En 1937 todo había cambiado. No es que la añosa capital de la haute culture estuviese mal, pero para esa fecha el Viejo Mundo se había vuelto demasiado peligroso, y París quedaba en el corazón del riesgo. Por otra parte, la vanguardia artística, salvo Breton y algunos girones del movimiento surrealista, había optado por transformarse en vanguardia política reduciendo sus voltajes creativos. Ya en vísperas de la Segunda Guerra Mundial la fiesta había terminado.
En 1963 apareció en Montevideo un pequeño libro de cuentos de un autor desconocido:
Una forma de la desventura, de un tal L.S. Garini. Podía tratarse de un joven más de la pujante ola de nuevos narradores. Pero la información consignada en la contratapa del librito podía dejar algo incómodo al que partiera de la premisa anterior. Allí alguien que no firma (quizás el propio autor) escribe:
"L.S. Garini nació en el departamento de Soriano y después residió en Montevideo, donde dejó sin terminar las carreras de abogacía y arquitectura. A partir de 1937 vivió dos años en Francia. De allí trajo una admiración indeclinable por Flaubert, Cézanne, Picasso y Juan Gris. Y una vocación por las letras a la que ha permanecido fiel todos estos años.
Ha escrito cuatro series de relatos, pero ésta es la primera que publica
(...)"
El mito parisino seguía encandilando aún tres décadas después de la experiencia vivida, seguía engendrando literatura en estos remotos rincones. Pero ningún lector supo cómo era el rostro de L.S. Garini hasta que en 1977 apareció una foto suya en
El Día, junto a un breve reportaje que le hizo Enrique Estrázulas. París regresaba al centro del diálogo:
"Viví en esa ciudad desde 1937 a 1938, dos años. Allí no tuve contactos literarios con nadie. Yo trataba únicamente franceses que estaban completamente alejados del problema (...) ya había fracasado en casi todo. Menos, lógicamente, en mi tenacidad por leer y escribir. Vivía, simplemente, de una
herencia".
DE COMO OCULTARSE. En agosto de 1966 y casi al unísono, dos imprentas montevideanas editan dos libros en los que L.S. Garini vuelve a estar presente. Primero llegó su nuevo volumen de cuentos (más pequeño que el anterior), donde los lectores curiosos pudieron averiguar algo más del autor. Pocas cosas:
"Fue a la escuela rural del lugar (Soriano) (...) Realizó dos viajes a Europa (1937 y 1952) y ha residido por varios años en La Floresta y Atlántida. En la actualidad vive en los alrededores de
Montevideo".
Después la tan celebrada antología colectiva Cien años de raros, preparada por Ángel Rama, incluyó el cuento inédito "Exceso de sensibilidad", y en la página 59 el crítico anota:
"Aunque L. S. Garini tiene hoy 57 años y escribe desde los quince, recién hace muy poco que se han conocido sus originales creaciones
(...)". Tanto en el índice como en la mencionada página el escritor se llama Luis S. Garini. Lo que amenazaba como seudónimo parecía no serlo. Los devotos del carnet de identidad podrían dormir tranquilos. Esta certeza se reafirmó el 2 de diciembre del mismo año, cuando Jorge Ruffinelli reseñó Equilibrio en Marcha, donde anotó:
"Yo diría que Luis S. Garini se propone un nuevo contacto con la realidad
(...)".
Lo complejo era situar al escritor en esa realidad o, en todo caso, lo arduo era definir la realidad desde la visión de este nuevo raro. Tan difícil e incómodo era que pudorosamente Arturo S. Visca anotó en la nota preliminar de su
Antología del cuento uruguayo (1968):
"(...) L. S. Garini, seudónimo con que firma sus cuentos alguien cuyo nombre real sé, y muchos conocen, pero que sería indiscreto estampar aquí. Lo de raro puede justificarse, inicialmente, por la extraña y en extremo reticente, actitud publicitaria del autor. Hombre de sólida
Al año siguiente, Rubén Cotelo, ni tan discreto ni tan pudoroso (o no tan partidario de alimentar mitos) descorrió el oscuro velo en su libro
Narradores uruguayos, selección de cuentos publicada en Caracas:
"Nació literariamente en 1963 (...) Se llama, en realidad, Héctor Urdangarín".
Pero Visca aportó 1903 como fecha de nacimiento del escritor secreto en la segunda de sus antologías del cuento nacional, dato que nadie desmintió. Tampoco nadie había desmentido los cálculos de Rama (que llevarían el "natalicio" a 1909), ni los del propio autor que dijo en el reportaje antes citado:
"Tengo 69 años (ergo: "nací en 1908") y sigo acumulando
textos". En 1983 volvió a susurrarse apenas otra información: Garini, Héctor Urdangarín había muerto. Había vivido sus últimos años en una modesta casa en Camino La Cabra con escasos medios para subsistir, según el testimonio del escritor Julio Ricci, tenaz seguidor de Garini y editor de su último libro.
UN EXTRAÑO MUNDO. Hace poco, Ricci recibió en Mercedes, de manos del historiador local Manuel Santos Pírez, un brevísimo volumen firmado por Casimiro Cassinetta y editado en aquella ciudad en 1931. Estos breves
Cuentos divinos habrían salido, así se afirma sin pruebas concluyentes, de la escritura de Garini. O de Urdangarín. Curiosamente, una revista de circulación limitada que aparece en Mercedes,
Hum-bral, republicó en setiembre de 1990, dos cuentos que pertenecen al libro
Equilibrio ("La cacería" y "Las botas amarillas") conteniendo leves variantes y una advertencia apocalíptica con inquietantes mayúsculas:
"Para el caso de este cuento de Garini, QUEDA EXPRESAMENTE PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL. NI AUN MENCIONANDO LA FUENTE. Si bien los derechos sobre el mismo no son de nuestra pertenencia, así fue acordado entre
Hum-bral y la persona que nos lo acercó"
¿Cuál era el origen? ¿Quién decide el destino de sus aparentemente múltiples inéditos? Desde el hipotético principio oficial, el que Garini estableció con
Una forma de la desventura (1963), la crítica le fue favorable aunque no entusiasta. Una crítica acostumbrada a la narrativa urbana (Onetti, Benedetti, Martínez Moreno), que todavía miraba con desconcierto las experiencias de Felisberto Hernández o Armonía Somers, no podía aceptar así, de buenas a primeras, el extraño mundo de L. S. Garini.
A estos últimos antecedentes se lo afilió, no sin cierta razón.
Pero en rigor la crítica quedó bastante desconcertada ante sus ficciones y el misterioso manto, con aroma a posible nuevo mito, que cubría la identidad del escritor. Así, a José Pedro Díaz, Mario Benedetti, Cotelo y Visca, les incomodó la rígida sintaxis de los cuentos de Garini; se consideró que fatigaba el uso del "etcétera" y de las conjunciones. Desde el principio descolocó una tendencia que Benedetti define como
"curiosa mezcla de afán de narrar y designio de ocultar".
No se advirtió entonces que había un juego de máscaras también en sus relatos, donde un narrador, generalmente en primera persona, intenta objetivarse a través de un extraño distanciamiento que busca diluir la historia, reducir a la mínima expresión los datos de los personajes para expresar el absurdo y el grotesco, el dolor y la desventura.
La suya es una curiosa forma del objetivismo que se adelanta a las experiencias del ahora viejo nouveau roman, y que (con firmes probabilidades) se nutre del ilustre antecedente de esta tendencia de la narrativa francesa:
Tropismes (1939), los breves relatos de Nathalie Sarraute. Existe con ellos una relación de consanguinidad, porque en los relatos de Garini como en los de la escritora francésa, ocurre algo que describe Juan José Saer: el alejamiento
"de las leyes de la sintaxis, tal como la entienden los amigos del 'buen decir' (...) La prosa tartajeante de la señora Sarraute, plagada de comas que no señalan el descanso calculado del discurso sino las vacilaciones propias de la
conciencia".
Así escribía Nathalie Sarraute en la gran urbe, en los mismos días en que Héctor Urdangarín, con el dinero de una herencia en el bolsillo, visitaba las exposiciones de pintura y aprendía del cubismo a observar los objetos. Los mismos días en que deambulaba silencioso y espiaba a la distancia
("soy un observador frío". dice en su magistral cuento "Equilibrio") la vida en las casas sórdidas, las casas de pensión que brotan en los cuentos de Garini. Seguramente en aquellas jornadas parisinas empezó a ensayarse en la escritura de sus relatos, en algún ignorado lugar de la "ciudad Luz" comenzó a pulirlos obsesivamente gestando infinitos borradores hasta alcanzar ese estilo vago y contradictorio que parodia al discurso esquizofrénico.
Una noche de 1988, en su segunda estadía fugaz en Montevideo, Salvador Garmendia afirmó que si L.S. Garini
"hubiera nacido en París, estaría traducido a todas las lenguas". El consagrado escritor venezolano ignoraba que un exacto medio siglo atrás Garini había soñado lo mismo, en la ciudad a la que Garmendia volvería de inmediato para cumplir con sus funciones de agregado cultural, en el París que le regaló la vocación de escritor. |