Las tarariras

cuento de Carlos Enrique Gamboa

Ilustró Eduardo Vernazza

VICENTE tenía ocho años cuando se quedó sin padres.

Ya no pudo volver a la escuela, y despacio se fue endureciendo en las frías madrugadas de los galpones. Le costó adaptarse. Trabajaba en el tambo, y sus manos se fueron cuarteando, volviéndose ásperas como la vida.

Como andaba descalzo, cuando la escarcha le ponía vidrios a los ojos de agua, pisoteaba el estiércol calentito y humeante de las vacas, y entonces, con una sensación de calor... y tiempos buenos, le llegaban a rachas los recuerdos.

Ahora los pesos le alcanzaban ‘‘a gatas p’a ir tirando’'. Le gustaba llegarse a los remates donde jamás compraba nada. Revolvía entre los “fierros'’ con aire de entendido y comprador. Hasta que un día quiso llevarse algo. Una horquilla herrumbrosa y gastada por los años.

Salió a la venta el lote! Nunca ofreció por nada y el rematador iba más rápido que sus pensamientos! La emoción le cerraba la garganta y no podía ofertar.

Él hombre hacia veinticinco años que conocía el pago... y notó su mirada esperanzada.

Los dedos rústicos de Vicente rascaron el bolsillo. ¡Treinta pesos lustrosos de tanto sobarlos, parecían tan poco! ¿No hay quién dé más? Y la voz ronca del rematador sentenció: ¡Vendida por treinta pesos al amigo!

La horquilla, le había dicho Ramón Sosa, el herrero, servía como ninguna para hacer una fija. Y allí estaban los dos prendiendo los carbones. Ese día la fragua estaba que volaba. El mágico martillo subía y bajaba, dando dos golpes en la horquilla y tres en el yunque. No se explicaba Vicente porqué era así, pero le gustaba el compás como si fuera una música embrujada. Las chispas saltaban como fuegos artificiales, y aquella herramienta gastada por las horas cansinas de un labrador, se iba transformando, iba naciendo a la vida con otro destino, un poderoso arpón de cuatro puntas.

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

El metal ... el eterno metal, ¡cuántas veces fue forjado por el hombre! Salida de las entrañas de la tierra, tal vez esa horquilla fue una lanza que peleó la libertad en las cuchillas, o un grillete que apretó en lo oscuro de una mazmorra. Pero Vicente la vio nacer de nuevo y ya sabía lo que era. Lo despertó el chirrido del temple, cuando, las cuatro puntas tocaron el agua al mismo tiempo, y pasaron del rojo cereza al azul oscuro del acero. Cuando la sacaron, quemaba todavía. Vicente no podía sostenerla, la pasaba de una mano a la otra para verla..., para que sus ojos se embriagaran de la forma, para que su imaginación volara hasta el arroyo de las tarariras. Ramón no le cobró ni un peso. Sintió la satisfacción de haber hecho algo hermoso, y ese fue su premio. El mismo lo acompañó al monte para elegir el mango.

Llegó el domingo. Vicente iba caminando con el peso del sol en los hombros y los ojos clavados en las oscuras aguas. Diciembre caldeaba las barrancas del arroyo Aparicio y las tarariras llamaban de forma irresistible. La laguna cortada, rodeada de sarandíes, parecía el espejo de una fuente profunda de silencio... Sólo un pequeño sangradero corría hasta el arroyo, temeroso de hacer ruido, por debajo de loa saucemimbres. De pronto creyó ver un tronco sumergido. Contuvo el aliento y sus ojos fueron adivinando la forma de una tararira dormida a media agua. Tan quieta que era una gran mancha alargada en la orilla barrosa...

Los dedos se apretaron sobre el palo. Hundió los talones en la greda amarilla, y con un empuje de sus brazos, como si se jugara la vida, le enterró las cuatro puntas hasta la madera! El monte entero se conmocionó! Fue como si hubiera liberado una energía infinita! No podía sujetarla, porque la presa estaba en su elemento! Herida de muerte, partió como un relámpago plateado al medio de la luna!

Sin punto de apoyo, Vicente se desbarrancó tras de su fija! El agua del fondo estaba fría, y creyó que nunca volvería a salir... Cuando despertó, estaba enganchado en una rama que por suerte se le cruzó en el viaje! Y... el mango estaba allí... cerquita... apenas sobresaliendo de los camalotes. Cuando logró aferrado, se dio cuenta que Ramón Sosa había hecho un gran trabajo.

Esa tarde el almacén del vasco estaba lleno. Vicente se paró en la puerta, y el mundo entero le perteneció. Los viejos dejaron el truco y sin querer desparramaron los maíces por el suelo. Buenas o malas... qué importaba! Las copas de loa que perdían, quedaron sin servirse...

La echaron a la balanza y acusó quince quilos! Ese día Vicente se hizo más hombre. Entonces... toda el agua del arroyo que traía en su cuerpo, le brotó de los ojos profundos y se fue derramando por el piso de tierra, en gotas como lágrimas.

 

cuento (narrativa) de Carlos Enrique Gamboa
Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Suplemento dominical Huecograbado del diario El Día

Montevideo, 12 de agosto de 1973

 

Editado por el editor de Letras Uruguay

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