uno de los últimos, Luis le avisó que iba a ir a pasar el día  con ella ,el 14 de mayo y le pidió que ese día iba haber mucha gente que fuera al otro día, así estaban solos y lo disfrutaba más.

 

Los años que podía pasarlo mejor, jubilada, en su casa, acompañada, se enferma y pasa mucho tiempo en tratamiento, se recupera pero al tiempo vuelve a caer, para no recuperarse más.

Iaia siempre estarás presente en casa.

Por las calles de Conchillas
María Esther Giribone

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