Y su nombre era Luar

 

–Sé que va a ser difícil que me creas, pero te juro que es verdad, – dijo Mauricio con expresión sombría, mientras daba otra chupada a su cigarrillo.

–No veo por qué no habría de creerte. Cuéntame; te escucho. –lo animé.

Estábamos sentados en el murallón a la orilla de la bahía. Agonizaba la tarde en aquel domingo de verano, pero la temperatura era todavía sofocante. No muy lejos, sobre unas rocas, cientos de gaviotas se amontonaban preparándose para pasar la noche. Algunos metros detrás nuestro el tránsito de vehículos era intenso; la gente regresaba de las playas. Del otro lado de la bahía el perfil de la ciudad y el colosal puente de acero –cual gigantesco dinosaurio vigilando la entrada de la bahía – formaban una vista impresionante. Muchas veces iba a ese lugar a disfrutar de aquel panorama, uno de los más espectaculares de Sydney. Esa tarde tan calurosa había decidido acercarme allí a gozar del aire fresco de la costa cuando casualmente me encontré con Mauricio, a quien hacía años que no veía. Mientras caminaba por la avenida que bordea la bahía, le había visto sentado en el murallón contemplando el mar. Al acercarme nos habíamos reconocido.

–¡Daniel! ¡Cuánto me alegro de verte! – me había dicho extendiéndome la mano con cordialidad.

Y mientras conversábamos sobre trivialidades, comprendí que algo en su mente parecía poner un peso enorme sobre sus hombros.

–Conozco bien este lugar –me dijo. –Cuando estaba casado con Ligia, vivíamos en un departamento ahí a la vuelta y veníamos a caminar por aquí. Aquellos eran los good old days, como se dice aquí.

–¿La has vuelto a ver?

–No. Después del divorcio ella se volvió a casar y se fue a vivir a Melbourne. –Luego de un momento agregó: –¿Y tú ahora vives por aquí?

–No –respondí –Yo vivo donde siempre; pero me gusta venir aquí y en el coche me toma sólo quince minutos, por lo que vengo con frecuencia.

Hubo un momento de silencio. Hacia el oeste las nubes adquirían fuertes tonalidades violáceas, y los altos edificios de la ciudad se transformaban en una negra silueta que se iba moteando de luces. Un pequeño velero se acercaba lento a su lugar de amarre. Una señora que paseaba su perro pasó junto a nosotros sin mirarnos. Un chico en su bicicleta cruzó raudo, casi rozándonos. “Sorry, sir” dijo con cortesía.

–Yo también vengo aquí muy a menudo, –comentó Mauricio, luego de unos minutos.

–¿Nostalgia de los good old days? –pregunté con algo de ironía.

–Bueno, al principio sí, pero ahora es por otra cosa. Pero no sé si me vas a creer.

–Por favor, habla. Te escucho. –Había conseguido despertar mi curiosidad.

–Mira, es mejor que caminemos, porque todo comenzó una noche, hace unos tres meses, en aquella esquina –dijo, y me señaló una bocacalle a unos cincuenta metros de distancia, en la que había una parada de autobús y una estación de gasolina. Luego prosiguió:

–Era un sábado y como siempre, vine a caminar por aquí porque me recordaba tiempos felices. Era un atardecer agradable; se oía música de un ferry que navegaba lentamente por la bahía. Luego de una hora o algo así decidí volver a casa. Al llegar a la parada del autobús, esa que ves allí, me detuve a esperar el mío. En ese momento la vi; delgada, de pelo negro, rostro pálido y ojos vivaces de un color indefinido, muy atractiva, no sé por qué tuve de inmediato la impresión de que hablaba nuestro idioma. Llevaba un vestido blanco y en el porte me recordó a Ligia, aunque… solamente en eso; al acercarse noté que era más joven… y mucho más bonita. Me miró y sonrió; me sentí tan atraído por aquella sonrisa, que decidí hablarle. Pero ella se me adelantó: “Hola”, dijo. “¿Ah, hablas español?”, le pregunté algo sorprendido. “Claro; igual que tú,” fue su respuesta. “¿Y cómo sabes que yo…?” le pregunté. “Pues no puedes negar que eres de mi tierra”, me dijo. “Tu aspecto… tu rostro, te delatan”.

“Entablamos conversación y enseguida me sentí cautivado por aquella joven mujer. Tenía algo especial, y aquella sonrisa serena, que no se borraba de su rostro ni por un instante, me resultaba irresistible. Caminamos juntos hasta aquella esquina, muy calmos, hablando apenas, y luego regresamos; ella parecía no tener prisa, y yo me encontraba muy a gusto. Ella me tomó el brazo y yo no pude contenerme y le acaricié el cabello y la mejilla; el contacto tibio de aquella piel me produjo una sensación como hacía mucho que no sentía. En esos momentos vi que se aproximaba un autobús y le pregunté si era el suyo. Sin dejar de sonreír negó con la cabeza y suavemente la recostó en mi hombro. El autobús se detuvo y descendieron dos señoras mayores; nos miraron con indiferencia, una de ellas sonrió con amabilidad, y se alejaron. El autobús partió y nuevamente quedamos solos en la noche serena. De pronto tuve un impulso súbito, le enlacé la cintura y la besé con pasión. Ella se entregó al beso sin resistirse. Entonces le dije ‘Mi nombre es Mauricio; ¿cómo te llamas tú?’ Estuvo un momento en silencio y luego habló: ‘Luar’, dijo casi en un susurro. ‘¿Luar? Qué nombre extraño’ le dije, ‘¡pero qué hermoso!’ Ella hizo un gesto alegre con la mano. ‘Fue idea de mi padre’, dijo, ‘por una novia brasileña que tuvo…’.”

Mauricio interrumpió su relato por un momento, se pasó la mano por el cabello y se detuvo. Habíamos llegado a la parada del autobús, y noté que miraba nervioso a su alrededor como esperando ver a alguien. Encendiendo otro cigarrillo continuó:

“No me contó nada de sí misma, pero yo me encontraba tan a gusto que no me preocupé en saber más. Al cabo de un rato comprendí que no podíamos quedarnos allí indefinidamente y le dije: ‘Te invito a cenar, ¿quieres?’ ‘Estupenda idea’ dijo, sin dejar de sonreír, y luego recostó con ternura su rostro contra mi pecho. Le acaricié el cabello y por un instante pensé que aquello era demasiado hermoso; era como un sueño. –Mauricio hizo una pausa. –Pero no era un sueño, Daniel; sucedió aquí mismo. Le pregunté entonces: ‘¿Conoces algún sitio donde podamos comer algo?’ ‘Sí, ven conmigo’ respondió y me tomó la mano. Caminamos hacia allá, ¿ves? y donde está aquella farmacia doblamos a la derecha. A un par de cuadras de allí hay una vieja casona, que estaba muy iluminada, y a ella nos dirigimos. Era un restaurante, y estaba bastante concurrido. En un jardín bien cuidado había mesas con sombrillas, al estilo europeo. Entramos; ella se adelantó y habló un instante con un camarero; él le señaló una habitación a la izquierda y ella, tomándome la mano de nuevo me condujo a la misma. El restaurante ocupaba tres o cuatro habitaciones de la planta baja. Ella eligió una mesa junto a un ventanal, y nos sentamos. Una música suave, de allá de nuestra tierra, se oía en algún lado. Mientras leíamos el menú pude examinarla con calma; era realmente hermosa. En el dorso de su mano derecha noté un pequeño tatuaje. Suavemente le tomé la mano y la observé de cerca: era una flor. ‘¿Y esto?’ le pregunté. ‘Es una larga historia’ me contestó ‘Fue por una apuesta tonta, después te contaré’. Ella eligió los platos y cenamos ligeramente pues ninguno de los dos tenía mucho apetito. Recuerdo que hablamos de música. Ella no parecía querer hablar de sí misma y yo opté por no preguntar. Bebimos una botella de vino y después de un rato yo me sentí algo mareado. Mientras tomábamos el café decidí contarle algo de mí; le hablé de mi matrimonio, de cómo Ligia me había jugado sucio, lo del divorcio y demás. Ella me escuchaba atenta, mirándome con su dulce sonrisa. Le tomé la mano, y ella jugueteó un buen rato con mis dedos.

“Luego del café ella dijo ‘Ven conmigo’. Miré mi reloj; eran más de las diez. Se levantó tomándome la mano y por una larga escalera me condujo al segundo piso; caminamos por un pasillo y entramos a una habitación en penumbras. Había allí una cama, varios muebles y una ventana que mostraba la bahía en todo su esplendor. Una luna llena se había levantado sobre el horizonte y lucía redonda y enorme como sonriendo a través del cristal; su luz iluminaba tenuemente la habitación. Ella me abrazó con lentitud y acarició mis cabellos con suavidad; recostó su cara contra mi pecho y yo aspiré aquel perfume que me embriagaba. Un momento más tarde no pude contenerme: la levanté en mis brazos y la deposité sobre el lecho. Comencé a desvestirla y el contacto de su piel me excitó más aún. La luz de la luna se reflejó en su cuerpo desnudo y pude apreciar la perfección de sus formas”.

Mauricio hizo una pausa, y luego de un instante continuó:

“De pronto mi mente tuvo un instante de lucidez. ¿Cómo aquella mujer tan hermosa se ofrecía a mí apenas tres horas después de conocerme? Además, ella conocía bien la casa; era evidente que había estado allí muchas veces. ¿No sería una ‘pro’? Entonces le tomé ambas manos y le dije: ‘Luar, perdóname, pero… ¿cómo es que conoces este lugar tan bien?’ Entonces ella se sentó en la cama y sin dejar de sonreír, me miró por un momento sin hablar; finalmente dijo: ‘Cariño, este restaurante es de mi familia. Ese camarero es mi hermano’. El oírle llamarme ‘cariño’ me causó una emoción que no puedo describirte; ¡hacía tanto tiempo que nadie me llamaba así! Su explicación parecía tener sentido, pero mi mente lógica no estaba conforme. ‘¿Y tú haces esto en forma regular? ¿Traes clientes de esta manera?’, le pregunté con cierta ironía. Entonces, por primera vez dejó de sonreír y su rostro se ensombreció. Con lentitud tomó la sábana y cubrió con ella su desnudez. ‘No, no pienses eso; por favor. Lo que pasa es que… tú me gustas mucho… desde el momento que te ví… no sé, creo que me estoy enamorando de ti’. ‘¿Pero cómo es posible, si apenas nos conocemos?’ le dije incrédulo, aunque también yo sentía por ella una tremenda atracción. Ella continuó: ‘Está bien, te seré sincera; es porque tú… me recuerdas a alguien. Eres como la reencarnación de alguien que hace mucho tiempo… fue muy importante para mí’. Y luego de un prolongado silencio, me contó que unos años antes, su prometido, con sólo veinticinco años, había muerto en un accidente automovilístico.”

Mauricio hizo una pausa en su narración y encendió otro cigarrillo. La expresión de su rostro me empezó a preocupar.

–Lo que sucedió después –dijo mirándome fijamente –es lo más increíble. Esto no se lo he contado a nadie, Daniel, porque… –se interrumpió –Mira, no te culpo si no me crees, pero … no pienses que he perdido el juicio, ¡te lo suplico!

–Yo no pienso nada; por favor, sigue contando; te hará bien compartirlo con alguien, –le urgí con mi curiosidad en aumento.

–Pues… no muy convencido de que lo que me contó fuera cierto, cuando ella comenzó a acariciarme nuevamente comprendí que no podría resistir más, y le dije: ‘Mira, creo que deberíamos tomar precauciones, ¿no crees?’ Me miró esbozando una sonrisa y movió la cabeza en un gesto ambiguo. ‘Como tú digas’; dijo en un susurro, mientras me besaba en la mejilla. ‘Allí en la esquina hay una farmacia. Voy y vuelvo en un minuto’, le propuse. ‘Está bien, haz lo que quieras, cariño’ me dijo y se recostó en la almohada, mirando hacia el ventanal. La luna le iluminó el rostro, y sus ojos reflejaron su luz en forma extraña. En mi vida he visto algo tan bello, Daniel. ¡No te lo puedes imaginar!”

Una vez más Mauricio se quedó callado mirando al vacío, y tuve que insistir, impaciente:

–¿Qué pasó después? ¡Cuéntame!

–Pues… por un momento vacilé. Pero pensé en estas enfermedades que hay ahora, como el Sida y demás. Salí de allí y me dirigí rápido a la farmacia; no habré tardado más de algunos minutos, pues la farmacia había cerrado. Cuando regresé a la casa, asómbrate, Daniel, ¡todo estaba a oscuras y en total silencio! Por un momento pensé que habría llegado la hora de cierre, pero al acercarme noté con asombro que aquella casa estaba deshabitada. El césped del frente era un pastizal. Los vidrios de algunas ventanas aparecían rotos, y todo el lugar daba la impresión de abandono. Estuve unos minutos sin saber qué hacer. Por fin me decidí y acercándome a la puerta golpeé varias veces. Inútil; la casa estaba desierta. Fue tal la confusión que me asusté, te confieso, y me alejé corriendo. Cuando encontré un taxi, lo tomé y me fui a mi casa sin saber qué creer ni qué hacer.

Mauricio hizo una pausa y yo me atreví a sugerir:

–¿No sería… el vino, Mauricio? ¿O un sueño, tal vez?

Me miró con una expresión de angustia y respondió:

–¡No! ¡No estaba borracho, te lo juro! Y no fue un sueño; yo estaba bien despierto. Recuerdo que miré el reloj varias veces, y… ¿cómo te podría explicar? Estoy seguro, sé positivamente, que no fue un sueño. –Su mano me apretaba el brazo como una garra. – Daniel, ¡tienes que creerme! Mira, a la mañana siguiente, más calmado, volví aquí y luego de comprobar que la casa estaba realmente abandonada por muchos años, fui a la farmacia. Le pedí al farmacéutico datos sobre la casa. No le conté lo sucedido, claro; le dije que trabajaba en una inmobiliaria y que había alguien interesado en aquella propiedad. Lo que me dijo es lo más asombroso que te puedas imaginar.

–¿Qué te dijo?

–Pues que hace unos diez años, había allí un restaurante propiedad de una familia española. El día que la hija cumplió los 21 años, la fiesta fue grande, pues al mismo tiempo se comprometía con un chico que había llegado hacía poco a Sydney. Luego de la fiesta, ella salió a dar una vuelta con su prometido en el coche. Tuvieron un terrible accidente, y murieron los dos.

–¡¿Los dos?! –exclamé sorprendido.

–Sí, los dos. Yo también quedé tan asombrado como tú y le pregunté si estaba seguro que los dos se habían muerto. “Absolutamente” me respondió. Y me dijo que el cuerpo del muchacho fue enviado al extranjero, donde vivía su familia, y que ella fue enterrada en ese cementerio que está allí en la colina. El fue al funeral, pues los conocía bastante. De inmediato, los padres cerraron el restaurante y al poco tiempo se mudaron. Nadie más ha vivido en la casa desde entonces, y los vecinos dicen que está “encantada”.

Nos habíamos detenido y miré a Mauricio; gotas de sudor brillaban en su frente. No sabía qué decirle, pues aquello era realmente fantástico. Mauricio continuó hablando:

–Desde entonces vengo aquí todas las noches, porque pienso que podría encontrarla otra vez. Pero es inútil. Hay momentos, Daniel, que creo que me voy a volver loco. ¡Tú no te imaginas! ¡Era tan bella!

Noté que sollozaba y le puse la mano sobre el hombro.

–Calma, Mauricio, ¡calma! –le dije. –Ya verás como pronto encontramos una explicación. Por favor, tranquilízate.

–¡No, Daniel! –dijo con el rostro transfigurado –¡Lo que yo quiero es volver a encontrarla! ¡Fue tan breve todo…! –dijo entre sollozos.

Lo tomé del brazo y lo arrastré hasta donde tenía mi coche. Mauricio lloraba.

Cuando llegamos a su departamento estaba más tranquilo. Tomamos un café, y cuando lo noté más reanimado, casi a medianoche, luego de convencerlo que tomase un sedante suave, lo dejé y volví a mi casa pensando en el extraño relato.

En los días que siguieron no podía quitar de mi mente  aquel torbellino de absurdos. Tenía la impresión de que Mauricio no me había mentido, pero todo aquello era disparatado. Finalmente, tuve una idea; llamé a Felipe, un portugués amigo, y le pregunté el significado del vocablo “Luar”. Luego miré el almanaque, comprobando que en cuatro días más, el siguiente viernes, habría luna llena.

Llamé entonces a Mauricio y una voz extraña en el teléfono me informó que mi amigo había sido internado en un hospital psiquiátrico. La noticia me golpeó fuerte, pero reafirmó mi decisión de tratar de descifrar aquel enigma.

Cuando por fin llegó el viernes, con impaciencia conté las horas y al atardecer me dirigí al lugar. Caminé junto a la bahía por largo rato, hasta que me detuve a contemplar el espectáculo: allá en el horizonte, chorreando agua asomó la luna desde el mar  como terminando su baño. Su color rojizo fue dejando paso poco a poco al característico blanco plateado. Luego de un rato de contemplarla como hipnotizado, continué mi caminata, y finalmente me dirigí hacia la casona pensando que allí podría encontrar alguna clave para resolver el misterio. Cuando estuve frente a la puerta principal una ligera brisa comenzó a mover las copas de los árboles. Todo era silencio en el viejo caserón. Me sentí algo nervioso, pero decidí continuar buscando, sin saber exactamente qué. La luna se reflejaba en los cristales rotos de los pisos altos. Allí no había el menor signo de vida. Continué caminando hacia la colina, y al acercarme al cementerio me detuve debajo de un foco de luz. Allí permanecí durante un buen rato. De pronto, a pocos metros de distancia apareció una figura vestida de blanco que se me acercó lentamente. Era una joven increíblemente hermosa, y su serena sonrisa era de una belleza imposible de describir.

–Hola – me dijo en voz muy suave.

Mi corazón comenzó a latir con violencia, y no pude contestar.

–Hola –repitió, siempre sonriendo .–¿No sabes hablar? –continuó, extendiéndome la mano en gesto amistoso. Tomé suavemente sus dedos finos. Lento me incliné y acerqué su mano a mis labios. Noté la pequeña flor y besé suavemente aquella mano delgada y sensual. Ella continuaba sonriendo.

–De modo que tú eres Luar, “Luz de luna”. –le dije, notando que mi voz temblaba. –Sabes que por tu causa Mauricio ha perdido la razón y está internado en …

No pude terminar la frase. Me miró con asombro y se borró la sonrisa de su rostro. Con un quejido que se transformó en llanto, dio media vuelta y se alejó corriendo hacia el cementerio.

–¡Luar! –grité, y traté de seguirla. Un dolor intenso en el pecho me detuvo.

–¡Luar! –repetí; pero fue en vano. Sólo el gemir del viento en los cipreces me respondió.

La luna llena surgió de entre las copas de los árboles, e iluminó las blancas lápidas.

En el periódico local “Wentworth Courier” apareció días después una breve nota:

El pasado sábado por la mañana fue encontrado un cuerpo junto a la entrada del Cementerio del Este. El fallecido, identificado como Daniel Carreras, de 48 años, falleció de un paro cardíaco la noche anterior. No hay circunstancias sospechosas”.

Mauricio continúa hasta hoy internado en el hospital psiquiátrico de Gladesville. En el Cementerio del Este, no muy lejos de la entrada, hay una lápida con una inscripción: “Vino a este mundo una noche de luna llena. Se fue de este mundo una noche de luna llena. Su nombre era Luar”.

 

Autor: M. Gamarra – 1er Premio en el Concurso de Cuentos 1998 organizado por el grupo “Rubén Darío” de Melbourne.

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