El Viaje

 

Une vérité clairement comprise ne peut plus éter écrite avec sincérité.
Marcel Proust

Los pensamientos son aún confusos. Trato de reconstruir aquellos días, entre el ensueño y el delirio, pero sólo acuden a mi mente con claridad los dos últimos. Como en un Fiat lux, una escena comienza poco a poco a hacerse visible.

Sentí otra vez el mareo y me detuve. Ella era una de las personas con quienes bajábamos las escalinatas del teatro en aquel pueblo junto a las sierras, al final del recital poético. Se acercó y mirándome con algo de preocupación dijo:

–¿Se siente bien?

Su voz pareció venir de muy lejos. No respondí. Comencé a caminar muy lento y Martín se prendió de mi mano. Ella nos siguió, y al notar mi paso vacilante tomó mi brazo. Inclinándose para mirar a Martín le preguntó:

–¿Cómo te llamas? –Él no respondió y me miró inquisitivo como esperando que yo lo hiciese por él. –Mi nombre es Mariana –prosiguió ella sonriéndole. –Mejor vamos a ese café. Tu papá no se siente bien, parece, y es mejor que nos sentemos. Es tu papá, ¿verdad?

Martín asintió.

Su voz sólo puede ser descrita como de una dulzura poco común, que traía reminiscencias lejanas que yo no podía definir. Me detuve un instante y la miré. Sus ojos de un verde grisáceo me examinaban curiosos. Sus rasgos eran de una belleza que emanaba serenidad; no obstante, debo hacer un gran esfuerzo para precisar detalles.

Una vez sentados bajo una amplia sombrilla me sentí mejor. Luego de un buen rato de espera, el rostro grotesco del camarero contrastó con la sonrisa plácida de Mariana, quien me preguntó:

–¿Agua mineral solamente? –Yo debo de haber asentido, y debo de haberle dicho el nombre de mi hijo, aunque no recuerdo haber oído mi voz. Ella prosiguió: –Agua mineral para el señor, una limonada para Martín y para mí un capuchino fuerte. Ah, y un vaso de agua, por favor.

Su voz firme suena ahora con claridad. Mis ojos se cierran y trato de memorizar. Igual que la voz de una radio en onda corta, las escenas son por momentos nítidas, por momentos confusas, para resurgir de nuevo en un vaivén irregular.

Recuerdo sí, que sentía la transpiración brotar de todos mis poros, pero tenía frío. En forma repentina todo se volvió oscuro. La luz retornó; la clínica, el médico con su incipiente calvicie, la enfermera gorda; la inyección; pude oír la voz clara de barítono:

–En los análisis no ha aparecido nada anormal, excepto su presión arterial, algo más alta de lo normal. ¿Es su esposo?

–Eh... no, somos compañeros de viaje.

–Creo que el mayor problema es la tensión nerviosa… el estrés, como está de moda llamarla ahora. –dijo, mientras escribía algo. –Esto puede ayudar. Pero si vuelve a suceder…– su voz se perdía – esquizofrenia … psiquiatra…

Cuando salíamos, sentí el calor de la mano de Mariana en la mía; la niebla de mi mente pareció menguar. Caminamos hasta el coche.

–Mira Rodrigo, tú no estás en condiciones de conducir. Perdiste el conocimiento, y con la ayuda de varios parroquianos del café te trajimos a la clínica. Tuve que mirar tus documentos para dar tu nombre. Te hicieron varios análisis, y todo parece estar bien.

Le pregunté quién había pagado al médico.

–No te preocupes, está todo arreglado. Martín, con quien charlé largo rato, me dijo a dónde vais; yo voy al mismo lugar, así que cancelé mi pasaje en el autobús. Dejadme acompañaros, ¿sí?

No estaba en condiciones de negarme, y ella inspiraba confianza.

Martín subió al coche y se acurrucó en el asiento posterior. Antes de subir, ella decidió indagar:

–¿Has tenido esos desmayos con frecuencia? ¿Qué es lo que sientes?

Sin dar muchos detalles le expliqué que era una crisis pasajera.

–Pero… ¿sientes algún dolor?

"En el alma" pensé, pero no respondí. Me miró por un instante, y al notar la expresión de mi rostro no insistió. Puso en marcha el motor y partimos, en silencio por un buen rato.

El pequeño coche, alquilado unos días antes, corría veloz. Mariana conducía con pericia y Martín se había dormido.

–¿Te gustó el recital? –preguntó. Le contesté afirmativamente. Había sido una hermosa experiencia. La voz modulada del recitador resonando en el pequeño teatro retornaba a mis oídos como en oleadas, mientras miraba el paisaje: "Las colinas doradas, los verdes pinos... ¿Adonde el camino irá?"

Ella pareció leer mis pensamientos.

–Este camino es una ruta alternativa. Nos faltan todavía unos 300 kilómetros, pero he desviado porque por aquí hay un parador donde podremos pernoctar. –Y luego de un rato –¿quieres escuchar música? En mi bolso hay un cassette que me encanta, ¿quieres ponerlo? Es música medieval, muy... calmante; estoy segura que te gustará.

En la cubierta se leía "Ambrosian Chant" y se veía la foto de un grupo de 13 mujeres con largas túnicas, en el interior de una imponente catedral. Cierro los ojos y puedo oír esas voces entonando música sacra escrita muchos siglos atrás, que me producía una mezcla de melancolía y deleite.

Más tarde Mariana habló de su vida, de su tarea en la universidad y luego de un marido que por razones de trabajo había ido a Boston para dos semanas y de quien hacía cinco meses que no tenía noticias.

–Seguro que decidió quedarse. Siempre decía que quería irse a vivir allá. –Y luego: –¿Y tú...? ¿Tu esposa...? ¿Qué? ¿Con un hombre diez años menor que ella? ¿Hace seis meses? ¡Y dejó a Martín con sólo nueve años! ¡Pobre ángel! Y a ti... con razón estás deprimido y tienes esas crisis.

El parador era un antiguo castillo reformado para el turismo. Yo me sentía extenuado; temía volver a desvanecerme. Un hombre de bigote negro tras el mostrador preguntó a Mariana si habíamos reservado, y ante su negativa explicó que sólo había una habitación disponible, pero era amplia, con cama de matrimonio y otra de una plaza; tenía además baño privado. "Ideal para los señores y el niño, con hermosa vista del bosque y la sierra".

Ya en la habitación me sentí mejor. Mi lucidez retornó y recuerdo con más claridad los detalles. Un enorme cuadro en la pared mostraba la épica figura de don Quijote cabalgando junto a Sancho. Los muebles eran antiguos y de buena calidad.

Luego de la cena, con un camarero de rostro grotesco que parecía hermano mellizo del anterior en el café del pueblo y bebiendo un delicado vino rosado elegido por Mariana, la noche agradable nos incitó a dar una larga caminata por los amplios jardines; Aranjuez vino a mi mente, aunque no había semejanza; quizás sólo lo asociaba con momentos felices del pasado. Rato después nos retiramos a descansar.

Martín cayó rendido sobre la cama grande y a los dos minutos dormía. Mariana entró al baño. El ruido de la ducha me hizo pensar en el agua jabonosa resbalando por su piel; pero fue sólo un destello. Luego de ducharse, Mariana, saliendo del baño envuelta en una toalla, sugirió:

–Tú y Martín duerman en la cama grande. Yo me arreglo en la pequeña junto a la ventana.

Yo le expliqué que prefería que ella compartiese la cama grande con Martín, que yo usaría la otra junto a la ventana, pues necesitaba el aire fresco de la noche. Luego de haber insistido un rato, ella comprensiva accedió.

Mientras me duchaba, oí de nuevo la música medieval. Retorné a la habitación y vi a Mariana sentada en la cama con un pijama de seda celeste, leyendo un libro. Había desvestido a Martín que dormía junto a ella. Noté con sorpresa que el pasa-cassettes estaba apagado, y que la música provenía de afuera. "Extraña coincidencia", pensé. Le pregunté qué leía a lo que respondió:

–Es Britto García, el venezolano. ¿Has leído algo?

Le dije que me había impresionado mucho "Rajatabla", leído mucho tiempo atrás y ella prosiguió:

–Ah, sí, lo leí y me pareció excelente. Éste es "Abrapalabra", y apenas lo he empezado.

Súbitamente todo se volvió oscuro. Por un instante creí que volvía a perder el sentido, pero la voz de Mariana, diciendo "¿Qué sucede? Las luces..." me tranquilizó. Luego de habituar mis pupilas, caminé lento hacia la puerta y en ese instante alguien golpeó.

–Mil perdones, señor, señora, –el hombre sosteniendo un candelabro de tres velas nos alumbró. –Usen esto por ahora; procuraremos solucionar el problema en algunos minutos.

Dejó el candelabro sobre la cómoda y salió reiterando sus excusas. En la penumbra, la sonrisa de Mariana mitigó mis temores.

–Esto es una aventura que no me esperaba –dijo ella sonriendo, y guardando el libro, quedó mirándome por un momento, como esperando que yo dijera algo. Como no hablé, prosiguió –Buenas noches, Rodrigo. Que descanses.

Pensando que quizás debí haber entrado en el juego de una conversación que ella pareció iniciar, me limité a sonreír ligeramente y me senté en la cama. Durante un buen rato quedé admirando el cuadro, en el que ambos personajes parecían adquirir vida por la luz vacilante de las velas. De un soplo las apagué y dejando la ventana entreabierta me metí bajo las sábanas; tardé mucho en dormirme. La música medieval se oía lejana. "Alguien debe tener el mismo cassette" pensé. Finalmente el cansancio y el sueño se impusieron.

Me despertó el ruido de cascos en el adoquinado del patio y escuché voces. Un reloj en algún sitio dio dos campanadas. "Un poco tarde para hacer equitación", pensé. Luego comprendí que como casi siempre, me costaría volver a dormirme. Como telón de fondo, la música sacra aún se oía muy suave. Al rato me senté en la cama y levanté la cortina de la ventana. A lo lejos vi el resplandor de una fogata, y unas figuras que se movían. "¿Quién diablos?" La curiosidad fue más fuerte. Me puse la bata y salí sin ruido. Mariana y Martín dormían en calma.

El silencio era casi total en el viejo castillo; al salir escuché de nuevo, muy apagada, la misma música lejana. A cierta distancia había una capilla, cuyas ventanas se veían iluminadas apenas por lo que parecía ser luz de candiles; de allí provenía. Me dirigí hacia el resplandor de la fogata y a cierta distancia me detuve. Dos hombres sentados miraban las llamas. Un caballo y un asno pastaban a poca distancia.

Pese a la oscuridad, pude apreciar que uno de los personajes era alto y flaco y el otro bajo y rechoncho.

–El mundo sigue al revés, mi estimado amigo, –oí que decía el primero. – Por cierto que tenemos una enorme tarea por delante, y puedes tener por seguro que la habremos de cumplir a su debido tiempo. Pero por ahora, sólo quiero que tengas buen ánimo y lleves a cabo la tarea que te he encomendado, entregando esa carta a la bella señora de mi mente y de mis sueños. Debes partir antes que el rubicundo Apolo extienda sus dorados rizos por toda la tierra, pues tengo mucha prisa que ella reciba mis noticias.

–Tenga por seguro, mi señor, que se hará como usted lo ha dispuesto.

–Quiero, además que entregues en mano propia este medallón de oro que he recibido de mi madre antes de que rindiese su alma al Señor. Como puedes ver en él hay letras que significan "para mayor gloria de Dios" lo cual ha sido inspiración para mis andaduras. Guárdalo con sumo cuidado, pues tiene un gran valor para mí, y tengo por cierto que mi noble dama sabrá apreciarlo y lo guardará con reverente devoción.

–Puede quedar vuestra merced tranquilo, que tendré mucho cuidado con tan preciosa joya.

–Pues desde ya te advierto que si realmente quieres ser recompensado con una ínsula, cumplir con este recado es de suma importancia para que puedas obtener tu recompensa. Y ten buen cuidado de no guardarlo en esa alforja, que no es nada segura, vamos, que bastante roída y agujereada está.

–Tendré mucho cuidado de poner esta magnífica alhaja en sitio seguro, y se la habré de entregar a la hermosa dama de vuestra merced junto con la carta.

El personaje gordo tomó el medallón y luego de inclinarse junto al fuego y observarlo de muy cerca lo guardó entre sus ropas.

Confundido, paralizado de temor, sin saber qué pensar o qué hacer frente a tan singular escena, me sentí una vez más entre el ensueño y el delirio; con la sangre golpeando en mis sienes y caminando con dificultad retorné a mi habitación. Traté de encender la luz, pero la falla no había sido reparada. Ya en la cama mi mente procuraba establecer si el extraño suceso pertenecía a la realidad o al mundo de las quimeras.

A la mañana siguiente relaté a Mariana los pormenores de lo sucedido. Señalando el cuadro en la pared dijo:

–Es evidente que a causa de esos dos señores, y quizás también por influencia de mi música, has tenido un mal sueño. Y a propósito… si lo miras bien, notarás que el rostro que el artista ha pintado al caballero, se parece muchísimo a ti. Aunque tú eres más guapo, –dijo lisonjera.

Le dije que eso era ridículo, pues yo no veía ningún parecido. Además le expliqué que nunca recuerdo mis sueños con tantos detalles y nitidez como aquel episodio. Ella sonreía. Todos mis argumentos para tratar de convencerla de que aquello había sucedido en realidad fueron vanos. Pero me resultaba imposible echar el episodio al archivo de los sueños. Tenía lucidez suficiente para barajar una idea que me resultaba aterradora: ¿Estaría perdiendo el juicio?

Luego del desayuno, fuimos a preguntar al hombre de negro bigote detrás del mostrador si alguien había visto jinetes acampados por lo noche bajo los árboles detrás del castillo. Nadie había visto nada, fue su respuesta. Mariana, en su afán por hallar una explicación lógica a mi extraño relato, le preguntó:

–¿Hubo anoche algún baile de máscaras por las cercanías?

El hombre sonrió condescendiente y su respuesta negativa alimentó mi frustración. Con Mariana y Martín caminamos hasta donde yo había visto y oído a los dos personajes acampados. Encontramos las cenizas de un fuego consumido. Mariana me miró seria; aquel detalle dejó penetrar la duda en su mente.

Durante un rato buscamos entre las malezas alguna huella, pero nada hallamos. Mariana y yo retornamos lentos al parador, mientras Martín se quedaba mirando una ardilla que lo observaba desde la rama de un árbol.

–No tardes, Martín –le gritó Mariana cuando llegábamos al patio de adoquines.

Cuando informamos al hombre tras el mostrador que había restos de una hoguera en el preciso lugar donde yo la había visto, de nuevo se sonrió. Comencé a detestar su indulgencia. Unos obreros habían hecho unas reparaciones una semana antes y habían tenido sus almuerzos en aquel preciso lugar, dijo. Y agregó cortésmente: "De seguro ha sido un sueño del señor". El cuadro en la pared de la habitación se llevaba las culpas. Pero una idea me atormentaba retornando de continuo a mi mente; el episodio había sido demasiado real para haberlo soñado. "¿Qué me está pasando? ¿me estoy volviendo loco?" Aquel pensamiento me hundió aún más en mi depresión.

Unas horas más tarde, y luego de que Mariana comprase a Martín un libro ilustrado en el quiosco, estábamos de nuevo rodando por la carretera, tratando yo lo imposible: olvidar el episodio. El tránsito era escaso, y mientras ella conducía segura yo me distraía observando el paisaje, con olivares y otros cultivos a ambos lados de la ruta. A nuestra izquierda veíamos a lo lejos el perfil de unas sierras con algunos picos nevados. Martín leía el libro en voz alta. Las monotonía de su voz me hizo dormitar un buen rato.

La voz de Mariana me reanimó:

–Mira, ¿ves aquella torre? Estamos a quince minutos de nuestro destino.

Suspiré hondo y le pedí que detuviese el coche.

–¿Qué sucede? ¿quieres estirar las piernas?

Otra vez había leído mi mente. Con lentitud caminamos hasta la sombra de un árbol cercano y mientras Martín se entretenía en perseguir unas palomas, nos quedamos unos minutos contemplando el paisaje. Un impulso me hizo tomarle la mano y besarle con ternura el dorso y la palma. Ella supo que era un gesto sincero de gratitud, y me abrazó.

Martín nos miró desde lejos, intuyó nuestra afinidad, y quizás queriendo ser partícipe de la misma, se acercó corriendo y se abrazó a nuestras rodillas. Fue entonces que noté algo que brillaba en su mano. Mariana lo notó también y le dijo:

–¡Martín! ¿Qué tienes ahí? –Él abrió su mano y vimos brillar un medallón dorado. –¿De dónde lo has sacado?

–Lo tenía la ardilla – dijo.

–¿La ardilla? ¿Cuál ardilla? –Mariana estaba excitada.

–Aquella que estaba en el bosque, detrás del parador. ¿Me lo puedo quedar? –dijo, algo asustado al notar nuestra ansiedad.

–Déjame verlo, Martín – dijo ella, y él se lo entregó. –Tiene unas iniciales… A.M.D.G. ¿te dicen algo?

La memoria me transportó en el tiempo hasta el colegio religioso donde había estudiado a San Ignacio. "Ad majorem Dei gloriam" pensé en voz alta, recibiendo una mirada de Mariana que pasó del asombro a la benevolencia. "Para mayor gloria de Dios".

Por un momento ella quedó muy seria, tomó mi brazo y lo apretó con fuerza. Luego la sonrisa alumbró su rostro. Su expresiva y cálida mirada dio a mi espíritu el alivio buscado durante tanto tiempo y me hizo sentir reconfortado y seguro. Las palabras sobraron; en aquel preciso momento percibí que se había obrado el milagro: la bruma que había envuelto mi mente durante meses, desaparecía, y una sensación de libertad llenaba mi espíritu.

Era el fin de mi viaje.

Autor: M. Gamarra

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