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El caballo, los perros y el hombre

L. S. Garini

Este lugar, es un lugar para "gente bien", le había dicho el "señor", "y, su caballo, no debe comer en un sitio como éste. Además, puede estropear mi jardín".

Y el hombre le ha respondido que, "será un lugar de "gente bien", pero que el caballo tiene que comer. Si no come, se morirá".

Y el "señor", "a nosotros, eso no nos interesa".

Y el hombre, "a mí sí, y la gente no come pasto, y es una pena que se pierda un pasto tan bueno".

"Hace unos días, uno de sus perros, estuvo a punto de morder a mi mujer", le dice el "señor", "no sé si la hubiese mordido, pero por lo menos, le ocasionó un susto muy grande, y tiene el corazón enfermo".

"Y todo eso Ud. me lo dice a mí", le responde el hombre del caballo, "yo he vivido siempre mal, y por lo menos, que el caballo viva mejor que yo, y que coma este pasto tierno. Ud. no imagina lo que yo he sufrido, y me viene ahora con esto.

Estoy casado por segunda vez. Mi primera mujer murió cuando no hacía aún cinco años que nos habíamos casado, y gasté todos mis bienes en su enfermedad. El hijo que me dejó, también ha muerto. Quedé huérfano a los seis años, y, ahora que había intentado rehacer mi hogar —me gusta el hogar— mi segunda mujer se halla moribunda. ¿Qué me dice? Soy un hombre que trabaja. No quiero grandes negocios, pero desearía un poco de felicidad. Quiero ser feliz unos años, antes de morir. Y a Usted, ¡le molestan mi caballo, y mis perros!

Tengo que aprovechar estos pastos. En el verano no habrá nada. Y, si llega a morir mi mujer, no tendré ya ni ganas de darle de comer al animal".

"Pero, si le fue mal en su primer matrimonio", le dice el "señor", no debió volver a casarse. Hizo mal. Solo, también se vive. Tome el ejemplo de los grandes filósofos, de Diógenes, ¿por qué no? que vivía en un barril, y era feliz".

Y el hombre: "yo he vivido con mucha tristeza. Todo ha sido triste para mí".

Y el "señor": "Usted habrá vivido de manera triste, pero, ni mi esposa ni yo, somos los culpables de su tristeza. Mi esposa tiene el corazón en mal estado, llora por cualquier cosa, está muy sensible, y usted debe irse de aquí con sus perros y su caballo. Un caballo no debe estar tan cerca de nuestros muebles. Desentona. Su caballo hasta se mira en mis espejos. Nuestros muebles ¡son muy buenos; como todas nuestras cosas. Los hizo el mejor mueblero del país, y los hizo expresamente para nuestra casa, y su caballo ahí enfrente. No se podrán abrir esas ventanas. Tendría usted que darse cuenta —decía el "señor"— y el hombre: "a mi caballo, no le interesan sus muebles. No entiende de muebles. A mi caballo le interesa el pasto tierno; no entiende de muebles, ni de espejos, ni yo tampoco. No va a comer sus muebles".

"Esta es una casa de mucho valor, es una casa cara, tiene siete dormitorios y siete cuartos de baño, y uno para el personal de servicio, y dos comedores; uno de invierno y otro de verano, y dos vestíbulos y un galpón para cuatro automóviles", dice el "señor", y el hombre: "ni mi caballo ni mis perros se van a meter en sus cuartos de baño; yo sólo quiero que mi caballo aproveche el pasto, y no su casa".

"Sí, me iré, me voy", dice el hombre, "siempre me han de aplastar, siempre tengo que ser la "víctima". El corazón en mal estado, podrido, seguramente. Que lo tire. Llora por cualquier cosa. Que llore. A mí, qué me importa. Más he llorado yo, y nadie me ha dicho nada. Se han reído. Al diablo, con el corazón podrido de su mujer!".

Diógenes, Diógenes, Diógenes y el barril, y el corazón de su mujer, y su jardín, y sus plantas, y su tranquilidad, y la "gente bien".

L. S. Garini
Una forma de la desventura
Editorial Alfa 
Montevideo - Noviembre de 1963

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