En el ojo del huracán |
| El viernes 14 de mayo de 2004, en el Foyer 1 del Bastión del Carmen (Colonia del Sacramento), se estrenó la obra teatral "En el ojo del huracán", escrita por Bruno y la Actriz Lorena Rochón. Bruno y Lorena también comparten la dirección y el reparto. Las funciones presentadas fueron un éxito y estuvo en cartel hasta el 2do. fin de semana de junio. |
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Acto
I |
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Al
entrar el público a la sala, aprecia un hombre en el escenario sentado en
penumbras. El
resto es invisible todavía, pero debe haber un escritorio y sillas,
simulando una oficina y un biombo o telón blanco, detrás del cual se
realizarán juegos de sombras. Antonio:
(Carcajadas.
Al público)
No sigan mirándome, ya les dije que nunca fui bueno para las
terapias grupales.
Esto de venir a contarle a extraños lo que siento no es para mí.
Hace tiempo que vengo al sicólogo, siquiatra o como quieran llamarle, y
si la finalidad de que estemos todos juntos es sacar de cada uno lo mejor,
conmigo se equivocaron. ¿Qué quieren, que llore y me haga el infeliz
ante ustedes? Estoy
seguro de que les encantaría sentir lástima de mí.
Pero bueno sería que cada uno de ustedes piense en la basura que
tiene adentro.
Sí, eso que les remuerde la conciencia, que no los deja vivir en
paz. ¿Verdad
que es así? Sienten
una opresión en el pecho, un dolor profundo, hasta les da insomnio, los
persigue y los muerde como rata hambrienta.
Porque saben que son culpables, aunque se hagan los bobos mirando
para otro lado. Son la causa de ese malestar, pero no tienen huevos para
enfrentarlo. Ese
dolor también les da rabia de sí mismos, por saber qué es lo que deben
hacer para solucionarlo, pero no se animan.
¿Acaso alguno es capaz en este momento de parase y decir, "ya
mismo arreglo las cosas"?
No, parecemos avestruces, enterrando la cabeza y creyendo que así
no saldremos lastimados.
La bronca por la impotencia causa más malestar, una cobardía que
tapamos con la pinta de guapo suficiente.
Macho cabrío sin sentimientos, eso es lo que debemos aparentar.
Aunque por dentro somos unas nenitas muertas de miedo. De a poco,
se convierte en lástima por uno mismo. El sicólogo lo llama autocompasión.
Ese es el peor estado.
Creer que no hay camino por dónde seguir, sólo lamentar lo que
hicimos, sin buscar más solución.
Yo ya me hallo en este paso. (Se
quiebra) Pero ¡guarda con pensar que soy marica!, ¡eso sí que no!
Es que me miro al espejo y veo la desgracia más grande.
Un tipo que lo tenía todo y dejó escapar su vida entre las manos.
Y no sólo la de él, sino la de un mundo entero que lo rodeaba.
¡Cuánta cagada junta!
¿Y si supieran de qué forma más insólita empezó? Apagándose
el cenital sobre él, se enciende la sección de la oficina.
Él se sienta en la silla y habla por teléfono.
En ese momento entra una vendedora de empanadas, con aspecto
evidente de ser económicamente carenciada pero con buen modo. Antonio:
¡Pero decime che!, ¿cuánto más vas a necesitar?
¿Vos te creés que yo encuentro la plata debajo de las piedras?… Y que
se aguante. No
se va a morir sin comprarse un vaquero ahora.
(Al verla asomada le hace una seña para que pase) Bueno, dejame que
llegue a casa.
¿No puede esperar a mañana? Bueno, hasta luego. Carla:
No quise
molestar, vuelvo luego. Antonio:
Está bien, no te preocupes.
Pasá que tengo hambre. Carla:
Hoy traje de atún además de las de carne y pollo.
La gente me las pedía mucho, tal vez a usted le guste probar. Antonio:
Dame una de cada una.
No hay nada mejor que llenarse la barriga cuando tenés muchos
problemas. Antes
de que me funda mi familia, será mejor que me dé los gustos. Carla:
Tal
vez sea demasiado atrevida con lo que voy a decir, pero tenga cuidado con
las harinas. No
abuse, porque se puede arrepentir. Antonio:
(Muy serio, firme.
Ella se asusta)
Te voy a decir dos cositas. Carla:
Disculpe,
no quise enojarlo, yo solo pensaba en voz alta.
¿Ve que mi tío tiene razón?: “No pienses, sólo vendé
empanadas". Antonio:
No te asustes, lo que te quiero pedir es que no me
trates más de usted porque me hacés sentir como un viejo.
Está bien que soy mayor, pero disimulalo.
Y lo otro es que me hacés acordar a mi hijo mayor, que estudia
medicina y me vive diciendo que debo bajar de peso. Carla:
Qué
boba que soy, lo que pasa es que siempre meto la pata, y después no sé cómo
arreglarla. Antonio: ¿Cuánto hace ya que venís por acá? Carla:
El
lunes van a hacer tres años. Antonio:
Llevás las cuentas claritas. Carla:
¿Cómo
me voy a olvidar de los que me dieron el primer trabajo? Ustedes y la
oficina de la esquina fueron los primeros en aceptar mis pasteles. Antonio:
¿Y somos tan importantes por eso? Carla:
¿Y
a usted qué le parece?
Así fue como dejé de pedir limosnas.
Yo le decía a mi tío que había otra manera de conseguir plata.
Fue la primera y última vez que le gané una discusión. Antonio:
¿Tu tío te hacía mendigar? Carla:
A
los 10 años no se puede hacer mucho más. Antonio:
Yo nunca pasé por eso, ni mis hijos tampoco, por
suerte. Debe
ser muy duro. Carla:
La
primera vez da una vergüenza terrible, y aunque después te acostumbrás,
yo no podía mirar a los ojos a nadie. Antonio:
¿Y cómo fue que te decidiste a vender comida? Carla:
Cuando
empezaron a obligarme a cocinar en casa, me di cuenta que me gustaba y no
lo hacía mal, entonces vi a un amigo del barrio que vendía en el centro
y decidí copiarle.
Me acuerdo que tenía que esconderme para que mi tío no supiera
que estaba usando la cocina, entonces aprovechaba cuando se iba al bar de
noche. Antonio:
Pero ahora está conforme. Carla:
Sí,
cuando se dio cuenta que dejaba más plata, me autorizó. Antonio:
Ahora que recuerdo, se me vienen a la memoria todos
los cambios que has tenido.
Dame dos más de atún.
Empezaste con pastelitos, luego bizcochos caseros, escones, las
tartas. . . Carla:
No
me haga acordar de esas tartas.
¡Qué papelón!
¿Se acuerda cuando las traje casi crudas? Antonio:
Sí, las de apio.
Por Dios, había que ser fuerte para tragarlas. Carla:
Nunca
me dijo nada. No
sabía que era para tanto. Antonio:
Después de tanto tiempo de buenos servicios, no podíamos
condenarte por un error.
Rogábamos por que cambiaras al otro día, para no tener que
decirte que no. Carla:
¿Ve,
cómo voy a olvidarme de ustedes?, si siempre me han tenido paciencia.
Y eso que mi tío dice que no es nada fácil aguantarme. Antonio:
¿Me parece… o tu tío siempre te está
menospreciando? Carla:
¿Cómo? Antonio:
¿No sentís que tu tío te usa? Carla:
Qué
esperanza, mi tío ha sido muy bueno.
Jamás dudó en ayudarme cuando mi madre se murió.
Me dio cama, comida… Antonio:
Siempre que le lleves la plata. Carla:
Tampoco
puedo ser una mantenida. Antonio:
Eras una niña cuando empezaste. Carla:
Ay,
don. Me
parece que usted observa poco. ¿No ha visto las criaturas que hay solas
en la calle, revolviendo en los tachos de basura
buscando algo para comer, algunas hasta robando?
Yo me siento afortunada, pocas veces tuve que dormir en una plaza. Antonio:
La verdad es que uno no sabe apreciar muy bien lo que
tiene. Bueno,
algunos de los que me rodean tampoco. Carla:
Usted
está enojado con su familia, pero no se ponga mal, ya se va a solucionar.
Siempre hay problemas, lo importante es el cariño.
Eso lo supera todo. Antonio:
A veces me parece que nada les conforma.
Sólo saben pedir.
No son todos, porque mis dos gurises grandes están estudiando
facultad y ni se sienten.
Pero la más chica es incontrolable. Carla:
¿Cuánto
tiene? Antonio:
17 años. Carla:
Es
chica todavía. Antonio:
¿Y vos cuántos tenés? Carla:
25. Aunque
aparento más.
No se preocupe por disimular. Antonio:
No se llevan tantos.
Vos a su edad ya mantenías un hogar hacia años. Carla:
Pero
usted le está dando mejores posibilidades.
¿Qué quiere, que sea una bruta como yo?
Mire lo que hay que hacer para comer cuando no se tiene estudio.
Usted que puede, debe darle otra oportunidad. Antonio:
Ella no se esfuerza mucho.
Aún no ha terminado tercero de la secundaria.
Se pasa con mi señora en las tiendas, comprando ropa que nunca
llega a gastar por el uso, zapatos que abandona ni bien entra a casa,
joyas que pierde a los dos días.
No siente interés por nada. Carla:
Tal vez está indecisa.
Seguro que necesita de su apoyo para encontrar el camino.
Por qué no intenta hablar con ella. Antonio:
Ya lo he hecho varias veces. Carla:
Hágalo
otra vez. Mire,
a veces es muy difícil cuando todo está servido. Yo, que tengo mucho
tiempo para pensar, sé qué es lo que estudiaría.
Pero seguro que ella está repleta de clases particulares y
compromisos que en vez de ayudarla la marean.
Si usted se hiciera un tiempo para los dos, ella podría
desahogarse y encontrar lo que le gusta, o saber lo que le pasa.
Usted es un buen padre, haga otro esfuerzo, todos los que sean
necesarios para poder estar bien con su hija. Si mi madre viviera, es lo
que le aconsejaría, nosotras hablábamos mucho. Antonio:
¿Y qué es eso? Carla:
¿Lo
que hablábamos? Antonio:
No, lo que quisieras estudiar.
Te oí tan segura que me dio curiosidad. Carla:
Ah,
un sueño loco e inalcanzable.
No se preocupe por mis delirios. Antonio:
En serio, me interesa. Carla:
No
se vaya a reír. Antonio:
Lo prometo. Carla:
Quisiera
ser… escritora. Antonio:
(Sonriente)
Qué
cómico. Carla:
Prometió
no burlarse. Antonio:
No me burlo, sólo que no sé por qué es tan
imposible. Con el misterio que pusiste, pensé que querías ser, por lo
menos, astronauta. Carla:
Tan
fácil tampoco es. Antonio:
¿Qué te impide hacerlo? Carla:
La
falta de tiempo y plata, usted mejor que nadie sabe que editar un libro no
son dos vintenes. Antonio:
La plata. Qué maldito invento. Carla:
No
quise amargarlo más todavía. ¿Por qué no me callaré la boca? Antonio:
La culpa no es tuya.
Es esta mierda consumista y materialista que nos rodea la que
arruina la tranquilidad, la familia, la salud, todo. Carla:
Todos
estamos en esta misma rosca.
Lo bueno sería sacar el mejor provecho de la situación.
Usted debiera disfrutar más de su familia, y del fruto de su
trabajo. ¿Qué gana haciendo tanta plata, si no la gasta en lo que
quiere? Antonio:
Mi señora y mi hija lo hacen por mí, no te
preocupes. Carla:
Hágalo
usted con ellas.
Mire, ni siquiera las llama por sus nombres. Antonio:
No sé qué fue lo que pasó.
Hubo un momento en que se rompió algo.
Cuando quise acordar, empecé a encontrar más felicidad acá en la
oficina que en mi propia casa. Carla:
Eso
es difícil de creer.
Con todo lo que debe asfixiar este mundo de papeles. Antonio:
Te lo digo en serio. Prefiero pelear con los leones
acá, ya les conozco las mañas.
Sé qué quiere cada escritor, qué espera de sus obras, cómo
desea ser tratado.
Jamás he recibido quejas de una edición.
Carla:
Se
nota el ímpetu que pone en su trabajo.
El lunes vi terminado el nuevo libro de Antonio Ramos.
Debe ser una novela maravillosa.
Antonio:
¿Te gusta? Carla:
La
obra anterior estuvo estupenda. Leer
cada párrafo es meterse en un sueño. Antonio:
Tomá, te regalo un ejemplar del nuevo libro. Carla:
No
lo dije para que lo hiciera. Antonio:
Ya lo sé, es un obsequio de la casa. Carla:
¡¡Gracias!!
Lo leeré en pocos días. Yo una vez escribí una novela. Antonio:
¿Ah, sí? Carla:
Un
disparate, por supuesto. Antonio:
Eso no lo podés decir vos.
¿Por qué no me la traés? Carla:
Mire si va a perder el tiempo con eso. Antonio:
Un editor, es el que te va a dar el mejor juicio.
Y sin querer ser pedante, debo decirte que muy pocas veces me ha
fallado el olfato.
Todo lo contrario de lo que me ocurrió con mi familia. Carla:
¿Y
cómo fue que empezó todo ese tema de su familia? Antonio:
Después de que nació mi hija menor, Luciana, mi señora
y yo casi ni nos hablamos.
Parece que haber logrado la nena, me excluyó como ser querible.
Era una obsesión que tenía, los dos varones, a medida que fueron
creciendo se separaban de ella, y se inició una especie de guerra. Dice
que con la chiquilina por fin logró la compañía que ella esperaba.
Desde chiquita le hizo todos los gustos. Y ¡guarda con protestar!
Y yo con tal de no discutir no dije nunca nada.
Ahora ya es tarde. Se están tragando hasta lo que no tengo. Carla:
Reconozca
que no puso mucho empeño en solucionarlo. Imagino que su señora… ¿cómo
se llama? Antonio:
Ester. Carla:
Ester,
se sentiría muy sola. Los problemas de pareja casi nunca son
responsabilidad de uno solo. Antonio:
Me parece que esto no tiene vuelta, sólo me queda
seguir generando los recursos para las damas de mi hogar. Carla:
Inténtelo,
estoy segura que podrá lograrlo. Antonio:
(Atendiendo
el intercomunicador que ha sonado) ¿Sí,
Silvia? ¿Otra vez?
Bueno pasámela.
Hola, si, ¿qué pasó ahora?
Te dije que luego le doy la plata.
Carla: (En voz baja)
Me voy, se hace tarde. Antonio:
(Tapando
el auricular)
Chau, disculpá.
Traeme
la novela. ¡¡¡Si,
te oigo!!!
Está bien, decile que venga a buscarla ahora. APAGÓN. |
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Acto
II |
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En
la misma oficina, Antonio lee la novela de Carla.
Subraya algunas cosas, con otras sonríe, y otras lo emocionan.
Entra Carla, con el mismo canasto. Carla:
Permiso.
Antonio:
Pasá.
¿Cómo estás? Carla:
¿Sigue
leyendo eso? Antonio:
Un
momento, no te permito que critiques la obra de mi próxima cliente. Carla:
¡Usted
es un santo!
Mire que dedicar tanto tiempo a un texto insignificante al lado de
los que debe haber tenido en sus manos. Antonio:
Verdaderamente
me tiene atrapado. Es una novela estupenda, con mucho suspenso.
Realmente dejás volar tu imaginación, eso es muy bueno. Carla:
Usted,
digo… ¿vos creés que hubiera podido dedicarme a esto? Antonio:
Claro
que podés hacerlo.
No veo por qué te limitás. Carla:
Yo
no me limito, es que. . . Antonio:
Tu
entorno. Carla:
(Distraída) ¿Eh? Antonio:
Digo,
que lo que te rodea no te deja ir más allá como quisieras. Carla:
Es
probable, luchar cada día por un pedazo de pan a veces te hace olvidar
otras cosas. Pero no quiero culpar de todo a los demás. Antonio:
Tampoco
es bueno que te hagas cargo de todo lo malo que pasa. Carla:
No
es eso. Sé que la vida que me ha tocado no ayuda. Seguramente hubiera
sido todo más fácil con una buena familia. Un buen respaldo emocional. Si
mi madre viviera... Antonio:
Mirá,
yo creo que todo va junto. Si no pensá en mi caso. Resulta que hay
familia, hay respaldo, y mi hija sigue a la deriva. Carla:
Claro.
Por ahí lo que realmente influye es la personalidad ¿no? Sin importar qué
es lo que tenés al lado, vos pensás en tu objetivo y seguís adelante. Antonio:
Algo
de eso hay, sin duda. Carla:
Bueno,
parece entonces que mi personalidad no es de las más fuertes. Sigo en el
mimo lugar.
A la deriva como decís. Antonio:
No
seas tan cruel con vos misma. Sos el ejemplo claro de que se puede a pesar
de todo. ¿Acaso no escribiste una novela? Carla:
Sí,
pero. . . Antonio:
Pero
nada. Acá está, la estoy leyendo. Es tu obra. Lo que tenés que permitir
ahora, es que te ayuden. Carla:
¿Quién,
cómo? Antonio:
Yo.
Carla:
¿Qué
más podés hacer por mí? Sería abuso. Antonio:
Lo
tengo decidido. Voy a editar tu novela. Carla:
Estás
loco. Jamás podría pagarte. Antonio:
¿Ya
estamos otra vez? Dejá de hablarme de plata. Este libro se va a pagar
solo. Carla:
¿Cómo
estás tan seguro? Antonio:
Creéme.
Yo sé lo que te digo. Y aunque no fuera así, lo edito igual. Porque se
me antoja. Carla:
Me
encantan esas fundamentaciones. Antonio:
A
veces, las cosas requieren de un golpe de intuición, de suerte, de…
cariño. (Se quedan mirando
fijamente) Carla:
Si
no nos acompaña la suerte a los dos, estamos perdidos. A vos que no te
sobra el dinero y yo endeudada. Antonio:
¿Qué
pareja no? Aunque podrías ser un poco más optimista. Carla:
No
quiero soñar en vano, y menos arrastrar a gente inocente. Antonio:
Pero
si soy yo el que te lo estoy proponiendo. Carla:
¿Para
qué habré traído ese estúpido libro? Antonio:
Es
mi decisión, mi editorial. Carla:
Bueno,
pero ese es mi libro, y no se me antoja que lo edites, listo. Devolvémelo. Antonio:
¿Por
qué? Aún no lo terminé de leer. Carla:
Sólo
te lo dejo, si abandonás esa loca idea. Antonio:
Mirá
que sos terca. Carla:
Cuido
un poco la cordura de ambos. Antonio:
Está
bien, pero dejámelo un tiempo más. Carla:
Sin
trampas. Antonio:
Sin
trampas. Aunque en realidad me estás haciendo perder un gran negocio. Carla:
No
quieras convencerme con esos cuentos, y hablando de negocios. Antonio:
Sí,
socia arrepentida. Carla:
¿Vas
a comer algo? Antonio:
Claro
que sí. Dame
“Soufflé de bróculi”. Carla:
Así
me gusta. Antonio:
O
aprendo a comer mejor, o vos y mi hijo me enloquecen. Carla:
Es
por tu bien. Antonio:
Ves,
yo acepto las cosas por mi bien, en cambio vos sos incapaz de ceder en
algo. Carla:
No
exageres. Bueno, ¿algo de postre? Antonio:
¿Qué
me trajiste de especial? Carla:
Dos
manzanas. Antonio:
Bueno,
dale. Ahora yo pregunto: ¿no te es más complicado traer tanta comida
especial sólo para mí? O pusiste en régimen a toda la clientela. Carla:
Es
que uno debe cuidar a las personas que quiere. Yo ya no podía ni cocinar
pensando en el mal que te hacían esas comidas. Antonio:
¿Para
tanto, che? Me
querés mucho entonces. Carla:
Obvio
que sí. ¿Vos no? Antonio:
Seguro.
(Quedan mirándose de frente) Carla:
Bueno,
me voy, porque si no el resto de las oficinas no almuerza hoy. Antonio:
Sí,
llevate todo eso, porque ese olorcito a pastel de picadillo me está
matando. Carla:
¡La
torturadora de editores…! Antonio:
¿Qué? Carla:
Lindo
nombre para un personaje. Antonio:
Sí,
y yo sé cómo termina la historia. Carla:
Así
no tiene gracia. Hay que dejar volar la imaginación. APAGÓN |
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Acto
III |
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Antonio
vuelve a la sesión con el público. Antonio:
¡Qué
bien! ¿no? Todo perfecto. La amistad entre el rico y la pobre. El maduro
apoyando a la más joven. ¡Qué soberbios somos! Nos creemos
omnipotentes. Además de estar convencidos de tener la razón. Mírenme ahí,
sin poder enfrentar a mi familia para hablar con honestidad, pero
aconsejando a quien, en definitiva, la tenía mucho más clara que yo. (Pausa,
con profundo dolor) Pero lo peor aún estaba latente. No conforme con
ese apoyo amistoso que nos dimos, siempre se quiere más. Es insaciable la
sed del ser humano. No basta con sentirse querido, es preciso ser
"el" indispensable. Sépanlo, nadie es insustituible. La vida
pasa, el tiempo corre, nosotros somos apenas un puntito pasajero en la
inmensidad de la existencia. ¿Cuántos pueden percatarse de que uno ya no
está? Cinco, seis personas a lo sumo. Al resto no les importa, no se dan
cuenta. Pero qué lindo es sentirse el centro del universo, aunque sea por
un instante. Creer que todo es creado por y para vos. El problema es la caída,
estar en las nubes y venirse abajo de sopetón. Nosotros que creemos estar
con todas las luces, armamos un mundo artificial tan insostenible que
cuando se desmorona, o nos sepultamos con él, o terminamos así, como yo.
¿Y cómo estoy yo? A ver, díganmelo ustedes que tienen mucha más
experiencia que yo en sicoanálisis. Vamos, ¡digan lo que ven! Un tipo
ojeroso, cansado, triste, hecho pelota y digno de ser protegido ¿no? Pues
una vez fui yo quien protegió. ¿No me creen? Cometen un grave error. Yo
creí tener todo bajo control, me sentía como el propio Zeus, el Dios del
Olimpo, que era a la vez, protector de la paz de los hombres y al mismo
tiempo creador y apaciguador de tormentas y furiosos huracanes. Vuelve
a escenario. Llama su secretaria por el intercomunicador. Antonio:
(Atiende) ¿Sí? No te
puedo creer. Ya me parecía, hacía como diez minutos que no llamaba. ¡Hola!…
¿Qué? Pero vos te volviste loca, no me insultes así… Claro que la
cancelé. Es que me estaban matando con esa tarjeta de crédito sin límite…
Haceme el favor, mirá si se va a ir ¿a dónde? ¿No ves que te está
tomando el pelo?… Ya te dije que no me gritaras… ¿Qué? Vos no me vas
a echar de mi casa… ¿Te parece lógico lo que estás diciendo?… ¡Basta!
Cuando llegue a casa vemos… Está bien, hacé lo que quieras. (Cuelga
furioso) ¿Hasta cuándo? digo yo, ¿hasta cuándo? Harto, estoy. ¿Cómo
puedo hacer entender a estas mujeres lo equivocadas que están? No tienen
límites, che. Carla:
(Desde la puerta,
visiblemente triste) Hola, ¿Vas a almorzar hoy? Antonio:
Ah…
hola. No, estas dos me sacan hasta el hambre. Carla:
Bueno,
hasta mañana. Antonio:
Pero
no te vayas, pasá. Carla:
Es
que estoy atrasada. Antonio:
Sólo
un momento. Carla:
¿Te
ayudo con algo? Antonio:
Si,
sentate. Me
gustaría que charláramos un poco, así se me pasa la mufa. Carla:
¿Otra
vez con tu hija? Antonio:
Ahora
amenaza con que se va a ir de casa. Carla:
No
lo irás a permitir. Antonio:
Son
pavadas. Mirá si se va a ir. Carla:
¿Estás
seguro? Antonio:
Pero
claro, es otra de sus estrategias para lograr lo que quiere. Y mi mujer
que… Carla:
¿Qué
pasa con ella? Antonio:
Sabés
lo que pretende? Echarme de casa. Carla:
¿Cómo,
echarte…? |