Noveno mandamiento

 

13 de febrero. Hoy ha sido el día más espantoso de mi vida. Acusado de asesinato en una de las regiones más desoladas de la Rusia asiática, me parece una pesadilla. La temperatura en la celda es de cero grado; afuera debe haber quince bajo cero. El carcelero me trae un cacharro de caldo caliente con escasos trozos de carne de reno o vaya a saber de qué otro animal de la tundra; se ríe y me habla, pero como no sé ni jota de ruso no le entiendo nada. La única palabra que he aprendido en seis semanas aquí es "drug" (amigo), y se la repito tratando de ganar su simpatía, pero me suelta una andanada de frases incomprensibles, al tiempo que se lleva el dedo índice a la sien. Debe creer que estoy mal de la cabeza.

Cuando Anthony fue recibido en el aeropuerto de Estocolmo por su amigo Bernhard no se opuso a la proposición de éste de darle un corto paseo por la ciudad; a pesar del cansancio y el intenso frío que sentía, su admiración se sintetizó en una frase:
-No sabía que Estocolmo fuese una ciudad con tanto… carácter.
-Hay muchísimo para ver -comentó Bernhard sonriendo -pero estarás cansado, - y lo llevó a su casa. Sigrid, su compañera, lo recibió con un "Hola, Anthony" y un sonoro beso; Bernhard le sugirió que descansara luego del largo viaje en avión, y él mentalmente se lo agradeció.
Al día siguiente, que amaneció frío pero soleado, Anthony inició lo que pensaba serían unas vacaciones diferentes. Pero fue entonces cuando Pilar lo llamó por teléfono desde Sydney. "Tu jefe ha venido a verte. Le dije que andabas por Europa, y me ha dicho que cuando regreses no te molestes en ir a la oficina. Estás despedido".
-¡¿Qué?! ¿Despedido por qué, Dios mío?! -gritó. Bernhard lo miró con asombro.
-Pues… ajuste de presupuesto. Echaron a otros doce también…
"Y yo el número trece; no hay caso, es mi mala suerte de siempre", pensó Anthony, sin imaginar lo que muy pronto le aguardaba. Bernhard y Sigrid, a quienes había conocido el año anterior en su visita a Sydney, fueron un gran apoyo moral:
-No te preocupes ahora; disfruta de tus vacaciones. -dijo ella, -hay tantos lugares bellos en Suecia.
-Cuando regreses ya encontrarás algo. Eres joven y con tu especialización no tendrás problemas en encontrar algo tal vez mejor, -agregó él palmeándole el hombro. 
Bernhard había vivido algunos años en España, por lo que hablaba el castellano con razonable fluidez. Dos días más tarde notó que Anthony permanecía ensimismado por momentos. "No estás disfrutando estos días; no es justo, no deberías preocuparte tanto", le repetía. 
Una semana después le trajo el diario:
-Mira, esto puede ser interesante. Aquí hay un trabajo que, si quieres desde luego, te viene de perillas. Combinarás trabajo y vacaciones en Rusia. Es por unos dos meses nada más, pero fíjate lo que pagan. Te vuelves a Australia con mucho más de lo que viniste; necesitan alguien urgente y es tu especialidad, ¿no? -y se lo tradujo.
Por dos meses de trabajo ofrecían lo que Anthony no ganaba en un año. No lo pensó más y ese mismo día llamó por teléfono; una voz que hablaba correcto inglés le dio la información. En un programa de la Corporación Espacial Sueca con la colaboración de otroa países, un equipo de técnicos se desplazaría en pocos días a un lugar en Rusia para poner en órbita a Odin, un pequeño satélite para investigación científica. A Anthony le gustó la idea de poner a Odin en el cielo. Habían trabajado en el proyecto durante diez años, le dijo la voz al otro extremo de la línea, y todo estaba casi listo. Uno de los técnicos había tenido un accidente y estaba hospitalizado. Su tarea era similar a la que él hacía. Decidió probar suerte; dos meses en Siberia cicatrizarían la herida en su orgullo por el abrupto fin de su trabajo en Sydney.
Con gran eficiencia Pilar de inmediato le envió los papeles. "Cuando regrese tendré que casarme", pensó. Unos días después se desplazó hasta Kiruna, en el norte del país, donde estaba la oficina de la Corporación Espacial Sueca en la que tendría su entrevista. Luego de casi seis horas de pruebas y una más de deliberaciones le dieron el puesto, y se enteró del destino del viaje: Svobodny. Nunca había oído ese nombre y no tenía la más remota idea de donde quedaba. 
-Es un cosmodromo en la Rusia asiática, al norte de Mongolia, donde usaremos una plataforma de lanzamiento de cohetes - le dijo Olof, un gordo rubicundo con lentes de gruesa armazón. 
Le informó luego que para el lanzamiento se usaría uno de los cohetes rusos que a partir del fin de la Guerra Fría habían sido despojados de su cabeza nuclear, y eran usados para fines pacíficos. Cuando Anthony le entregó el formulario con sus datos, Olof lo leyó y dijo "Hay un pequeño contratiempo," y le explicó luego que siendo australiano no podía trabajar en Europa sin un permiso especial difícil de obtener. Pero cuando Anthony dijo que había nacido en Australia pero sus padres eran españoles, Olof respiró aliviado. Le pidió todos los detalles diciéndole que no se preocupara; se comunicarían con la embajada española y obviarían el escollo. 
Anthony regresó a Estocolmo satisfecho, aunque algo preocupado. Era el mes de diciembre; la temperatura del momento en la capital sueca era fría pero soportable y la casa de Bernhard tenía excelente calefacción. No tenía la menor idea de qué temperatura encontraría en Svobodny. Olof le había dicho que el alojamiento quizás fuese bastante precario.
-Lleva mucha ropa de abrigo -había agregado, -no es raro que ahora haya allá veinte bajo cero. 
Bernhard le ayudó a buscar el lugar en el atlas. Con gran trabajo encontraron un puntito en el mapa, no lejos de la frontera china.
-Tiene unos seis mil habitantes, -dijo Bernhard. -Vaya un sitio. No creí que fuese tan lejos.
Días después Olof llamó y confirmó que el gobierno sueco emitía un permiso especial que autorizaba a Anthony a trabajar.
-Volamos el día 13 de diciembre - le dijo.
¿El trece? Cierto desasosiego le sobrevino y por momentos tuvo dudas sobre si su decisión de aceptar el trabajo había sido acertada. Pero pensando en la excelente remuneración, su buen animó retornó.

15 de febrero. El carcelero vino a traerme el ensopado. El gusto sigue siendo abominable, pero el hambre y el frío me obligan a comerlo. Más tarde vino Fredrik, escoltado por otro guardia armado de una metralleta, quien permitió que hablásemos unos minutos a través de los barrotes. Fredrik me dice que vendrá a verme un abogado ruso que habla inglés, y si estoy de acuerdo será mi defensor. Unos minutos después el guardia lo empuja con la metralleta. Es la forma de hacerle saber que la entrevista ha terminado. "Por favor, averigua si hay cónsul australiano aquí" le pido. El gesto de incredulidad de Fredrik me dio la respuesta. "No te preocupes Anthony, todo irá bien", me grita cuando es empujado hacia el oscuro corredor.

"No te preocupes, Anthony, todo irá bien", dijo Sigrid, ya en el aeropuerto. Bernhard, que le ayudó a preparar el equipaje y en especial su ánimo para ese inesperado viaje a lo desconocido, le sonreía y repitió la frase. Su confianza logró reanimarlo, y ya en el avión, donde el gerente de la operación le presentó a varios de los casi treinta técnicos que componían el grupo, se sintió mucho mejor. 
El vuelo fue sin novedades, y Anthony conversó bastante con Fredrik Larsson, con quien trabajaría en el área de comunicaciones. La charla lo absorbió tanto que se sorprendió cuando anunciaron que llegaban a Moscú, donde pernoctarían. Al día siguiente, de cielo gris, partieron en el mismo avión. Al grupo se habían incorporado tres rusos; dos mujeres y un hombre, un tal Nicolai, de mediana edad, cuyo cometido no le resultó muy claro a Anthony; al parecer era un guardia de seguridad, pero Anthony y Fredrik sospecharon que traía instrucciones de vigilar que las actividades del grupo no sobrepasaran los márgenes de la tarea específica de poner a Odin en órbita. Las otras dos eran mujeres jóvenes: Tamara Petrovich, nieta de un famoso pionero en el desarrollo de cohetes, tenía un PhD en física y representaba unos treinta años; Natascha, más joven aún, regresaba a Svobodny donde trabajaba en el correo y estaba casada con un chofer de camiones. Con una sonrisa ella ocupó un asiento al lado de Anthony y se presentó: "Soy Natascha". "Anthony", respondió él, al estrecharle la mano. Como ella hablaba inglés, conversaron casi todo el trayecto. Ella le contó que se había casado tres años antes, y estaba deseando salir de Svobodny y volver a su querida Moscú.
Cuando sobrevolaban los Urales ella, posando su mano sobre la de él, le informó: 
-Todavía no estás ni en la mitad del viaje. 
Anthony comprendió lo lejos que aún estaba Svobodny pero también que aquella mano cálida que se quedó por un buen rato sobre la suya le comunicaba que había soledad en el alma de Natascha.
Al llegar a destino, antes de bajar del avión ella escribió algo en una hoja de papel, y dijo en voz baja:
-No tengo teléfono en casa. Éste es el número de mi celular. ¿Me das el tuyo? 
Intercambiados los números, ella le dio un beso en cada mejilla y tomando su bolso se alejó, mientras él quedaba con una sensación grata, que sólo se disipó cuando al salir del avión le golpeó el rostro la ventisca helada y la nieve que caía en pequeños copos. 

16 de febrero. La celda tiene adosada al techo una pequeña ventana enrejada cubierta por un vidrio roto. Muevo una banqueta y trepándome puedo ver los pinos y la nieve que sigue cayendo lenta. Camino de un lado a otro de la celda tratando de entrar en calor. El carcelero cruza el corredor, me mira y sonríe. Un gesto suyo me causa pavor: me señala con el brazo y luego se pasa la mano con el índice extendido por debajo de la barbilla en una clave universal que significa degüello. Kaput. Se me aflojan las piernas y tengo que sentarme en el camastro. El abogado ha venido hace un rato y me ha dicho que no hay cónsul australiano en Svobodny. Me dice que estoy metido en un lío del que será difícil salir. Le pregunto si es cierto que allí todavía existe la pena de muerte. Él vacila y me dice que no piense en eso, que es posible que pueda probar mi inocencia. "Depende", me dice, "depende"...

Al día siguiente del arribo y con diez grados bajo cero se comenzó a instalar el equipo en un local que no tenía un solo mueble. Sabiendo de antemano cómo era la situación en Svobodny el grupo había traído todo lo necesario desde Suecia. Poco después se comunicaban con Kiruna, así como con las estaciones rastreadoras en Francia, Canadá y Finlandia. Durante varios días se trabajó con ardor y todo comenzó a funcionar de acuerdo a lo planeado. Una computadora Lap-top ofició de servidor y fue conectada al satélite. Eric, uno de los supervisores, les había dicho: "Éste es un satélite científico, haremos modificaciones hasta el último minuto". ¿Funcionarían todos los instrumentos? ¿Podrían los telescopios, los receptores y otros equipos ser realineados durante el vuelo? Ésas y otras preguntas se hacían todos constantemente. Anthony y Fredrik se complementaron bien, y no encontraron problemas con su tarea.
Navidad y Año Nuevo llegaron y pasaron sin mucho bullicio, aunque algunos destaparon botellas de champagne y se bebió y comió algo más que de costumbre. Dos semanas después, Tamara, Anthony, Fredrik y Nicolai fueron invitados por Natascha a cenar en su casa; su madre le había enviado unos CDs de moda y quería compartirlos con ellos. Fueron en el coche que Nicolai usaba regularmente. Al llegar se enteraron que lo de la música era una excusa; era el cumpleaños de Natascha. Ella no había querido mencionarlo para no comprometerlos a buscar regalos, difíciles de conseguir en aquel sitio. Su marido, alto, fornido y de unos cincuenta años, era hombre poco sociable, así como sus dos hermanos que allí estaban, quienes también conducían camiones. No hablaban mucho pero bebían vodka copa tras copa. Natascha buscaba la compañía de Anthony y en un momento le dijo en voz baja algo que lo dejó pensativo por el resto de la velada: "¡Cómo me gustaría conocer Australia!"
A medianoche el grupo se dispuso a regresar; se despidieron y Fredrik decidió conducir el coche, pues Nicolai, que había bebido en abundancia, apenas podía tenerse en pie; lo ubicaron en el asiento posterior junto a Tamara, y partieron; unos momentos después él comenzó a manosearla y trató de besarla. Ella lo empujaba e increpaba, y aunque ni Anthony ni Fredrik entendían una palabra, era evidente que estaba furiosa. Como Nicolai insistía, Fredrik detuvo el vehículo y pidió a Anthony que cambiase de asiento con Tamara, que pasó al frente. Éste aceptó de buena gana, pensando que si Nicolai continuaba tratando de pasarse de vivo, le demostraría por qué había sido campeón de karate unos años antes.
Al día siguiente mientras desayunaban, Fredrik y Anthony vieron por una ventana a Tamara que enfrentaba a Nicolai y gesticulaba mientras él miraba el suelo y al parecer no hablaba. Más tarde ella les contó que no era la primera vez que Nicolai trataba de propasarse. Había decidido no denunciarlo para no causar un problema al plan de trabajo, pero le advirtió con severidad que si volvía a intentarlo lo haría, y que los pondría a ellos como testigos. Fue entonces cuando Anthony cometió su primer error. Varios se había acercado y le oyeron decir:
-Tamara, si vuelve a molestarte avísame. Nunca más va a querer propasarse con nadie.
Esa tarde Anthony cometió su segundo error. Como enviaba casi a diario un email a Pilar en español, le relató la hazaña de Nicolai, agregando "si el energúmeno intenta violarla, te juro que lo muelo a palos".
A principios de febrero apareció un semirremolque verde que transportaba el cohete que llevaría el satélite a su órbita. Éste era un enorme cilindro de color amarillo de más de diez metros de largo y unos tres metros de diámetro en su base. La excitación del grupo iba en aumento. Sabían ahora que el lanzamiento tendría lugar muy pronto. Ese día se trabajó hasta tarde. Como a las 9 de la noche apareció por allí Nicolai. Se le veía excitado. Fue a su armario, tomó su pistola de gran calibre y partió. Se oyó el motor de su coche perdiéndose en la distancia.
Poco después Anthony recibió una llamada en su teléfono móvil; era Natascha.
-Estoy sola -dijo. -Mi marido se ha ido a Kurgan y no regresa hasta el martes. ¿Quieres venir a tomar un café y un cognac?
Su mente recorrió en círculo todas las posibles implicancias que su acción inmediata podría acarrear. Pensó en su Pilar, pensó en el marido de Natascha y en sus hermanos, gigantes de casi dos metros de estatura, y prometiéndose que se limitaría a un café y un cognac, se dispuso a salir.
-¿Adónde vas? -preguntó Fredrik.
-Voy a tomar aire un rato. Me llevo el jeep. Estaré de vuelta en un par de horas.
Aquel lo miró con una sonrisa burlona, y aunque adivinaba la verdad, nada dijo.
Anthony partió y unos minutos después las luces del jeep alumbraron un coche estacionado al costado de la calle. Era el de Nicolai. El ruso estaba cambiando una rueda. Anthony detuvo el jeep unos metros detrás, y dejando las luces encendidas, se acercó.
-¿Problemas? -inquirió.
-Este cachivache viejo -masculló Nicolai con ira.-Ya casi termino - dijo jadeando mientras presionaba la llave en forma de cruz. 
De pronto, la herramienta resbaló de la tuerca y Nicolai exhalando un grito, la dejó caer; de su mano herida goteaba sangre que manchaba la nieve.
-¡Maldita basura! -dijo.
Anthony, sin saber cómo auxiliarlo, extrajo su pañuelo del bolsillo y se lo extendió. Nicolai se envolvió la mano y Anthony le dijo:
-Creo que en el jeep hay una caja de primeros auxilios. Ven aquí. -Ése fue su tercer error.
Nicolai lo siguió y ambos se sentaron en el jeep. El ruso le devolvió el pañuelo, pero la herida, aunque no era profunda, seguía sangrando. Anthony le desinfectó y vendó la mano con cuidado. Luego volvió al auto, terminó de ajustar la tuerca, colocó la rueda pinchada y la llave en el baúl del auto. Nicolai abrió la portezuela y se ubicó frente al volante.
-Gracias, buen trabajo -dijo sonriendo levemente, mientras ponía en marcha su coche. -Tengo mucha prisa, -y saludando con la mano se alejó.
Anthony volvió al jeep, tiró el pañuelo al asiento posterior y partió pensando en Natascha. Al llegar, ella le indicó que dejara el Jeep bajo un cobertizo y con un beso en cada mejilla, lo hizo pasar y sentar en un sofá muy cerca de la estufa a leña, preguntándole si ya había cenado. Anthony asintió y ella preparó y sirvió el café. Se sentó junto a él y comenzó a relatarle detalles de su vida gris en aquel apartado lugar, sin amigos, sin vida social y sin esperanzas. La muerte prematura del padre había dejado a su familia en difícil situación. El casamiento a los veinte años fue una tabla de salvación para su madre y hermanos menores, pero poco después su marido era trasladado a Svobodny. Tres años después, estaba harta de aquella soledad; echaba de menos a su madre y hermanos, a sus amigos y en especial las idas al teatro en la gran ciudad.
Luego del segundo cognac, ella trajo una botella de vodka; se sirvió un poco y le sirvió a él generosamente.
-Bébelo todo, así no sentirás frío. -le dijo. Anthony aún tenía lucidez para esforzarse por permanecer indiferente, pero comenzó a sentir el calor de aquel cuerpo que desbordaba sensualidad. Ella lo besó con lentitud y comenzó a acariciarle el cabello. Él comenzó a ser invadido por una sensación extraña, como si una niebla cubriese sus pensamientos. "Anton querido," le oyó susurrar, "¿me llevarías contigo a Australia?" Él la observó como a través de un velo; notando sus labios carnosos y sus ojos encendidos. No pudo resistir más y derribó todas las barreras de la formalidad.
El ladrido de un perro lo despertó cuando amanecía. Sintió la tibia piel de Natascha junto a él; estaban desnudos bajo una montaña de mantas y pieles; ella dormía. Se vistió sin ruido tratando de recordar detalles de lo sucedido durante la noche, pero todo era confuso; recordaba sólo momentos. La cabeza le dolía al hacer cualquier movimiento, y con dificultad pudo salir de allí, subir al jeep y alejarse, conduciendo con extremo cuidado por la calle blanca y desierta.
Fredrik ya estaba despierto cuando él llegó pero nada preguntó. Anthony decidió contarle lo que recordaba de la noche pasada. Sin hacer comentarios, su compañero hizo ese día casi todo el trabajo, pues el dolor de cabeza de Anthony no cedía. Al mediodía recordó que había dejado su pañuelo en el jeep, pero cuando fue a buscarlo, alguien se había llevado el vehículo. Cuando fueron a la cantina al atardecer, un compañero preguntó si habían visto a Nicolai. El cocinero dijo que lo había visto salir a eso de las nueve en su coche la noche anterior. Y agregó: "Unos minutos antes que Anthony saliera en el jeep". Varios miraron a éste, que quedó algo turbado pues no quería que su aventura nocturna se hiciera pública. Sin decir palabra se encogió de hombros.

17 de febrero. El frío en la celda se hace más intenso. Con gestos le pido al carcelero otra manta, mostrándole la única que tengo. Luego de un momento entiende y me hace un gesto como diciendo espera. Al rato vuelve con otra manta sucia y hedionda, pero la acepto porque no puedo dormir de noche a causa del frío. El abogado viene y me muestra una bolsa de plástico que contiene mi pañuelo sucio de sangre. "¿Lo reconoces?" Le digo que es mío. Lo retira de la bolsa, lo despliega, y noto que han cortado un trozo. Me dice que junto con parte del tapizado del jeep ha sido enviado para un análisis de ADN a una ciudad cercana. Le explico lo del cambio de rueda al coche de Nicolai y el pequeño accidente. Me mira dubitativo. Luego me dice que la policía está recorriendo el bosque circundante en busca del cadáver de Nicolai y del auto, que tampoco aparece. Se va dejándome tan angustiado como antes. Más tarde Fredrik, en su diaria visita, me dice que Natascha ha venido a verlo y le ha rogado me explique que si ella dice a la policía dónde pasé la noche, a quien matan es a ella, porque su marido no la perdonaría. Y la justicia aquí es muy clemente ante un crimen pasional con el que se ha lavado un honor mancillado. Le he mostrado este cuaderno de notas y le he pedido que si sucede lo peor, él se lo haga llegar a Pilar.

El trabajo se intensificó y todo marchaba de acuerdo con lo planeado. Eric les dijo que en siete días tendría lugar el lanzamiento. Hubo un grito unánime de alegría.
-Vamos a festejar -dijo alguien y todos se dirigieron a la cantina.
Allí estaban cuando llegaron dos policías y un ruso de paisano preguntando por Anthony. Cuando él se identificó, sin muchos miramientos uno de los uniformados lo esposó mientras el ruso le traducía la acusación del otro policía, y se lo llevaron. Era el 13 de febrero. Anthony estaba acusado del asesinato dos noches antes del ciudadano ruso Nicolai Kilbachich. Fredrik y Tamara se adelantaron queriendo decir algo, pero él les hizo un gesto y se quedaron en silencio. Ella sacudió su cabeza, pero nada dijo.
Los policías lo condujeron a la prisión y como no les entendía nada de lo que decían, se resignó a esperar que algo sucediera pronto y se probase su inocencia.

19 de febrero. Aquí he estado durante seis días y seis noches con la casi certeza de que será imposible hacerles entender que nada tuve que ver con la muerte de Nicolai. El abogado ha venido y me ha dicho que localizaron y tradujeron el email enviado a Pilar. El análisis de la sangre en mi pañuelo y del tapizado del jeep corroboró que era la de Nicolai. También me dijo que varios integrantes del equipo se habían visto obligados a admitir que yo había proferido amenazas de muerte contra Nicolai. "¿Es cierto que dijiste que lo matarías?" Le explico que no, que es una forma de decir que le daría una paliza. Me mira con incredulidad. "Dime la verdad, ¿dónde está el cuerpo?" Sacudo la cabeza y no contesto. "Si te declaras culpable, quizás te reduzcan la sentencia a unos 30 años nada más". Prefiero no decir nada. Ahora se ha ido diciéndome que mañana es el día en que debo comparecer ante el Tribunal.
A nadie culpo de lo que me sucede. Sé que ha sido mi destino el morir tan lejos de mi país y de mi querida María del Pilar. No sé si ella sabrá perdonar mi acción insensata causada por la embriaguez, y si comprenderá que la quiero con toda mi alma. 
(Ésta es la última anotación de Anthony en su libreta).

Fredrik fue a ver a su amigo todos los días, siempre acompañado del guardia con la metralleta, aunque últimamente había logrado sobornarlo con cigarrillos y podía quedarse unos minutos más.
La última vez trajo a Tamara, y ella mostrando al guardia un carnet le habló con autoridad; éste, dócil ahora, les permitió quedarse un rato más. Anthony la observó con detenimiento y se dio cuenta de que además de ser inteligente tenía rasgos delicados y ojos grandes y expresivos.
-Escucha Anton -dijo ella. -Fredrik debe ir a la policía a declarar que sabe donde estuviste esa noche. Te puede salvar la vida.
-Ah sí, y después el marido de Natascha y sus hermanos me hacen picadillo, y lo mismo harán con ella. ¿Crees que la policía rusa nos protegerá? No gracias; además, es posible que crean que Fredrik inventó eso para salvarme, y lo arrestarán pretextando falso testimonio. Natascha no podrá corroborarlo; sería cometer suicidio.
-Sabes que tienes que ir al tribunal justo el día que se hará el lanzamiento, ¿no? -dijo Fredrik, -lo van a filmar en vídeo para que lo vean en vivo en Suecia y otros países.
-Ya lo sabía. Y no sólo me lo pierdo sino que estaré oyendo mi condena.
-No seas pesimista, -Fredrik trataba de darle ánimos. -No creo que te puedan condenar sin encontrar el cadáver. - Pero Tamara, que guardó silencio, no parecía tan segura. Ella conocía mejor a su gente. 
Cuando se retiraban, Anthony notó que se tomaban de la mano. "Tipo afortunado", pensó.
Esa noche y las siguientes apenas pudo dormir. "¿Cómo me matarán?" pensaba, y oraba en silencio.
Y llegó el día que Anthony no quería que amaneciera: 20 de febrero. Esposado y escoltado por dos guardias armados con metralletas fue conducido al tribunal. Luego de casi una hora de debate entre el fiscal y su abogado sin que él pudiese entender una palabra, los tres magistrados sentados detrás de sus altos escritorios se pusieron a deliberar en voz baja allí mismo.
Pese al intenso frío, Anthony transpiraba. No había muchas personas presentes. Fredrik, que había instruido a otro técnico en su tarea si hacía falta, estaba allí para darle aliento.
Luego de unos minutos que a Anthony le parecieron interminables, el magistrado llamó al fiscal y al defensor y dialogó con ellos en voz baja por un momento. El abogado retornó a su asiento al lado de Anthony sin mirarlo, diciéndole que se pusiera de pie para oír la sentencia. Por la expresión de su rostro Anthony comprendió con angustia que había perdido. Se levantó del asiento con dificultad; las piernas le temblaban.
En ese momento hubo una conmoción a la entrada de la sala. Dos policías aparecieron escoltando a un hombre con muletas y la cabeza completamente vendada.
Uno de los policías se dirigió al magistrado, y le soltó un discurso del cual Anthony sólo entendió dos palabras: Nicolai Kibalchich. Vio el rostro de su abogado iluminarse y cuando al fin el policía terminó su perorata, el letrado le tradujo lo que había dicho. Sus palabras fueron las más maravillosas que Anthony había oído y oiría en el resto de su vida.
El hombre de la cabeza vendada era Nicolai. Lo habían encontrado en la aldea de Chernigovka, no lejos de allí. Un marido celoso que retornó antes de lo previsto lo encontró dentro del ropero en su dormitorio y con el hierro de remover los leños en la estufa comenzó a golpearlo furiosamente. Al oír sus alaridos, varios vecinos lograron rescatarlo y llevarlo de inmediato a la clínica de la aldea donde permaneció hasta que alguien se enteró de que la policía lo buscaba en Svobodny. 
El magistrado deliberó en voz baja con los otros dos y mirándo a Anthony por un momento, con solemnidad lo declaró inocente y por lo tanto, dijo, quedaba libre. Él no necesitó oír la traducción; el gesto del magistrado fue bastante elocuente.
Fredrik saltó de su asiento y sonriendo mientras rodaban lágrimas por sus mejillas, abrazó a Anthony conmovido. Éste no podía emitir una palabra por la emoción, y Fredrik prácticamente arrancó de la mano de uno de los guardias la llave de las esposas, se las quitó y ambos salieron de allí a la carrera. Ya en la calle, Fredrik gritó, señalando hacia el este:
-¡Mira!
Ambos vieron emocionados la estela blanca del cohete Start-1 elevándose majestuoso hacia la estratósfera llevando a bordo a su querido Odin.

Casi un año después de su aventura, Anthony y Pilar decidieron casarse. Pocos días antes de la Navidad él recibió una postal de Fredrik, radicado en Gotemburgo. En ella decía que Tamara había venido de Moscú y también ellos habían decidido casarse. Había traído además noticias de Natascha; tenía un hijo que había cumplido cuatro semanas, y su marido estaba tan feliz que para complacerla había solicitado y conseguido el traslado a Moscú. Al niño lo habían llamado Anton Odin.

Autor: M. Gamarra

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