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Tendría que volver, etc.
L. S. Garini

Iba a hacer la quinta o sexta salida para buscar al animal. Miró hacia la calle por una de las ventanas de la parte baja de la casa, y pudo ver a un grupo de personas que hablaban con voces fuertes. Aquella calle tan tranquila, ya comenzaba a no serlo. Eso lo fastidiaba. Vivía hasta entonces muy cómodo, y aun el gato disfrutaba de esa comodidad; ni chiquillos, ni mujeres que hablaran a gritos, ni vendedores que vocearan sus mercaderías, etc.

Trataría de salir lo más rápido posible y sin ser visto. Volvió a mirar. Todas aquellas personas reunidas frente a su casa lo molestaban. ¿Esperaría hasta que se fueran? Pero tenía que buscar al gato; no podía esperar.

El animal podía estar herido, o atrapado, o preso en cualquier sitio. Estaba haciendo lo mismo que hacía su gato: esperar que la gente desapareciera para salir. Tenían unas cuantas costumbres en común.

Salió y cuando iba a entrar en su automóvil lo detuvieron. Un niño enfermo, o herido, o moribundo; o aun un señor, o una mujer. Como estaba preocupado con la desaparición de su gato, no pudo entender con claridad —tenía que llevar al herido, etc., etc.—. Pero él tenía que buscar a su gato y no podía perder su tiempo.

Alguien intenta quitarle la rueda del volante, y otros rompen un vidrio o dos, de las ventanillas, le gritan palabras ofensivas; pero él casi no oye. Ha visto, dos calles adelante, un animal semejante a su gato, o, su propio gato, tal vez.

Consigue desprender el vehículo de los que lo retienen, y todavía lo alcanzan algunas piedras. Alguien había caído y tal vez derribó una persona. Estuvo mucho tiempo buscando al animal. Se internó en casi todos los sitios desocupados, y también en un bosquecillo de los alrededores. De tiempo en tiempo lo llamaba. Volvía a pensar que él sólo tenía la culpa de todo aquello; que lo había abandonado, y que el animal se había encontrado desorientado, y que él era un mal hombre, o un criminal, etc. ¿Qué podía hacer el animal solo, sin sus cuidados, sin sus sitios de costumbre para dormir y para estar? Esos malditos días en la ciudad para arreglar unos asuntos sin importancia.

El animal no apareció. Cuando estuvo de regreso en su casa, ya casi de noche, lo esperaba un hombre vestido de uniforme que le dijo que tendría que acompañarlo. Ya en el local adonde lo llevaron, se encontró frente a un pupitre o mesa, con otro hombre uniformado detrás. El hombre le dijo que era necesario, o conveniente, aceptar el orden establecido, o las leyes que regían el orden, etc. A él no le importaban ni esas leyes, ni ese orden. A él le importaba su propio orden, el de su casa con su gato, y sus costumbres; y estaba dispuesto a defender ese orden suyo, particular. El hombre de uniforme continuaba hablando. El no podía oír lo que le decía aquel hombre; pensaba en su gato.

¿Qué ideas, o lo que fuesen, habían pasado por la pequeña cabeza en todos aquellos días? ¿Y si se hubiese muerto? ¿Cómo habrían sido los últimos momentos? Sí, él era un criminal, o un mal hombre; no debió dejarlo todos esos días solo, sin ningún amparo, librado a sus pocas fuerzas. Había estado en la "ciudad" sosteniendo conversaciones sin sentido, y comiendo, y asistiendo a reuniones a las que no debió asistir.

"Usted está "incomunicado", o "aislado", le había dicho el hombre que estaba detrás del pupitre, o alguno de los uniformados, tal vez.

A él no le importaba estar aislado de ellos, que ya lo habían molestado bastante todo ese tiempo. Ni siquiera le importaba estar aislado, separado de sus vecinos, a los que no conocía; ni deseaba conocer, pero quería ver a su gato, hallarse junto a él, acariciarlo. Pensó decirle al hombre que para él, aquel animal era más importante que todo lo otro, y cuando él ahuecaba la mano y el gato metía allí su pequeña cabeza, él se sentía muy feliz, sumamente feliz.

El hombre uniformado dejó su asiento y comenzó a moverse muy cerca de él, con sus ropas ajustadas y sus botas altas, o polainas, y su cinturón ancho con una cartuchera con un arma —y entonces él había perdido su serenidad y le había dirigido palabras fuertes, o lo había insultado.

Lo dejaron un rato solo, encerrado en la habitación. Después, casi sostenido por otros dos hombres uniformados fue conducido hasta la celda que le habían destinado. Continuaba diciendo, o gritando, que tenía que buscar a su gato, que tendría que ir hasta su casa y comenzar una nueva búsqueda del animal.

Los hombres le informaron que ya no podría ir a su casa, ni siquiera salir. Cerraba los ojos y aparecía la figura del gato. ¿Estaría muerto, y ya descomponiéndose el cuerpo frágil, con sus pequeñas patas nerviosas, y sus ojos vivaces de un color tan agradable, y su cola fina que él sabía manejar con tanta gracia? o ¿se hallaría subido a un árbol? o ¿caminando sin rumbo fijo, en no sabia qué lugar? o ¿encerrado en quién sabe qué casa de gente hostil?

Descubre una pequeña ventana en la parte alta de la pared. Se sube a una banqueta y se asoma. Cree ver a su gato que atraviesa un sendero junto a unos arbustos, da golpes a la puerta y grita para que le abran; el animal puede desaparecer y él tiene que correr enseguida para no perderlo. Llega uno de los guardianes y le pide que lo deje salir para traer al animal, o por lo menos que lo atrape y se lo traiga; nada más que eso, es todo lo que desea.

El hombre lo mira, y tal vez se ríe, o insinúa una sonrisa, y vuelve a cerrar la puerta.

Necesita a su gato, no va a poder dormir; ni siquiera podrá sentarse. Tiene que hablar con el "Jefe", o "superior", o el responsable de todo lo que le sucede.

Llama dando puntapiés a la puerta. Nadie aparece. No se oyen voces, ni pasos, tampoco el guardián aparece. Después cree oír un ruido de platos y de cubiertos; tal vez alguien se dispone a comer. Tendrá que llamar de nuevo, dar gritos, o derribar la puerta.

L. S. Garini
Una forma de la desventura
Editorial Alfa 
Montevideo - Noviembre de 1963

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