La billetera

 

El tren emergió del túnel y casi de inmediato comenzó a cruzar el puente de la bahía. Pedro, que hasta ese momento se entretenía en observar los muslos de una chica de minifalda, miró por la ventanilla. Muchas veces había cruzado el puente, pero el majestuoso espectáculo que ofrecía la bahía de Sydney, mirado desde aquella altura, siempre le llenaba de admiración.
Una pequeña lancha pesquera cruzaba las serenas aguas. Un trasbordador se deslizaba dejando tras de sí la típica estela. A lo lejos, los altos edificios y la sinuosa línea costera, ofrecían un espectáculo realmente impresionante. Pedro se imaginó que tenía frente a sí un estanque con barcos de juguete. Por un momento, olvidó sus problemas y contempló extasiado el panorama, mientras el tren cruzaba ruidosamente la gigantesca estructura metálica.
Un minuto después Pedro ya no miraba por la ventanilla; su mente había retornado a sus pensamientos, que en ese momento eran bastante deprimentes. Tres meses antes había quedado sin trabajo. En forma sorpresiva fue informado, junto a un grupo de compañeros, que por ajuste de presupuesto la compañía se veía obligada a prescindir de sus servicios. Con la insignificante suma que le dieron al despedirlo, pagó las deudas más apremiantes.
Trató de conseguir otro trabajo de inmediato, pero no tuvo éxito. El deambular por las oficinas del desempleo se transformó en una rutina que cada día le desmoralizaba más. 
-No te preocupes, Pedro -le había dicho Elcira, su mujer, al verlo tan deprimido. -Pronto encontrarás algo, ya verás.
Pero no había podido encontrarlo; desde hacía tres meses vivían del magro sueldo que Elcira recibía como limpiadora de un hospital. Por su escaso conocimiento de inglés, ella no podía trabajar en su profesión; era dietista. Y como tenían dos hijos, Fabio de 13 años, y Marcia, de 10, la situación era bastante difícil.
El tren se detuvo en una estación y Pedro notó que todos los pasajeros descendían; oyó por los altavoces que aquel tren terminaba allí. Se levantó lentamente y comenzó a caminar hacia la salida.
De pronto la vio. Allí, debajo de un asiento, negra y abultada, nuevecita y reluciente, había una billetera. Pedro sintió su corazón acelerar sus latidos. Miró a su alrededor y no vio a nadie; él era el último pasajero en el vagón. Sin pensarlo dos veces, se agachó rápidamente, cogió la cartera y se la echó al bolsillo. Con aire indiferente caminó hacia la salida, haciendo un enorme esfuerzo para mantener la calma; pensaba que en cualquier instante iba a escuchar a alguien gritándole: "Eh, you! Give me my wallet!"; pero nada de eso sucedió.
Se alejó de la estación con rapidez pero sin correr. No quería llamar la atención. Notó que transpiraba copiosamente a causa de los nervios. Sentía la sangre golpear rítmicamente en sus sienes. En una esquina vio un bar y entró en busca del baño. Ya dentro del mismo, se encerró en uno de los varios cubículos, trabó la puerta y se sentó pesadamente sobre el inodoro. Se quedó unos minutos procurando calmarse, pero no podía aquietar los latidos de su corazón. Finalmente, luego de respirar hondo un par de veces, se atrevió a sacar la billetera del bolsillo. Era bastante nueva y de buena calidad. La desdobló y se quedó atónito; contenía una gran cantidad de billetes de cien. Miró hacia lo alto y dijo: "Parece que al fin te acordaste de mi, ¿eh?". Escuchó atentamente, pero no oyó nada; no había nadie más en el baño. Lo cual no era extraño, ya que a esa hora de la mañana el bar estaba casi desierto.
Procedió a examinar el contenido de la billetera. Sacó primero el dinero y lo contó; ¡había mil ochocientos setenta dólares! Luego examinó los papeles; varios recibos y tarjetas, una licencia de conducir con un nombre que nada le decía: Víctor Luzac. Una tarjeta de plástico de un club, una de crédito bancario y la foto de una niña en un parque. Pedro se quedó por un instante sin saber qué hacer. Los documentos identificaban al dueño de la billetera. Súbitamente, tuvo una reacción: "¿Qué estoy haciendo aquí? Yo soy un hombre honrado. ¿Por qué no fui de inmediato a la policía a devolver todo esto? ¿O por qué no busqué en la guía el teléfono de este tipo, para avisarle que encontré su billetera?"
Mientras sostenía el dinero en una mano, y en la otra la billetera continuó pensando: "¿Qué hago, Dios mío?" Pensaba en lo bien que le vendría aquella suma de dinero. Podría pagar algunas de sus cuentas. Y podría comprarle a Elcira el lavarropas que ella tanto necesitaba. O quizás a los niños la computadora que le habían pedido tantas veces. Y también pensó en el camión que él tanto deseaba: quizá con aquella suma podría hacer una entrega inicial, y empezar a trabajar por su cuenta. Edmundo, que tenía desde hacía años su propio camión, le había dicho que si él se compraba uno, su compañía le daría trabajo. 
Pero si se quedaba con el dinero, ¿qué hacía con la billetera? ¿La tiraba en un tacho de basura? Miró nuevamente la foto de la niña; tendría la misma edad que Marcia; de pronto se sintió mal; pensó en sus propios hijos. "Si yo perdiera mi billetera" pensó, "me gustaría que me la devolvieran. ¡O por lo menos me gustaría recobrar los documentos! ¡Qué problema! ¿Qué hago, Dios mío?" y elevó su mirada hacia lo alto como buscando una respuesta.
De pronto la puerta del baño se abrió ruidosamente. Pedro se sobresaltó. Puso de inmediato el dinero en un bolsillo y la cartera en otro. Pero enseguida se tranquilizó. No había motivo para ponerse nervioso; nadie iba a entrar al cubículo que él ocupaba. El que había entrado, que por el carraspeo parecía ser un hombre de edad, al parecer sólo quería orinar. Pedro lo oyó toser un par de veces. Luego de algunos minutos de silencio, Pedro, bastante nervioso, pensó: "¡Mea de una vez, viejo de miércoles! ¿Qué estás esperando?" Casi enseguida escuchó el ruido característico, y el hombre, luego de lavarse las manos y toser ruidosamente, volvió a salir; Pedro suspiró aliviado; se quedó por algunos minutos rodeado por el silencio y sin saber qué hacer. Trató de retomar el curso de sus pensamientos. Podría quedarse con el dinero, pensó, y retornar la billetera por correo. No era muy honesto, pero por lo menos le devolvía al dueño los documentos, por lo cual éste le estaría agradecido. Pero ¿y si el pobre diablo necesitaba el dinero tanto como él? "Ya sé" pensó, "le devuelvo la mitad". Pero su conciencia de hombre honesto le decía que debía devolver la billetera con el dinero íntegro. Mas luego recordó que Elcira le había dicho esa mañana, antes de irse a trabajar:
-¡Por amor de Dios, Pedro, trata de conseguir algo! Me quedan apenas unos pocos dólares, y no sé si alcanzarán para comer los próximos días. Y yo no vuelvo a cobrar hasta el jueves, y cuando cobre, tengo que pagar el alquiler. Además …
-¿Además qué? -había preguntado él.
-Que dentro de dos semanas es Navidad, Pedro. ¡Los niños!
-No te preocupes, Elcira. Hoy voy a conseguir algo, ¡te lo juro! -Pero había ido ya a ver dos empleos, y en ambos le habían dicho: "Déjenos su teléfono y ya le avisaremos". Precisamente iba a una nueva entrevista cuando encontró la billetera. 
Mientras recordaba esto, continuó cavilando. Podía devolver la billetera con parte del dinero, y de esa forma, el dueño no se perjudicaría tanto, y él podía al menos paliar sus necesidades. Su conciencia no le remordería tanto, quizás. "¿Pero qué seguridad tengo de que él recibirá el dinero? No puedo llamarlo por teléfono y preguntárselo. Si algún empleado del correo se va a quedar con el fardo, pues mejor me lo quedo yo, que lo necesito más que nadie, qué caray", pensaba. 
De pronto se dio cuenta que hacía mucho rato que estaba en el baño, y que eso podría resultar sospechoso si alguien le había visto entrar. Abrió la puerta del cubículo y salió sin haber llegado a una decisión. Continuaría pensando en otro sitio, se dijo.
Ya en la calle, sentía el abultado fajo de billetes en el bolsillo, y ello le causaba una sensación extraña, mezcla de alegría y preocupación; sentía por momentos la confianza de contar con una abultada suma de dinero, con la que podría comprar tantas cosas que le hacían falta. Pero por otra parte, ya le estaba causando una gran desazón el pensar en la amargura que tendría en esos momentos el dueño de la billetera perdida. "¿Qué hacer, Dios mío?" se repetía. Su mente cambiaba constantemente: "Finders keepers, losers weepers, Pedro"; se decía a sí mismo tratando de justificar su acto deshonesto; había oído a Fabio decir aquello al encontrar unas monedas que pertenecían a Marcia. Se imaginaba contándole a su amigo Juan Ramón lo sucedido. "¡Quédate con el dinero, pedazo de gil! El dueño debe ser un chorro" le diría aquél, y a lo mejor tendría razón. Pero luego recordaba las enseñanzas de su padre, un modelo de honradez, que lo estaría mirando desde el más allá, y que solía repetirle: "Hijo, nunca te apropies de lo ajeno. Yo jamás lo hice, y de esa forma, siempre duermo tranquilo". ¡Qué dilema! 
Mientras caminaba sin preocuparse hacia donde iba, Pedro pensó en su patria lejana. Dos años atrás habían decidido con Elcira, que en Australia habría mejores posibilidades para los niños. Los familares trataron de disuadirlos. "¡Es tan lejos!" les habían dicho algunos. "Miren que Australia ya no está como hace unos años. Hay mucha desocupación", habían advertido otros. Pero ellos estaban decididos. Luego de muchos meses de gestiones, habían viajado, llenos de esperanzas. Al principio todo había ido bastante bien, a pesar de las dificultades idiomáticas. Los dos habían conseguido trabajo, y se habían podido comprar algunas cosas que les hacían la vida más placentera. 
Pero desde que lo despidieron, las cosas habían ido de mal en peor. Ahora se preguntaba si había hecho bien en venir a Australia. Echaban de menos a sus amigos, sus familiares, y en especial, el calor humano de la gente de su patria, que no habían podido encontrar en el nuevo país.
El cielo se había nublado; de pronto, una cortina gris pareció cubrir los edificios y la calle; había comenzado a llover suavemente. Pedro caminaba sin rumbo, tratando de encontrar una solución a su dilema. Se olvidó de la cita a la que debía concurrir. Poco a poco fue llegando a una conclusión: debía enviar la billetera a su legítimo dueño, con la mayoría del dinero, y se quedaría con un porcentaje "como recompensa". "No, mejor se la llevo personalmente; de seguro que me va a dar algo". Y luego de un momento, "¿Pero y si es un miserable roñoso y no me da nada? No, mejor le mando por correo certificado la billetera con mil quinientos dólares, y me quedo con el resto, para compensar las molestias. Sí, eso es lo que voy a hacer. Después de todo, otro no se la devolvería", pensaba.
Esto dejaría su conciencia bastante tranquila, y podría llevarle algún dinero a su familia, que tanto lo necesitaba. "Podré comprarles algo a los chicos para la Navidad", pensó.
La lluvia arreció. Pedro cruzó la calle mojada apresurando el paso, contento de haber tomado una decisión. Tan absorto estaba en sus pensamientos, que no miró el semáforo. Oyó un alarido y un chirrido de frenos; un golpe en la pierna izquierda lo arrojó violentamente hacia un lado. Todo giró a su alrededor, escuchó gritos de mujeres, sintió un fuerte dolor en su cabeza, y de pronto todo se volvió negro.
Cuando despertó, vio un cielorraso blanco y el rostro sonriente de una enfermera rubia de rostro angelical que le preguntaba, en inglés:
-¿Cómo se siente, Mr Luzac?
Confuso Pedro miró a su alrededor. Estaba en la sala de un hospital. Luego miró a la enfermera, sin comprender por qué lo había llamado "Mr Luzac". 
-Yo no me llamo ... - empezó a decir. De pronto recordó. La billetera. La habían encontrado en su bolsillo, y como él no había llevado la suya propia, pensaban que él era Mr Luzac. Se abrió la puerta y entró un hombre joven de túnica blanca.
-¿Qué... qué me ha sucedido? -preguntó Pedro débilmente. -¿Por qué estoy aquí? 
El joven le explicó, primero, que él era el médico que lo había examinado, y luego, que un coche lo había atropellado al cruzar la calle, pero que no tenía ningún hueso roto, aunque sí bastantes contusiones. Por el golpe en la cabeza había perdido el conocimiento, pero no había fractura de cráneo ni otra complicación.
-Ha tenido usted muchísima suerte, mi amigo -le dijo.
Algo más animado, Pedro preguntó:
-¿Cuánto hace que estoy aquí?
-Poco más de dos horas. Todos los análisis han salido bien.
- ¿Le han avisado a mi esposa? -preguntó Pedro, pero de inmediato se arrepintió. 
-No, no pudimos encontrar un número de teléfono; además, como no hay nada grave, preferimos que usted mismo la llame, Mr Luzac. Dentro de algunos minutos vendrá un policía a conversar con usted.
Pedro se sobresaltó. "¿Un policía?" pensó. "¿Qué diablos...?" El médico notó su sobresalto, y le dijo:
-No, no se preocupe. Pura formalidad. Felizmente, como no hay lesiones graves, le harán unas pocas preguntas de rutina. Hay varios testigos que lo vieron a usted cruzar con la luz roja. Eso alivia la situación de la señora que conducía el coche. Por suerte ella venía despacio. Si usted admite que fue su culpa, todo será mucho más simple; nada le pasará; le dirán que debe ser más cuidadoso y no cruzar con la roja. Eso es todo. Dentro de algunas semanas, la compañía de Seguros le enviará una carta, Mr Luzac.
Un minuto después, el médico dejó la sala. La enfermera se acercó nuevamente, y Pedro se atrevió a preguntarle:
-¿Dónde están mis cosas? 
-Están todas ahí en una bolsa de plástico, Mr Luzac -le respondió ella, señalándole la mesita de noche. Y sonriéndole amablemente, salió nuevamente.
Pedro esperó un minuto, y luego, incorporándose en la cama, abrió el cajón de la mesa de luz. Nerviosamente sacó la bolsa de plástico y la vació encima de la sábana. Allí estaban su peine, su pañuelo, el papel que le habían dado en la oficina de desempleo, unas monedas y la billetera, reluciente pero escuálida. La abrió nerviosamente, pero sólo contenía los documentos del dueño. ¿Y el dinero? Nada. Recordó que cuando el accidente él llevaba el dinero en el bolsillo izquierdo, y la billetera en el derecho.
Sin poder contenerse, se bajó de la cama con gran dificultad, pues la pierna le dolía mucho, y abrió un armario metálico. Allí estaba su ropa. Revisó todos los bolsillos, pero estaban vacíos. Pedro pensó que quizás el hospital guardaba en la administración el dinero de los pacientes. Volviendo a la cama, apretó el timbre en la pared. Casi de inmediato, apareció la enfermera, que lo miró con su sonrisa de siempre.
-¿Qué desea? -le preguntó con suavidad.
-Mi dinero, señorita, ¿sabe usted si alguien guardó el resto de mi dinero? Lo tenía suelto en el bolsillo.
-No, señor, -le respondió ella, poniéndose seria. -Cuando la ambulancia lo trajo al hospital, todas sus pertenencias fueron puestas en esa bolsa de plástico. El único dinero que había eran esas monedas que están ahí. 
-¿Está segura de eso? -preguntó Pedro.
-Absolutamente -respondió ella, con calma. 
Pedro se quedó pensativo, pero no contestó. La enfermera, volviendo a sonreír, le preguntó:
-¿Necesita algo más, Mr Luzac?
Él negó con la cabeza y se recostó en la almohada. La enfermera salió.
Pedro miró al cielorraso durante algunos minutos; su rostro denotaba amargura. Bajó de la cama, y aunque sentía un fuerte dolor en su pierna izquierda, comenzó a vestirse de prisa. Guardó sus cosas en sus bolsillos, puso la billetera nuevamente en la bolsa de plástico, y la regresó al cajón. 
-Adiós, Mr Luzac -dijo en voz baja -A lo mejor vas a tener suerte y la Compañía de Seguros te da una buena suma. … ¡a costa de mi cuero!
Sigilosamente abrió la puerta. Caminó lentamente por el desierto corredor, y sin ser notado, bajó una escalera de incendios y ganó la calle. Pese al dolor en la pierna, caminó de prisa y se alejó del hospital. Había cesado la lluvia y los rayos de un sol radiante hacían levantar un vapor grisáceo de la calle mojada. Pedro se detuvo, miró al cielo por un instante y dijo en voz alta: "No me das siquiera un respiro, ¿eh?". Varios peatones lo miraron con curiosidad. Pedro sonrió amargamente, miró una vidriera donde un árbol de Navidad parecía guiñarle los cien ojos de sus lucecitas de colores, como burlándose. Pedro sintió que sus ojos se humedecían, y continuó caminando. Sacudió la cabeza y se perdió entre la multitud.

Autor: M. Gamarra

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